Pablo neruda en Estocolmo.

Discurso de Estocolmo pronunciado por Pablo Neruda en la entrega del Premio Nobel de Literatura.

“Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones lejanas y antípodas. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles, y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación.

No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando más bien- el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semiderribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.

A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves.

También mis compañeros cortaron con sus machetes la ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis piernas se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los vaqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creí que había llegado mi última hora -dije.

-Ibamos detrás de usted con el lazo en la mano -me respondieron.

-Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado, y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.

Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aun en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos.

Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas.

Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre.
¿O lo conocían, nos conocían?
El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando.

Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese “nada más”, en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferente a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza.

Y pienso con no menor fe que todo está sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía- en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde.

Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en su destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos.

Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un “pequeño dios”. No, no es un “pequeño dios”. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria.

Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños.

Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía al anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo.

Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como arte integral de nuestro deber.

Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de una tembladera de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores- sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como truenos.

Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriagaba esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez esa sea la razón determinante de mi humilde caso individual; y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día.

Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma; con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos.

Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante, pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe. Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias.

En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, ¿qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente Americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades).

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.”

El profesor.

Cuenta una historia que una vez un joven se acerca a un anciano que encuentra a su paso y muy emocionado le dice:

– Buenas tardes mi querido profesor !!! ¿Se acuerda de mí?

El hombre luego de unos instantes de intentar reconocerlo, le dice que lamenta mucho no recordarlo, que los años no vienen solos…

El joven le dice entonces que no se preocupe, que fue su alumno cuando era chico y que le sería imposible olvidarlo.

Asombrado el profesor e intentando nuevamente hacer memoria, le da las gracias y le pregunta:

– Es un verdadero honor para mí que me recuerde. ¿Qué es de su vida? ¿A qué se dedica?

Al que el joven le contesta:

– Como no podía ser de otra manera, me he convertido en Profesor, como usted.

– Ah, que bueno .Como lo he sido yo por tantos hermosos años. -con mucho orgullo le dijo el anciano-

– Pues, sí. Y de hecho, me convertí en profesor porque en realidad usted me inspiró a serlo.

El anciano, curioso por los dichos del joven, le pregunta el porqué de tal decisión y cual fue el momento, si es que lo hubo, que lo había inspirado tan fuertemente a estudiar para tener tan loable profesión.

El joven le cuenta la siguiente historia:

– “Un día un compañerito del aula, también alumno suyo, llegó con un nuevo y hermoso reloj y como esas cosas de niño que uno hace sin pensar, decidí que tenía que ser mío y se lo robé. Sí, sin que se diera cuenta por un lado y sin que yo midiera las consecuencias por el otro, muy delicadamente se lo saqué de su bolsillo. Poco después, mi amigo al notar que ya no lo tenía, de inmediato denunció el robo a nuestro querido profesor, que no era otro que usted.

Usted se dirigió a la clase y luego de comentarnos lo sucedido, nos dijo que ese tipo de acciones no estaban bien y que quien lo hubiera hecho debería arrepentirse y devolver el reloj inmediatamente. Pero que para que su verdadero dueño lo pudiera recuperar, haríamos lo siguiente: cerraríamos la puerta, todos nos pondríamos de pie con los ojos cerrados, y usted uno por uno, buscaría en nuestros bolsillos hasta encontrar el reloj. Pero nos pidió muy encarecidamente que mantengamos los ojos cerrados y que no los abriéramos hasta que no terminara el recorrido por todos nosotros.

Así lo hicimos, y usted fue muy lentamente de bolsillo en bolsillo, uno a uno pasando por cada uno de nosotros. Cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó, pero muy extrañamente para mí, continuó buscando en los bolsillos de todos los que faltaban, y recién cuando terminó, dijo:

– “Abran los ojos. Ya tenemos el reloj”.

Usted en aquel momento no me dijo nada, ni nunca más mencionó el que para mí había sido un terrible episodio. Tampoco le dijo nunca a nadie quién había sido el autor de ese penoso robo.

Ese día, usted salvó mi dignidad para siempre. Fue el día más vergonzoso de mi vida, pero también fue el día de una gran lección, el día en que mi dignidad se habría salvado y no me convertía en un ladrón de por vida. Usted nunca me dijo nada, y aunque no me regañó, ni me llamó la atención para darme una lección moral, yo recibí el mensaje muy claramente y la mejor enseñanza de mi vida.

Gracias a usted entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero educador. Dejar simplemente que uno aprenda…

¿Se acuerda de ese episodio, Profesor?

El sabio profesor, apoyando sus viejas manos sobre los hombros de su antiguo alumno, con alguna que otra lágrima en los ojos y con la voz un tanto entrecortada le dice:

– “Yo recuerdo perfectamente esa situación y recuerdo el reloj robado, también que busqué en cada uno de los bolsillos, pero me sería imposible recordar quien lo había tomado, pues yo también tenía los ojos cerrados mientras lo buscaba.”

****

Y es que así debe ser… Esa es la esencia de la decencia y la docencia.

“Si para corregir necesitas humillar… simplemente, no sabes enseñar.”

(dc)

Una noche más.

“Hacía frío, la densa neblina parecía comenzar a convertirse en una muy fina lluvia y la tarde ya estaba empezando a confundirse con la noche, pero no podía irme de allí. Don Pepe ya estaba por cerrar su carnicería y casi siempre tiene algo para mí. Mirando las persianas esperé inmóvil por varios minutos, pero noté al ver la expresión de su rostro, cuando tristemente se dio cuenta de mi inmutable espera, que nada habría para hoy.

Se me ocurrió entonces ir a lo de Tito, estaba a pocas cuadras y a veces encontraba en su tacho de residuos algunas deliciosas sobras. Uf !!! Tuve que ir corriendo, pues me topé con los mismos chicos tontos de siempre que no tienen nada mejor que hacer que correrme y tirarme piedras; nunca voy a entender que ganan ni que es lo que esperan, soy muy chiquitito y por más valiente que me quiera hacer, ellos son muchos más grandes y fuertes que yo. Siempre pude zafarme hasta ahora, pero me da escalofríos pensar que sería de mí si algún día me llegaran a alcanzar.

En lo de Tito apenas pude encontrar algunos panecillos duros, pero igual vinieron bien, algo sólido entró por fin en mi panza. ¡Cuánta felicidad he perdido! ¿Qué habré hecho mal…? Por más vueltas que le de… abandonado es la palabra. Pienso en ellos y los extraño, nunca dejaré de amarlos… es sólo que no lo entiendo.

Bueno… ya la noche me pide ponerle fin al día de hoy, quizás el dormir me quite el dolor de hambre que tengo…”

Mientras se dirigía a su triste refugio, que no era otra cosa que un viejo caño de cemento en los terrenos de la antigua estación de tren, vio entre las oscuras nubes que cubrían casi a todo el cielo, un pequeño huequito por donde apenas se podía asomar la Luna, y no pudo evitar ladrar de bronca con todas sus fuerzas… aunque muy bien sabía que era totalmente inútil, no lo iban a poder escuchar.

(dc)

Estoy aquí.

– Muy buenos días doña Carmen. -dije yo-

– Buenos días joven. -sentada en un antiguo banco del hermoso parque me respondía la anciana-

– ¿Qué hace aquí sentada solita con este frío? Se va a quedar congelada. ¿Por qué no va usted adentro que está más calentito?

– Es que estoy esperando a mi hijo. No sé porqué tarda tanto. Se fue a comprar algo hace un rato, pero se ve que está tardando demasiado. – mientras miraba el reloj, con la más dulce de las vocecitas me contestaba un tanto preocupada-

– No se preocupe, seguro que no tardará. En estos días todo el mundo está de compras. ¿Le importa si le hago compañía?

– Gracias, es usted muy amable. Pero no tiene porqué molestarse. Seguro que tiene muchas cosas más importantes que hacer que acompañar a una viejita como yo. Hasta imagino que quizás alguna moza afortunada lo debe estar esperando…

– No es para mí ninguna molestia, se lo aseguro. -le dije- Me sentaré a su lado y lo esperaremos…

Y como casi todas las mañanas lo venía hacíendo, me senté junto a mi anciana madre y juntos esperamos a ese hijo que jamás había estado tan cerca…

Un cuento… sólo éso.

Cuenta la historia que existían dos pueblos separados por un estrecho riachuelo y que estaban muy enemistados entre sí.
En uno de ellos vivían mayoritariamente gente buena, humilde, trabajadora, donde sólo la inocencia tenía cabida y tan así era que quienes los representaban solían aprovecharse de ello, y en pos de sus propias malas intenciones y de un gran anhelo de riquezas, hacían de la inocencia y desprotección de sus representados el gran e inusitado poder que por décadas pudieron ir obteniendo.
En el otro pueblo en cambio, la mayor parte de sus ciudadanos creían ser instruidos, sagaces, hábiles para las negociaciones y porque no, basadas en sus propios modos de vida, hasta se habrían convertido en algo egoístas. Muy claramente los que llevaban adelante a esta sociedad, al contrario del otro pueblo, eran títeres con cara de buenos, presencia un poco tonta y hasta con apariencia de algo débiles, y eran escogidos adrede por el máximo poder de esa gran urbe, el cual estaba constituido por gente malvada que siempre intentaban mantenerse ocultos y que nunca mostraban sus rostros simplemente para poder seguir perpetuándose en lo que ellos perfectamente sabían era el verdadero poder.
Un día entraron en plena disputa los líderes de ambos pueblos con la finalidad de constituir una gran Nación, y los “cara de buenos” no hacían otra cosa que criticar a los malvados del pueblo vecino por sus malas acciones y estos últimos sin poder defenderse de sus intrínsecas intenciones no podian más que intentar desenmascarar la situación que llevaba a los cara de buenos al poder…
Cuenta la historia que una vez “fundidos en una única Nacion”, por más que los integrantes de uno de esos grupos pudo llegar al poder en primera instancia y luego lo hicieron los otros, y después nuevamente los primeros…, y nuevamente a posteriori lo hicieron sus opositores…, y en una desgastante odisea fueron intercalándose por siempre los unos y los otros, el pueblo siempre ha sabido que ninguno de ellos, absolutamente ninguno, habría podido realmente beneficiarlo y lo peor… nunca lo podrían hacer.
Los cuentos… cuentos son!!!
(dc)

El mono que quiso…

En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer más a sus semejantes, y se aplicó a visitarlos a todos, ir a los cocteles, a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto”.

Augusto Monterroso.

Un viaje de vida…

Todos hemos tenido en algún momento de nuestras vidas alguna de esas vivencias absolutamente inesperadas que nos marcan un antes y un después, de ésas que sin esperarla nos enseñan que siempre podemos estar equivocados en lo que creemos o bien en lo que pensamos.

Recuerdo ese día que tenía que llevarle unos apuntes a un amigo de la facultad que estaba enfermo, para lo cual había tomado el tren Belgrano Sur que me llevaba a Laferrere, donde él vivía.

Me llamó la atención durante el viaje la cantidad de changarines del Mercado Central que subían, como también nenes pidiendo y los que parecían ser cartoneros y limpiavidrios ocasionales.

En una estación intermedia subió un “chabón” tipo Chizzo de La Renga, con un enorme tatuaje de Cristo en un brazo y una colorida serpiente en el otro, que por lo alto de su voz, no pudo más que ser el centro de atención de todos los que estamos a su alrededor en ese vagón.

– “Ey, ey, gatos!!! Hoy no se van a salvar de mí, eh !!! Rollin’ Estones a pleno!!!”.

Le manguea una seca a unos pibitos que estaban fumando medio escondidos en un rincón y sigue:

– “A ver, a ver !!! Que vengan los cobanis nomás al furgón, que hoy el que manda es el Gasolero!!!”.

Saluda a dos pibas que se estaban por bajar en Lugano y le grita algo a un tipo trajeado que subía y que en realidad no pude distinguir bien si se trataba de una amenaza o un saludo efusivo. De repente se para justo adelante mío, me mira fijo y me pregunta:

– “¿Y vos qué estás leyendo?”.

Yo, que estaba apoyado sobre una puerta que no abría, por ese prurito imbécil, debido acaso a esa condescendencia clasemediera que encubre un cierto gorilismo aprendido sin que uno lo quiera por el medio en que le tocó vivir, casi tartamudeando le digo:

– “No… eh… nada, un libro de historia…”.

Me dio cosa, en ese momento y en ese ámbito, decir “Dostoievski”. Qué sé yo. De puro boludo culposo. El chabón se me acerca más, mira el libro, se queda pensando unos segundos y me dice:

– “¿Flaco, vos me estás tomando por pelotudo? Ésto no es un libro de historia, ¡esto es el ruso Dostoievski! Qué te pensás, que no conozco a Dostoievski? ‘Crimen y castigo’, ‘Los Hermanos Karamazov’, ‘Pobre gente’, ‘Las noches blancas’,… ¡Un zarpado! ¡Tremenda masa los rusos!”.

Me saca el libro, lee el título y bajando un cambio en su modo eufórico de expresarse y con un tono muchísimo más cordial, me dice:

– “Ah, capo, pero con éste me cagaste: ‘La aldea de Stepanchikovo’, no lo leí. ¿Qué tal está?”

Totalmente sorprendido como desconcertado le contesté:

– “No tan bueno como ‘Los hermanos Karamazov’, pero mucho más liviano.”

– “Cuando estaba encanutado me lo leí todo, chabón : Dostoievski, Tolstoi, Chéjov, Pushkin, Nikolái Gógol, Bukowski….. (se hace un silencio y me mira a los ojos) Jajajaja !!! ya sé, este último no es ruso, es un alemán que se hizo yanqui, te estaba probando…
Cuando volvíamos de la biblioteca, a los cobanis, cada dos por tres se les daba por cagarnos a palos. Nunca nos decían por qué…, pero se ve que les daba mucha bronca que leyéramos…
¿Sabías que el Dostoievski también estuvo preso en su Rusia?
Formaba parte del grupo intelectual liberal Círculo Petrashevski y lo encanutaron bajo el cargo de conspirar contra el zar Nicolás I y poner en peligro su ‘autocracia’.
El tipo en sus escritos exploraba mucho la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa de ese momento, así que te imaginarás…”

Respiró hondo y con un claro gesto de profundo pesar, continuó diciendo:

– “Ahora casi no tengo tiempo de leer… pero te juro que me encantaría.”

Cada vez más sorprendido, estupefacto diría yo, y con un tono de voz impregnada de compañerismo le pregunté:

– ¿Ahora qué hacés?

Volviendo al que creo era realmente su modo habitual de expresarse me contesta:

– “Soy… empresario independiente… jajajaja (la carcajada se debió haber escuchado desde la próxima estación). ¿Y sabes qué? No me va nada mal!!! No es lo que más me gusta… pero tengo puestitos de venta de frutas y verduras. No paro en todo el día, ni tengo sábados ni domingos para estar de lleno con mi piba y los chicos, pero… todo bien chabón!!!”

Mira por la ventanilla y como volviendo a su mundo, no muy convencido, balbucea:

– “Me bajo en la próxima, tengo que laburar”.

Me da la mano de una forma que me dejó percibir todos sus anhelos, sus carencias, sus incomodidades, su sufrimiento, su infelicidad, como si su historia se hubiera escabullido hacia mí a través de sus dedos, y justo antes de tirarse al andén de la estación le pega un último grito a sus compañeros del vagón.

– “Cuídenme a este guachín, es un buen pibe !!!!”

Y el silencio que provino después, nos separó para siempre.

Mi cabeza hizo “click” luego de ese día.

Y claro… Si tenés un tatuaje, hablás raro, a los gritos, o si tu aspecto no es muy formal que digamos, tenés que, “sí o sí”, ser bruto, maleducado o malaprendido, violento y hasta porque no, delincuente. Porque si no lo sos… simplemente, desencajas…

Ojo !!! Que los desencanjados, en ésta o en cualquier otra historia… no seamos nosotros!!!

(dc)

No se nace… se hace.

Está foto me deslumbró !!! Y habla por si sola…
“Uno no nace racista, muy desgraciadamente algunos se hacen…”
Cuando nos referimos al racismo, la xenofobia y otras formas de intolerancia, no hace falta subrayar, en qué medida se oponen unos y otras a la convivencia elementalmente humana. El artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 de Naciones Unidas así lo expresaba refiriéndose a todos los derechos básicos, incluido el de educación:
“Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.
Pero guiarnos solamente por esta declaración de la inhumanidad que contamina a toda discriminación, tiene limitaciones que no son pequeñas, especialmente cuando queremos detectar y prevenir la incidencia de la discriminación en el campo de la enseñanza o en cualquier otro. Y es que dicha declaración, como correspondía a la Asamblea de Naciones Unidas y al momento en que se aprobó, está redactada en un lenguaje jurídico y moral que no detalla los diversos modos de producirse y disfrazarse de las distintas clases de discriminación que ocurren en las escuelas.
La Declaración se mantiene en el alto nivel de la condena de lo intolerable, pero no intenta iluminar los procesos en los que se gesta ni las formas que revisten las conductas discriminadoras. Cuando queremos mirar más de cerca los hechos, otra dificultad sobreviene: la de las muchas mezclas e inexactitudes que nos hemos ido permitiendo al hablar de racismo y xenofobia en nuestras conversaciones cotidianas y también en las ref lexiones dirigidas a actuaciones y fines prácticos concretos. Y es que, tanto en las fuentes oficiales como en la conversación ordinaria usamos la palabra racismo a sabiendas de que no hay razas. Y del mismo modo se usa la palabra xenofobia a sabiendas de que no hay fobia al extranjero (fobia= temor patológico a algo, como en claustrofobia), sino precisamente lo contrario (hostilidad, rechazo u odio activo al extranjero).
En las conversaciones corrientes esto no tiene importancia, porque todos sabemos de qué hablamos. Pero sí la tiene cuando tratamos de detectar o prevenir la incidencia del racismo y la xenofobia, porque uno y otra tienen distintas causas y necesitan distintos remedios, el racismo obedece a dinámicas de grupos, la xenofobia a dinámicas de personalidad.
“Los más grandes y geniales genetistas han podido demostrar gracias a los grandes avances de biología que cuando se habla de raza, la misma no puede definirse sin arbitrariedad o ambigüedad. En otras palabras, no hay ninguna base científica para el concepto de “raza” y, consecuentemente, el racismo debe desaparecer.
Hoy se puede afirmar categórica, científica y muy naturalmente, que no hay razas, sin embargo y por desgracia de “muchos” (los más) ¡el racismo ciertamente existe!
(dc)

 

Cobrabilidades 2010-2020

Para los que se interesan en ver como fluctúa la cobrabilidad de impuestos según las épocas o gobiernos que nos han tocado, les dejo un estudio recién elaborado de cómo lo hace el impuesto municipal del ABL en nuestra ciudad de Villa Gesell. Es parte de mi trabajo diario realizar estos análisis para ver el comportamiento de la cobranza del organismo para el cual trabajo. Tener una cobrabilidad del 90% en cuotas de ejercicios anteriores demuestra dentro de todo un buen accionar de la misma en el intento de cobro de deuda.

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El cuadro en el Museo.

Otro día más, y a la misma hora, lo encontraba nuevamente sentado en el mismo banco del museo, apreciando, como siempre lo hacía, ese cuadro; ése que el mismo había pintado hace muchos años y que había donado, como a muchos otros, a esa entidad que él tanto quería.

Lo había decidido así, a pesar de estar casi en la ruina, porque siempre decía que si los vendía los perdería de vista y si se los guardaba para él, ya nadie los vería; así que además de su gran talento como artista plástico y de ser uno de los pintores más reconocidos de toda la ciudad, también tenía esos hermosos sentimientos que lo hacían tan él, tan querido por todos; sobre todo allí, en ese museo al cual no dejaba de visitar ni un sólo día.

Pasaba horas mirando ese mismo cuadro, no por egolatría, ni mucho menos por admiración a su obra, sino porque en él estaba ella, el amor de su vida, la mujer que el destino habría querido alejarla muy pronto de su lado y ahí, en esa pintura, habría quedado tal como la recordaba, recostada en el césped de ese florido paisaje, como mirando hacia fuera del mismo, esperando un milagro.

Cuántos años habían pasado… viejo, cansado, sin poder olvidarla ni por un sólo instante, y cumpliendo con el mayor deseo de todos los días, se pasaba muchas horas del día sentado en ese mismo lugar, como reservado para él, sólo… observándola.

Pero a partir de un día todo cambió, el viejo pintor dejó con su ausencia un irreparable vacío en el museo. Ya nadie se sentaba desde ese triste rincón a observar la pintura que él tanto atesoraba. Ésa en la cual, a partir de una mágica noche, la dama que en ella muy sola estaba, ya nunca más lo estaría, pues un joven y sonriente muchacho le sostenía su mano como para darle un suave y eterno beso…

Daniel Calcagni

Ten cuidado !!!

Si eres de esas personas que viven mirando el reloj cuando se encuentran en una situación aburrida, o esperando que pasen las horas para salir del trabajo, o contando los días hasta que por fin llegue el sábado, o simplemente deseando que pase el año para poder salir de vacaciones…

Ojo !!! Por favor, ten cuidado !!!

Que no se te pase la vida esperando ser feliz…


Siempre doy el mismo simple y tonto ejemplo:

Puedo estar triste, odioso y malhumorado porque me duele la rodilla…

… o feliz, alegre y agradecido porque el resto del cuerpo está muy sano y no me duele.

La decisión… está exclusivamente en uno.

¿No lo creen?

Feliz “HOY” a todos !!!

Dan.

El tren.

Su tren ya estaba por partir, llovía y hacía frío. No quería asumir la diferencia entre el “no pudo llegar ” y el “jamás pensó en venir”. La atormentaba el hecho de comprender que el valor de tantos años compartidos no pudiera solventar al menos una última despedida. Sería su culpa, la de él, la de ambos… ¿qué importaba eso ahora? Ya no vendría. ¿Cambiaría su forma de recordarlo? ¿Le sería, dolor mediante, más fácil olvidarlo? Más interrogantes aparecían, más fuerte sonaba la campana del tren anunciado su partida.

Finalmente, el sonido insistente de la bocina de un auto la despertó. Él todavía dormía a su lado y con el brazo aún abrazándola. No lo despertaría. Intentaría levantarse, cambiarse e irse sin que lo notara. Al final, ése era su destino. Él había aparecido, y el tren… sin ella, ya se había ido.

(dc)

Confiabilidad…?

Las personas inteligentes y confiables saben reconocer sus errores, no tienen pudor en decir que se han equivocado y que van a estudiar más concienzudamente las distintas situaciones para obrar en consecuencia, no tienen enemigos y saben crear puentes que les permiten acercarse a todos sin inconvenientes ni condicionamientos, suelen ser muy humildes e independientemente de todos los estudios que tengan en su haber o lo muy profesionales que puedan ser, saben asumir que tanto sus creencias, como convicciones, no son absolutas y necesitan ser alimentadas diariamente; finalmente quienes lo son, no conocen el egoísmo y saben perfectamente, por encima de todas las cosas, que la honestidad, en todo su sentido, nunca es negociable.

Me hubiera gustado muchísimo empezar la anterior y muy personal definición sin la necesidad de tener que haber utilizado la palabra “confiables”, pero la vida me ha enseñado que no todas las personas inteligentes lo son…

El valor de una sonrisa

Allí estaba, como casi siempre… sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas rotas de la vereda, con su desteñida gorra marrón y sus manos arrugadas sosteniendo el viejo bastón de madera. Sus pantalones arremangados, dejaban libres sus flacas pantorrillas, y una camisa blanca muy gastada con un chaleco de lana tejido a mano, apenas lo abrigaban en esa fría mañana . El anciano miraba a la nada…

Pero ese día… el viejo lloró, y en su única lágrima que logre ver, expresó tanto…, que me fue muy difícil acercarme a preguntarle que le pasaba y quien dice, hasta quizás poder consolarlo. Simplemente seguí caminando, sin embargo al percibir que volteó su mirada para posarse en la mía, sólo me animé a sonreírle e intentar transmitirle con el más sentido de los gestos, lo mucho que sentía si es que era la tristeza la que en esos instantes se habría apoderado de él.

Logró invadirme una profunda angustia, y si bien no lo conocía, entendí que tanto en su mirada, como en aquella lágrima, estaba muy presente el sufrimiento y una gran necesidad. Pero seguí mi camino, sin convencerme en lo más mínimo de estar haciendo lo correcto. No podía borrar de mi mente esa imagen, la de su mirada encontrándose con la mía.

Traté de olvidarme. Caminé rápido ocupándome en otros pensamientos, como intentando infructuosamente escaparme de esa triste sensación. Compré un libro y, ni bien llegué a mi casa, comencé a leerlo, esperando que con el correr de las letras, pudiera borrar esa presencia…. pero esa lágrima no se me borraba…

Los viejos no lloran así por nada, me repetía.

Esa noche me costó dormir, la conciencia no entiende de horarios, y decidí que a la mañana volvería a pasar por el frente de su casa y conversaría con él, tal como estaba convencido tendría que haber hecho.

Luego de vencer mi pena y al saber que remediaría mi error, logré dormir.

Recuerdo haber preparado al día siguiente un poco de café con tostadas, y muy deprisa fuí a su casa convencido de tener mucho por conversar.

Llegando noté que no estaba sentado como lo hacía de costumbre en la puerta, por lo que decidí llamar a la puerta. Cedieron las rechinantes bisagras y salió un hombre.

– “¿Qué desea?”, preguntó, mirándome con un gesto adusto.

– “Busco al anciano que vive en esta casa.”

– “Mi padre murió en la noche de ayer”, dijo entre lágrimas.

– “¿Murió?”, dije decepcionado. Las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me humedecieron.

– “¿Y usted quien es?”, volvió a preguntar.

– “En realidad, nadie”, contesté. Y agregué: “ayer pasé por la puerta de su casa, y estaba su padre sentado, lo vi triste con lágrimas y, a pesar que lo saludé, no me detuve a preguntarle qué le sucedía… hoy volví para hablar con él, pero lamento muchísimo que ya sea tarde.”

Luego de un extraño silencio, el hombre me dijo:

– “No me lo va a creer, pero creo que usted es la persona de quien hablaba en su diario.”

Sin entender en lo absoluto lo que me estaba diciendo, lo miré como pidiéndole una explicación.

– “Por favor, pase”, me dijo aún sin contestarme.

Luego de servirme un poco de café, me llevó hasta donde guardaba su diario, y la ultima hoja rezaba:

– “Hoy me regalaron una plena y sincera sonrisa, acompañada con un amable y muy sentido saludo… Hoy, a pesar de todo, es un día bello y especial”.

(dc)

Nunca dejemos de dar o decir algo que pueda hacer felices a los demás. Para cualquiera de nosotos, podría ser muy sencillamente la última oportunidad.

Mujer.

No es difícil concluir que para nosotros, los hombres, no hay nada mejor que tener una mujer a nuestro lado.

Sin embargo las hay de muchas maneras, están las amigas, las cómplices, las que te acompañan vayas donde vayas, las amantes, las divertidas, las que te saben poner los límites, las sensibles, las que a veces te complican la vida, las que te la resuelven, las que adivinan lo que estás sintiendo en todo momento, las que no te perdonan una, las que ponen su hombro para consolarte y hasta las que te aman incondicionalmente. Muy seguramente no nos podríamos imaginar una vida sin ellas.
Si sos uno de los muy poquitos que tienes a todas ellas en una sola, siéntete dichoso y no la descuides, sos muy, muy afortunado.

¡ Cuídala !

(dc)
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La pintura es de Michael Inessa Garmash, pintor ucraniano nacido en 1969.

He Aprendido

He aprendido que no puedo hacer que alguien me ame, solo puedo intentar convertirme en alguien a quien se pueda amar…

He aprendido que puede requerir años para construir la confianza, pero solo unos pocos segundos para destruirla por completo…

He aprendido que lo que verdaderamente cuenta en la vida no es lo material a mi alrededor, sino las personas que tengo a mi lado.

He aprendido que puedo encantar a la gente en apenas unos minutos. Sin embargo después de eso… se necesita poder hacer algo más.

He aprendido que no debo compararme con lo mejor de lo que hacen los demás, sino con lo mejor que puedo hacer yo mismo.

He aprendido que lo más importante no es lo que me sucede, sino lo que hago al respecto.

He aprendido que puedo hacer cosas en un instante que ocasionan un dolor indomable durante toda la vida.

He aprendido que no hay nada más importante que vivir intentando convertirme en la persona que quiero ser.

He aprendido que es muchísimo más fácil reaccionar que pensar, sin embargo es mucho más beneficioso pensar que reaccionar.

He aprendido que siempre debo despedirme de las personas que amo con palabras amorosas y buenas acciones, podría ser la última…

He aprendido que si bien pensamos en generalidades, vivimos en el mínimo y a veces insignificante detalle.

He aprendido que puedo llegar mucho más lejos de lo que pensé en algún momento que sería posible.

He aprendido que siempre soy responsable de lo que hago… no importa cual hubiera sido el sentimiento que me haya llevado a actuar.

He aprendido que o controlo mis actitudes o ellas lo harán energéticamente conmigo.

He aprendido que los héroes son las personas que hacen aquello de lo que están convencidos, a pesar de las consecuencias y de tener todo el mundo en contra.

He aprendido lo increíblemente importante que es aprender a perdonar, pero también que requiere mucha práctica y humildad.

He aprendido que el dinero es un pésimo indicador de valor… humano.

He aprendido que a veces las personas que creo que me van a patear cuando estoy caído, son aquellas que en definitiva me ayudan a levantarme.

He aprendido que en muchos momentos tengo el derecho de estar enojado, más no el derecho de ser cruel.

He aprendido que la verdadera amistad y el verdadero amor no tiene límites.

He aprendido que la madurez tiene mas que ver con las experiencias que he tenido y aquello que he aprendido, que con el número de años cumplidos.

He aprendido que nunca debo decirle a un niño que sus sueños son tontos, sería una verdadera tragedia si él lo pudiera creer.

He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonado, requiere reflexionar y perdonarme primero.

He aprendido que por más fuerte que sea mi duelo, el mundo no se detiene ni un instante por mi dolor.

He aprendido que mientras mis antecedentes y circunstancias pueden haber influenciado en mí, soy el único responsable de ser como soy.

He aprendido que a veces cuando mis verdaderos amigos pelean, estoy obligado a tomar partido aún cuando no lo deseo.

He aprendido que no tengo que cambiar de amigos por el sólo hecho que ellos suelan cambiar.

He aprendido que no debo ufanarme de averiguar un secreto, podría cambiar para mal mi vida para siempre.

He aprendido que dos personas pueden estar mirando lo mismo, ver algo totalmente diferente y no por ello ninguno de ellos estar equivocado.

He aprendido que por más que uno vive intentando ayudar y proteger a mis hijos, ellos necesitan ser simplemente ellos mismos.

He aprendido que sin importar las consecuencias, es prioridad que sea honesto conmigo mismo.

He aprendido que muchas cosas pueden ser generadas por la mente, el truco está en al autodominio para que las mismas no nos sean perjudiciales.

He aprendido que puedo derrumbar toda mi vida en cuestión de minutos ante una mala influencia.

He aprendido que tanto escribir como hablar puede aliviar los dolores emocionales.

He aprendido que los títulos sobre la pared no nos convierten en seres humanos decentes.

He aprendido que aunque la palabra amor pueda tener diferentes significados, pierde su valor cuando se usa con ligereza.

He aprendido que es muy difícil determinar donde fijar el límite entre no herir los sentimientos de los demás y defender lo que creo.

He aprendido que las personas se mueren demasiado pronto.

Cuanto he aprendido…!!!

Pero también he aprendido que es mucho, mucho más… lo que aún me falta por aprender !!!

“Incomprensibilidad”

¿Será verdad
que ya no hay caridad?
Pues no es novedad,
hay mucha maldad
y en gran cantidad !!
Cuanta falsedad,
tanta crueldad,
es pura obviedad,
además hay frialdad
y falta humildad,
lo veo con claridad,
es de gran gravedad,
ya no hay casi igualdad,
ni nada de calidad,
desapareció la dignidad
y casi no queda bondad…
todo es dualidad.
Que barbaridad…
Pobre humanidad !!!
Y si me piden brevedad…
pondré esmero, agilidad
Ay !!! Mi ansiedad.
¿Ó será la humedad?
Perdón… debe ser la edad !!!

(dc)

Hubo un momento…

Hubo un momento en el que creías que la tristeza sería eterna, pero volviste a sorprenderte a ti mismo riendo sin parar.

Hubo un momento en el que dejaste de creer en el amor y luego apareció esa persona y no pudiste dejar de amarla cada día más.

Hubo un momento en el que la amistad parecía no existir y conociste a ese amigo que te hizo reír y llorar, en los mejores y en los peores momentos.

Hubo un momento en el que estabas seguro que la comunicación con alguien se había perdido y te sorprendiste gratamente al recibir ese mensaje.

Hubo un momento en el que una pelea prometía ser eterna, y sin embargo mucho antes de entristecerte para siempre terminó en un abrazo.

Hubo un momento en el que sentiste que simplemente no podrías hacer algo y hoy te sorprendes a ti mismo haciéndolo mejor que nadie.

Hubo un momento en el que creíste que nadie podía comprenderte y te quedaste sin palabras mientras alguien parecía leer tu corazón.

Así como hubo momentos en que la vida cambió en un instante, nunca olvides que aún habrá momentos en que lo imposible se tornará un sueño hecho realidad.

Nunca dejes de soñar, porque soñar es el principio del sueño hecho realidad.

Nunca dejes de tener esperanza, porque en ella… está el milagro de la vida.