La función.

La función se desarrollaba a teatro lleno con total normalidad. Algunos reían en las partes cómicas, otros parecían disfrutar más los momentos tristes y todos se deleitaban de algún modo con el espectáculo.

Fue el destino quien quiso que sea allí y en plena gala, se iniciará un incendio en el depósito de decorados y se propagara rápidamente por los camarines. Preocupado por los espectadores salió el payaso a escena con desgarrador grito.

“Incendio !!! Incendio !!!”

Sin embargo el inocente e ingenuo público, creyendo que se trataba de un giro en la obra, reía y aplaudía entusiasmado.

“Créanme, por favor !!! Incendio !!! Incendio !!!” – insistía el buen payaso.

Y más fuerte aplaudía la gente deseando con máxima expectativa saber como continuaría la obra…

Fue entonces cuando el triste payaso creyó entender, premonitoriamente e invadido por una tremenda angustia, el porqué en medio del más general de todos los júbilos, perecerá el mundo entero debido al simple hecho de pensar que todo se debe a una inocente y ocurrente broma…

(dc)

Especies.

Luego de mucho esfuerzo había podido volver a ser el mismo ser humano que alguna vez había sido. Pero claro, para ese entonces ya todos los demás se habían convertido en grandes y asquerosos insectos. Tanta fue su lucha por lograrlo, que no se había percatado que sería el único en su especie. Era el ser equivocado en el momento inoportuno.

Para colmo, con el tiempo fue comprendiendo que sin importar lo que hiciera, estaba absolutamente condenado a ser el repugnante de toda la sociedad. Mucho le costó aceptar la situación y tanto así fue, que sólo logró encontrarle sentido a su existencia el día que descubrió que al menos podía importunarle la vida a todo insecto que tuviera la mala fortuna de acercársele demasiado.

 

Daniel Calcagni

Lentes.

Eran unos lentes mágicos, maravillosos, espectaculares y por supuesto, increíblemente útiles. Con sólo ponérselos se podía ver la tez de las personas según lo tan buenas que fueran, según su integridad, según si vivían siendo falsas, y más vale que nada tenía que ver el color de piel original que las mismas tuvieran.

Con ellos puestos, mientras más buenas eran las personas, más negros se veían sus rostros y por el contrario, más mentirosas, malas y malvadas se comportaban, mucho más claros y blancos se podían ver.

Qué…? Pensaron que sería al revés…?

Muchas veces no hay nada más alejado de la realidad que lo que nos inducen los propios paradigmas sociales…

(dc)

El mensaje.

Un acaudalado profesional venía manejando su muy lujoso auto en plena ciudad mientras discutía acaloradamente con su mujer sobre las cada vez más complicadas situaciones de pareja. Lejos de quedarse callada su hija de casi 15 años que venía en el asiento de atrás también intervenía en la fuerte discusión debido a que el principal motivo por el cual se había iniciado la pelea, no era otro que por el costoso festejo de su próximo cumpleaños.

Lleno de ira y descontrol el hombre no prestó la debida atención en una esquina atropellando a un transeúnte que intentaba cruzar la calle. Bajaron inmediatamente todos del auto para comprobar el estado de quien había sido bruscamente golpeado, pero al notar que su aspecto era prácticamente el de un pordiosero y para colmo estaba bastante desarreglado, casi sin tocarlo sólo se animaron a preguntarle como se encontraba.

Si bien sus palabras dieron a entender que estaba bien y que aparentemente no habría sufrido más que un simple golpe en las piernas, fueron las suficientes como para volver a iniciar entre la pareja otra fuerte discusión, ahora sobre si habría que llevarlo o no a un hospital para que lo revisaran. Fue la señora quien en este caso ganó la discusión por lo que hicieron subir al accidentado en el lugar del acompañante para trasladarlo a un nosocomio.

Un silencio lleno de múltiples pensamientos colmó el habitáculo del coche en los primeros metros recorridos camino al hospital. Mezcla de incertidumbre y miedo por el posible comportamiento del extraño personaje no dejaba conducir normalmente al empresario ni viajar tranquilas y seguras a su esposa y su hija en el asiento de atrás.

Increíblemente quien rompió el incómodo silencio fue el pobre hombre. Con una voz para nada nerviosa y como sabiendo perfectamente que decir, comenzó diciendo que suponía el terror que deberían estar sintiendo por su presencia y que probablemente estuvieran pensando que él podría aprovecharse de la situación y robarles las pertenencias, el auto o bien hacer algo mucho peor. Pero insistió en que se queden tranquilos que en realidad nada de eso iba a suceder. Continuó contando que él había conseguido tener hace algunos años mucho dinero gracias a la ayuda de la que era su familia, también muy adinerada, y a todos los estudios universitarios que poseía, pero que debido a sus descontroladas ansias de mucho más dinero y poder, descuidó lo que ahora se daba cuenta era lo más importante que tenía, a su amorosa mujer y a sus adorados hijos, y que ya, muy tarde como para recuperarlos, estaban muy lejos. Lejos en la distancia, pero mucho más lejos por el arrepentimiento que lo desbordaba.
Les decía que por soberbia y un estúpido amor propio, todo se había derrumbado precipitadamente y que sólo el alcohol y las drogas parecieron en su momento rescatarlo de tanta angustia y dolor, aunque sin embargo lo único que habrían logrado era terminar con toda su supuesta vida y enviarlo a lo más profundo de sus terribles sufrimientos.
Fue entonces cuando apareció Dios en su vida, devolviéndole la fe y la esperanza, y aunque ya era imposible volver todos los pasos atrás y evitar cometer los mismos tontos y graves errores, ahora al menos amaba la vida, las simples y maravillosas cosas que cada día tenían para ofrecerle y que si bien no iba a tener más el amor de su familia perdida, sentía en el presente un sincero amor al prójimo que lo llenaba de alegría y de felicidad. Les dijo que nunca olviden poner siempre en primer término el amor por los demás, o el de Dios y la familia que es lo mismo, y que recién entonces todo lo que faltara vendría solo.

Al darse cuenta que ya estaban a pocas cuadras del hospital les hizo detener el auto, y mirándo a los ojos a quienes en ese instante habían cambiado completamente la expresión de sus caras a una mezcla de asombro y angustia, les dijo:

“Ya estamos muy cerca del hospital, déjenme aquí, yo mismo me haré revisar y les evitaré el hecho que les hagan preguntas o los dejen demorados; seguramente tienen cosas mucho más importantes que hacer que acompañarme a que me revisen. Pero seguramente nos vamos a encontrar próximamente en algún lugar, o quizás, hasta en la misma esquina… Mi nombre es Jesús.”

Y se bajó del auto.

 

 

Daniel Calcagni.

A la vuelta de la esquina.

Me pareció despertar en el cuerpo de un extraño, una extraña para ser más preciso, podía presentir que era una hermosa y joven mujer. La débil y cálida brisa que acariciaba sus delicados brazos y los dulces aromas de primavera que llegaban a la habitación, me hicieron dar cuenta que podía percibir sus mismos sentidos. Podía oír el trinar de los pájaros y presenciar la florida plaza que se llegaba a ver desde la pequeña ventana por donde ella se asomaba.

Me preguntaba ¿cómo sería? ¿quién era?, ¿la conocería?, pero cómo veía a través de sus ojos, lo sabría sólo si pasara frente a un espejo, sin embargo se alejó de la ventana para sentarse en un pequeño escritorio de madera, prender el velador y tomar con sus manos, que también podía sentir como mías, lo que parecía un colorido diario íntimo. Lo abrió en su última página escrita y luego de tomar un bolígrafo, cerró por unos instantes sus ojos apagando por completo toda la visión que tenía de ese momento y haciendo que pierda por completo la sensación del tiempo transcurrido. No sabía si seguía soñando o si mi imaginación me estaba haciendo jugar alguna nueva instancia de vida…

Al abrirlos nuevamente noté que estaban inundados en lágrimas, increíblemente podía sentir como iban cayendo por sus mejillas, y fue tanta la angustia que me hicieron sentir que me propuse intentar leer lo que con una muy delicada escritura, lentamente iba plasmando en su diario personal. Mencionaba que lo amaba, que no podía vivir sin la esperanza de estar algún día a su lado, que no sabía cómo hacérselo saber, pero que él lo era todo y que aunque hayan sido tan pocos y cortitos los instantes en los que se habían podido cruzar, su sonrisa habría sido más que suficiente para hacer nacer en ella el gran amor de su vida. Subrayaba la frase donde pedía un milagro que la ayudara a poder dar ese paso que ni se animaba, ni sabía cómo dar.

Fue ahí cuando en realidad desperté, quedando no sólo con el completo recuerdo de ese extraño sueño, sino con el raro sentimiento de que no había sido simplemente uno más. Pero el día me esperaba como todos los otros y a mis obligaciones diarias me debería ocupar. Si bien tenía el presentimiento que algo distinto en esa jornada podría suceder, luego del rutinario trabajo y hasta la hora de regresar a casa, nada especial había pasado. Me acuerdo haber pensado que al menos un rico y gran chocolate me merecía, por lo que decidí antes de llegar a casa pasar por el kiosco que está cerquita de casa y sacarme esas tremendas ganas de terminar al menos ese día con algo diferente.

Luego de elegir la golosina que más deliciosa me pareció y darle a la joven que atendía el billete para pagarla, noté mientras me estaba dando el vuelto unas hermosas y muy delicadas manos que me resultaban conocidas. Fue entonces cuando levanté la vista y al verla bien a los ojos, su tierna y ansiosa mirada lograba dedicarme en el más maravilloso de los silencios y en un sólo y mágico instante, una a una todas esas hermosas palabras que se habían plasmado durante ese maravilloso sueño y que habían quedado firmemente grabadas en lo más profundo de mi corazón.

Y sí… el destino suele tener esas cosas… a veces raras, imaginativas y hasta inusuales maneras de hacerte ver que el amor y la felicidad se encuentran allí… a la vuelta de la esquina.

Daniel Calcagni.

Una cuestión de enseñanza…

Después de dictar la clase que sin dudas creía había sido magistral, el profesor pudo comprobar que ningún alumno había entendido. Fue cuando un enérgico y contundente “Ustedes no entendieron nada“, le terminaba de demostrar a Juancito cuan mal educador resultaba ser su nuevo maestro.

Juan es un chico muy sagaz, suele vivir diciéndole a todos que algún día quisiera poder cambiar el mundo. Y es que los que lo conocen saben que tiene una innata capacidad de detectar a las personas que pueden ser sanadoras de este enfermo planeta y quienes no hacen otra cosa que seguir destruyéndolo de a poco…

Juancito sabe perfectamente la diferencia que existe entre esas soberbias palabras que fueron dichas por su incapaz y mal profesor y las que él hubiera esperado en su lugar:

“…Mis queridos alumnos, creo que no pude lograr que mi explicación fuera tan clara como hubiera querido para que todos la entendieran, intentaré mejorarla para la próxima clase…“

Ellas sin dudas hubieran sido inspiradoras, sabias, humildes y fundamentalmente integradoras.

Juan también sabe que algún día… todo va a ser mejor.

(dc)

Igualdades…

Mientras estaba terminando de lavar los platos noté que mi pequeña hijita me miraba detenidamente cómo si estuviera intentando ordenar sus muy juveniles pensamientos.

– Mamy, ¿es cierto que Juan y yo somos iguales?

Suspiré profundamente y mientras intentaba imaginar por donde podía venir la pregunta, cerré el grifo de la pileta y me sequé las manos cómo para mirarla a los ojos y prestarle atención.

– Pues… a ver… ¿por qué me haces esa pregunta?

– Es que La Seño nos dijo que los niños y las niñas somos iguales, pero… yo no quiero ser igual a Juan. ¿Has visto que siempre nos vive molestando, diciendo malas palabras y encima le cuelgan los mocos de la nariz y se los limpia con la mano?

– Pero cariño! Lo que quiso decir la maestra es que existe igualdad entre los niños y las niñas…

Detrás de los hermosos e inocentes ojitos de Cecilia, que tenía en ese entonces un gesto de mayor contusión que antes, atisbé la pila de ropa para planchar a punto de desmoronarse desde la silla y la figura de su padre totalmente desparramado en el sofá, con los pies sobre la mesita ratona y la atención absorta en la pantalla del televisor viendo el partido a todo volumen.

Volví a mirar el rostro todavía expectante de mi hija, pero el instinto de madre me llevó a intentar no angustiarla más… al fin y al cabo creo todavía que es muy pequeñita para aclararle algunas cosas, entonces le dije:

– Es que… lo que intenta decir la seño… -sin embargo dudé- es que no importa si eres niño o niña en lo que se refiere a tus derechos, tus obligaciones, tus oportunidades…. Antes…, las mujeres teníamos muchos menos derechos que los hombres, no podíamos decidir, no podíamos trabajar, no podíamos manejar ni nuestro dinero y hasta algunas veces ni nuestro propio destino, sólo éramos respetadas si nos condicionábamos a lo que querían nuestros padres o maridos…

– ¿Pero éso ya no es así…, no es cierto Má? – preguntó con la boca fruncida y un gesto de gran preocupación.

– No…, claro que no -la tranquilicé-, y luego de algunos segundos de silencio, salió corriendo detrás del gato que se dirigía hacia el jardín.

Me quedé inmóvil, angustiada, más bien derrotada. Miré la hilera de ropa para planchar, sentí mi presencia solitaria e indefensa en la cocina, los platos todavía sin lavar en la bacha, la sartén chisporroteando con lo que sería la cena, mis manos pálidas y arrugadas motivo de las tareas de la casa, y antes de volver a abrir el grifo, y volver a “mis quehaceres diarios”, me pregunté… cuál sería la edad adecuada para explicarle a mi adorada Cecilia, que los reyes magos… no existen.

(dc)

¿Qué somos…?

El otro día mientras estaba en la sala de espera de una clínica no me quedó más remedio que escuchar a una señora muy “paqueta” hablar con un amiga a través de su muy brilloso y dorado teléfono celular:

“Pero sí querida… se tienen que ir de Argentina todos esos paraguayos que les terminan sacando el trabajo a la gente…, y encima nos ocupan los hospitales y ni siquiera pagan impuestos!!!
Que se vayan a su país, o al interior, que se alejen de alguna manera, además allí hay mucha menos gente y también necesitan mulos.
Ah !! Eso sí querida, que se vayan todos menos mi sirvienta!!!
No sabés cómo limpia, plancha, lava, cocina!!!
En todos estos años nunca me robó, mirá que muchas veces le dejé plata a propósito en la mesita de luz para ver que hacía… y nunca me faltó nada. Y eso que vive en una villa…!!!
Es increíble, creo que debe ser una en un millón… o es media tonta y no le da la cabeza… jajaja, si ni siquiera sabe leer bien.
Pero es honesta y muy limpita, hasta es amorosa con los chicos, aunque la viven jodiendo…
Se viste re feo, pobre… pero, como yo soy muy generosa y desprendida, cuando puedo algo de ropa le doy, no sabés como se las ingenia para arreglarlas o sacarles las manchas.
A parte es muy buena, tan buena es que ni me pide obra social ni jubilación. Jajaja, si no se enferma nunca. Es que es tan caro pagar las cargas sociales… Es plata tirada…
Cuando hay fiestas se queda a servir toda la noche y como a mí me gusta ayudarla en todo lo que puedo le doy un poco de torta que sobra para que se le lleve a sus nenes, pobrecitos se quedan solitos porque no tiene quién se los cuide.
Ves, eso sí me parece re mal… ¿Te parece que los deje todo el día solos?
Una vez se hizo la zorra y faltó un 31 de diciembre!!!
La quería matar !!! Me metió el verso que estaba enferma !!! Todavía no se lo perdono…
Pero bueno, fue la única vez en más de 10 años… que falte un 31 de diciembre, no es para tanto, por suerte para todos los otros festejos nunca faltó.
Ah !! y en semana santa, es incondicional, siempre dispuesta a lo que le pedimos.
Es re calladita, a veces pone mala cara, pero por suerte nunca nos contesta, baja la cabeza y se queda hasta que la dejemos irse. Pero bueno, en su cumpleaños la dejo irse tipo ocho, así llega a su casa un poco antes y puede festejar con su familia.
Bueno te dejo porque me está por llamar el médico, pero sí querida, estoy de acuerdo con vos, estos paraguayos y bolivianos son nuestra perdición… no sé qué harían sin nosotros.”

Fue ahí cuando comprobé ese dicho popular que dice que un dolor muy fuerte tapa uno más débil, porque prácticamente de la bronca e impotencia que sentía, ya ni me acordaba que era lo que me dolía, ni para que había ido al médico… el dolor que me hizo sentir esa desgraciada tratando así a su “empleada” y desvalorizando a otros seres humanos, que por el simple y desgraciado motivo de no haber nacido con las mismas posibilidades que muchos de nosotros, me hizo levantarme e irme del lugar, no soportaba estar ni un segundo más al lado de ese experimento fallido de ser humano…

En realidad les comento que el relato anterior es sólo es un cuento…

Aunque tuve la desagradable oportunidad de conocer algunas personas a las cuales no sólo les hubiera parecido normal dicha conversación, sino que hasta creo hubieran podido ser muy tranquilamente… el mismo personaje de esta historia.

Daniel Calcagni.

Porque son negros…

Los “pibes” se metieron al vagón a los gritos. Eran tres y ninguno tenía más de ocho años, eran flaquitos y un poco maleducados, se podía ver a simple vista que eran un tanto pillos como cómplices de un compañerismo sin igual. Uno sólo tenía zapatillas, el que parecía ser más chiquito y al que más impresión me dió el contarle las costillas en su pequeño torso desnudo.

El que parecía mayor se prestó a repartir estampitas entre los pasajeros al mismo tiempo que repetía un ensayado e inentendible relato que algo decía sobre bendiciones de Dios y de la Virgen, mientras que los otros dos parecían llevar entre ellos una acalorada discusión por algo que aparentemente recién habrían conseguido.

Mucho me había hecho reflexionar esa situación, uno muchas veces no tiene en cuenta que en nuestra cruel realidad existen niños de tan corta edad que necesiten matizar sus innatos deseos de jugar con las injusticias que nosotros mismos permitimos, pero fue al escuchar la conversación de un niño con su madre la que me llevó a terminar el día de la peor manera.

– Mamá, ¿por qué gritan esos nenes?-, preguntó el niño.

– Porque son negros-, dijo la madre.

Pensé que había escuchado mal, lo que me llevó a prestar más atención.

– Porque son negros. Y cuando sean grandes, van a ser ladrones. Vos tenés que tener mucho cuidado con esos chicos y alejarte siempre de ellos.-

Me quedé pensando en esa madre… Tenía la oportunidad de sembrar una semilla de amor y prefirió perpetuar el odio, eligió enseñar a tener miedo en lugar de explicarle el porqué en esta sociedad existen estas injusticias. Podría haberle mencionado que también existen personas con falsa misericordia, quienes observan y murmuran “pobrecitos” para sólo poder sentirse mejor y un tanto menos culpables, podía haberle comentado que en él, como en sus compañeritos, podría estar en un futuro no tan lejano las respuestas a tantas preguntas que aún hoy siguen quedando en el aire, pero no, prefirió ir por el camino más cómodo, más corto y más errado.

Ay, querido, ojalá alguien te explique que tu vieja ese día estaba equivocada, esos nenes no juegan aprendiendo a robar, nosotros le robamos a ellos la posibilidad de aprender jugando. Tras sus gritos no hay agresiones… sólo hay mucho, mucho miedo.

Los pibes de la calle no gritan porque son negros, gritan porque son invisibles.

Éxtasis digital…

Estaba a punto de quedarse dormida cuando la sorprendió una tierna caricia de su marido a la altura del cuello. Inmediatamente después sintió el pie de él acoplándose al de ella por debajo de las sábanas y recorrer delicadamente su pierna como dibujando su figura. Simplemente no podía creer lo que estaba sucediendo, tanto le extrañaba el comportamiento de su esposo como el sentimiento de placer que comenzaba a inundar todo su cuerpo y que creía haber perdido desde hace ya mucho tiempo. Ni hablar de cuando empezó a notar que los dedos de su querido compañero comenzaban a deslizarse por su espalda como buscando esos sensibles puntos que muy bien él sabía la hacían explotar de locura y excitación.

Ya cuando empezaba a sentir que los años empezaban a descontarse y volvía a ser esa joven apasionada que alguna vez había sido, notó con tristeza que las deliciosas caricias de su añorado amante se detenían y que él muy lentamente se iba alejando de su lado.

Fue cuando mordiéndose fuertemente los labios y con la más sensual de las voces, no pudo evitar decir:

“Ay querido, maravilloso!!! Pero por que te has detenido?”

Muy sorprendido por la pregunta su marido le contestó:

“Uy disculpá, te hacía dormida… Es que ya encontré el control remoto.”

 

Esa cálida luz…

No soportaba más el sabor de sus propias lágrimas, nada tuvo que ver en ésto el destino, solo él tejió la pegajosa telaraña en la que se veía atrapado.

No comprendía como se había podido dejar engañar por sí mismo, a tal punto de romper lo mas sagrado que tenía.
¿Podría volver atrás ?
Aunque sea hasta aquel día…
No volver a verla a los ojos…

No era solo su vida lo que ahora pesaba…
¿Cuántos eslabones se habrían roto?
¿Cuántas respuestas bien consolidadas, vacías de contenido habrían quedado?
No era su egoísmo el que dolía, no era su dolor el que importaba, sólo la ausencia de esa tremenda fuerza conjunta e Inmaculada lo perturbaba.
Pase lo que pase, ya lo sabía… era muy tarde…
Esa poderosa y cálida luz, del amor nacida y llamada familia, nunca más brillaría…

(dc)

Ya no quiero…

– Mami, ya no quiero ser doctor…

– Pero hijo, por qué no? Si hasta ayer con mucho entusiasmo decías que lo serías?

– Bueno, en realidad lo quisiera… pero nunca lo podría lograr.

– Qué locuras dices? Claro que lo podrás ser ! Y serás uno muy bueno, el mejor, porque no sólo vas a curar a los enfermos, también vas a lograr querer a tus pacientes y que ellos también te quieran a tí, y eso… no todos los médicos lo pueden o quieren conseguir. Pero contame… Hoy, tuviste un problema en el colegio?

– No Má, nada, nada. Yo sé que soy chiquito, pero sin embargo puedo ver algunas cosas:
Veo todo el esfuerzo que hace papá, fuera de casa durante todo el día para poder traer un peso -no le digas nada pero hasta lo escucho llorar algunas veces por las noches-, veo tu sacrificio diciendo que ya estás llena para darnos un poquito más de comida a nosotros y cuan cansada y derrotada te vas a dormir todas las noches después de acostarnos y taparnos a todos, sé lo que les costó comprarme los útiles para que en el primer día de colegio tuviera todo, la cantidad de cuadras que has caminado para conseguirlos un poco más baratos que en la librería de la esquina, y también me doy cuenta de todo la precaución y esmero que vos y papá ponen en educarnos bien y brindarnos buenos valores, para que de grandes podamos ser como ustedes, todo un ejemplo, buenas personas, adorables padres y ángeles protectores, pero también percibo que hay un afuera de casa que no me va a dejar serlo, compañeritos que en lugar de compartir conmigo las enseñanzas de los maestros van a hacer todo lo posible para divertirse a costa mía, sin percibir el daño que me hacen, maestros que en lugar de ponerse en mi lugar y ayudarme a pedirles que no sean así conmigo, prefieran callarse para que no los insulten y un sistema educativo que en lugar de atajarme mientras me vengo cayendo con todo mi futuro enroscado entre las piernas, preocupado quizás en otras cuestiones… simplemente mira para otro lado.

No Mami, por favor… dejame seguir jugando con fantasías hasta que sea muy, muy grande… tú y papi merecen mucho más que verme triste y fracasado.

 

Daniel Calcagni.

Rayito de luz.

Su nombre era Aldo, Mugroso le decían los niños del barrio, más bien algunos se lo gritaban. Los vecinos del lugar ya habían perdido la noción del tiempo y símplemente aseguraban que desde siempre Aldo era el pordiosero de la plaza. Dormía en la casillita donde estaban los motores del riego del verde y florido parque. Él muy seguro decía que muy bien los cuidaba.

A pesar de su pobre apariencia y su falta de pulcritud, su corazón brillaba por todos lados y la bondad sobresalía en todos sus actos. Hasta solía comprar con lo poquito que le sobraba de las limosnas, luego de hacerse de un poco de mortadela y pan para pasar el día, caramelos para esconder en los huequitos de los árboles y así los niños pudieran encontrar increíbles tesoros en sus imaginarios juegos de piratas.

Siempre al lado de sus dos fieles perros, compañeros tanto en sus penurias y hambrunas como en las alegrías de aquellos felices días donde los rayos del sol permitían que el barullo de los niños jugando pudiera apenas tapar el cantar de los pájaros anunciando la más lindas de las primaveras, solía leer una y otra vez todos los libros que llegaban a sus manos. El mismo solicitaba a todos los que le preguntaban que nesecitaba, “libros, muchos libros” decía. Disfrutaba sobremanera poder entrar en los mundos que la lectura de cada uno de ellos le solían brindar.

En una de esas tardes frías de invierno, bajo la tenue luz de uno de esos faroles de la plaza que le permitían leer hasta que muchas veces el mismo sueño le ganaba, notó que el viento le arrimaba una pequeña caja muy prolija y delicadamente cerrada. No era como esas cajas medio rotas y malolientes que solía abrir para ver si algo de su contenido le pudiera servir, ésta no solo era muy bonita, sino parecía perfumada con un bellísimo aroma que hasta le parecía familiar.

No iba abrirla, seguro que no. No sólo no era de su propiedad sino que lo sería de alguien cuyo contenido podría… ¿quién sabe? hasta cambiarle la vida. Y más vale que nada debería demorar tal sagrado suceso. Por ello, y con la poca luz que la espesa niebla dejaba pasar, pudo ver en ella un sólo escrito, parecía una dirección y sospechaba que era a sólo unas pocas cuadras de allí, por lo que no dudo en intentar llevársela a quién sería su verdadero destinatario.

Al encontrar la dirección y golpear la puerta varias veces, sólo tuvo tiempo una vez que se asomara una delicada señorita, para escuchar que no tenían nada para dar y que no les hacía falta nada. Apenado por su apariencia y justificando absolutamente la reacción de la mujer, intentaría volver a golpear e intentar llegar a decir cual era su propósito. Pero esta vez al abrirse la puerta se produjo un inesperado silencio debido no sólo porque en aquél instante él quedara obnubilado por la belleza de quien lo estaba atendiendo, sino porque a ella le pareció totalmente inusual el hecho que los dos perros que acompañaban al extraño personaje, cada uno de ellos sentados a su lado y como esperando el más sabroso trozo de carne, la miraran como suplicándole que sólo prestara atención a lo que tendrían para decirle…

Así fue que él pudo decir que una caja llegó inesperadamente a sus manos y que sólo había una dirección escrita en ella, y extendiendo sus arrugadas y percudidas manos le hizo entrega del misterioso paquete.

Al tomarla en sus manos y observarla, ella le dice que en realidad no hay ninguna dirección escrita y que solo lograba leer unas pocas palabras en ella: “rayito de luz”

El silencio se hizo eterno y el pobre Aldo, mientras sus piernas se debilitaban y sus rodillas pegaban contra el piso, recordó inmediatamente de donde presentía que ese hermoso aroma le era familiar: la canasta con su rayito de luz… su amada hijita con apenas meses de vida cuando fue dejada en la puerta de la iglesia. La madre los había abandonado y él, desesperado, no había encontrado mejor opción que ésa. Al muy poco tiempo, el hecho de haber querido recuperarla y no haberlo podido lograr, lo habría motivado a llevar esa vida de tantos años de sufrimiento, de tanta culpa con la que nunca había podido lidiar.

Desconsolado y luego de largos y tristes años, Aldo por fin pudo ponerse a llorar…

Reconvertido en un abuelo, sin la barba desprolija, con un corte de pelo bien a la moda, siempre al lado de sus amados y ahora aseados perros, y empleado como experto vendedor en la librería del barrio, pudo disfrutar en sus últimos y poquitos años de vida -estaba enfermo sin saberlo-, de una hija maravillosa que supo darle todo lo que pudo a cambio de tantos años de ausencia y de un increíble nieto que siempre le decía sentirlo a su lado desde mucho antes… y que en algunos de sus sueños, sobre todo cuando estaba triste, jugaba con una linda y muy perfumada cajita mágica.

Daniel Calcagni.

Etcétera

Era imperiosa la hora de llegar a casa e ir derecho al diccionario, creía ya saber perfectamente el significado, sin embargo tenía que encontrar alguno más que pudiera despejar sus tristes pensamientos…
Primero encontró:
“Expresión usada para sustituir el resto de una enumeración que se sobreentiende gracias a una progresión lógica o al contexto, por lo cual sería superfluo continuar con la misma”.
No le hizo mucha gracia ir confirmando sus sospechas, pero al seguir buscando no pudo más que sentirse mucho peor:
“del latín «et cetera», literalmente significa <y lo demas>”
Empezaba a sentir que el mundo se venía abajo, no conseguía pensar racionalmente y nada le parecía lógico. Una última definición terminó por dinamitar sus pensamientos:
“Voz usada para acortar la relación o enumeración de una serie de cosas que se omiten porque no parece necesario seguir mencionándolas.”
Volvió entonces, como última alternativa, a repasar mentalmente los dichos de su jefe esa misma mañana, donde con motivo de la inauguración del gran proyecto, donde él había dejado horas, días, noches, brindaba un emotivo discurso a los cientos de directivos y empleados:
“… y no tengo más que elogios y agradecimiento para Fernández, Torres, etcétera, que con la capacidad, dedicación y empeño que han demostrado en este proyecto lograron un magnífico producto que va a ser sin ninguna duda un orgullo para la empresa…”
No había dudas, fue en ese instante cuando realmente terminó de comprender el verdadero significado de aquella palabra, el exacto y doble sentido de cada una de sus letras y las penosas sombras que cada una de ellas proyectaba.
Es que así es mi querido lector, la vida de él, como la mía y porqué no también la suya, siempre va a estar repleta no sólo de alegrías y éxitos, también habrá dudas, penas, inquietudes, sinsabores, tribulaciones, “etcétera”.
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Daniel Calcagni

Si supieras…

Otro increíble amanecer frente a sus ojos; ya podía sentir el tibio sol, imaginar los vivos colores que pintaban el paisaje, escuchar el continuo baile de las olas, percibir esa cálida brisa de primavera que aseguraba uno de esos días para nunca olvidar.

Y como siempre, ahí estaba… ese amor inconmensurable que había nacido sólo al escucharla, un amor que inundaba todo su ser de tal manera que sus pensamientos tenían el sabor de nunca dejar de amarla. Todos sus sueños le decían que había nacido para él, el pasar de los días, muy a pesar le iban sugiriendo lo contrario.

Ese beso en la mejilla era su más preciado tesoro, ése que su mente, cómo su corazón, habían reconocido como sello de un sentimiento inigualable.

Resignado a saber que a su lado nunca estaría, ahora solo quería imaginarla tal cual era, que todos esos sueños pudieran llevar su rostro, tantos deseos tuvieran su figura, y aunque sea por una única vez, ese amor sublime pudiera contener en su interior esa imagen, ésa… que sus ojos jamás podrían ver.

Daniel Calcagni.

Él.

Todo pareciera converger siempre en una misma historia.
El futuro había llegado, los científicos controlados por las grandes corporaciones lograron tener a su alcance una tecnología que permitía un implante neuronal en los bebés que nacían destiados a la clase sometida, también llamada como los “works”, que evolucionaba a medida que el niño iba creciendo y generaba una sensación de malestar, casi de dolor, al intentar tomar conocimientos.
Tal era la concepción de esta siniestra invención, que si el niño no aprendía hablar rápidamente, prácticamente a los 10 años de edad ya era prácticamente imposible aprender algo nuevo. Más vale que de esta manera la clase capitalista que dominaba el mundo descansaba tranquila al saber que las sociedades estaban compuestas en su mayoría por humanos con sólo las luces necesarias para cumplir apenas con aquellos trabajos que requerían sólo tareas de esfuerzo.
Si embargo hubo hace unos años un niño al cual por alguna extraña razón ese implante no tuvo efecto, por lo tanto, valiéndose del descuido de la clase pudiente y dominadora, y a la complicidad de un pequeño grupo de científicos que se habían mantenido al margen de dicha e injusta casta social, logró estudiar, y gracias a su particular genialidad, pudo descubrir una droga que neutralizaba el efecto del malicioso implante y recuperaba en las personas las ansias de aprender y poder ser entonces mucho más felices y capaces.
Gracias a él la historia tendría a partir de esos días nuevamente un gran giro social.
Inocentemente su madre al nacer le había puesto como nombre Jesús…
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Daniel Calcagni

Una flor.

Un instantáneo impulso por hacerme de esa flor, hermosa y radiante, me llevó a cruzar la calle y muy delicadamente tomarla en mis manos. Su increíble aroma me hizo sentir que esta inusual reacción tendría un motivo y si bien no lo conocía, algo me decía que era importante.

Fue raro, porque desde ese momento comencé a notar que todo mi alrededor se convertía en cómplice de mi alocado sentimiento, y opté por caminar sin destino, buscando señales y poniendo todos mis sentidos en la difícil tarea de no perder ni el más pequeño detalle.

Por momentos sentía que éste no era más que uno de esos tontos juegos que, a mis años, sólo lograban hacerme sentirme ridículo e infantil, pero mi presentimiento me hacía seguir adelante y fue así que me vi frente a la más hermosa plaza de mi ciudad, por lo que decidí hacer un último intento en recorrerla.

Y la encontré a ella, sentada sola en un banco, con sus ojos armados en lágrimas, sintiendo frío a pesar que los últimos rayos del sol de la tarde le pedían permiso para pasar a través de sus claros cabellos. Me acerqué sin saber bien porque y sin poder emitir sonido alguno, simplemente me nació extenderle mis manos ofreciéndole la flor.

Una mezcla de grito y llanto hicieron que se levantara y me abrace como si nos conociéramos de siempre; no dejaba de repetir “cuanto te extraño, cuanto te extraño…”

Mas calmada, luego de unos instantes, me contaba que esas flores eran las que su amado novio, recién fallecido, le solía regalar y que en sus últimos momentos no hizo más que prometerle amor eterno.

Yo esa noche no dormí, no pude borrar de mi mente a esa niña, pero si pude guardar ese día para siempre en mi corazón y aprendí, por sobre todas las cosas, que las promesas de amor generan una energía inconmensurable.

Daniel Calcagni.

 

Capitán !!! Capitán !!!

– Capitán !!! Capitán !!!

Se oyó fuertemente por encima del trinar de los pájaros.

– Capitán !!! Y ahora que hacemos? El enemigo se está acercando !!!

Gritos que llevaban tanto un tono de desesperación como de angustia.

Invitado de casualidad en tal inesperada situación no pude más que concentrar toda mi atención hacia donde provenían semejantes voces. Y me sorprendió ver a un ágil y muy joven personaje trepando raudamente al lugar mas alto al cual podía alcanzar, y mirando al horizonte con ojos colmados de estrategias, con voz fuerte y clara, le respondió a su oficial:

– No os preocupéis !!! Me tienen a mí y no dejaré que nada les pase !!!

Y buscando dentro de sus limitadas posibilidades, quizás debido a la rapidez con la que debería actuar, encontró dentro de su coloreada mochila, la última de sus galletas preferidas y sin pensarlo mucho, y a pesar de estar preservándola para una segura mejor ocasión, la arrojó en dirección al recorrido en el que el feroz enemigo y a pasos agigantados venía acercándose vaya a saberse con que siniestras intenciones.

Todo sucedió rápida y terminantemente.

El que era a mi parecer un tierno y cariñoso perrito, que muy rápidamente se acercaba a los chicos con el simple fin de continuar con el inocente juego, se detuvo abruptamente a deleitarse con tan sabroso trofeo.

Se escuchó entonces al valiente Capitán:

– Quedaos tranquilos !!! Hemos neutralizado al enemigo !!!

Instantes después, ambos niños, probablemente hermanitos, con la fiel mascota abandonaban la plaza donde habían entablado semejante y cruel batalla, llevando a sus espaldas el seguro convencimiento que una vez más habrían salvado al mundo de las garras del más temible enemigo; yo en cambio quedaba maravillado de todo lo que significa ser niño y con una clara y pesada angustia de saberme tan lejos de esos días, ésos donde todo era… tan sencillamente posible.

Un cuento imaginario.

Un raro virus había contagiado a toda la humanidad.

Los médicos llegaron a encontrar que la maldad, la falsedad y el egoísmo eran los principales desencadenantes de la enfermedad y mantener comportamientos que resultaran ser irrespetuosos o sentimientos que incluyeran la falta de amor por los demás, agravaban las consecuencias y terminaban acelerando un sufrido desenlace fatal.

La transformación fue increíble:

Los ricos que pudieron abandonaron sus riquezas y se convirtieron en saludables pobres, los pobres en cambio, convertidos en maestros de la vida, se hicieron grandes hacedores de felicidad.

Ese día…

Parece simplemente que todo el mundo es diferente, la mañana tiene un aroma nunca antes percibido, los colores son más vivos y el cantar de la naturaleza llega a mis oídos filtrando sutilmente los cotidianos ruidos de la urbe. Siento que las personas se comportan inobjetablemente, como si el destino me estuviera invitando a que diera definitivamente ese paso, ése que hasta ni en mi imaginación me podía animar a dar.

Si hasta me parece que mi pecho esta mañana tiene otras dimensiones, que es más grande, que he crecido, que soy más alto… Pero quizás se deba a que estoy caminando más erguido, que mi respiración es más profunda, y sea por ello que el panorama de las mismas calles de todos los días me muestra un paisaje increíblemente más bello.

Sin embargo mi pensamientos aún confundidos por tantos cambios empiezan a sospechar que todo ésto se debe a que estoy feliz, decidido, entusiasmado; que mi vida empieza a tomar por fin ese curso que tanto venía soñando y tan lejos lo presentía.

Y es que nunca me hubiera imaginado que para ella, yo existía. La más hermosa, la que en su mirada no se encuentra más que dulzura, la dueña absoluta de todos mis sueños y suspiros, me acababa de decir por primera vez “hola”, recién, cuando nos volvimos a cruzar en nuestro camino; como lo veníamos haciendo casi todos los días, en el más aturdidor de todos los silencios, …”

(dc)