Florencia.

«Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.

La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinería.

Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.

La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:

– Andá, decime.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería. Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.

Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.»

Eduardo Galeano.
Días y noches de amor y de guerra.

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Y vos… ¿Con qué salsa?

En una oportunidad en la cual Eduardo Galeano brindaba una conferencia de prensa en Italia, por allá en el 2004, brindó en un claro ejemplo de capacidad y lucidez , uno de las mejores metáforas que he escuchado respecto al mundo que nos tocó vivir.

Les comento rápidamente la primera parte de la misma:

Comenzó diciendo que se veía moralmente obligado a contestarles a aquellos que decián que él era irónico y sarcástico. Pues éso no correspondía con la realidad, él simplemente cuenta las cosas que ve, o las que escucha, como por ejemplo la que a continuación se prestaba a contarles.

Y contaba que el otro día había visto a un cocinero que reunía a todas sus aves, a las gallinas, a los gansos, a los pavos, a los faisanes y a los patos, para formularles una pregunta, y que le pareció tan interesante sus dichos, que quería contarles a todos lo que había escuchado:

El cocinero les preguntaba a las aves «con qué salsa querían ser comidas…»

En su relato siguió diciendo que escuchó a continuación a una de las aves, creía recordar que era un humilde gallinita, decir:

«Nosotras no queremos ser comidas de ninguna manera»

A tal respuesta el cocinero aclaró que «Éso está afuera de la cuestión»

Luego de algunos aplausos, Eduardo Galeano aclaró que le había resultado muy interesate esa reunión porque es una metáfora que describe a nuestro mundo, que el mundo está organizado de tal manera que tenemos el derecho de elegir la salsa con la que queremos ser comidos…