El juego de la vida…

Llegado casi el fin del curso, al profesor de filosofía de una clase de más o menos 50 alumnos, se le ocurrió hacerles hacer un juego a todos ellos. Les dijo que desparramadas por el suelo de toda el aula, como muy bien las podían ver, se encontraban una pelotitas de múltiples colores y que cada una de ellas tenía inscripto sus respectivos nombres y apellidos.

El juego consistiría en encontrar cada uno la suya en al menos 60 segundos. Quienes las encuentren tendrían un muy valioso premio pero quienes no lo hicieran, por perder, tendrían un castigo. Y les dijo una cosa más, que dentro de las reglas de la no violencia… todo estaba permitido.Más vale que al instante de dar el “Comienza el juego”, todos se “tiraron de cabeza” hacia las pelotitas generando un gran avasallamiento e intentando cada uno encontrar la suya.

Mientras los alumnos lo más rápidamente que podían las iban tomando, a medida que comprobaban que no eran las que les correspondían las volvían a tirar al suelo, reproduciendo cada vez más desorden y ocasionando evidentemente un mayor descontrol. Claro estaba que cada vez era más difícil encontrar la que los llevaría a hacerse posesión del, hasta ese momento, desconocido premio.Pasados los 60 segundos y luego de sonar la señal de la finalización del tiempo, solo unos muy poquitos habían tenido la suerte o la oportunidad de encontrar la pelotita con su nombre. Casi la mayoría se encontraban con las manos vacías y con ánimo de derrota, apenados por no haber podido alcanzar el objetivo del juego.

No contento con el desenvolvimiento del mismo, el profesor les dijo que les daría una nueva oportunidad, pero ahora con una pequeñita sugerencia; una que bien podría hacer la diferencia. Como ya todos se conocían muy bien por haber estado juntos desde principios de año, al tomar la primera pelota y leer el nombre que en ella estaba escrito, en lugar de descartarla y seguir buscando la propia, se la llevarían a quien le correspondiera. Hubo algunos de los alumnos que se miraron entre sí como preguntándose donde está entonces la gracia del juego… pero confiando en el excelente profesor que todos sabían que en realidad tenían, se prestaron a intentarlo nuevamente pero ahora con formalidad propuesta.

Fue así que una vez largado de nuevo el juego, a los muy pocos segundos todos ya tenían en sus manos la pelota que les correspondía y lucían contentos por sentirse ganadores, casi sin haber hecho esfuerzo alguno.

El profesor entonces les dijo:

Queridos míos, el juego que les hice practicar hoy es muy similar al mismísmo “juego de la vida”, y el premio en realidad no es otro que el poder alcanzar la Felicidad. Uno a veces se concentra tanto en buscar su propia Felicidad que no se da cuenta que ayudar a los demás es el camino más seguro de encontrar la suya. No se encierren en sus necesidades, o en tratar de que sólo sus sueños y deseos fueran los que se cumplan. En ayudar a los demás a encontrarla, más vale en todo lo que esté a nuestro alcance, está el secreto de poder alcanzar sin esfuerzo y mucho antes de lo previsto la tan ansiada Felicidad propia.

Como les dije al empezar la charla, en este juego todo está permitido, nadie les va a imponer como deben actuar o que deben hacer, mucho menos lo hará este simple y viejo profesor, pero quiero que cada uno de ustedes piense en la posible desilusión que les ocasionará el no poder ganarlo… y que además, no siempre tendrán la oportunidad que les dio quien les habla: “la de poder volver a jugarlo, una y otra vez”

(dc)

Pablo neruda en Estocolmo.

Discurso de Estocolmo pronunciado por Pablo Neruda en la entrega del Premio Nobel de Literatura.

«Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones lejanas y antípodas. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles, y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación.

No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando más bien- el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semiderribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.

A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves.

También mis compañeros cortaron con sus machetes la ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis piernas se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los vaqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creí que había llegado mi última hora -dije.

-Ibamos detrás de usted con el lazo en la mano -me respondieron.

-Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado, y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.

Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aun en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos.

Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas.

Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre.
¿O lo conocían, nos conocían?
El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando.

Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese «nada más», en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferente a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza.

Y pienso con no menor fe que todo está sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía- en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde.

Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en su destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos.

Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un «pequeño dios». No, no es un «pequeño dios». No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria.

Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños.

Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía al anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo.

Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como arte integral de nuestro deber.

Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de una tembladera de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores- sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como truenos.

Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriagaba esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez esa sea la razón determinante de mi humilde caso individual; y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día.

Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma; con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos.

Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante, pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe. Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias.

En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, ¿qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente Americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades).

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.»

Eternas discusiones.

La siguiente es una más de entre tantas charlas que hemos tenido entre nosotros tres. Y aunque muchos no logran percibirlo, somos tan distintos como distintivos.

– Estás totalmente loco si pensás en prestar toda esa plata. Con todo el esfuerzo que te costó juntarla, darla así, de una, es un verdadera locura!!! Vos estás mal!!!

= Vos cállate… No sabés nada!!! Si él quiere hacerlo, está bien, la plata va y viene, además es suya y puede hacer con ella lo que quiere. En el banco no beneficia a nadie, y convertirla en una ayudita para que sus seres más amados puedan tener su techo propio y formen una familia, parece ser una idea muchísima mejor.

– Ah!!! Claro!!! Ya tuviste que salir vos. Seguro él lo haría contento porque es una buena causa, sin embargo se tendría que sacar de la cabeza ese gran viaje que tanto sueña y del que tantas veces nos habló. Y ni hablar si lo llega a necesitar para otra cosa, es más, ni el auto va a poder cambiar si quisiera.

Yo sólo los escuchaba, pues ya estaba totalmente decidido y era lo que mi corazón dictaba. Sin embargo un «No discutan más!!!», me salió del alma. «El viaje es lo de menos, es un gasto volátil que se pulveriza en pocos días, y el auto que tengo es todavía nuevo y no tiene ningún problema», les dije como para que se callen un poco la boca.

= Tenés razón!!! Siempre estamos intentando hacerte tomar decisiones y en realidad no hacemos otra cosa que discutir entre nosotros, como si fueras un tonto. Pero no puedo dejar de decirte que me va a alegrar mucho que priorices el bienestar de tu familia, creo que no sólo es lo mejor que puedes hacer, sino que es lo que mayor felicidad te va a brindar.

– Está bien !!! Me callo, no digo más nada. Siempre es él el que se sale con la suya. Pero ese viaje siempre estuvo en tu cabeza y te lo vas a tener que olvidar para siempre. Y el coche nuevo… ése que te gusta tanto… jajaja, nunca más. Vos sabrás lo que vas hacer. -dirigiéndose a mí en clara alusión por mis futuras acciones-

«Muchachos!!! Estemos en paz…» -les dije yo- «No es que no los escuche, ni que uno o el otro tenga siempre la razón. Entiendo que ambos ven de una manera muy distinta la vida y créanme que los escucho a ambos. Si no fueran por ustedes… simplemente no sería quien soy» -y se hizo un silencio que denotaba una necesaria puesta de acuerdo, como para seguir con otro tema.

Es que sí, como les dije, somos muy distintos… pero están tan dentro mío que vivo confundiéndolos. Es que tanto ellos, como yo, solemos fundirnos en uno solo… Estas charlas de conciencia tienen eso… nos vivimos peleando, pero nos queremos… y aunque no lo crean, también nos necesitamos.

(dc)

No fue un día más…

Fue ese día que me di cuenta que un montón de cosas que creía absolutas… no lo eran tanto…

Vivíamos frente a una villa y mis padres me tenían no sólo prohibido acercarme a ella, sino que eran muy insistentes en que no tenía que hablar con ninguno de los que allí vivían. También que debería intentar escaparme de cualquier situación en donde estuvieran involucrados algunos de sus habitantes.

«Allí son todos malos y delincuentes» me habían llegado a forjar a fuego en la cabeza… Y más vale que llegué a tenerles mucho miedo.

En ese entonces yo tenía 13 años, y si bien todavía era una niña, ya empezaba a querer vestirme como una señorita y en lo posible con ropa de marca, pues evitaba de esa manera al menos las cargadas de mis compañeras de colegio, que ya bastante discriminada me hacían sentir por llegar al colegio en colectivo, cuando la mayoría de ellas eran alcanzadas a la institución en lujosos autos.

Quizás ese era el motivo por el cual a las tardes, después de estudiar y hacer los deberes, mis padres me dejaban ayudarlos en la heladería que tenía mi familia y que antiguamente había pertenecido a mis abuelos. No era mucho lo que podían pagarme, pero para comprarme alguna que otra prenda solía alcanzarme.

Recuerdo muy bien esa cálida tarde en la que habíamos sacado todas las mesitas a la vereda y yo me prestaba a servir a los clientes que querían disfrutar de nuestros ricos helados sentados con vista a la plaza del barrio que se encontraba justo frente a nuestro antiguo local.

En un momento vi que un chico de más o menos mi edad, bastante mal vestido, desarreglado y con las zapatillas rotas, se sienta en una de las sillas de las poquitas mesas que quedaban aún desocupadas y me empieza a seguir con la mirada como haciéndome notar que quería ser atendido.

Supe casi al instante que se trataba de uno de los muchachos que viven en la villa frente a casa, y en realidad me costó varios segundos determinar cual era la manera más correcta de actuar. Echarlo o animarme a preguntarle que necesitaba. Pero como estaba solo, tranquilo y en una postura que lo demostraba muy pacífico, se me dio por ir a atenderlo y saber que es lo que lo había llevado a sentarse en nuestra heladería.

– Hola !!! Necesitas algo? -luego de acercarme, le pregunté-

– Hola, sí !!! En realidad me hice una changuita cortándole el césped a un vecino y me gustaría tomarme un helado. ¿Me podrías decir cuánto vale el más barato?

La verdad es que me hizo sentir desorientada y hasta un poco conmovida por el tono que había utilizado para dirigirse a mí. Fue muy distinto al que hubiera imaginado tendría que haber sido…, había sonado absolutamente dulce y cordial. Hasta creo que debido al modo que tuvo al hacerme la pregunta, no solo me habría relajado, sino que de seguro la expresión en mi rostro a partir de ese instante se habría puesto mucho más amigable. Le respondí:

– Los vasitos más chiquitos con dos gustos salen noventa pesos.

Luego de mirarme muy fijo a los ojos, comenzó a sacar billetes arrugados del bolsillo y a balbucear como si estuviera haciendo cuentas. Luego de unos instantes se volvió a dirigir a mí y me dijo:

– Y uno igual al que está dibujado en la vidriera, ¿Cuánto sale?

– Ah !!! Ese tiene un baño de chocolate. Sale veinte pesos más. -le contesté-

Volvió a meter la mano en el bolsillo, bien hasta el fondo por lo que pude presenciar, y si bien me pareció que aún tenía un billete más, me dijo:

– Uy !!! Que lástima!!! Creo que no me va a alcanzar. Se ve delicioso!!! Pero no importa, será otro día, también debe ser muy rico sin el chocolate. Hoy voy a pedir el de noventa pesos. De dulce de leche y frutiilla. ¿puede ser?

Estuve a punto de ir directamente a buscarle el pedido, pero no pude dejar de pensar en lo que siempre me alertaban mis padres, y a pesar de que algo en mí me decía que en esta ocasión no hacía falta, para evitar un posible castigo, le pedí si no me podía pagar por adelantado.

– Sí, sí. Como no!!! -me dijo- Creo que si conté bien, justo hay noventa pesos sobre la mesa. -y tomando uno a uno los billetes, los fue contando hasta dárme bien acomodaditos los noventa pesos-

No tarde mucho en llevarle el pedido. Recuerdo que me había esmerado en servírselo lo más abundante que pude.

Mientras observaba lo despacito que lo consumía y como lo disfrutaba, pensaba lo raro que me había hecho sentir el hecho de cuan distinta había sido la experiencia de haberlo atendido, si la comparaba con la que me hubiera podido imaginar tendría que haber sido… Me preguntaba cuántas de mis presunciones podrían entonces estar muy cruelmente implantadas.

Pero mi mayor sorpresa ese día se dio cuando me disponía a limpiar la mesa en la que se había desarrollado esa experiencia que me iba a terminar marcando para toda la vida. Pude encontrar muy bien acomodadito, debajo del vasito en donde solemos servir el agua, como propina un billete de veinte pesos. Era ese mismo billete que me había parecido haberle visto en el bolsillo de su desgastado y roto pantalón.

(dc)

El valor de las personas…

No es la altura, ni el peso, ni la belleza, ni un título, ni mucho menos el dinero lo que convierte a una persona en grande… sin ninguna duda lo es su honestidad, su decencia, su amabilidad y respeto por los sentimientos e intereses de los demás.

Una persona es grande cuando habla de frente y vive de acuerdo con lo que piensa, cuando trata con cariño y respeto a los demás, siempre mirando a los ojos, como desnudando su alma, y sonriendo aunque algo duela, como invitando a disfrutar de la vida.

Una persona es grande cuando puede comprender, cuando puede colocarse en el lugar del otro, cuando no obra de acuerdo con lo que esperan de ella, sino simplemente en función de lo que sólo espera de si misma.

Una persona es grande cuando lo que menos le importa… es llegar a serlo.

Algunas personas tienen valor, otras… lamentablemente sólo tienen precio.

El profesor.

Cuenta una historia que una vez un joven se acerca a un anciano que encuentra a su paso y muy emocionado le dice:

– Buenas tardes mi querido profesor !!! ¿Se acuerda de mí?

El hombre luego de unos instantes de intentar reconocerlo, le dice que lamenta mucho no recordarlo, que los años no vienen solos…

El joven le dice entonces que no se preocupe, que fue su alumno cuando era chico y que le sería imposible olvidarlo.

Asombrado el profesor e intentando nuevamente hacer memoria, le da las gracias y le pregunta:

– Es un verdadero honor para mí que me recuerde. ¿Qué es de su vida? ¿A qué se dedica?

Al que el joven le contesta:

– Como no podía ser de otra manera, me he convertido en Profesor, como usted.

– Ah, que bueno .Como lo he sido yo por tantos hermosos años. -con mucho orgullo le dijo el anciano-

– Pues, sí. Y de hecho, me convertí en profesor porque en realidad usted me inspiró a serlo.

El anciano, curioso por los dichos del joven, le pregunta el porqué de tal decisión y cual fue el momento, si es que lo hubo, que lo había inspirado tan fuertemente a estudiar para tener tan loable profesión.

El joven le cuenta la siguiente historia:

– “Un día un compañerito del aula, también alumno suyo, llegó con un nuevo y hermoso reloj y como esas cosas de niño que uno hace sin pensar, decidí que tenía que ser mío y se lo robé. Sí, sin que se diera cuenta por un lado y sin que yo midiera las consecuencias por el otro, muy delicadamente se lo saqué de su bolsillo. Poco después, mi amigo al notar que ya no lo tenía, de inmediato denunció el robo a nuestro querido profesor, que no era otro que usted.

Usted se dirigió a la clase y luego de comentarnos lo sucedido, nos dijo que ese tipo de acciones no estaban bien y que quien lo hubiera hecho debería arrepentirse y devolver el reloj inmediatamente. Pero que para que su verdadero dueño lo pudiera recuperar, haríamos lo siguiente: cerraríamos la puerta, todos nos pondríamos de pie con los ojos cerrados, y usted uno por uno, buscaría en nuestros bolsillos hasta encontrar el reloj. Pero nos pidió muy encarecidamente que mantengamos los ojos cerrados y que no los abriéramos hasta que no terminara el recorrido por todos nosotros.

Así lo hicimos, y usted fue muy lentamente de bolsillo en bolsillo, uno a uno pasando por cada uno de nosotros. Cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó, pero muy extrañamente para mí, continuó buscando en los bolsillos de todos los que faltaban, y recién cuando terminó, dijo:

– «Abran los ojos. Ya tenemos el reloj».

Usted en aquel momento no me dijo nada, ni nunca más mencionó el que para mí había sido un terrible episodio. Tampoco le dijo nunca a nadie quién había sido el autor de ese penoso robo.

Ese día, usted salvó mi dignidad para siempre. Fue el día más vergonzoso de mi vida, pero también fue el día de una gran lección, el día en que mi dignidad se habría salvado y no me convertía en un ladrón de por vida. Usted nunca me dijo nada, y aunque no me regañó, ni me llamó la atención para darme una lección moral, yo recibí el mensaje muy claramente y la mejor enseñanza de mi vida.

Gracias a usted entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero educador. Dejar simplemente que uno aprenda…

¿Se acuerda de ese episodio, Profesor?

El sabio profesor, apoyando sus viejas manos sobre los hombros de su antiguo alumno, con alguna que otra lágrima en los ojos y con la voz un tanto entrecortada le dice:

– «Yo recuerdo perfectamente esa situación y recuerdo el reloj robado, también que busqué en cada uno de los bolsillos, pero me sería imposible recordar quien lo había tomado, pues yo también tenía los ojos cerrados mientras lo buscaba.»

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Y es que así debe ser… Esa es la esencia de la decencia y la docencia.

«Si para corregir necesitas humillar… simplemente, no sabes enseñar.»

(dc)

No se nace… se hace.

Está foto me deslumbró !!! Y habla por si sola…
«Uno no nace racista, muy desgraciadamente algunos se hacen…»
Cuando nos referimos al racismo, la xenofobia y otras formas de intolerancia, no hace falta subrayar, en qué medida se oponen unos y otras a la convivencia elementalmente humana. El artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 de Naciones Unidas así lo expresaba refiriéndose a todos los derechos básicos, incluido el de educación:
“Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.
Pero guiarnos solamente por esta declaración de la inhumanidad que contamina a toda discriminación, tiene limitaciones que no son pequeñas, especialmente cuando queremos detectar y prevenir la incidencia de la discriminación en el campo de la enseñanza o en cualquier otro. Y es que dicha declaración, como correspondía a la Asamblea de Naciones Unidas y al momento en que se aprobó, está redactada en un lenguaje jurídico y moral que no detalla los diversos modos de producirse y disfrazarse de las distintas clases de discriminación que ocurren en las escuelas.
La Declaración se mantiene en el alto nivel de la condena de lo intolerable, pero no intenta iluminar los procesos en los que se gesta ni las formas que revisten las conductas discriminadoras. Cuando queremos mirar más de cerca los hechos, otra dificultad sobreviene: la de las muchas mezclas e inexactitudes que nos hemos ido permitiendo al hablar de racismo y xenofobia en nuestras conversaciones cotidianas y también en las ref lexiones dirigidas a actuaciones y fines prácticos concretos. Y es que, tanto en las fuentes oficiales como en la conversación ordinaria usamos la palabra racismo a sabiendas de que no hay razas. Y del mismo modo se usa la palabra xenofobia a sabiendas de que no hay fobia al extranjero (fobia= temor patológico a algo, como en claustrofobia), sino precisamente lo contrario (hostilidad, rechazo u odio activo al extranjero).
En las conversaciones corrientes esto no tiene importancia, porque todos sabemos de qué hablamos. Pero sí la tiene cuando tratamos de detectar o prevenir la incidencia del racismo y la xenofobia, porque uno y otra tienen distintas causas y necesitan distintos remedios, el racismo obedece a dinámicas de grupos, la xenofobia a dinámicas de personalidad.
“Los más grandes y geniales genetistas han podido demostrar gracias a los grandes avances de biología que cuando se habla de raza, la misma no puede definirse sin arbitrariedad o ambigüedad. En otras palabras, no hay ninguna base científica para el concepto de «raza» y, consecuentemente, el racismo debe desaparecer.
Hoy se puede afirmar categórica, científica y muy naturalmente, que no hay razas, sin embargo y por desgracia de «muchos» (los más) ¡el racismo ciertamente existe!
(dc)

 

Confiabilidad…?

Las personas inteligentes y confiables saben reconocer sus errores, no tienen pudor en decir que se han equivocado y que van a estudiar más concienzudamente las distintas situaciones para obrar en consecuencia, no tienen enemigos y saben crear puentes que les permiten acercarse a todos sin inconvenientes ni condicionamientos, suelen ser muy humildes e independientemente de todos los estudios que tengan en su haber o lo muy profesionales que puedan ser, saben asumir que tanto sus creencias, como convicciones, no son absolutas y necesitan ser alimentadas diariamente; finalmente quienes lo son, no conocen el egoísmo y saben perfectamente, por encima de todas las cosas, que la honestidad, en todo su sentido, nunca es negociable.

Me hubiera gustado muchísimo empezar la anterior y muy personal definición sin la necesidad de tener que haber utilizado la palabra «confiables», pero la vida me ha enseñado que no todas las personas inteligentes lo son…

Mujer.

No es difícil concluir que para nosotros, los hombres, no hay nada mejor que tener una mujer a nuestro lado.

Sin embargo las hay de muchas maneras, están las amigas, las cómplices, las que te acompañan vayas donde vayas, las amantes, las divertidas, las que te saben poner los límites, las sensibles, las que a veces te complican la vida, las que te la resuelven, las que adivinan lo que estás sintiendo en todo momento, las que no te perdonan una, las que ponen su hombro para consolarte y hasta las que te aman incondicionalmente. Muy seguramente no nos podríamos imaginar una vida sin ellas.
Si sos uno de los muy poquitos que tienes a todas ellas en una sola, siéntete dichoso y no la descuides, sos muy, muy afortunado.

¡ Cuídala !

(dc)
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La pintura es de Michael Inessa Garmash, pintor ucraniano nacido en 1969.

He Aprendido

He aprendido que no puedo hacer que alguien me ame, solo puedo intentar convertirme en alguien a quien se pueda amar…

He aprendido que puede requerir años para construir la confianza, pero solo unos pocos segundos para destruirla por completo…

He aprendido que lo que verdaderamente cuenta en la vida no es lo material a mi alrededor, sino las personas que tengo a mi lado.

He aprendido que puedo encantar a la gente en apenas unos minutos. Sin embargo después de eso… se necesita poder hacer algo más.

He aprendido que no debo compararme con lo mejor de lo que hacen los demás, sino con lo mejor que puedo hacer yo mismo.

He aprendido que lo más importante no es lo que me sucede, sino lo que hago al respecto.

He aprendido que puedo hacer cosas en un instante que ocasionan un dolor indomable durante toda la vida.

He aprendido que no hay nada más importante que vivir intentando convertirme en la persona que quiero ser.

He aprendido que es muchísimo más fácil reaccionar que pensar, sin embargo es mucho más beneficioso pensar que reaccionar.

He aprendido que siempre debo despedirme de las personas que amo con palabras amorosas y buenas acciones, podría ser la última…

He aprendido que si bien pensamos en generalidades, vivimos en el mínimo y a veces insignificante detalle.

He aprendido que puedo llegar mucho más lejos de lo que pensé en algún momento que sería posible.

He aprendido que siempre soy responsable de lo que hago… no importa cual hubiera sido el sentimiento que me haya llevado a actuar.

He aprendido que o controlo mis actitudes o ellas lo harán energéticamente conmigo.

He aprendido que los héroes son las personas que hacen aquello de lo que están convencidos, a pesar de las consecuencias y de tener todo el mundo en contra.

He aprendido lo increíblemente importante que es aprender a perdonar, pero también que requiere mucha práctica y humildad.

He aprendido que el dinero es un pésimo indicador de valor… humano.

He aprendido que a veces las personas que creo que me van a patear cuando estoy caído, son aquellas que en definitiva me ayudan a levantarme.

He aprendido que en muchos momentos tengo el derecho de estar enojado, más no el derecho de ser cruel.

He aprendido que la verdadera amistad y el verdadero amor no tiene límites.

He aprendido que la madurez tiene mas que ver con las experiencias que he tenido y aquello que he aprendido, que con el número de años cumplidos.

He aprendido que nunca debo decirle a un niño que sus sueños son tontos, sería una verdadera tragedia si él lo pudiera creer.

He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonado, requiere reflexionar y perdonarme primero.

He aprendido que por más fuerte que sea mi duelo, el mundo no se detiene ni un instante por mi dolor.

He aprendido que mientras mis antecedentes y circunstancias pueden haber influenciado en mí, soy el único responsable de ser como soy.

He aprendido que a veces cuando mis verdaderos amigos pelean, estoy obligado a tomar partido aún cuando no lo deseo.

He aprendido que no tengo que cambiar de amigos por el sólo hecho que ellos suelan cambiar.

He aprendido que no debo ufanarme de averiguar un secreto, podría cambiar para mal mi vida para siempre.

He aprendido que dos personas pueden estar mirando lo mismo, ver algo totalmente diferente y no por ello ninguno de ellos estar equivocado.

He aprendido que por más que uno vive intentando ayudar y proteger a mis hijos, ellos necesitan ser simplemente ellos mismos.

He aprendido que sin importar las consecuencias, es prioridad que sea honesto conmigo mismo.

He aprendido que muchas cosas pueden ser generadas por la mente, el truco está en al autodominio para que las mismas no nos sean perjudiciales.

He aprendido que puedo derrumbar toda mi vida en cuestión de minutos ante una mala influencia.

He aprendido que tanto escribir como hablar puede aliviar los dolores emocionales.

He aprendido que los títulos sobre la pared no nos convierten en seres humanos decentes.

He aprendido que aunque la palabra amor pueda tener diferentes significados, pierde su valor cuando se usa con ligereza.

He aprendido que es muy difícil determinar donde fijar el límite entre no herir los sentimientos de los demás y defender lo que creo.

He aprendido que las personas se mueren demasiado pronto.

Cuanto he aprendido…!!!

Pero también he aprendido que es mucho, mucho más… lo que aún me falta por aprender !!!

«Incomprensibilidad»

¿Será verdad
que ya no hay caridad?
Pues no es novedad,
hay mucha maldad
y en gran cantidad !!
Cuanta falsedad,
tanta crueldad,
es pura obviedad,
además hay frialdad
y falta humildad,
lo veo con claridad,
es de gran gravedad,
ya no hay casi igualdad,
ni nada de calidad,
desapareció la dignidad
y casi no queda bondad…
todo es dualidad.
Que barbaridad…
Pobre humanidad !!!
Y si me piden brevedad…
pondré esmero, agilidad
Ay !!! Mi ansiedad.
¿Ó será la humedad?
Perdón… debe ser la edad !!!

(dc)

El silencio de las sirenas.

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

El silencio de las sirenas
De Franz Kafka

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

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La pintura es del pintor victoriano Herbert James Draper y se denomina «Ulises y las sirenas». Fue pintada en 1909 y como una gran parte de la obra de Draper, el cuadro es de tema mitológico.

El obstáculo

Por el sendero misterioso, recamado en sus bordes de exquisitas plantas en flor y alumbrado blandamente por los fulgores de la tarde, iba ella, vestida de verde pálido, verde caña, con suaves reflejos de plata, que sentaba incomparablemente a su delicada y extraña belleza rubia.

Volvió los ojos, me miró larga y hondamente y me hizo con la diestra signo de que la siguiera.

Eché a andar con paso anhelado; pero de entre los árboles de un soto espeso surgió un hombre joven, de facciones duras, de ojos acerados, de labios imperiosos.

-No pasarás -me dijo, y puesto en medio del sendero abrió los brazos en cruz.

-Sí pasaré -respondile resueltamente y avancé; pero al llegar a él vi que permanecía inmóvil y torvo.

-¡Abre camino! -exclamé.

No respondió.

Entonces, impaciente, le empujé con fuerza. No se movió.

Lleno de cólera al pensar que la Amada se alejaba, agachando la cabeza embestí a aquel hombre con vigor acrecido por la desesperación; mas él se puso en guardia y, con un golpe certero, me echó a rodar a tres metros de distancia.

Me levanté maltrecho y con más furia aún volví al ataque dos, tres, cuatro veces; pero el hombre aquel, cuya apariencia no era de Hércules, pero cuya fuerza sí era brutal, arrojome siempre por tierra, hasta que al fin, molido, deshecho, no pude levantarme.

¡Ella, en tanto, se perdía para siempre!

Aquella mirada reanimó mi esfuerzo e intenté aún agredir a aquel hombre obstinado e impasible, de ojos de acero; pero él me miró a su vez de tal suerte, que me sentí desarmado e impotente.

Entonces una voz interior me dijo:

-¡Todo es inútil; nunca podrás vencerle!

Y comprendí que aquel hombre era mi Destino.

Amado Nervo.
(México 1870-1919)

No te enamores

No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe…
No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca.
No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma.
No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música.
No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y vertigue un inmenso horror por las injusticias.Una a la que le gusten los juegos de fútbol y de pelota y no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo.
No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente.
No quieras enamorarte de una mujer así.
Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMÁS se regresa.

Martha Rivera-Garrido.

Poeta, narradora, ensayista, investigadora y articulista de opinión nacida en Santo Domingo, República Dominicana, un 19 de enero del 1960. Es biznieta del gran poeta dominicano Gastón Fernando Deligne.

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La pintura es de Vladimir Volegov, nacido en Jabárovsk, Rusia, un 19 de diciembre de 1957. Es un artista visual polifacético actualmente residente en España.

Sé como el agua.

3 cualidades del agua según el Tao que todos deberíamos conocer.

«Sé como el agua. Amigo mío, sé como el agua que corre y nunca se estanca, sigue fluyendo”.

Este conocido comentario de Bruce Lee sobre el proceso de su autorrealización resume en realidad una de las tres cualidades del agua según el Tao, extraído de la poesía de Lao-Tse. La sabiduría contenida en este texto es toda una inspiración en estos tiempos actuales.

Hace más de 10 años que el celebre filósofo Zygmunt Bauman nos trajo el concepto de sociedad líquida. Con ello, definía a una modernidad de valores volubles, de modelos y estructuras sociales cambiantes y de realidades marcadas por la incertidumbre. Ante este panorama tan fluctuante, donde es muy difícil atenerse a algo, lo único verdaderamente sólido son nuestros miedos, lo cual constituye toda una paradoja.

Vivimos en un mundo donde pocas cosas se caracterizan por la estabilidad. Se nos exige presteza y flexibilidad para adaptarnos a cada cambio, a los giros laborales, a los cambios políticos, a nuevas exigencias sociales, a las variaciones en nuestras formas de relacionarnos. En medio de estas dinámicas es comprensible experimentar cierta inquietud e inseguridad. Por ello, referencias intelectuales del mundo oriental como Raymond Tang, conferenciante y profesor de la Universidad de Guangzhou, nos animan a conocer un poco más la filosofía del tao.

Dentro de este marco, se nos enseña a mantener la calma en medio del caos. A obtener templanza y seguridad en medio de esta incertidumbre líquida.

Cualidades del agua según el Tao:

1 – La humildad

La primera de las cualidades del agua según el Tao es la humildad. Es posible que en un primer momento nos resulte un poco complicado establecer alguna relación entre esta dimensión psicológica y cualquier escenario acuático. Sin embargo, la tiene y es realmente inspirador. El agua que fluye por un río en calma, en placidez y en armonía nutre la naturaleza.

Cuando su nivel es normal llega a las orillas, alimenta a los animales y favorece ese equilibrio idóneo para que todo funcione. Ahora bien, cuando el río se vuelve arrogante y trae mayor caudal todo cambia. La fuerza de su torrente provoca estragos. Arrastra la tierra, destruye entornos y afecta a todos los seres vivos.

Debemos integrar esa cualidad del agua caracterizada por la tranquilidad y la humildad. Porque el que sabe bien lo que es y no desea aparentar algo que no es, siempre preferirá la calma a la violencia. Y aunque en ocasiones derive en ella por causas externas, al final vuelve a su cauce. Asimismo, optará en cada momento por esa serenidad donde promover el equilibrio natural.

2 – El agua está atenta a la oportunidad.

Entre cualquier dificultad, siempre existe un rinconcito donde se abre la luz de la oportunidad. No importa lo agitado de nuestro entorno, no importan los cambios, las presiones o ese muro que de improviso se alza ante nosotros para quitarnos el paso. Seamos como el agua. Hallemos esa grieta, esa debilidad ante nuestro oponente o esa dificultad por donde se abre un nuevo camino, una nueva oportunidad.

Entre las cualidades del agua según el Tao está esa donde se nos recuerda lo hábil que puede llegar a ser esta sustancia vital. Cuando algo está restringido o ante ella surge un obstáculo que le impide el paso, no dudará en dos cosas: aplicar una fuerza implacable para recuperar su libertad y hallar el punto más débil de ese muro para vencerlo.

No olvidemos que en cierto modo, el agua es una gran oportunista. Ella nunca duda en cambiar de forma, escenario o posición para seguir avanzando, y siempre que atisba la más mínima opción de abrirse paso por donde desea, lo hará

3 – El cambio, una opción que realizar sin miedo

Pocos elementos son tan inspiradores y tendentes al cambio como el agua. Pensemos en ello: cuando la temperatura es extrema puede convertirse en hielo o en vapor. No dudará tampoco en cambiar de forma dependiendo de donde se halle. Será un vaso si está en su interior, será insignificante si queda contenida en la grieta de una roca, recuperará su inmensidad si vuelve al océano y se convertirá en alimento si un ser vivo está sediento y la necesita.

El agua tiene poder y tiene carácter. Sabe y entiende que nada es tan importante como proceder al cambio si es necesario. Porque el medio ambiente y la naturaleza son hostiles en muchas ocasiones y quien no se adapta, no sobrevive. Asumir estos principios que nos transmite las cualidades del agua según el Tao no solo nos puede inspirar, sino que también nos ayudará de muchos modos.

Albert Ellis, psicoterapeuta conocido por desarrollar la terapia racional emotiva conductual, dijo una vez que hay un monstruo que nos persigue en el día a día. Uno recurrente, que veta por completo nuestra felicidad. Es nuestra eterna idea de que el mundo debe ser fácil. Sabemos que no lo es pero aún así, seguimos sufriendo por cada dificultad, por cada piedra en el camino, por cada cambio no previsto ni imaginado.

Seamos como el agua. Ya nos lo dijo Bruce Lee, pero no nos limitemos a ver estas cualidades del agua según el Tao como una mera y bonita metáfora. Al fin y al cabo también nosotros somos naturaleza. Y la naturaleza, es la expresión misma del Tao.
Extraído y resumido de un artículo de la Dra. en psicología Valeria Sabater en «la mente es maravillosa».
Gracias Valeria.

«In»

Hasta los más grandes se permiten jugar un poco con las palabras…

***
«In»

– Veamos ―dijo el profesor ―¿Alguno de ustedes sabe que es lo contrario de “in”?

– ¡Out! ―respondió prestamente un alumno.

– Bueno, no es obligatorio pensar en inglés. En español, lo contrario de “in” (como prefijo privativo, claro), suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.

– Sí, ya sé, profesor: “insensato” y “sensato”, “indócil” y “dócil”, ¿no?

– Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno, sino el verano.

– No se burle, profesor…

– Vamos a ver… ¿Sería Ud. capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que si son despojadas del prefijo “in”, no confirman la ortodoxia gramatical?

– Probaré, profesor. “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió dulgente, pero dómito. Hizo ventario de las famias, con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento.»

El profesor admitió sin euforia:

– Sulso, pero pecable.


Mario Benedetti

El león y los gatos.

Un león se encontró con un grupo de gatos que conversaban. “Voy a comérmelos”, pensó. Pero, extrañamente, empezó a sentirse más tranquilo. Y decidió sentarse con ellos y prestar atención a lo que decían.

–Mi buen Dios –dijo uno de los gatos, sin darse cuenta de la presencia del león–. ¡Hemos orado toda la tarde! ¡Hemos pedido que lluevan ratones del cielo!

–¡Y, hasta ahora, ¡no ha pasado nada! –dijo otro–. ¿Será que el Señor no existe?

El cielo permaneció mudo. Y los gatos perdieron la fe.

El león se levantó y siguió su camino pensando:

“Hay que ver lo que son las cosas. Yo iba a matar a estos animales cuando Dios me lo impidió. Y, sin embargo, ellos han dejado de creer en la Gracia Divina: estaban tan preocupados por lo que les faltaba que no repararon en la protección que recibían”.

P.C.

 

La Prueba

Que difícil se nos hace algunas veces darnos cuenta de lo que tan naturalmente estamos haciendo…

La Prueba.

“Sólo cuando sea derribado tendrás a mi hija”, había dicho el brujo.

El hachero miró el tallo fino del árbol y sonrió con suficiencia. Un primer hachazo, formidable, marcó levemente el tronco. Otro, en el mismo lugar, apenas profundizó la herida. Bien entrada la noche, el hachero cayó exhausto.

Descansó hasta el amanecer y hachó toda la jornada siguiente. Así día tras día. La herida se iba profundizando pero, a la par, el tronco engrosaba. Pasó el tiempo y el árbol se volvió frondoso; la muchacha perdió juventud y belleza.

El hachero, a veces, alzaba los ojos al cielo. No sabía que el brujo conjuraba los vendavales, desviaba los rayos y alejaba las plagas que carcomen la madera. La muchacha encaneció y él seguía hachando. Ya casi no pensaba en ella.

Poco a poco, la olvidó del todo. El día en que la muchacha murió no le pareció distinto de los anteriores. Ahora, ya viejo, sigue su pelea contra el tronco descomunal. No se le ocurre otra cosa: el silencio del hacha le produciría terror.»

Raúl Brasca.
(Argentino, 1948)

El pan ajeno.

Un muy pequeño relato con el verdadero sabor a algo que se llama grandeza.

El pan ajeno.

Aquel era un pan ajeno, el pan de mi compañero. Éste confiaba sólo en mí. Al compañero lo pasaron a trabajar al turno de día y el pan se quedó conmigo en un pequeño cofre ruso de madera. Ahora ya no se hacen cofres así, en cambio en los años veinte las muchachas presumían con ellos, con aquellos maletines deportivos, de piel de “cocodrilo” artificial. En el cofre guardaba el pan, una ración de pan. Si sacudía la caja, el pan se removía en el interior. El baulillo se encontraba bajo mi cabeza. No pude dormir mucho. El hombre hambriento duerme mal. Pero yo no dormía justamente porque tenía el pan en mi cabeza, un pan ajeno, el pan de mi compañero.

Me senté sobre la litera… Tuve la impresión de que todos me miraban, que todos sabían lo que me proponía hacer. Pero el encargado de Día se afanaba junto a la ventana poniendo un parche sobre algo. Otro hombre, de cuyo apellido no me acordaba y que trabajaba como yo en el turno de noche, en aquel momento se acostaba en una litera que no era la suya, en el centro del barracón, con los pies dirigidos hacia la cálida estufa de hierro. Aquel calor no llegaba hasta mí. El hombre se acostaba de espaldas, cara arriba. Me acerqué a él, tenía los ojos cerrados. Miré hacia las literas superiores; allí en un rincón del barracón, alguien dormía o permanecía acostado cubierto por un montón de harapos. Me acosté de nuevo en mi lugar con la firme decisión de dormirme.

Conté hasta mil y me levanté de nuevo. Abrí el baúl y extraje el pan. Era una ración, una barra de trescientos gramos, fría como un pedazo de madera. Me lo acerqué en secreto a la nariz y mi olfato percibió casi imperceptible olor a pan. Di vuelta a la caja y dejé caer sobre mi palma unas cuantas migas. Lamí la mano con la lengua, y la boca se me llenó al instante de saliva, las migas se fundieron. Dejé de dudar. Pellizqué tres trocitos de pan, pequeños como la uña del meñique, coloqué el pan en el baúl y me acosté. Deshacía y chupaba aquellas migas de pan.

Y me dormí, orgulloso de no haberle robado el pan a mi compañero.

Varlam Tíjonovich Shalámov.
(1907-1982)