El león y los gatos.

Un león se encontró con un grupo de gatos que conversaban. “Voy a comérmelos”, pensó. Pero, extrañamente, empezó a sentirse más tranquilo. Y decidió sentarse con ellos y prestar atención a lo que decían.

–Mi buen Dios –dijo uno de los gatos, sin darse cuenta de la presencia del león–. ¡Hemos orado toda la tarde! ¡Hemos pedido que lluevan ratones del cielo!

–¡Y, hasta ahora, ¡no ha pasado nada! –dijo otro–. ¿Será que el Señor no existe?

El cielo permaneció mudo. Y los gatos perdieron la fe.

El león se levantó y siguió su camino pensando: “Hay que ver lo que son las cosas. Yo iba a matar a estos animales cuando Dios me lo impidió. Y, sin embargo, ellos han dejado de creer en la Gracia Divina: estaban tan preocupados por lo que les faltaba que no repararon en la protección que recibían”.

 

(Extraído de por ahí, no pude confirmar la autoría)

Arena.

No hace mucho que dejó de llover y amaneció en el campo. El rastrojero avanza a los tumbos enterrándose en el barro. La marcha es cada vez más lenta. El motor se ahoga. En la caja del rastrojero viajamos la abuela, mi madre, mi hermana y yo. Viajamos abrazados, ahí atrás, entre valijas, bolsos y paquetes, protegidos por una lona. Es enero y vamos de vacaciones.

Unos parientes de la abuela tienen una casa en Santa Teresita. Y nos invitaron a pasar unos días.

A mi padre esos parientes no le caen simpáticos. Según la abuela, sus parientes prosperaron porque son trabajadores y creyentes. Si ellos pudieron tener una casa en la costa se debe a una recompensa del cielo. Dios ayuda a quienes trabajan, dice. Y lo mira a mi padre: No como algunos. Mi padre le contesta: Esclavos y chupacirios, dice mi padre. Eso es lo que son sus parientes.

La abuela se calla. Los ojos le brillan con malicia. Es cierto que la abuela admira a esos parientes suyos. Pero, mirando la situación desde otra perspectiva, cuando la abuela comenta la invitación a ir al mar que hicieron sus parientes esa admiración resulta, como nunca, otra forma de rebajar a mi padre, quien al hacerse delegado en cada sastrería en que empieza a trabajar, al poco tiempo es despedido por enfrentar a la patronal, y tiene que buscar otro empleo.

Me cuesta comprender por qué si mi padre desprecia a estos parientes de la abuela, no se opuso a que mi madre, mi hermana y yo viniéramos al mar. En estos días mi padre se empleó de nuevo en una sastrería. No puede disponer de francos. Pero vendrá a visitarnos apenas pueda. Los tiempos no están para andar haciéndose los ricos, dice la abuela. Sin duda alude a mi padre. Así es que con mi madre y mi hermana subimos a la caja del rastrojero de los parientes rumbo a Santa Teresita.

La casa de los parientes es un chalecito que se levanta en el campo, a unas cuantas cuadras del mar. Esta casa en la playa es otra ventaja de los parientes sobre mi padre. La abuela la aprovecha como propia. Los días se hacen largos, interminables, como las caminatas con mi madre por la playa. Para encontrar un almacén también es necesario caminar bastante. Santa Teresita es un pueblo incipiente entre cardales quemados por el sol, extensiones apenas alambradas que recién empiezan a delimitarse. El viento áspero y caliente levanta polvo y arena. Por las noches el viento trae el sonido del mar. Es bueno dormirse escuchando el oleaje como un susurro. Me duermo imaginando cómo será ir al mar con mi padre, cuando venga. Pero pasan los días y mi padre no viene.

Un domingo por la mañana mi madre nos lleva al pueblo. De un micro baja mi padre. Besa a mi madre, levanta en brazos a mi hermana y me palmea campechano. No, no trajo equipaje. Ni un bolsito, se divierte. Apenas esta campera que ahora se cuelga al hombro. Es que vino apenas por este domingo, porque mañana lunes debe estar otra vez en la sastrería. No quiere perder tiempo, me dice. Que lo acompañe al mar, me pide.

Es temprano todavía, pero el sol calcina. Con seguridad será un día pesado, sofocante. En lugar de ir a la casa mi padre prefiere ver antes el mar. Mi padre avanza con agilidad y rapidez. Y, a medida que nos aproximamos a la costa, mi madre y mi hermana van quedando rezagadas. Yo lo sigo al trote. Mi padre encara unos médanos. Trepamos. Mi padre primero. Y yo detrás. Hay un instante en que lo pierdo de vista. Mi padre ya pasó del otro lado del médano. Yo todavía estoy intentando alcanzar la cima. Y cuando la alcanzo, lo veo otra vez.

Allá abajo mi padre corre por la playa, hacia el mar. Se quita la campera, después la camisa. Sin perder el envión, los zapatos, las medias, los pantalones, hasta quedarse en esos calzoncillos anatómicos que usa. Corre sin parar hasta las primeras olas. Se zambulle. Una y otra vez asoma en la espuma y vuelve a clavarse en las olas. Mi padre no es un nadador experimentado. Su estilo es caótico, con mucho de improvisación. En sus brazadas se nota más esfuerzo que habilidad. Su silueta apenas se divisa a lo lejos. Pronto lo devoran las olas más altas y violentas.

Me apuro detrás suyo, juntando la ropa que dejó tirada en la arena. Freno antes de llegar al agua. Con terror advierto que su figura, una silueta hace un instante, ha desaparecido después de unas olas gigantescas. Ahora mi madre y mi hermana están a mi lado. Asustada, mi madre lo llama. Grita su nombre. Varias veces, al borde del llanto, lo grita. Mi voz se suma a la suya. Para mi hermana estamos jugando. Y se ríe imitándonos. La desesperación se apodera de nosotros. Gritamos al mar.

Mi padre tarda en insinuarse en la distancia. Cada tanto una ola vuelve a ocultarlo. Está intentando volver. La corriente lo tironea mar adentro, pero él, con su tozudez, obstinado, se las ingenia para nadar hacia la playa. Cuando emerge de entre las olas, ahora haciendo pie, levanta los brazos con una alegría de pibe, como invitándonos a una zambullida. Recién al acercarse, cuando está ya con nosotros, repara en la expresión angustiada de mi madre, su llanto. El susto de mi madre lo divierte.

En francés el mar es mujer, me dice. Tu madre se puso celosa. A mi padre el mar lo entusiasma. Y me cuenta esta historia. En el tercer día de la creación la Tierra era plana y las aguas la cubrían. Cumpliendo una orden de Dios, las aguas se distribuyeron recorriendo valles y montañas. Pero las aguas eran arrogantes. Y se levantaron amenazando anegarlo todo. Dios las reprendió y puso un pie frente a ellas estableciendo el límite del mar. Cuando las aguas vieron la arena se burlaron. Los granos de arena eran insignificantes. “No les tememos”, dijo una ola. Y otra: Cualquiera de nosotras, aún la más pequeña, puede destruirlos.” Los granos de arena se aterraron. Pero uno dijo: “Es cierto que somos insignificantes cuando estamos separados y hasta una brisa suave nos puede disolver. Pero también es verdad que si nos unimos podemos resistir el embate de las aguas arrogantes”.

Le pregunto a mi padre si cree en Dios.

Creo en los granos de arena, me dice.

Y, atravesando el campo, caminamos los cuatro, mi padre, mi madre, mi hermana y yo, por una calle de arena hacia la casa de los parientes.

Guillermo Saccomanno
(De Cuentos al sur del mundo)

Un nudo en la sábana.

En una junta de padres de familia de cierta escuela, la Directora resaltaba el apoyo que los padres deben darle a los hijos. También pedía que se hicieran presentes el máximo de tiempo posible. Ella entendía que, aunque la mayoría de los padres de la comunidad fueran trabajadores, deberían encontrar un poco de tiempo para dedicarle a sus hijos, entenderlos y acompañarlos en su niñez.

Sin embargo, la directora se sorprendió mucho cuando uno de los padres se levantó y explicó, en forma humilde, que él no tenía tiempo de hablar con su hijo durante la semana. Cuando salía para trabajar era muy temprano y su hijo todavía estaba durmiendo y cuando regresaba del trabajo era muy tarde y el niño ya no estaba despierto.

Explicó, además, que tenía que trabajar de esa forma para proveer el sustento de la familia y que lo lamentaba cada día de su vida pero no encontraba otra manera de hacerlo.  Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba mucho e intentaba redimirse yendo a besarlo todas las noches cuando llegaba a su casa y, para que su hijo supiera de su presencia, él hacía un nudo en la punta de la sábana. Eso sucedía religiosamente todas las noches cuando iba a besarlo.
Cuando el hijo despertaba y veía el nudo, sabía, a través de él, que su papá había estado allí y lo había besado. El nudo era el medio de comunicación entre ellos.

La directora se emocionó con aquella singular historia y se sorprendió aún más cuando constató que el hijo de ese señor, era uno de los mejores alumnos de la escuela.

El hecho nos hace reflexionar sobre las muchas formas en que las personas pueden hacerse presentes y comunicarse con otros. Aquél padre encontró su forma, que era simple pero eficiente. Y lo más importante es que su hijo percibía, a través del nudo afectivo, lo que su papá le estaba diciendo.

Algunas veces nos preocupamos tanto con la forma de decir las cosas que olvidamos lo principal que es la comunicación a través del sentimiento. Simples detalles como un beso y un nudo en la punta de una sábana, significaban, para aquél hijo, muchísimo más que regalos o disculpas vacías.

Es válido que nos preocupemos por las personas pero es más importante que ellas lo sepan y que puedan sentirlo. Para que exista la comunicación, es necesario que las personas “escuchen” el lenguaje de nuestro corazón, pues, en materia de afecto, los sentimientos siempre hablan más alto que las palabras.

Es por ese motivo que un beso, revestido del más puro afecto, cura el dolor de cabeza, el raspón en la rodilla y el miedo a la oscuridad.

“Vive de tal manera, que cuando tus hijos piensen en justicia, cariño, amor e integridad, piensen en ti.”

Los cuatro acuerdos Toltecas.

Los cuatro acuerdos Toltecas.

Los toltecas una de las tribus de Mesoamérica, cuya lengua era el Náhuatl, se establecieron en el centro de México en Tula que se convirtió luego en un imperio

que dominaba el centro de México ya hacia el año de 1050 DC. Poseían una cultura muy rica siendo su Dios principal Quetzalcóatl, dios del bien, hombre y sacerdote, símbolo de inteligencia de este pueblo.

El conocimiento esotérico de los toltecas fue transmitido de generación en generación, siendo el Dr Miguel Ruíz un náhualt perteneciente al linaje tolteca especificadamente a los “guerreros del águila”. El Dr. Miguel Ruíz es maestro tolteca y es el autor del libro “Los cuatro acuerdos”, tratado de sabiduría tolteca que nos enseña cuatro verdades tan simples y tan poco usadas por nosotros en nuestra sociedad actual.

El Dr. Miguel Ruíz nos dice en el prólogo de su libro “Los cuatro acuerdos” nos dice:

“No hay razón para sufrir. La única razón por la que sufres es porque así tú lo exiges. Si observas tu vida encontrarás muchas excusas para sufrir, pero ninguna razón válida. Lo mismo es aplicable a la felicidad. La única razón por la que eres feliz es porque tú decides ser feliz. La felicidad es una elección, como también lo es el sufrimiento”.

Nosotros en nuestra socialización primaria y secundaria vamos haciendo acuerdos, que son las enseñanzas que nos van transmitiendo nuestros padres y nuestros maestros y educadores, en toda nuestra vida vamos sufriendo un proceso de “domesticación”, donde se nos enseña lo bueno y malo, las creencias que ya existían antes de que nosotros naciéramos, aquellas seleccionadas por otros pero no por nosotros.

Estas creencias nos harán felices o infelices, dependiendo de su energía y de cómo las usemos en nuestras vidas. Dice el Dr Ruiz en su libro:

“Toda la humanidad busca la Verdad, la justicia y la belleza. Estamos inmersos en una búsqueda eterna de la Verdad porque sólo creemos en las mentiras que hemos almacenado en nuestra mente. Buscamos la justicia porque en el sistema de creencias que tenemos no existe. Buscamos la belleza porque, por muy bella que sea una persona, no creemos que lo sea. Seguimos buscando y buscando cuando todo está ya en nosotros. No hay ninguna Verdad que encontrar. Dondequiera que miremos, todo lo que vemos es la Verdad, pero debido a los acuerdos y las creencias que hemos almacenado en nuestra mente, no tenemos ojos para verla”

Estamos ciegos ya que nos somos capaces de ver más allá de todas las creencias que nos han inculcado, es como si tuviéramos una especie de venda en los ojos que no nos deja ver más allá de lo aprendido, no no deja descubrir “nuestra verdad”.

No solemos aceptarnos como somos en ese afán por ser como los demás quieren que seamos o esperan que seamos, por lo cual dejamos a un lado nuestra autenticidad para cumplir “acuerdos tácitos” o socializaciones de otros, por lo que no vemos nuestra verdad, la luz que vibra en nuestro interior y que todos poseemos.

Hemos hecho acuerdos con los demás pero también con nosotros mismos, las creencias que tenemos sobre quiénes somos, qué sentimos, qué deseamos, muchos de esos acuerdos no nos satisfacen, por lo que debemos de tener el coraje de cambiarlos, dice al respecto el Dr Ruiz:

“Si somos capaces de reconocer que nuestra vida está gobernada por nuestros acuerdos y el sueño de nuestra vida no nos gusta, necesitamos cambiar los acuerdos. Cuando finalmente estemos dispuestos a cambiarlos, habrá cuatro acuerdos muy poderosos que nos ayudarán a romper aquellos otros que surgen del miedo y agotan nuestra energía. Cada vez que rompes un acuerdo, todo el poder que utilizaste para crearlo vuelve a ti.”

Es decir que en nosotros está la capacidad de romper acuerdos que nos maltratan, que nos roban la autoestima, que nos hacen sentir infelices y rechazados, acuerdos con los otros y con nosotros mismos que hemos adoptado en la creencia de que es el imperativo categórico de Kant, “el deber ser” .

De allí que al romper nuestros viejos acuerdos, toda la energía que hemos puesto en esos acuerdos al crearlos y sostenerlos volverá a nosotros y podremos crear nuevos acuerdos, en especial los cuatro acuerdos de sabiduría tolteca que nos enseña el Dr. Ruiz en su libro.

Acuerdos

Les hablaré resumidamente de cada uno de ellos.

* Primer acuerdo:

Sé impecable con las palabras.

Es el acuerdo más importante y más difícil quizá de cumplir. Ya todos sabemos del poder que tiene el verbo, la palabra, de la energía que encierran las palabras, la energía que le imprimimos desde las emociones, y lo difícil que se hace volver atrás con las palabras una vez dichas. Dice el Dr. Ruiz que toda la magia se encierra en las palabras, si las utilizas bien crearás “magia blanca” si las utilizas mal, será “magia negra”.

Las palabras ejercen una gran influencia sobre quienes las escuchan. Todos somos magos, hacedores de magia con las palabras, con ellas podemos destruir o podemos construir, depende del sentido y la intención que le imprimamos.

Por qué ser “impecable” con las palabras?

Porque la palabra impecable significa exento de pecado, quiere decir no usar las palabras en contra de nosotros. Cada palabra que digo en bien o en mal regresa a mi con toda su carga energética. Las personas que nos maldicen, insultan o hieren verbalmente se crean un daño a sí mismas, ya que el todo el veneno que hay en esas palabras generarán sentimientos negativos hacia esa persona, el que las escucha generará odio hacia esa persona que las dice, y ese odio se vuelve en contra del que ofende. Lo mismo ocurre con las palabras de amor, palabras buenas generarán acciones buenas, palabras malas, acciones malas.

Cada vez que usamos nuestras palabras en sentido negativo creamos un hechizo de magia negra, como ésta historia que nos relata el Dr. Ruiz en su libro:

“Había una vez una mujer inteligente y de gran corazón. Esta mujer tenía una hija a la que adoraba. Una noche llegó a casa después de un duro día de trabajo, muy cansada, tensa y con un terrible dolor de cabeza. Quería paz y tranquilidad, pero su hija saltaba y cantaba, alegremente. No era consciente de cómo se sentía su madre; estaba en su propio mundo, en su propio sueño. Se sentía de maravilla y saltaba y cantaba cada vez más fuerte, expresando su alegría y su amor.

Cantaba tan fuerte que el dolor de cabeza de su madre aún empeoró más, hasta que, en un momento determinado, la madre perdió el control. Miró muy enfadada a su preciosa hija y le dijo:

«¡Cállate! Tienes una voz horrible.¿Es que no puedes estar callada?».

Lo cierto es que, en ese momento, la tolerancia de la madre frente a cualquier ruido era inexistente; no era que la voz de su hija fuera horrible. Pero la hija creyó lo que le dijo su madre y llegó a un acuerdo con ella misma. Después de esto ya no cantó más, porque creía que su voz era horrible y que molestaría a cualquier persona que la oyera.

En la escuela se volvió tímida, y si le pedían que cantase, se negaba a hacerlo. Incluso hablar con los demás se convirtió en algo difícil. Ese nuevo acuerdo hizo que todo cambiase para esa niña: ‘creyó que debía reprimir sus emociones para que la aceptasen y la amasen’.

Siempre que escuchamos una opinión y la creemos, llegamos a un acuerdo que pasa a formar parte de nuestro sistema de creencias. La niña creció, y aunque tenía una bonita voz, nunca volvió a cantar.

Desarrolló un gran complejo a causa de un hechizo; un hechizo lanzado por la persona que más la quería: su propia madre, que no se dio cuenta de lo que había hecho con sus palabras. No se dio cuenta de que había utilizado magia negra y había hechizado a su hija. Desconocía el poder de sus palabras, y por consiguiente no se la puede culpar.

Hizo lo que su propia madre, su padre y otras personas habían hecho con ella de muchas maneras diferentes: utilizar mal sus palabras.”

Vemos pues que también nosotros hemos hecho hechizos a más de uno en nuestras vidas, incluyendo a nuestros hijos, cuando le decimos:

“Tú no sirves para ésto o aquello, mejor estudia ésta o aquella profesión”,

” Te falta inteligencia”,

“Eres feo”,

“Nunca lograrás nada en la vida”, etc..

Todas éstas sentencias son hechizos de magia negra que usamos sin saber el poder que tienen en la vida del que las recibe y en nuestra vida, ya que toda la mala energía se volverá contra nosotros algún día.

Intentemos siempre entonces… ” ser impecables con las palabras. ”

* Segundo acuerdo:

No tomarte nada personalmente.

No debemos tomarnos las palabras de los demás ni sus acciones de modo personal, ya que cada persona tiene su propio mundo de creencias, sus propios acuerdos, y lo que diga o haga no tiene que ver con nosotros ni con nuestro mundo sino con el de esa persona; como ella lo ve y siente.

Cuando no nos tomamos las palabras o acciones de modo personal, nos volvemos inmunes a su veneno, no nos afectan.

Dice el Dr. Ruiz:

“No te tomes nada personalmente porque, si lo haces, te expones a sufrir por nada. Los seres humanos somos adictos al sufrimiento en diferentes niveles y distintos grados; nos apoyamos los unos a los otros para mantener esta adicción. Hemos acordado ayudarnos mutuamente a sufrir. Si tienes la necesidad de que te maltraten, será fácil que los demás lo hagan. Del mismo modo, si estás con personas que necesitan sufrir, algo en ti hará que las maltrates. Es como si llevasen un cartel en la espalda que dijera:

«Patéame, por favor».

Piden una justificación para su sufrimiento. Su adicción al sufrimiento no es más que un acuerdo que refuerzan a diario. Vayas donde vayas, encontrarás a gente que te mentirá, pero a medida que tu consciencia se expanda, descubrirás que tú también te mientes a ti mismo. No esperes que los demás te digan la verdad, porque ellos también se mienten a sí mismos. Tienes que confiar en ti y decidir si crees o no lo que alguien te dice…

Si alguien no te trata con amor ni respeto, que se aleje de ti es un regalo. Si esa persona no se va, lo más probable es que soportes muchos años de sufrimiento con ella. Que se marche quizá resulte doloroso durante un tiempo, pero finalmente tu corazón sanará. Entonces, elegirás lo que de verdad quieres. Descubrirás que, para elegir correctamente, más que confiar en los demás, es necesario que confíes en ti mismo. Cuando no tomarte nada personalmente se convierta en un hábito firme y sólido, te evitarás muchos disgustos en la vida.”

No tomarse las cosas personalmente es algo que no hacemos, siempre estamos pensando que los demás la tienen tomada en contra de nosotros, que las personas dicen o hacen algo en nuestra contra, que siempre hablan de nosotros, que siempre comentan de nosotros, etc…

Tenemos que aprender a ver a las personas y sus opiniones como algo que es problema de ellos, no nuestro, ni tiene que ver con nuestra valía como ser humano,

si te insultan y te dicen que eres un miserable, pues bien, eso es un concepto que pertenece a esa persona, es algo que ella ve así según los acuerdos que ha hecho en su socialización, pero que no tiene nada que ver contigo.

* Tercer acuerdo:

No hagas suposiciones

El hacer suposiciones siempre nos trae decepciones. Nos pasamos la vida suponiendo cosas que no son ciertas, que creemos ver o saber, éste tercer acuerdo va de la mano con el segundo acuerdo, no tomarse nada personalmente. El suponer siempre crea problemas, ya que cuando suponemos lo hacemos basado en nuestros propias percepciones de la realidad, en lo que creemos que es, y entonces no conocemos la verdad, cuando suponemos algo de una persona, en éste caso de nuestra pareja, suponemos que sabía algo, y luego cuando comprobamos que no es así, nos ofendemos, pero no aclaramos con ella las cosas de antemano antes de suponer. Siempre la verdad por delante es lo mejor. No es bueno suponer, pero siempre lo estamos haciendo sobre todo lo que nos rodea, ya que necesitamos saber, conocer y tener explicaciones de las cosas, aunque éstas sean erradas.

Respecto a éste tercer acuerdo dice el Dr Ruiz:

“La manera de evitar las suposiciones es preguntar. Asegúrate de que las cosas te queden claras. Si no comprendes alguna, ten el valor de preguntar hasta clarificarlo todo lo posible, e incluso entonces, no supongas que lo sabes todo sobre esa situación en particular. Una vez escuches la respuesta, no tendrás que hacer suposiciones porque sabrás la verdad. Asimismo, encuentra tu voz para preguntar lo que quieres. Todo el mundo tiene derecho a contestarte «sí» o «no», pero tú siempre tendrás

derecho a preguntar.

Del mismo modo, todo el mundo tiene derecho a preguntarte y tú tienes derecho a contestar «sí» o «no». Si no entiendes algo, en lugar de hacer una suposición, es mejor que preguntes y que seas claro. El día que dejes de hacer suposiciones, te comunicarás con habilidad y claridad, libre de veneno emocional. Cuando ya no hagas suposiciones, tus palabras se volverán impecables.”

* Cuarto acuerdo:

Haz siempre tu máximo esfuerzo.

Este acuerdo es el que permite que los otros acuerdos se conviertan en hábitos internalizados dentro de nosotros. Se trata de dar siempre lo mejor de uno en cualquier situación. Si hacemos nuestro mejor esfuerzo nunca nos sentiremos culpables de no haberlo intentado lo suficiente, ni sentiremos frustración ni sentimientos de culpa. Solemos decirnos, ” Es que si hubiese hecho más… es que si al menos le hubiera ayudado un poco más…”, o ” Fracasé porque no lo intenté lo suficiente, no puse todo el empeño que debía” y frases parecidas.

Hacer nuestro máximo esfuerzo y disfrutarlo es aceptarnos a nosotros mismos sin reproches ni quejas, si damos lo mejor en cada acción, a pesar de que no logremos nuestra meta, no podremos sentirnos frustrados o fracasados, simplemente no estaba para darse, pero no por no haberlo intentado con nuestro mayor esfuerzo.

***

Una pequeña historia:

“Había una vez un hombre que quería trascender su sufrimiento, de modo que se fue a un templo budista para encontrar a un maestro que le ayudase. Se acercó a él y le dijo:

«Maestro, si medito cuatro horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?».

El maestro le miró y le respondió:

«Si meditas cuatro horas al día, tal vez lo consigas dentro de diez años».

El hombre, pensando que podía hacer más, le dijo:

«Maestro, y si medito ocho horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?».

El maestro le miró y le respondió:

«Si meditas ocho horas al día, tal vez lo lograrás dentro de veinte años».

«Pero ¿por qué tardaré más tiempo si medito más?», preguntó el hombre.

El maestro contestó:

«No estás aquí para sacrificar tu alegría ni tu vida. Estás aquí para vivir, para ser feliz y para amar. Si puedes alcanzar tu máximo nivel en dos horas de meditación, pero utilizas ocho, sólo conseguirás agotarte, apartarte del verdadero sentido de la meditación y no disfrutar de tu vida. Haz tu máximo esfuerzo, y tal vez aprenderás que independientemente del tiempo que necesites para meditar, también puedes vivir, amar y ser feliz».

***

“Verdaderamente, para triunfar en el cumplimiento de estos acuerdos necesitamos utilizar todo el poder que tenemos. De modo que, si te caes, no te juzgues. No le des a tu juez interior la satisfacción de convertirte en una víctima. Simplemente, te levantas y empiezas otra vez, y si hiciera falta… desde el principio.”

La maestra Quinteros.

Su nombre es María Quinteros y su primer día de clase de 5º grado lo inició diciendo a los niños una inocente mentira. Como casi todos los maestros lo hacían, ella miró a sus alumnos y les dijo que a todos los querría por igual. Pero eso no era posible, porque ahí en la primera fila, desparramado sobre su asiento, había un niño llamado Facundo Moreno.

La Sra. Quinteros venía observando a Facundo desde el año anterior y no había dejado de notar que él no jugaba cómo lo hacían los otros niños, su ropa estaba muy descuidada y hasta se podía percibir que a veces necesitaba darse un buen baño. Facundo había comenzado a ser para ella un tanto desagradable.

Hasta llegó el momento en que la Sra. Quinteros parecía disfrutar el marcar con una fibra roja una gran “X” en los trabajos muchas veces incompletos que presentaba Facundo. Luego los complementaba colocando un cero muy llamativo en la parte superior de sus tareas.

En la escuela donde la Sra. Quinteros enseñaba, le era requerido revisar asiduamente los historiales de cada niño e ir completándolos a medida que iban avanzando los días. Cuando tuvo que revisar el expediente de Facundo se llevó una gran y angustiante sorpresa.

La Maestra de primer grado había escrito: “Facundo es un niño muy brillante con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera muy prolija e impecable y tiene muy buenos modales… es un verdadero placer tenerlo cerca”.

Su maestra de segundo grado escribió: “Facundo es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se lo nota muy preocupado y hasta algunas veces con falta de atención porque su madre está gravemente enferma y el ambiente en su casa debe ser muy difícil de sobrellevar”.

La maestra de tercer grado escribió: “Lamentablemente su madre ha fallecido y sin dudas habrá sido muy duro para él. Trata de hacer su mejor esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés en él y creo que el ambiente en su casa lo terminará afectando tanto en el desempeño de sus obligaciones como en su conducta si no se toman las urgentes medidas necesarias”.

Su maestra de cuarto grado lo hacía de esta manera: “Facundo se encuentra muy atrasado en sus estudios si los comparamos con los de sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en clase”.

Ahora la Sra. Quinteros se había dado cuenta del verdadero problema del pobre Facundo y estaba muy apenada con ella misma. Cuenta que un día que jamás podrá olvidar, sus alumnos les llevaron regalos por el día del maestro, todos envueltos con preciosos moños y papel brillante, excepto el de Facundo. Su regalo estaba mal envuelto con un papel viejo y amarillento que él había tomado de una bolsa de papel. A la Sra. Quinteros le dio un muy raro sentimiento abrir ese regalo en medio de los otros presentes, hasta algunos niños comenzaron a reír cuando una vez descubierto el regalo, encontró un viejo brazalete y un frasco de perfume con solo un cuarto de su contenido. Sin embargo ella detuvo las burlas de los niños al exclamar lo precioso que era el brazalete mientras que se lo probaba y se colocaba un poco del perfume en su muñeca. Facundo Moreno se quedó ese día, una vez terminada la clase, el tiempo suficiente como para ser el último en abandonar la sala y aprovechar para decirle a su maestra: “Sra. Quinteros, hoy usted huele como solía oler mi mamá… y me encanta.” Después de que el niño se fuera, ella quedó llorando un largo rato.

Desde ese día, ella notó que debería cambiar su modo de enseñar a los niños. No tanta aritmética y gramática, ni tantas lecturas y escrituras, sin antes prestarles la debida atención a cada uno de sus tiernos alumnos, sin dejar de poner todo el amor y el cuidado que cada uno de ellos se merecían. Habría comenzado a educar a los niños de otro manera, con un sentimiento que desde ese día, su corazón nunca le dejaría de dictar.

Y más vale… la Sra. Quinteros pondría una atención especial en Facundo.

Conforme comenzó a trabajar con él, Facundo comenzó a revivir. Mientras más lo apoyaba, él más rápido respondía.

Para el final del ciclo escolar, Facundo se había convertido en uno de los niños más aplicados de la clase y a pesar de su mentira, de que quería a todos sus alumnos por igual, Facundo se convirtió en uno de los consentidos de la maestra.

Dos años después, ella encontró una nota debajo de su puerta, era de Facundo, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

Cinco años después, más o menos por la mismas fechas, recibió otra nota de Facundo, ahora lo hacía diciéndole que había terminado el secundario siendo el tercero de su clase y que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

Años después recibió una más, otra que decía que a pesar de que en ocasiones las cosas les fueron muy duras, logró mantenerse en la escuela y pronto se graduaría con los más altos honores. Jamás dejaba de reiterarle que seguiría siendo la mejor maestra que había tenido en toda su vida y claro, su favorita.

La Sra. Quinteros recibió desde ese entonces algunas otras cartas, en ellas Facundo le iba contando de su vida, sus estudios, sus viajes, y en donde nunca dejaba de hacerle el comentario que jamás podrá olvidarse de ella, pues simplemente habría sido para él la mejor maestra que Dios pudo haber puesto en su camino y que por ello estaría por siempre en su corazón. En estas últimas, y para el mayor de los orgullos de la fiel maestra, las firmaba como el Dr. Facundo Moreno.

Pero la historia no termina aquí, existe una carta más, una en la que Facundo ahora le decía que había conocido a una chica con la cual iba a casarse y que para él no habría mayor honor si ella aceptara ocupar en su boda el lugar que usualmente es reservado para la madre del novio. Por supuesto que la Sra. Quinteros aceptaría y para la mejor de las sorpresas de Facundo, ella llegó usando el viejo brazalete y asegurándose usar el mismo perfume que aquel inolvidable día, ese maravilloso niño le habría regalado y que había usado su madre la última Navidad en que la pasaron juntos.

Se dieron un gran abrazo y el Dr. Moreno le susurró al oído:

“Gracias Sra. Maestra por creer tanto en mí. Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que con amor y esfuerzo, uno puede hacer la diferencia”.

La Sra. Quinteros con lágrimas en los ojos, tomó aire y le dijo:

“Facundo, te equivocas, tú fuiste el que me enseñó a mí… sin dudas yo pude gracias a tí hacer la diferencia. No tenía muy en claro cómo habría que educar hasta que te conocí a tí”.

***

No importa si eres estudiante, docente o profesiónal, no importa donde vives, con quienes estés o de donde vienes o a donde vas, siempre tendrás la oportunidad de hacer algo de corazón por alguien, y créeme, retornará siempre a tí, aunque no lo quieras y cómo casi siempre pasa, de la mejor manera.

Adoro que me acaricien el alma…

Adoro que me acaricien el alma, la piel… la toca cualquiera.

Acariciar el alma es seducir con las palabras para encender emociones insospechadas. El buen artesano del amor sincero sabe que no hay mayor atracción que la de dos seres que encajan, que se buscan y se descubren más allá de la piel y los sentidos, porque acariciar el alma es renacer en el otro sin dejar de ser uno mismo.

Si lo pensamos bien, suelen ser muy pocas las veces en que llegamos a experimentar una auténtica unión mental con alguien hasta el punto de que la seducción, pase casi por alto lo físico para deleitarnos con una armonía de gustos, placeres, conocimientos y complicidades que trazan instantes maravillosos imposibles de olvidar.

Aunque no lo creas… es lo más natural del mundo.

Igualdades…

Mientras estaba terminando de lavar los platos noté que mi pequeña hijita me miraba detenidamente cómo si estuviera intentando ordenar sus muy juveniles pensamientos.

– Mamy, ¿es cierto que Juan y yo somos iguales?

Suspiré profundamente y mientras intentaba imaginar por donde podía venir la pregunta, cerré el grifo de la pileta y me sequé las manos cómo para mirarla a los ojos y prestarle atención.

– Pues… a ver… ¿por qué me haces esa pregunta?

– Es que La Seño nos dijo que los niños y las niñas somos iguales, pero… yo no quiero ser igual a Juan. ¿Has visto que siempre nos vive molestando, diciendo malas palabras y encima le cuelgan los mocos de la nariz y se los limpia con la mano?

– Pero cariño! Lo que quiso decir la maestra es que existe igualdad entre los niños y las niñas…

Detrás de los hermosos e inocentes ojitos de Cecilia, que tenía en ese entonces un gesto de mayor contusión que antes, atisbé la pila de ropa para planchar a punto de desmoronarse desde la silla y la figura de su padre totalmente desparramado en el sofá, con los pies sobre la mesita ratona y la atención absorta en la pantalla del televisor viendo el partido a todo volumen.

Volví a mirar el rostro todavía expectante de mi hija, pero el instinto de madre me llevó a intentar no angustiarla más… al fin y al cabo creo todavía que es muy pequeñita para aclararle algunas cosas, entonces le dije:

– Es que… lo que intenta decir la seño… -sin embargo dudé- es que no importa si eres niño o niña en lo que se refiere a tus derechos, tus obligaciones, tus oportunidades…. Antes…, las mujeres teníamos muchos menos derechos que los hombres, no podíamos decidir, no podíamos trabajar, no podíamos manejar ni nuestro dinero y hasta algunas veces ni nuestro propio destino, sólo éramos respetadas si nos condicionábamos a lo que querían nuestros padres o maridos…

– ¿Pero éso ya no es así…, no es cierto Má? – preguntó con la boca fruncida y un gesto de gran preocupación.

– No…, claro que no -la tranquilicé-, y luego de algunos segundos de silencio, salió corriendo detrás del gato que se dirigía hacia el jardín.

Me quedé inmóvil, angustiada, más bien derrotada. Miré la hilera de ropa para planchar, sentí mi presencia solitaria e indefensa en la cocina, los platos todavía sin lavar en la bacha, la sartén chisporroteando con lo que sería la cena, mis manos pálidas y arrugadas motivo de las tareas de la casa, y antes de volver a abrir el grifo, y volver a “mis quehaceres diarios”, me pregunté… cuál sería la edad adecuada para explicarle a mi adorada Cecilia, que los reyes magos… no existen.

(dc)

Lucía y la noción del tiempo.

Lucía siempre vivió en Neuquén. Ahora tiene veintisiete años y esta historia me la explicó por correo. Me cuenta que hace veinticinco años, cuando era muy chiquita, acompañaba a su mamá a ver a sus hermanas mayores jugar un partido de hockey. Estos torneos se hacían en unas chacras neuquinas muy grandes, arboladas y a cielo abierto. Un lugar perfecto para que una nena de casi tres años pierda la noción del tiempo.

Lucía no recuerda muy bien lo que pasó aquella tarde, ni por qué se separó del grupo familiar. Por lo tanto no vivió en carne propia la desesperación de su madre, ni la angustia de sus hermanas, cuando empezó a atardecer y nadie la encontraba.

—¡Lucía! —gritaba su mamá haciendo eco con las manos.

—¡Lu! —gritaba su hermana mayor, con los ojos llenos de lágrimas.

Lucía ya sabía caminar sola y era muy inquieta. Eso le decía su madre a todo el mundo mientras la buscaban: que era muy inquieta.

El torneo de hockey se suspendió y se organizó un rastrillaje de vecinos que empezaron a peinar el predio a pie. Cuando empezó a anochecer algunos padres pusieron las luces de sus camionetas enfocando al norte, para el lado de las acequias. De esa forma podrían seguir buscándola aunque oscureciera.

Pero la mamá de Lucía no quería saber nada con esa posibilidad, porque el frío nocturno podía ser fatal.

Y entonces pasó un milagro; el primer milagro.

Todavía no se había hecho de noche por completo, cuando alguien dio la voz de alerta.

—¿Es ella? ¡Es ella!

Un chico de unos once o doce años traía a Lucía de la mano, desde las acequias. Se veían las siluetas de los dos. Ella no se acuerda de nada de todo esto, pero mil veces le contaron la anécdota en los cumpleaños y en las sobremesas. Lucía venía un poco asustada pero sin llorar. El chico que la traía le daba charla y levantaba la mano libre con el pulgar en alto, como diciendo que todo estaba bien.

Yo me di cuenta, en el mail, que Lucía me daba datos que era imposible que ella misma recordara. Está claro que el terror de la madre y las hermanas se metían en el medio de la historia. Para ella fue solamente una aventura difusa de su primera infancia; no recuerda por qué se perdió, si fue por perseguir una mariposa. Solo se acuerda de que perdió la noción del tiempo.

Cuando aquel nene (que se convirtió además en el héroe del día) devolvió la criatura a la familia, la mamá de Lucía abrazó a su hija y se largó a llorar como nunca. Y muchas veces, durante los años siguientes, la mamá de Lucía a veces se despierta con la sensación de ahogo y de impotencia que provoca el perder a un hijo.

Por eso, dos décadas después, la mamá de Lucía abrazó tan fuerte a Alejandro cuando le vio los ojos. Por eso volvió a llorar y por eso hizo semejante escándalo.

El segundo milagro pasó en 2010. Lucía ya era veinteañera y estaba haciendo una pasantía de diseño gráfico. Trabajaba en un edificio grande donde había infinidad de personas. Ella tenía novio, pero desde que llegó al nuevo trabajo se enamoró secretamente de un contador que trabajaba allí: Alejandro.

Yo hablé con Lucía esta mañana. Ella me jura que se enamoró del contador porque le pareció muy lindo y porque le gustó su sonrisa (parece ser que el contador tiene hoyuelos o algo así) y no porque fuera el mismo chico de once años que una vez la encontró llorando en una acequia, cuando se hacía de noche. Ella me jura y perjura que no tenía la menor idea.

Lucía me asegura que el amor no surgió de aquel recuerdo escondido, y que no supo —hasta muchos meses después— que el contador era la misma persona que la había encontrado aquella tarde y la había devuelto a su madre.

Él dice lo mismo. Me cuenta que se enamoró de Lucía porque cuando ella entró como pasante a su trabajo «estaba tremendamente fuerte». Eso me dice. Y también me cuenta que después la oyó reírse con otras compañeras y casi se le doblan las piernas cuando vio su carcajada.

Ni Lucía ni Alejandro confiesan recordar la tarde de 1992 en las canchas de hockey. Ninguno confía en que el subconsciente les haya podido hacer trampa. Hablan de otras razones: de calentura, de fascinación, de hormonas, después incluso hablan de amor a primera vista, aunque sea falso que su encuentro de 2010 haya sido el primero. Técnicamente, ellos se dieron la mano dieciocho años antes de la primera vez oficial.

Le pregunté a Lucía cómo empezaron a salir juntos. Me dijo que él consiguió su Facebook y le mandó un mensaje. Alejandro le dijo, en ese primer mensaje, que la había visto tomando Coca con Fernet la noche anterior, en una fiesta del trabajo, y que le había encantado su vestido.

Un par de semanas después empezaron a salir. Era el año 2010.

Y entonces ocurrió que en 2011, cuando ya eran una pareja más o menos consolidada, respiraron hondo y se presentaron cada uno a la familia del otro. Cuando Lucía fue a casa de los padres de Alejandro nadie descubrió la coincidencia.

Pero no pasó lo mismo cuando la pareja visitó por primera vez a la madre de Lucía.

La mamá de Lucía, ni bien lo vio, pegó un grito y después dijo:

—¿Este es el Alejandro del que me hablabas, nena? —y le dio a su yerno flamante un abrazo que ni él ni Lucía entendieron.

La madre de Lucía se reía y lloraba al mismo tiempo. Lucía pensó que a su madre le había agarrado un ACV o que estaba borracha. La mujer quería hablar, quería explicar, pero se reía y lloraba al mismo tiempo.

Cuando se pudo calmar un poco, se separó del abrazo con su yerno y miró a su hija. Le dijo:

—¡Nena! ¡Este chico primero te devuelve y después te reclama!

Cuando entendieron de qué hablaba la suegra, Lucía y Alejandro se miraron con una sorpresa nueva y otra vez perdieron la noción del tiempo. Se dieron la mano y se miraron a los ojos, como si de repente se empezara a hacer de noche y estuvieran en una acequia y hubiera, de pronto, que volver a casa.

Hernán Casciari.
Del blog Orsai.com

Diosa.

Hubo una vez un dios que, creyéndose superior a todos, decidió llevar la corona del poder absoluto. Un día, una diosa le retó a un combate. El dios, sabiéndose diestro en el manejo de la espada, aceptó, pero ella le abatió, dejándole malherido.
Él reclamó el derecho a su inmortalidad para poder así resarcir su orgullo, y desafió a la diosa a construir el mayor templo jamás visto, mas ella construyó otro que llegó hasta el mismo firmamento.

Humillado, el dios le propuso una última prueba. Deberían resolver sobre un mapa todos los mecanismos del Cosmos. El dios pasó días y noches confeccionado una obra tan deslumbrante como reveladora. Ella dejó la lámina en blanco y le dijo:

– Míralos -dijo señalando hacia los mortales, hombres y mujeres, que afanosamente esculpían el Panteón en el cual habitaban- , son ellos los que nos han creado, y los que acabarán dando respuesta a todas las preguntas.

El dios la contempló como si lo hiciera por primera vez, y le entregó su corona. Ella rehusó el ofrecimiento y le detuvo.

– No he sido yo quien ha vencido, ha sido tu vanidad la que ha perdido. ¿No lo ves? Hemos caminado en igualdad de contratiempos y ventajas. No he luchado para combatir contra ti. Lucho por combatir junto a ti. No soy igual que tú, tú no eres como yo. Pero juntos hemos intentado resolver un enigma que ha precisado de nuestro ingenio. Hemos empleado esfuerzo e inspiración en erigir construcciones eternas, y puesto a prueba nuestra fortaleza física peleando a espada y lanza. Y hemos sido libres en nuestras elecciones.

La diosa se retiró dejando al dios intrigado mientras se preguntaba si aquellos humanos que trataban de explicarse su existencia a través todas las deidades comprenderían un día lo mismo que ella acababa de enseñar a quien creía ser su rival.

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Foto : Phrasikleia y Kouros

Phrasikleia – Kore (joven doncella) y Kouros (hombre joven) fueron descubiertas en Mirenda, al sureste de Atenas en 1972, la de la joven totalmente conservada y considerada como una de las piezas más importantes del arte Arcaico. Ambas estatuas fueron creadas por el escultor Aristion de Paros alrededor 550-540 AC.

El espejo.

En aquella fría y muy oscura noche, la copiosa lluvia apenas permitió a Renato distinguir al lado del auto detenido al costado de la ruta que una señora estaba pidiendo ayuda.

Detuvo su coche algunos metros adelante y se prestó a ayudar en lo que pudiera.

El coche detenido tenía tanto olor a nuevo, que la señora pensó mientras Renato se iba acercando, quizás por su aspecto flaco y de pobre, que lo único que faltaba era que la asaltaran.

Al percibir la expresión de miedo que la señora de edad avanzada tenía en su cara, las primeras palabras de Renato fueron: “Estoy aquí para ayudarla señora, no se preocupe”, y al notar que tenía una cubierta pinchada le sugirió: “¿Por qué no espera en el coche que está más calentito? En un ratito le cambió la rueda. A propósito, mi nombre es Renato”

El amable señor se agachó, colocó el gato mecánico para levantar el coche, y mientras estaba cambiando la llanta, totalmente mojado y con una herida en su mano que se había hecho tras intentar aflojar una de las tuercas, comenzó a conversar con la señora al notar que la misma había bajado la ventanilla.

La señora le contó que no era del lugar, que sólo estaba de paso por allí y le terminó diciendo que no iba a saber cómo agradecerle por tan preciosa ayuda. Renato apenas le sonrió mientras se levantaba.

Una vez efectuado el trabajo la señora le preguntó cuánto le debía. De sólo pensar todas las cosas terribles que podrían haber pasado si Renato no hubiese parado para socorrerla, cualquier precio hubiera sido razonable.

Renato, que no pensaba en dinero, pues le gustaba ayudar a las personas, le respondió: “Nada señora, fue un placer ayudarla. Si realmente quisiera pagarme de algún modo, la próxima vez que encontrase a alguien que precise de ayuda, déle a esa persona la ayuda que necesite y acuérdese de mí…”

Algunos kilómetros después, entre los cuales no podía dejar de pensar en la nobleza de aquel hombre, la señora se detuvo en un pequeño restaurante. La camarera al verla llegar toda mojada, vino hasta ella y le trajo una toalla limpia para que secase su cabello y le dirigió una dulce sonrisa.

La señora notó que la camarera estaba con casi ocho meses de embarazo, pero por ello no había dejado de ofrecerle en ningún momento todo lo que necesitaba sin que la tensión y los dolores le cambiaran la actitud.

La señora, asombrada al darse cuenta de que alguien que parecía tener tan poco podía tratar tan bien a un extraño y acordándose de Renato, luego de terminar su comida y mientras la camarera buscaba cambio, la señora se retiró dejándole algo escrito en la servilleta y cinco billetes de mil pesos.

Al volver la camarera no pudo evitar las lágrimas mientras leía la nota.

“Querida mía, tú no me debes nada, yo ya tengo bastante y soy muy mayor. Alguien que me ha ayudado hoy me dió una linda lección y de la misma manera me da mucho gusto poder ayudarte a ti. Si tú realmente quisieras reembolsarme este dinero, no dejes que este círculo de amor termine contigo, y cuando puedas, también ayuda a alguien…”

Aquella noche, cuando muy tarde llegó a su casa, agotada se acostó en la cama donde su marido ya se encontraba durmiendo, y se quedó pensando en el dinero y en lo que la señora le había dejado escrito…

…¿Cómo pudo esa señora saber cuánto necesitábamos de aquel dinero?. Con el bebé que estaba por nacer el próximo mes y las deudas todo se estaba poniendo más difícil…

…Y pensando en la bendición que había recibido, dibujó una gran sonrisa, agradeció a Dios y volviéndose hacia su preocupado marido que dormía a su lado, le dió un beso suave en la cabeza y le susurró:

-Todo estará bien mi amor. Te amo Renato.

*La vida es así, como un espejo, todo lo que des, siempre vuelve a tí.*

Clara Barton.

La Historia Real de la Fundadora de la CRUZ ROJA de EE.UU.

Cuando el desgarrador dolor se aplacó un poco, Jack Gibbs pudo pensar de nuevo.
—No lograré regresar a casa —gruñó—. Al menos, no en una pieza.
Suspiró y trató de buscar una posición más cómoda en el suelo frío y pedregoso. Pero el movimiento causó otro borbotón caliente, y supo que debía quedarse quieto si deseaba sobrevivir.
“Cuando me despachen al hospital que está detrás de las líneas —pensó—, me habré desangrado o estaré tan maltrecho que tendrán que amputarme la pierna. ¿Y qué clase de esposo seré para Sue? ¡Un hombre con una pierna!” Una nube negra lo cubrió, y perdió la conciencia.

Cuando abrió los ojos, Jack estaba seguro de haber muerto y subido al cielo. Una mujer estaba inclinada sobre él. Eso no podía suceder en un campo de batalla de la Guerra Civil. No había mujeres en campaña. ¡No se permitía!
Pero había una mujer en el campo de batalla. Se llamaba Clara Barton.

Con ayuda de dos soldados, ella lo trasladó a una litera que los hombres sacaron de un furgón tirado por caballos. Extrajo vendas de su maletín y le vendó la pierna. Luego le dio un jarabe para calmar el dolor, y Jack bebió lánguidamente, y los hombres lo metieron en una ambulancia de aspecto tosco.

Clara Barton se había pasado el día haciendo ese trabajo. Había socorrido a cientos de caídos, aplacando sus temores, aliviando su dolor, limpiando sus heridas.

Desde el comienzo de esa espantosa guerra, Clara Barton se había preocupado por los hombres que combatían en el frente. Sabía que los heridos quedaban tendidos en el campo hasta que concluía la batalla. Sabía que sólo entonces los juntaban para llevarlos a los hospitales que estaban muy por detrás de las líneas. Sabía que si sobrevivían a esa demora, el traqueteo de los carromatos abriría sus heridas expuestas. Sabía que n menudo morían desangrados antes de llegar al hospital.

Desesperada por esa situación, decidió llevar ayuda a los combatientes en pleno campo de batalla. Consiguió un furgón, lo cargó con medicamentos y equipo de primeros auxilios, fue a ver al general.

Era una mujer menuda y delgada. Para el oficial al mando, no tenía aspecto de persona apta para el campo de batalla. Más aún, la sola idea lo horrorizó. Señorita Barton, lo que me pide usted es absolutamente imposible.

—Pero general —insistió ella—. ¿Por qué es imposible? Yo misma conduciré el furgón y daré a los soldados el alivio que pueda.

El general sacudió la cabeza.
—El campo de batalla no es sitio para una mujer. No soportaría esa dura vida. De cualquier modo, ahora hacemos todo lo que podemos por nuestros soldados, nadie podría hacer más.

—Yo podría —declaró Clara Barton. Y entonces, como si acabara de entrar en el despacho, describió nuevamente sus planes para prestar primeros auxilios en el campo de batalla.

Esta entrevista se repitió una y otra vez, pero las continuas negativas no la desalentaron. Al fin el general cedió. Clara Barton recibió un pase que le permitiría atravesar las líneas.

Durante toda la Guerra Civil, atendió a todos los que pudo. Trajinaba sin cesar. Una vez trabajó cinco días consecutivos con sus noches, con muy poco descanso. Su nombre se volvió famoso en el ejército, y se pronunciaba con amor y gratitud.

Cuando el gobierno vio lo que estaba logrando, le brindó más cooperación. El ejército ofreció más furgones y más hombres para conducirlos. Se le ofrecieron más medicamentos. No obstante, siempre fue una batalla cuesta arriba para la valiente señorita Barton.

Cuando terminó la guerra, Clara Barton podría haber obtenido un merecido descanso. En cambio, vivía obsesionada por el dolor de aquellos infortunados que no sabían con certeza qué había sido de sus esposos, padres y hermanos. Decidió enterarse de la suerte de esos soldados desaparecidos, y enviar la información a sus familias. Consagró largo tiempo a esta tarea.

Ahora conocía la guerra de primera mano. Sabía cómo afectaba a los hombres en el campo de batalla, y sabía cómo afectaba a las familias que quedaban en casa. Cuando se enteró de que en Suiza había un hombre, llamado Jean Henry Dunant, que tenía un plan para ayudar a los soldados en tiempos de guerra, viajó de inmediato a Suiza para prestar su ayuda. Dunant formó una organización llamada la Cruz Roja. Los integrantes de esta organización debían usar una cruz roja sobre fondo blanco para ser fáciles de identificar. Se les daría libre acceso a los campos de batalla, para que pudieran ayudar a todos los soldados, al margen de su nacionalidad, raza o religión.

Esta idea entusiasmó a Clara Barton. Regresó a los Estados Unidos y convenció al gobierno de sumarse a otras veintidós naciones miembros para dar dinero y provisiones a una Cruz Roja Internacional, organizada para ayudar a los soldados en tiempos de guerra.

Pero Clara Barton sumó otra idea a este magnífico plan. Se denominó “la enmienda americana”.

“Hay otras calamidades que afligen a la humanidad —declaró Clara Barton. Terremotos, inundaciones, incendios forestales, tornados. Estos desastres atacan de repente, matando e hiriendo a mucha gente, dejando a otros sin hogar ni alimento. La cruz roja deberá tender una mano amiga a esa víctimas, sin importar donde ocurran esos desastres”

Actualmente la Cruz Roja lleva socorro a millones de personas de todo el mundo. Esta fue la maravillosa idea de Clara Barton. Su gran valentía, su gran amor y su gran caridad serán reverenciales por siempre.

Clara Barton (1821-1912) fue conocida como el Ángel del Campo de Batalla por su labor entre los heridos durante la Guerra Civil americana. Como fundadora de la Cruz Roja de los Estados Unidos, ocupa un lugar entre los grandes pioneros de la filantropía.

La descubrí, le dediqué mi vida…

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Por casualidad llegaste a mi vida…

Desde ese momento nunca dejé de estudiarte y por supuesto, más me mostrabas cómo eras, mucho más cerca mío te sentía.

Recorrimos una vida junta, nos peleamos, discutimos, me la hiciste difícil a veces y lograste que nunca deje de intentar conocerte más, más y mucho más…

Pero me has dado tantas, tantas alegrías, que bien sabes que nunca podré alejarme de tí.

Mi hermosa “Electrónica”

*-*-*

 

 

La caja malvada.

Él tenía una pequeña caja donde almacenaba sus recuerdos, había sido diseñada para eso, para guardar recuerdos, pero como suele suceder, terminó guardando en ella de todo un poco, así que además contenía ilusiones, sueños, ambiciones, rencores, deseos y palabras que nunca se dijeron.

A él le gustaba imaginar que su caja era de marfil, aún cuando el tiempo demostró que era sólo de hueso común y, también suponía que en su interior había una infinidad de pequeños compartimentos donde él, se esforzaba por ordenar todo lo que allí guardaba, sin embargo cuando quería recuperar algo descubría con pesar que no estaba en el lugar donde lo había depositado y era necesario invertir mucho tiempo en su búsqueda, a veces pasaban semanas sin que apareciera.

Le preocupaba el hecho de que las cosas cambiaran de lugar y a veces pareciera que se ocultaban, por lo que comenzó a obsesionarse con la idea de que la caja tenía vida propia y era ella quien las movía, esto claro está, sólo para molestarlo.

Una tarde de primavera, caminando de su trabajo a casa, cruzó un parque en el que un macizo de azucenas estallaba en grandes ramos de flores, le pareció recordar que su madre, en la casa donde pasó su infancia, cultivaba en una maceta una planta similar, buscó de inmediato ese recuerdo en su caja de marfil y la caja con una risa ahogada que nada más él podía oír, le devolvió otro recuerdo, también de su Madre y de flores; pero en este aparecía ella muy bien arreglada, peinada, maquillada, vistiendo su mejor vestido, con las manos cruzadas sobre el pecho, los ojos entrecerrados y reposando en un ataúd toda rodeada de flores. Las lágrimas inundaron sus ojos, su cabeza giraba vertiginosamente, sus piernas escasamente lo sostenían, mientras de la caja salía una risa que lo estaba volviendo loco y a la que no podía acallar.

Estaba claro que la caja lo acechaba, buscaba sus momentos de distracción para revolver sus recuerdos y así herirlo, cambiando los tristes por alegres y viceversa y, conforme pasaba el tiempo, la caja ideaba más formas de perseguirlo con el único propósito de hacerlo sufrir.

Una noche de verano, en su cama lo acompañaba la soledad, hacía calor pero la soledad es una fría compañera por lo que se cubría con una vieja manta de la cual no podía recordar su origen, imposible conciliar el sueño, el ruido infernal de miles de pequeños compartimentos abriéndose y cerrándose mientras intercambiaban su contenido le impedía descansar, cerraba los ojos y aun así veía cómo la caja disimuladamente lo observaba, veía su desesperación, medía su angustia y conforme estas crecían, la caja más y más desordenaba su contenido, como un experto croupier que barajara un mazo de cartas.

Ante la imposibilidad de detener la frenética actividad de la caja, decidió seguirle el juego y concibió una idea que le pareció magistral, ya no buscaría más nada, de ahora en adelante sólo abriría un compartimento al azar y recrearía su contenido. Dejó que los compartimentos giraran y giraran y cuando supuso que la caja estaba descuidada, atrapó uno y lo sostuvo con firmeza; una pequeña etiqueta de color amarillo montada en un porta etiquetas de metal oxidado indicaba con tipografía antigua: “Ilusiones”.

Su corazón se aceleró, su respiración se agitó, los nervios lo traicionaban, ¿qué podría haber allí? Estarían las tantas veces que sus sentidos lo engañaron jugándole malas pasadas o serían situaciones irreales que alguna vez le sugirió la imaginación? Abrió el compartimento y de él salto una muchacha joven, rubia, sonriente y de cara bonita, era Marlene aquella compañera de su primer trabajo, a dos escritorios de distancia la miraba de soslayo buscando evitar que se diese cuenta de que él no podía apartar su mirada de ella.

Marlene además de rubia y bonita, era simpática, por lo que siempre estaba rodeada de uno o varios compañeros de trabajo, esto aunado a la timidez de él, limitaba la ilusión a sólo mirarla. Una tarde coincidieron a la salida del trabajo, llovía y él ofreció acompañarla y compartir su paraguas, con una sonrisa enorme que mostraba lo blanco de sus perfectos dientes ella dijo Siii con marcado entusiasmo, lo tomó del brazo y acercando su cuerpo al de él caminaron hacia la estación del transporte.

Finalmente él tenía la oportunidad que tanto había imaginado, estar a solas con ella y decirle lo que sentía, pudo haber dicho “Quiero todo contigo” o “Me gustas” o “Te veo y me estorba la ropa” o simplemente “Te invito un café”, pero la mano de ella tomándolo del brazo, su cuerpo tan cerca del suyo bajo el paraguas, las piernas rosándose a cada paso y el perfume embriagador que de ella emanaba, le sellaron los labios, sin poder articular palabra alguna la acompañó hasta el transporte hizo un ademán que pudo haber sido un adiós y se perdió en medio de la lluvia.

Los sollozos ahogaban su garganta, la tristeza lo invadió y cuando quiso depositar el compartimento en su lugar vio con horror que la caja había hecho otro cambio, sólo que en esta ocasión en vez de cambiar el contenido, había cambiado la etiqueta, el sudor que caía de su frente diluyó la tinta de la sobre escritura “Ilusiones” y dejó al descubierto el título original: “Palabras que nunca se dijeron”.

Con el paso del tiempo la situación empeoraba, la caja no sólo cambiaba las cosas de lugar, ahora además abría permanentemente diferentes compartimentos y le leía en voz alta su contenido. Un día proveniente de un compartimento etiquetado como “Ambiciones”, le leyó al máximo volumen, aquel proyecto de estudiar Derecho y convertirse en un paladín de la justicia, defender a los inocentes, procesar a los culpables y, ser reconocido por su imparcialidad y buen juicio.

Y entonces, por primera vez reconoció que la caja tenía vida e inteligencia propia y comenzó a tratar de dialogar con ella, -sí, yo ambicionaba ser Abogado porqué mi Padre fue injustamente despojado de todo lo que logró en su vida y yo debía recuperarlo e impedir que eso le sucediera a otros-.

La caja rápidamente abrió otro compartimento, en este caso uno etiquetado como “Definiciones” y recitó. Ambición: Deseo ardiente de conseguir algo por lo que se lucha con vehemencia. Acto seguido lo increpó, tú qué hiciste además de fantasear con la idea e imaginarte en el estrado dictando sentencia, cuándo tomaste un libro de leyes? Cuándo preguntaste en la escuela libre de derecho cuáles eran los requisitos de admisión?

Y nuevamente la caja abrió otro compartimento la etiqueta decía: “Hechos”, de allí resumió rápidamente su vida: Burócrata de lunes a viernes, trabaja en oficina de gobierno de ocho a tres, las tardes televisión, los fines de semana cine y futbol.

La caja entonces le brindó una nueva sorpresa; inició moviendo su contenido a voluntad, luego comenzó a hablarle y ahora le proyectaba imágenes. Él cerró los ojos y los cubrió con ambas manos, aun así las imágenes de una nitidez impresionante seguían desfilando frente a él, en ella se vio como la caja lo veía, estaba él en un salón enorme lleno de escritorios, vistiendo un viejo traje obscuro, brillante de tanto plancharlo, camisa blanca con el cuello percudido, corbata descolorida salpicada de algunos restos de pasadas comidas, atrás de un escritorio gris repleto de expedientes amarillentos que simulaba estudiar y que en realidad sólo tomaba de un anaquel para colocarlo en otro (lo mismo que hacía la caja).

La aflicción lo invadió, las imágenes se seguían proyectando, las voces no cesaban, seguía el movimiento de los recuerdos, ilusiones, sueños, ambiciones, rencores, deseos y palabras que nunca se dijeron y, que no eran otra cosa más que su vida.

Era necesario acallar las voces! Era necesario parar el movimiento de los compartimentos! Había que borrar las imágenes! Buscó con desesperación la llave de la caja, había decidido vaciarla de una vez por todas, recorrió la pequeña habitación y no la encontró, terminó agitado, con un fuerte dolor en el pecho y recargado en el viejo escritorio de su abuelo que hoy ocupaba una esquina del aposento, revisó los cajones, buscó algo que le permitiera abrir la caja y, así encontró un objeto metálico, lo recargó en el borde de la caja y lo oprimió contra ella.

Se escuchó un gran estruendo que acalló las voces, la tapa de la caja voló en mil fragmentos de hueso, de hueso común, los compartimentos se esparcieron por toda la habitación incrustándose en las paredes de la misma, dejando allí pequeñas marcas de color sepia y su contenido al contacto con el aire se inflamaba, produciendo diminutas llamas rojizas.

Ahora sólo hay silencio y por fin él ha recuperado la paz y tranquilidad perdidas hace ya tanto tiempo.

***

Más tarde, sentados en la orilla de la cama, el médico forense y el inspector de policía observan la habitación y el desastre que allí impera, el inspector mira con detenimiento el antiguo revólver y dice en voz muy baja, como si hablara consigo mismo: “Hubiera jurado que este viejo armatoste no disparaba”.

Omar Alvarado Díaz.

El árbol de las manzanas.

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles.

Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.

Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar. Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa”. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario. Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, le preguntó el árbol.

El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo. Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera manzanas”.

El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El hombre se sentó junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.

Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con ellos… Cuando crecemos los dejamos… Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas… No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices.

( Zel Sillberstein )

Los nadies.

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre,
muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

 

Eduardo Galeano.
Del libro de los abrazos.

Urgencia de primavera.

Tal vez fue una semilla pasajera del viento. Tal vez alguna mano descuidada. O la travesura de un ángel jardinero. Hace tres años ha brotado en un balde de pintura con tierra, entre un montón de pasto anónimo y gris, un arbolito huérfano de padre y madre. Vertical como un grito, verde como un sueño. Me dijeron que era una morera. Perdida. Guachita. Sin futuro. La morera no me ha pedido cuidados especiales. Tampoco le importa si no tiene futuro. Solo quiere que la dejen vivir. Apurada por abrazar el cielo alcanza casi los dos metros. Ignora, como yo, de árboles y suelos, de botánica y química, de lógica y política. Sin saber ni pedir nada crece, crece. El verano pasado fue madre primeriza: parió unas moras chiquitas y abundantes, sabrosas y salvajes. Mirala vos, la que no tenía futuro. La morera ignora todo, pero se sabe las estaciones de memoria. Y dice que no ve la hora que sea primavera. Tal vez tenga razón. Ha sido un invierno demasiado largo.
.
Horacio Sacco.
11 de agosto del 2016

Los que no han salido en la foto…

A poco de publicar su libro “Espejos”, el gran Eduardo Galeano decía:

Cada día, leyendo los diarios, asisto a una clase de historia.

Los diarios me enseñan por lo que dicen y por lo que callan.

La historia es una paradoja andante. La contradicción le mueve las piernas. Quizá por eso sus silencios dicen más que sus palabras y con frecuencia sus palabras revelan, mintiendo, la verdad.

De aquí a poco se publicará un libro mío que se llama Espejos. Es algo así como una historia universal, y perdón por el atrevimiento. “Yo puedo resistir todo, menos la tentación”, decía Oscar Wilde, y confieso que he sucumbido a la tentación de contar algunos episodios de la aventura humana en el mundo, desde el punto de vista de los que no han salido en la foto.

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Por decirlo de alguna manera, se trata de hechos no muy conocidos.

Aquí resumo algunos, algunitos nomás:

Cuando fueron desalojados del Paraíso, Adán y Eva se mudaron al África, no a París.

Algún tiempo después, cuando ya sus hijos se habían lanzado a los caminos del mundo, se inventó la escritura. En Irak, no en Texas.

También el álgebra se inventó en Irak. La fundó Mohamed al-Jwarizmi, hace 1200 años, y las palabras algoritmo y guarismo derivan de su nombre.

Los nombres suelen no coincidir con lo que nombran. En el British Museum, pongamos por caso, las esculturas del Partenón se llaman “mármoles de Elgin”, pero son mármoles de Fidias. Elgin se llamaba el inglés que las vendió al museo.

Las tres novedades que hicieron posible el Renacimiento europeo, la brújula, la pólvora y la imprenta, habían sido inventadas por los chinos, que también inventaron casi todo lo que Europa reinventó.

Los hindúes habían sabido antes que nadie que la Tierra era redonda y los mayas habían creado el calendario más exacto de todos los tiempos.

En 1493, el Vaticano regaló América a España y obsequió el África negra a Portugal, “para que las naciones bárbaras sean reducidas a la fe católica”. Por entonces, América tenía 15 veces más habitantes que España y el África negra 100 veces más que Portugal.

Tal como había mandado el Papa, las naciones bárbaras fueron reducidas. Y mucho.

Tenochtitlán, el centro del imperio azteca, era de agua. Hernán Cortés demolió la ciudad, piedra por piedra, y con los escombros tapó los canales por donde navegaban 200 mil canoas. Ésta fue la primera guerra del agua en América. Ahora Tenochtitlán se llama México DF. Por donde corría el agua, corren los autos.

El monumento más alto de la Argentina se ha erigido en homenaje al general Roca, que en el siglo XIX exterminó a los indios de la Patagonia.

La avenida más larga del Uruguay lleva el nombre del general Rivera, que en el siglo XIX exterminó a los últimos indios charrúas.

John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de la Royal Africa Company, que compraba y vendía esclavos.

Mientras nacía el siglo XVIII, el primero de los borbones, Felipe V, estrenó su trono firmando un contrato con su primo, el rey de Francia, para que la Compagnie de Guinée vendiera negros en América. Cada monarca llevaba un 25 por ciento de las ganancias.

Nombres de algunos navíos negreros: Voltaire, Rousseau, Jesús, Esperanza, Igualdad, Amistad.

Dos de los Padres Fundadores de Estados Unidos se desvanecieron en la niebla de la historia oficial. Nadie recuerda a Robert Carter ni a Gouverner Morris. La amnesia recompensó sus actos. Carter fue el único prócer de la independencia que liberó a sus esclavos. Morris, redactor de la Constitución, se opuso a la cláusula que estableció que un esclavo equivalía a las tres quintas partes de una persona.

El nacimiento de una nación, la primera superproducción de Hollywood, se estrenó en 1915, en la Casa Blanca. El presidente Woodrow Wilson la aplaudió de pie. Él era el autor de los textos de la película, un himno racista de alabanza al Ku Klux Klan.

erin currier - eduardo galeano

Algunas fechas:

Desde el año 1234, y durante los siete siglos siguientes, la Iglesia católica prohibió que las mujeres cantaran en los templos. Eran impuras sus voces, por aquel asunto de Eva y el pecado original.

En el año 1783, el rey de España decretó que no eran deshonrosos los trabajos manuales, los llamados “oficios viles”, que hasta entonces implicaban la pérdida de la hidalguía.

Hasta el año 1986 fue legal el castigo de los niños en las escuelas de Inglaterra, con correas, varas y cachiporras.

En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la Revolución Francesa proclamó en 1793 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Entonces, la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. La guillotina le cortó la cabeza.

Medio siglo después, otro gobierno revolucionario, durante la Primera Comuna de París, proclamó el sufragio universal. Al mismo tiempo, negó el derecho de voto a las mujeres, por unanimidad menos uno: 899 votos en contra, uno a favor.

La emperatriz cristiana Teodora nunca dijo ser revolucionaria, ni cosa por el estilo. Pero hace mil 500 años el imperio bizantino fue, gracias a ella, el primer lugar del mundo donde el aborto y el divorcio fueron derechos de las mujeres.

El general Ulises Grant, vencedor en la guerra del norte industrial contra el sur esclavista, fue luego presidente de Estados Unidos.

En 1875, respondiendo a las presiones británicas, contestó:

–Dentro de 200 años, cuando hayamos obtenido del proteccionismo todo lo que nos puede ofrecer, también nosotros adoptaremos la libertad de comercio.

Así pues, en el año 2075, la nación más proteccionista del mundo adoptará la libertad de comercio.

Lootie, Botincito, fue el primer perro pequinés que llegó a Europa.

Viajó a Londres en 1860. Los ingleses lo bautizaron así, porque era parte del botín arrancado a China, al cabo de las dos largas guerras del opio.

Victoria, la reina narcotraficante, había impuesto el opio a cañonazos. China fue convertida en una nación de drogadictos, en nombre de la libertad, la libertad de comercio.

En nombre de la libertad, la libertad de comercio, Paraguay fue aniquilado en 1870. Al cabo de una guerra de cinco años, este país, el único país de las Américas que no debía un centavo a nadie, inauguró su deuda externa. A sus ruinas humeantes llegó, desde Londres, el primer préstamo. Fue destinado a pagar una enorme indemnización a Brasil, Argentina y Uruguay. El país asesinado pagó a los países asesinos, por el trabajo que se habían tomado asesinándolo.

Haití también pagó una enorme indemnización. Desde que en 1804 conquistó su independencia, la nueva nación arrasada tuvo que pagar a Francia una fortuna, durante un siglo y medio, para expiar el pecado de su libertad.

Las grandes empresas tienen derechos humanos en Estados Unidos. En 1886, la Suprema Corte de Justicia extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas, y así sigue siendo.

Pocos años después, en defensa de los derechos humanos de sus empresas, Estados Unidos invadió 10 países, en diversos mares del mundo.

Entonces Mark Twain, dirigente de la Liga Antimperialista, propuso una nueva bandera, con calaveritas en lugar de estrellas, y otro escritor, Ambrose Bierce, comprobó:

–La guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos geografía.

Los campos de concentración nacieron en África. Los ingleses iniciaron el experimento, y los alemanes lo desarrollaron. Después Hermann Göring aplicó, en Alemania, el modelo que su papá había ensayado, en 1904, en Namibia. Los maestros de Joseph Mengele habían estudiado, en el campo de concentración de Namibia, la anatomía de las razas inferiores. Los cobayos eran todos negros.

En 1936, el Comité Olímpico Internacional no toleraba insolencias. En las Olimpiadas de 1936, organizadas por Hitler, la selección de futbol de Perú derrotó 4 a 2 a la selección de Austria, el país natal del Führer. El Comité Olímpico anuló el partido.

A Hitler no le faltaron amigos. La Fundación Rockefeller financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. La Coca-Cola inventó la Fanta, en plena guerra, para el mercado alemán. La IBM hizo posible la identificación y clasificación de los judíos, y ésa fue la primera hazaña en gran escala del sistema de tarjetas perforadas.

En 1953 estalló la protesta obrera en la Alemania comunista.

Los trabajadores se lanzaron a las calles y los tanques soviéticos se ocuparon de callarles la boca. Entonces Bertolt Brecht propuso: ¿No sería más fácil que el gobierno disuelva al pueblo y elija otro?

Operaciones de marketing. La opinión pública es el target. Las guerras se venden mintiendo, como se venden los autos.

En 1964, Estados Unidos invadió Vietnam, porque Vietnam había atacado dos buques de Estados Unidos en el golfo de Tonkin. Cuando ya la guerra había destripado a una multitud de vietnamitas, el ministro de Defensa, Robert McNamara, reconoció que el ataque de Tonkin no había existido.

Cuarenta años después, la historia se repitió en Irak.

Miles de años antes de que la invasión estadunidense llevara la Civilización a Irak, en esa tierra bárbara había nacido el primer poema de amor de la historia universal. En lengua sumeria, escrito en el barro, el poema narró el encuentro de una diosa y un pastor. Inanna, la diosa, amó esa noche como si fuera mortal. Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró esa noche.

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Paradojas andantes, paradojas estimulantes:

El Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más hermosas esculturas de la era colonial americana.

El libro de viajes de Marco Polo, aventura de la libertad, fue escrito en la cárcel de Génova.

Don Quijote de La Mancha, otra aventura de la libertad, nació en la cárcel de Sevilla.

Fueron nietos de esclavos los negros que generaron el jazz, la más libre de las músicas.

Uno de los mejores guitarristas de jazz, el gitano Django Reinhardt, tenía no más que dos dedos en su mano izquierda.

No tenía manos Grimod de la Reynière, el gran maestro de la cocina francesa. Con garfios escribía, cocinaba y comía.

La arquitectura de la muerte es una especialidad militar. En 1977, la dictadura uruguaya erigió un monumento funerario en memoria de José Artigas. Este enorme adefesio fue una cárcel de lujo: había fundadas sospechas de que el héroe podía escaparse, un siglo y medio después de su muerte. Para decorar el mausoleo, y disimular la intención, la dictadura buscó frases del prócer. Pero el hombre que había hecho la primera reforma agraria de América, el general que se hacía llamar ciudadano Artigas, había dicho que los más infelices debían ser los más privilegiados, había afirmado que jamás iba a vender nuestro rico patrimonio al bajo precio de la necesidad, y una y otra vez había repetido que su autoridad emanaba del pueblo y ante el pueblo cesaba. Los militares no encontraron ninguna frase que no fuera peligrosa. Decidieron que Artigas era mudo. En las paredes, de mármol negro, no hay más que fechas y nombres.

Dos traidores

Domingo Faustino Sarmiento odió a José Artigas. A nadie odió tanto. Traidor a su raza, lo llamó, y era verdad. Siendo blanco y de ojos claros, Artigas se batió junto a los gauchos mestizos y a los negros y a los indios. Y fue vencido y marchó al exilio y murió en la soledad y el olvido. Sarmiento también era traidor a su raza. No hay más que ver sus retratos. En guerra contra el espejo, predicó y practicó el exterminio de los argentinos de piel oscura, para sustituirlos por europeos blancos y de ojos claros. Y fue presidente de su país y egregio prócer, gloria y loor, héroe inmortal.

Constituciones

La principal avenida de Montevideo se llama 18 de Julio, en homenaje al nacimiento de la Constitución del Uruguay, y el estadio donde se jugó el primer campeonato mundial de fútbol fue construido para celebrar el primer siglo de vida de esa ley fundacional. El magno texto de 1830, calcado del proyecto de la Constitución argentina, negaba la ciudadanía a las mujeres, a los analfabetos, a los esclavos y a quien fuera sirviente a sueldo, peón jornalero o simple soldado de línea. Sólo uno de cada diez uruguayos tuvo el derecho de ser ciudadano del nuevo país, y el noventa y cinco por ciento no votó en las primeras elecciones. Y así fue en toda América, de norte a sur. Todas nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia renegó de quienes, peleando por ella, se habían jugado la vida; y las mujeres, los pobres, los indios y los negros no fueron invitados a la fiesta. Las Constituciones dieron prestigio legal a esa mutilación. Bolivia demoró ciento ochenta y un años en enterarse de que era un país de amplia mayoría indígena. La revelación ocurrió en el año 2006, cuando Evo Morales, indio aymara, pudo consagrarse presidente por una avalancha de votos. Ese mismo año, Chile se enteró de que la mitad de los chilenos eran chilenas, y Michelle Bachelet fue presidenta.

La avenida más larga

Una matanza de indios inauguró la independencia del Uruguay. En julio de 1830, se aprobó la Constitución nacional, y un año después el nuevo país fue bautizado con sangre. Unos quinientos charrúas, que habían sobrevivido a siglos de conquista, vivían al norte del río Negro, perseguidos, acosados, exiliados en su propia tierra. Las nuevas autoridades los convocaron a una reunión. Les prometieron paz, trabajo, respeto. Los caciques acudieron, seguidos por su gente. Comieron, bebieron y volvieron a beber hasta caer dormidos. Entonces fueron ejecutados a punta de bayoneta y tajos de sable. Esta traición se llamó batalla. Y se llamó Salsipuedes, desde entonces, el arroyo donde ocurrió. Muy pocos hombres lograron huir. Hubo reparto de mujeres y niños. Las mujeres fueron carne de cuartel y los niños, esclavitos de las familias patricias de Montevideo. Fructuoso Rivera, nuestro primer presidente, planificó y celebró esta obra civilizadora, para terminar con las correrías de las hordas salvajes. Anunciando el crimen, había escrito: Será grande, será lindísimo. La avenida más larga del país, que atraviesa la ciudad de Montevideo, lleva su nombre.

Fundación de la tristeza

Montevideo no era gris. Fue agrisada. Allá por 1890, uno de los viajeros que visitaron la capital de Uruguay pudo rendir homenaje a la ciudad donde triunfan los colores vivos. Las casas tenían, todavía, caras rojas, amarillas, azules… Poco después, los entendidos explicaron que esa costumbre bárbara no era digna de un pueblo europeo. Para ser europeo, dijera lo que dijera el mapa, había que ser civilizado. Para ser civilizado, había que ser serio. Para ser serio, había que ser triste. Y en 1911 y 1913, las ordenanzas municipales dictaron que debían ser grises las baldosas de las veredas y se fijaron normas obligatorias para los frentes de las casas, donde sólo será permitida la pintura que imite materiales de construcción, como ser arenisca, ladrillo y piedras en general. El pintor Pedro Figari se burlaba de esta estupidez colonial: -La moda exige que hasta las puertas, ventanas y celosías se pinten de gris. Nuestras ciudades quieren ser Parises… A Montevideo, ciudad luminosa, la embadurnan, la trituran, la castran…
Y Montevideo sucumbió a la copiandería.
En aquellos años, sin embargo, Uruguay era el centro latinoamericano de la audacia y probaba con hechos su energía creadora. El país tuvo educación laica y gratuita antes que Inglaterra, voto femenino antes que Francia, jornada de trabajo de ocho horas antes que los Estados Unidos y ley de divorcio setenta años antes de que la ley se restableciera en España. El presidente José Batlle, don Pepe, nacionalizó los servicios públicos, separó la Iglesia del Estado y cambió los nombres del almanaque. La Semana Santa todavía se llama, en el Uruguay, Semana de Turismo, como si Jesús hubiera tenido la mala suerte de ser torturado y asesinado en una fecha así.

Peligro en las calles

Desde hace más de medio siglo, Uruguay no ha ganado ningún campeonato mundial de fútbol, pero durante la dictadura militar conquistó otros trofeos: fue el país que más presos políticos y torturados tuvo, en proporción a la población. Libertad se llamó la cárcel más numerosa. Y como rindiendo homenaje al nombre, se fugaron las palabras presas. A través de sus barrotes se escurrieron los poemas que los presos escribieron en minúsculas hojillas de papel de fumar. Como éste: A veces llueve y te quiero. A veces sale el sol y te quiero. La cárcel es a veces. Siempre te quiero. Peligro en las fuentes Según informa el Apocalipsis (21:6), Dios hará un mundo nuevo, y dirá: -A los sedientos ofreceré, gratuitamente, agua de los manantiales. ¿Gratuitamente? ¿El mundo nuevo no tendrá ni un lugarcito para el Banco Mundial, ni para las empresas consagradas al noble negocio del agua? Eso parece. Mientras tanto, en el mundo viejo en el que todavía vivimos, las fuentes del agua son tan codiciadas como las reservas de petróleo y se están convirtiendo en campos de batalla. En América, la primera guerra del agua fue la invasión de México por Hernán Cortés. Los más recientes combates por el oro azul ocurrieron en Bolivia y en Uruguay. En Bolivia, el pueblo alzado recuperó el agua perdida; en Uruguay, un plebiscito popular evitó que el agua se perdiera.

Si después de todo te quedan dudas de quién fue Galeano… fue el que escribió lo siguiente:

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Irresponsabilidad e Inocencia .

La irresponsabilidad total del hombre respecto de sus actos y a su ser es la gota más amarga que ha de tragar el hombre del conocimiento, una vez habituado a considerar que la responsabilidad y el dolor son los títulos de nobleza de la humanidad.
Todas sus valoraciones, atracciones y aversiones se convierten por ello en algo falso y carente de valor: su sentimiento más hondo, el que le acercaba al mártir y al héroe, ha adquirido a causa de eso el valor de un error; ya no tiene derecho alabar ni a censurar, pues no tiene sentido alabar ni censurar a la naturaleza y a la necesidad. Ante los actos propios y ajenos debe proceder como cuando le gusta una obra bella pero no la alaba, porque ésta no puede hacer nada por sí misma, o como cuando se encuentra delante de una planta. Puede admirar su fuerza, su belleza, su plenitud, pero no le es lícito atribuirles mérito: el fenómeno químico, la lucha de los elementos o los tormentos de quien ansia curarse tienen tanto mérito como esas luchas y angustias del alma en las que nos sentimos atenazados por diversos motivos y en diferentes sentidos, hasta que al final nos decidimos por el más poderoso (como suele decirse, aunque en realidad habría que decir: hasta que el más poderoso decide por nosotros).
Pero por elevados que sean los nombres que demos a esos motivos, proceden de las mismas raíces en las que creemos que se encuentran los malignos venenos: entre los actos buenos y los actos malos no hay una diferencia de especie, sino a lo sumo de grado.
Los actos buenos son la sublimación de actos malos; y los actos malos son actos buenos, pero realizados de una forma tosca y estúpida. Cualquiera que sea el modo como puede obrar el hombre, es decir, como debe hacerlo, éste no desea más que autocomplacerse (unido esto al miedo que tiene a la frustración), ya sea mediante actos de vanidad, venganza, concupiscencia, interés, maldad o perfidia; o mediante actos de sacrificio, de compasión, de entendimiento.
Los grados de raciocinio determinarán la dirección en la que cada cual se dejará llevar por este deseo; toda sociedad y todo individuo tienen siempre presente una jerarquía de bienes, por la cual deciden sus actos y juzgan los ajenos. Sin embargo esta escala de medida está cambiando continuamente; se llama malos a muchos actos que sólo son estúpidos porque el nivel de inteligencia de quién decidió realizarlos era muy bajo. Más aún, en cierto sentido, todos los actos son todavía hoy estúpidos, porque será sin duda superado el nivel más elevado que ha podido alcanzar la inteligencia humana: cuando entonces se mire hacia atrás, todos nuestros actos y juicios resultarán tan limitados e irreflexivos como nos parecen hoy los de los pueblos salvajes y atrasados.
Puede que la toma de conciencia de todo esto produzca un hondo dolor, pero existe un consuelo: estos sufrimientos son dolores de parto. La mariposa quiere romper su envoltura, despedazándola y desgarrándola; entonces se siente cegada y embriagada por esa luz desconocida que es el reino de la libertad.

El primer ensayo para saber si la humanidad, que es moral, puede convertirse en sabia, se hace con hombres que son capaces de soportar esta tristeza (¡y que serán muy pocos!). el sol de un nuevo evangelio lanza su primer rayo sobre las cimas más altas de las almas de esos solitarios; allí se acumulan nubes más densas que en ninguna otra parte, y reinan a un tiempo la claridad más pura y el crepúsculo más sombrío. Todo es necesidad, dice el nuevo saber, y el conocimiento es el camino que conduce a esa inocencia. Si la voluptuosidad, el egoísmo y la vanidad son necesarios para la producción de los fenómenos morales y para que alcancen su más elevada floración, el sentido de la verdad y de la justicia del conocimiento: si el error, el extravío de la imaginación ha sido el único medio por el que ha podido ir elevándose paulatinamente la humanidad hasta este grado de claridad y de autoliberación.

¿quién iría a entristecerse al divisar la meta adonde llevan estos caminos?

Es cierto que en el terreno de la moral todo se modifica y cambia, que es incierto y está en constante fluctuación, pero también es verdad que todo fluye y que se dirige a un único fin. Aunque siga actuando en nosotros el hábito hereditario de juzgar, amar y odiar erróneamente, cada vez se irá debitando más por el creciente influjo del conocimiento: en este mismo terreno nuestro se va implantando insensiblemente un nuevo hábito: el de comprender, el de no amar ni odiar, el de ver desde lo alto, y dentro de miles de años será tal vez lo bastante poderoso para dar a la humanidad la fuerza de producir al hombre sabio, inocente (consciente de su inocencia), de un modo tan regular como hoy produce al hombre necio, injusto, que se siente culpable, es decir, su antecedente necesario, no lo opuesto a aquél.

Friedrich Nietzsche.
( Niza, primavera de 1886 )

Zygmunt Bauman.

” Si los pobres están distraídos, los ricos no tienen nada que temer. ”

” Si se tiene riqueza, educación y privilegios, se tiene un deber moral por los demás ”

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que reflexiona sobre la desigualdad social en su último libro, formula desde su título una pregunta:

La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos ?

En el libro, con un muy buen fundamento, se expone por qué la respuesta es un “NO” rotundo.

Él piensa que en el siglo XXI nuestra sociedad había dado paso a un estado de liquidez. Líquido significa, literalmente, “aquello que no puede mantener su forma”, aplicando este concepto de liquidez a los vínculos afectivos, a la modernidad, al concepto de tiempo, al arte y a la cultura.
Y es así que decidió poner el foco en la desigualdad social que considera es la primera afectada por este problema histórico.

En pequeños fragmentos de su libro se puede interpretar claramente cual es su pensamiento al respecto :

“Hoy la sociedad está cambiando, y los multimillonarios son un grupo cada vez más pequeño que se beneficia del desarrollo de las cada vez mas ascendentes rentas nacionales. Sin embargo, la clase media está más cerca de los proletarios y de la gente que vive en la miseria que de la clase mas rica: lo que yo llamo el ‘precariado'”

“El Estado democrático durante años se ajustó a su promesa y a su responsabilidad de proteger y dar bienestar a cualquier colectivo en contra de la desgracia individual. La gente tenía sentido de pertenencia y solidaridad, hoy todo eso ha cambiado y, cuando llegan los problemas comunales y compartidos, el Estado dice: ‘Es asunto de ustedes; resuélvanlo ustedes'”

“Hoy las 85 personas más ricas del mundo tienen la misma riqueza que los 4 billones de los ‘no-habitantes’ más pobres de la tierra y este es el magma de la situación”

“Las ganancias de una minoría están creciendo exponencialmente, al igual que el hueco que separa la mayoría de la prosperidad que unos pocos de seres felices disfrutan.”
Según el sociólogo y ensayista, la sociedad acepta la desigualdad de forma pasiva por varios motivos. El primero, porque en las últimas decenas de años “cuando hay que enfrentarse a un problema, solo se hace a través de lo que se llama crecimiento económico”. “Este crecimiento nos dicen que es la solución, piensan que es ilimitado, pero nosotros sabemos que no es así y que los problemas crecen”,

“Nos han hecho esclavos del consumo, las tiendas, las grandes superficies. La búsqueda de la felicidad equivale a ir de compras.”

Por último y como consecuencia de la aceptación de todo lo anterior, la nueva organización de la vida es “más individual y desregularizada, y eso hacer crecer la insolidaridad”.

“Mientras el proletariado esté distraído en su propia desesperación con acontecimientos ficticios creados por los medios de comunicación, los superricos no tiene nada que temer.”

…en tiempo de guerra son los padres los que entierran a sus hijos…

Parmenión fue un noble macedonio nacido en el 400 a. C. en Ecbatana, región poblada en ese entonces por los medos entre el mar Caspio y los ríos de Mesopotamia, y que al servicio de Filipo II primero y de su hijo Alejandro Magno después fue un destacadísimo general

Durante el reinado de Filipo II obtuvo una gran victoria sobre los ilirios, en 356 a.C y miembro de la delegación macedonia enviada para negociar la paz con Atenas en 346 a.C., posteriormente fue destinado al mando de un ejército a Eubea, para asegurar la influencia macedónica, en el año 342 a.C.
En 336 a.C. dirigió, junto con Amintas y Átalo, un ejército de 10.000 hombres destinado a la conquista de Asia.​ Se erigió como segundo al mando del ejército de Alejandro Magno cuando éste ascendió al trono tras la muerte de su padre Filipo II y lideró el ala izquierda en las batallas del Gránico, Isso y Gaugamela.

Fue padre de tres hijos, Héctor que murió de muy jovencito en un desgraciado accidente, Nicanor que llegó a ser también un destacado guerrero pero una enfermedad terminó tempranemente con su vida y de Filotas quien fue condenado por la asamblea de macedonios libres y ejecutado después por formar parte de una conspiración para acabar con la vida del mismo Alejandro Magno. La costumbre de la época en Macedonia era también matar a todos los parientes varones del culpable, por lo que Alejandro Magno envió órdenes a Ecbatana, en Media, para que asesinaran también a Parmenión, y aunque no existían pruebas de que él estuviera implicado en la conspiración. no tuvo la oportunidad de defenderse y falleció el 330 a. C.

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Valerio Massimo Manfredi, arqueólogo y escritor italiano, conocido principalmente por sus novelas históricas sobre el mundo antiguo relata en una famosa trilogía la vida de un hombre implacable que luchó por un poderoso sueño: convertir el mundo conocido en una sola nación bajo su mando. En ellos cuenta la conquista de Asia por el gran Alejandro Magno. Él y sus hombres derrotan al poderoso Darío, rey de los persas, avanzando hasta Egipto, donde el oráculo de Amón le revela su origen divino y su destino de gloria inmortal. Aléxandros no es solo el relato de una vida excepcional, es también la historia de Filipo, padre de Alejandro, que fue asesinado misteriosamente y nunca fue vengado, así como de su madre Olimpia. Y es, además, la historia de amor de Alejandro y Roxana, única mujer que podrá salvarlo de la terrible soledad que padece.

Pude recortar el fragmento donde describe el accidente de su hijo menor y el posterior diálogo que Parmenión tiene con su rey, Alejandro Magno al recibir por parte de éste las condolencias. De allí sale una famosa frase que muchos citamos a diario.

<< Alejandro hizo construir dos puentes de barcas para hacer pasar al ejército a la orilla oriental del Nilo. Se volvió a reunir allí con los soldados y los oficiales que había dejado defendiendo el país y, tras comprobar que se habían comportado como es debido, les confirmó en sus cargos subdividiéndolos para que el poder sobre aquel riquísimo país no estuviera concentrado en manos de una única persona.

Pero estaba escrito que aquellos días en los que Egipto lo acogía de vuelta del santuario de Amón, honrándole como a un dios y coronándole faraón, resultaran funestos por unos tristes acontecimientos. Tenía ante sus ojos casi a diario la desesperación de Barsine, pero una desgracia mayor aún les amenazaba. Parmenión tenía otros dos hijos aparte de Filotas: Nicanor, oficial en un escuadrón de hetairoi, y Héctor, un muchacho de diecinueve años muy querido por el general. Excitado al ver atravesar el río al ejército, Héctor decidió subir a una embarcación egipcia de papiro para disfrutar del espectáculo desde el centro de la corriente. También él, por una cierta vanidad juvenil, se había equipado con una pesada armadura y un llamativo manto de gala y se había erguido en popa, donde todos pudieran admirarle.

Pero de pronto la barca chocó contra algo, acaso contra el lomo de un hipopótamo que emergía en aquel momento a la superficie, y se desequilibró fuertemente. El muchacho cayó al agua y desapareció de inmediato, arrastrado bajo el peso de la armadura, de las ropas y del manto empapados.

Los remeras egipcios de la barca se zambulleron sin perder un instante y otro tanto hicieron no pocos jóvenes macedonios y su hermano Nicanor, que habían asistido al accidente, desafiando el peligro de los remolinos y las fauces de los cocodrilos, más bien numerosos por aquella parte, pero todo fue en vano. Parmenión asistió impotente a la tragedia desde la ribera oriental del rio, en donde vigilaba el ordenado paso del ejército.

Alejandro le vio desaparecer poco después y dio la orden a los marinos fenicios y chipriotas de tratar de recuperar al menos el cadáver del joven, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Aquella misma tarde, al cabo de horas y horas de afanosa búsqueda en la que tomó parte personalmente, e] rey fue a visitar al viejo general petrificado por el dolor.

– cómo está? – preguntó a Filotas, que estaba de pie fuera de la tienda como un guardián de la soledad de su padre.

El amigo sacudió la cabeza con desconsuelo.

Parmenión estaba sentado en el suelo, a oscuras, en silencio, y tan solo su cabeza blanca destacaba en la oscuridad. Alejandro notó que le temblaban las piernas; sintiço una profunda compasiçon por aquel hombre valeroso y lea] que tantas veces le había irritado con sus exhortaciones a la prudencia, con el recuerdo insistente de la grandeza de su padre. En aquel momento le pareció semejante a un roble centenario que ha desafiado durante años y años las tempestades y los huracanes y que un rayo quiebra de pronto.

– Es una visita muy triste la que te hago, general – comenzó diciendo con voz insegura y, mientras le miraba, no podía evitar que resonase en su mente la cantinela que estaba acostumbrado a cantar cuando le veía llegar, con los cabellos ya canos, al Consejo de guerra de su padre:

i EI viejo soldado que va a la guerra cae por tierra, cae por tierra !

Parmenión se puso en pie casi automáticamente al oír la voz de su rey y consiguió articular, con voz quebrada:

– Te agradezco que hayas venido, señor.

– Hemos hecho lo imposible, general, para encontrar el cuerpo de tu hijo. Le habría rendido los más grandes honores, habría… habría dado cualquier cosa con tal de…

– Lo sé – repuso Parmenión-. Dice el proverbio que ”en tiempo de paz los hijos entierran a sus padres, mientras que en tiempo de guerra son los padres los que entierran a sus hijos”, pero yo siempre había esperado que esta angustia me fuera ahorrada. Siempre esperé que me tocara a mí la primera flecha o el primer mandoble. Y en cambio…

– Ha sido una terrible fatalidad, general – dijo Alejandro. Mientras tanto sus ojos se habían habituado a la oscuridad de la tienda y pudo distinguir el semblante de Parmenión desfigurado a causa del dolor. Parecía haber envejecido diez años en un solo instante: los ojos enrojecidos, la piel reseca y arrugada, el cabello revuelto; ni siquiera después de las más duras batallas le había visto así.

– Si hubiese caído… –dijo-, si hubiese caído combatiendo con la espada en la mano me habría dicho al menos que somos soldados. Pero así… así… ¡Ahogado en ese río fangoso, despedazado y devorado por esos monstruos! ¡Oh dioses, dioses del cielo!, ¿por qué? ¿Por qué?

Se tapó la cara con las manos y estalló en un llanto largo y lúgubre que rompía el corazón.

Ante aquel sufrimiento, Alejandro no encontró ya palabras. Únicamente consiguió murmurar:

– Estoy desolado. estoy desolado.

Y salió saludando a Filotas con una mirada llena de espanto. También el otro hermano, Nicanor, llegaba en aquel momento, desfigurado asimismo por el dolor y la fatiga, empapado y sucio aún de barro. >>