El juego de la vida…

Llegado casi el fin del curso, al profesor de filosofía de una clase de más o menos 50 alumnos, se le ocurrió hacerles hacer un juego a todos ellos. Les dijo que desparramadas por el suelo de toda el aula, como muy bien las podían ver, se encontraban una pelotitas de múltiples colores y que cada una de ellas tenía inscripto sus respectivos nombres y apellidos.

El juego consistiría en encontrar cada uno la suya en al menos 60 segundos. Quienes las encuentren tendrían un muy valioso premio pero quienes no lo hicieran, por perder, tendrían un castigo. Y les dijo una cosa más, que dentro de las reglas de la no violencia… todo estaba permitido.Más vale que al instante de dar el “Comienza el juego”, todos se “tiraron de cabeza” hacia las pelotitas generando un gran avasallamiento e intentando cada uno encontrar la suya.

Mientras los alumnos lo más rápidamente que podían las iban tomando, a medida que comprobaban que no eran las que les correspondían las volvían a tirar al suelo, reproduciendo cada vez más desorden y ocasionando evidentemente un mayor descontrol. Claro estaba que cada vez era más difícil encontrar la que los llevaría a hacerse posesión del, hasta ese momento, desconocido premio.Pasados los 60 segundos y luego de sonar la señal de la finalización del tiempo, solo unos muy poquitos habían tenido la suerte o la oportunidad de encontrar la pelotita con su nombre. Casi la mayoría se encontraban con las manos vacías y con ánimo de derrota, apenados por no haber podido alcanzar el objetivo del juego.

No contento con el desenvolvimiento del mismo, el profesor les dijo que les daría una nueva oportunidad, pero ahora con una pequeñita sugerencia; una que bien podría hacer la diferencia. Como ya todos se conocían muy bien por haber estado juntos desde principios de año, al tomar la primera pelota y leer el nombre que en ella estaba escrito, en lugar de descartarla y seguir buscando la propia, se la llevarían a quien le correspondiera. Hubo algunos de los alumnos que se miraron entre sí como preguntándose donde está entonces la gracia del juego… pero confiando en el excelente profesor que todos sabían que en realidad tenían, se prestaron a intentarlo nuevamente pero ahora con formalidad propuesta.

Fue así que una vez largado de nuevo el juego, a los muy pocos segundos todos ya tenían en sus manos la pelota que les correspondía y lucían contentos por sentirse ganadores, casi sin haber hecho esfuerzo alguno.

El profesor entonces les dijo:

Queridos míos, el juego que les hice practicar hoy es muy similar al mismísmo “juego de la vida”, y el premio en realidad no es otro que el poder alcanzar la Felicidad. Uno a veces se concentra tanto en buscar su propia Felicidad que no se da cuenta que ayudar a los demás es el camino más seguro de encontrar la suya. No se encierren en sus necesidades, o en tratar de que sólo sus sueños y deseos fueran los que se cumplan. En ayudar a los demás a encontrarla, más vale en todo lo que esté a nuestro alcance, está el secreto de poder alcanzar sin esfuerzo y mucho antes de lo previsto la tan ansiada Felicidad propia.

Como les dije al empezar la charla, en este juego todo está permitido, nadie les va a imponer como deben actuar o que deben hacer, mucho menos lo hará este simple y viejo profesor, pero quiero que cada uno de ustedes piense en la posible desilusión que les ocasionará el no poder ganarlo… y que además, no siempre tendrán la oportunidad que les dio quien les habla: “la de poder volver a jugarlo, una y otra vez”

(dc)

Eternas discusiones.

La siguiente es una más de entre tantas charlas que hemos tenido entre nosotros tres. Y aunque muchos no logran percibirlo, somos tan distintos como distintivos.

– Estás totalmente loco si pensás en prestar toda esa plata. Con todo el esfuerzo que te costó juntarla, darla así, de una, es un verdadera locura!!! Vos estás mal!!!

= Vos cállate… No sabés nada!!! Si él quiere hacerlo, está bien, la plata va y viene, además es suya y puede hacer con ella lo que quiere. En el banco no beneficia a nadie, y convertirla en una ayudita para que sus seres más amados puedan tener su techo propio y formen una familia, parece ser una idea muchísima mejor.

– Ah!!! Claro!!! Ya tuviste que salir vos. Seguro él lo haría contento porque es una buena causa, sin embargo se tendría que sacar de la cabeza ese gran viaje que tanto sueña y del que tantas veces nos habló. Y ni hablar si lo llega a necesitar para otra cosa, es más, ni el auto va a poder cambiar si quisiera.

Yo sólo los escuchaba, pues ya estaba totalmente decidido y era lo que mi corazón dictaba. Sin embargo un «No discutan más!!!», me salió del alma. «El viaje es lo de menos, es un gasto volátil que se pulveriza en pocos días, y el auto que tengo es todavía nuevo y no tiene ningún problema», les dije como para que se callen un poco la boca.

= Tenés razón!!! Siempre estamos intentando hacerte tomar decisiones y en realidad no hacemos otra cosa que discutir entre nosotros, como si fueras un tonto. Pero no puedo dejar de decirte que me va a alegrar mucho que priorices el bienestar de tu familia, creo que no sólo es lo mejor que puedes hacer, sino que es lo que mayor felicidad te va a brindar.

– Está bien !!! Me callo, no digo más nada. Siempre es él el que se sale con la suya. Pero ese viaje siempre estuvo en tu cabeza y te lo vas a tener que olvidar para siempre. Y el coche nuevo… ése que te gusta tanto… jajaja, nunca más. Vos sabrás lo que vas hacer. -dirigiéndose a mí en clara alusión por mis futuras acciones-

«Muchachos!!! Estemos en paz…» -les dije yo- «No es que no los escuche, ni que uno o el otro tenga siempre la razón. Entiendo que ambos ven de una manera muy distinta la vida y créanme que los escucho a ambos. Si no fueran por ustedes… simplemente no sería quien soy» -y se hizo un silencio que denotaba una necesaria puesta de acuerdo, como para seguir con otro tema.

Es que sí, como les dije, somos muy distintos… pero están tan dentro mío que vivo confundiéndolos. Es que tanto ellos, como yo, solemos fundirnos en uno solo… Estas charlas de conciencia tienen eso… nos vivimos peleando, pero nos queremos… y aunque no lo crean, también nos necesitamos.

(dc)

No fue un día más…

Fue ese día que me di cuenta que un montón de cosas que creía absolutas… no lo eran tanto…

Vivíamos frente a una villa y mis padres me tenían no sólo prohibido acercarme a ella, sino que eran muy insistentes en que no tenía que hablar con ninguno de los que allí vivían. También que debería intentar escaparme de cualquier situación en donde estuvieran involucrados algunos de sus habitantes.

«Allí son todos malos y delincuentes» me habían llegado a forjar a fuego en la cabeza… Y más vale que llegué a tenerles mucho miedo.

En ese entonces yo tenía 13 años, y si bien todavía era una niña, ya empezaba a querer vestirme como una señorita y en lo posible con ropa de marca, pues evitaba de esa manera al menos las cargadas de mis compañeras de colegio, que ya bastante discriminada me hacían sentir por llegar al colegio en colectivo, cuando la mayoría de ellas eran alcanzadas a la institución en lujosos autos.

Quizás ese era el motivo por el cual a las tardes, después de estudiar y hacer los deberes, mis padres me dejaban ayudarlos en la heladería que tenía mi familia y que antiguamente había pertenecido a mis abuelos. No era mucho lo que podían pagarme, pero para comprarme alguna que otra prenda solía alcanzarme.

Recuerdo muy bien esa cálida tarde en la que habíamos sacado todas las mesitas a la vereda y yo me prestaba a servir a los clientes que querían disfrutar de nuestros ricos helados sentados con vista a la plaza del barrio que se encontraba justo frente a nuestro antiguo local.

En un momento vi que un chico de más o menos mi edad, bastante mal vestido, desarreglado y con las zapatillas rotas, se sienta en una de las sillas de las poquitas mesas que quedaban aún desocupadas y me empieza a seguir con la mirada como haciéndome notar que quería ser atendido.

Supe casi al instante que se trataba de uno de los muchachos que viven en la villa frente a casa, y en realidad me costó varios segundos determinar cual era la manera más correcta de actuar. Echarlo o animarme a preguntarle que necesitaba. Pero como estaba solo, tranquilo y en una postura que lo demostraba muy pacífico, se me dio por ir a atenderlo y saber que es lo que lo había llevado a sentarse en nuestra heladería.

– Hola !!! Necesitas algo? -luego de acercarme, le pregunté-

– Hola, sí !!! En realidad me hice una changuita cortándole el césped a un vecino y me gustaría tomarme un helado. ¿Me podrías decir cuánto vale el más barato?

La verdad es que me hizo sentir desorientada y hasta un poco conmovida por el tono que había utilizado para dirigirse a mí. Fue muy distinto al que hubiera imaginado tendría que haber sido…, había sonado absolutamente dulce y cordial. Hasta creo que debido al modo que tuvo al hacerme la pregunta, no solo me habría relajado, sino que de seguro la expresión en mi rostro a partir de ese instante se habría puesto mucho más amigable. Le respondí:

– Los vasitos más chiquitos con dos gustos salen noventa pesos.

Luego de mirarme muy fijo a los ojos, comenzó a sacar billetes arrugados del bolsillo y a balbucear como si estuviera haciendo cuentas. Luego de unos instantes se volvió a dirigir a mí y me dijo:

– Y uno igual al que está dibujado en la vidriera, ¿Cuánto sale?

– Ah !!! Ese tiene un baño de chocolate. Sale veinte pesos más. -le contesté-

Volvió a meter la mano en el bolsillo, bien hasta el fondo por lo que pude presenciar, y si bien me pareció que aún tenía un billete más, me dijo:

– Uy !!! Que lástima!!! Creo que no me va a alcanzar. Se ve delicioso!!! Pero no importa, será otro día, también debe ser muy rico sin el chocolate. Hoy voy a pedir el de noventa pesos. De dulce de leche y frutiilla. ¿puede ser?

Estuve a punto de ir directamente a buscarle el pedido, pero no pude dejar de pensar en lo que siempre me alertaban mis padres, y a pesar de que algo en mí me decía que en esta ocasión no hacía falta, para evitar un posible castigo, le pedí si no me podía pagar por adelantado.

– Sí, sí. Como no!!! -me dijo- Creo que si conté bien, justo hay noventa pesos sobre la mesa. -y tomando uno a uno los billetes, los fue contando hasta dárme bien acomodaditos los noventa pesos-

No tarde mucho en llevarle el pedido. Recuerdo que me había esmerado en servírselo lo más abundante que pude.

Mientras observaba lo despacito que lo consumía y como lo disfrutaba, pensaba lo raro que me había hecho sentir el hecho de cuan distinta había sido la experiencia de haberlo atendido, si la comparaba con la que me hubiera podido imaginar tendría que haber sido… Me preguntaba cuántas de mis presunciones podrían entonces estar muy cruelmente implantadas.

Pero mi mayor sorpresa ese día se dio cuando me disponía a limpiar la mesa en la que se había desarrollado esa experiencia que me iba a terminar marcando para toda la vida. Pude encontrar muy bien acomodadito, debajo del vasito en donde solemos servir el agua, como propina un billete de veinte pesos. Era ese mismo billete que me había parecido haberle visto en el bolsillo de su desgastado y roto pantalón.

(dc)

Una noche más.

«Hacía frío, la densa neblina parecía comenzar a convertirse en una muy fina lluvia y la tarde ya estaba empezando a confundirse con la noche, pero no podía irme de allí. Don Pepe ya estaba por cerrar su carnicería y casi siempre tiene algo para mí. Mirando las persianas esperé inmóvil por varios minutos, pero noté al ver la expresión de su rostro, cuando tristemente se dio cuenta de mi inmutable espera, que nada habría para hoy.

Se me ocurrió entonces ir a lo de Tito, estaba a pocas cuadras y a veces encontraba en su tacho de residuos algunas deliciosas sobras. Uf !!! Tuve que ir corriendo, pues me topé con los mismos chicos tontos de siempre que no tienen nada mejor que hacer que correrme y tirarme piedras; nunca voy a entender que ganan ni que es lo que esperan, soy muy chiquitito y por más valiente que me quiera hacer, ellos son muchos más grandes y fuertes que yo. Siempre pude zafarme hasta ahora, pero me da escalofríos pensar que sería de mí si algún día me llegaran a alcanzar.

En lo de Tito apenas pude encontrar algunos panecillos duros, pero igual vinieron bien, algo sólido entró por fin en mi panza. ¡Cuánta felicidad he perdido! ¿Qué habré hecho mal…? Por más vueltas que le de… abandonado es la palabra. Pienso en ellos y los extraño, nunca dejaré de amarlos… es sólo que no lo entiendo.

Bueno… ya la noche me pide ponerle fin al día de hoy, quizás el dormir me quite el dolor de hambre que tengo…»

Mientras se dirigía a su triste refugio, que no era otra cosa que un viejo caño de cemento en los terrenos de la antigua estación de tren, vio entre las oscuras nubes que cubrían casi a todo el cielo, un pequeño huequito por donde apenas se podía asomar la Luna, y no pudo evitar ladrar de bronca con todas sus fuerzas… aunque muy bien sabía que era totalmente inútil, no lo iban a poder escuchar.

(dc)

Estoy aquí.

– Muy buenos días doña Carmen. -dije yo-

– Buenos días joven. -sentada en un antiguo banco del hermoso parque me respondía la anciana-

– ¿Qué hace aquí sentada solita con este frío? Se va a quedar congelada. ¿Por qué no va usted adentro que está más calentito?

– Es que estoy esperando a mi hijo. No sé porqué tarda tanto. Se fue a comprar algo hace un rato, pero se ve que está tardando demasiado. – mientras miraba el reloj, con la más dulce de las vocecitas me contestaba un tanto preocupada-

– No se preocupe, seguro que no tardará. En estos días todo el mundo está de compras. ¿Le importa si le hago compañía?

– Gracias, es usted muy amable. Pero no tiene porqué molestarse. Seguro que tiene muchas cosas más importantes que hacer que acompañar a una viejita como yo. Hasta imagino que quizás alguna moza afortunada lo debe estar esperando…

– No es para mí ninguna molestia, se lo aseguro. -le dije- Me sentaré a su lado y lo esperaremos…

Y como casi todas las mañanas lo venía hacíendo, me senté junto a mi anciana madre y juntos esperamos a ese hijo que jamás había estado tan cerca…

Un cuento… sólo éso.

Cuenta la historia que existían dos pueblos separados por un estrecho riachuelo y que estaban muy enemistados entre sí.
En uno de ellos vivían mayoritariamente gente buena, humilde, trabajadora, donde sólo la inocencia tenía cabida y tan así era que quienes los representaban solían aprovecharse de ello, y en pos de sus propias malas intenciones y de un gran anhelo de riquezas, hacían de la inocencia y desprotección de sus representados el gran e inusitado poder que por décadas pudieron ir obteniendo.
En el otro pueblo en cambio, la mayor parte de sus ciudadanos creían ser instruidos, sagaces, hábiles para las negociaciones y porque no, basadas en sus propios modos de vida, hasta se habrían convertido en algo egoístas. Muy claramente los que llevaban adelante a esta sociedad, al contrario del otro pueblo, eran títeres con cara de buenos, presencia un poco tonta y hasta con apariencia de algo débiles, y eran escogidos adrede por el máximo poder de esa gran urbe, el cual estaba constituido por gente malvada que siempre intentaban mantenerse ocultos y que nunca mostraban sus rostros simplemente para poder seguir perpetuándose en lo que ellos perfectamente sabían era el verdadero poder.
Un día entraron en plena disputa los líderes de ambos pueblos con la finalidad de constituir una gran Nación, y los «cara de buenos» no hacían otra cosa que criticar a los malvados del pueblo vecino por sus malas acciones y estos últimos sin poder defenderse de sus intrínsecas intenciones no podian más que intentar desenmascarar la situación que llevaba a los cara de buenos al poder…
Cuenta la historia que una vez «fundidos en una única Nacion», por más que los integrantes de uno de esos grupos pudo llegar al poder en primera instancia y luego lo hicieron los otros, y después nuevamente los primeros…, y nuevamente a posteriori lo hicieron sus opositores…, y en una desgastante odisea fueron intercalándose por siempre los unos y los otros, el pueblo siempre ha sabido que ninguno de ellos, absolutamente ninguno, habría podido realmente beneficiarlo y lo peor… nunca lo podrían hacer.
Los cuentos… cuentos son!!!
(dc)

Un viaje de vida…

Todos hemos tenido en algún momento de nuestras vidas alguna de esas vivencias absolutamente inesperadas que nos marcan un antes y un después, de ésas que sin esperarla nos enseñan que siempre podemos estar equivocados en lo que creemos o bien en lo que pensamos.

Recuerdo ese día que tenía que llevarle unos apuntes a un amigo de la facultad que estaba enfermo, para lo cual había tomado el tren Belgrano Sur que me llevaba a Laferrere, donde él vivía.

Me llamó la atención durante el viaje la cantidad de changarines del Mercado Central que subían, como también nenes pidiendo y los que parecían ser cartoneros y limpiavidrios ocasionales.

En una estación intermedia subió un «chabón» tipo Chizzo de La Renga, con un enorme tatuaje de Cristo en un brazo y una colorida serpiente en el otro, que por lo alto de su voz, no pudo más que ser el centro de atención de todos los que estamos a su alrededor en ese vagón.

– “Ey, ey, gatos!!! Hoy no se van a salvar de mí, eh !!! Rollin’ Estones a pleno!!!”.

Le manguea una seca a unos pibitos que estaban fumando medio escondidos en un rincón y sigue:

– “A ver, a ver !!! Que vengan los cobanis nomás al furgón, que hoy el que manda es el Gasolero!!!”.

Saluda a dos pibas que se estaban por bajar en Lugano y le grita algo a un tipo trajeado que subía y que en realidad no pude distinguir bien si se trataba de una amenaza o un saludo efusivo. De repente se para justo adelante mío, me mira fijo y me pregunta:

– “¿Y vos qué estás leyendo?”.

Yo, que estaba apoyado sobre una puerta que no abría, por ese prurito imbécil, debido acaso a esa condescendencia clasemediera que encubre un cierto gorilismo aprendido sin que uno lo quiera por el medio en que le tocó vivir, casi tartamudeando le digo:

– “No… eh… nada, un libro de historia…”.

Me dio cosa, en ese momento y en ese ámbito, decir “Dostoievski”. Qué sé yo. De puro boludo culposo. El chabón se me acerca más, mira el libro, se queda pensando unos segundos y me dice:

– “¿Flaco, vos me estás tomando por pelotudo? Ésto no es un libro de historia, ¡esto es el ruso Dostoievski! Qué te pensás, que no conozco a Dostoievski? ‘Crimen y castigo’, ‘Los Hermanos Karamazov’, ‘Pobre gente’, ‘Las noches blancas’,… ¡Un zarpado! ¡Tremenda masa los rusos!”.

Me saca el libro, lee el título y bajando un cambio en su modo eufórico de expresarse y con un tono muchísimo más cordial, me dice:

– “Ah, capo, pero con éste me cagaste: ‘La aldea de Stepanchikovo’, no lo leí. ¿Qué tal está?”

Totalmente sorprendido como desconcertado le contesté:

– «No tan bueno como ‘Los hermanos Karamazov’, pero mucho más liviano.»

– «Cuando estaba encanutado me lo leí todo, chabón : Dostoievski, Tolstoi, Chéjov, Pushkin, Nikolái Gógol, Bukowski….. (se hace un silencio y me mira a los ojos) Jajajaja !!! ya sé, este último no es ruso, es un alemán que se hizo yanqui, te estaba probando…
Cuando volvíamos de la biblioteca, a los cobanis, cada dos por tres se les daba por cagarnos a palos. Nunca nos decían por qué…, pero se ve que les daba mucha bronca que leyéramos…
¿Sabías que el Dostoievski también estuvo preso en su Rusia?
Formaba parte del grupo intelectual liberal Círculo Petrashevski y lo encanutaron bajo el cargo de conspirar contra el zar Nicolás I y poner en peligro su ‘autocracia’.
El tipo en sus escritos exploraba mucho la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa de ese momento, así que te imaginarás…»

Respiró hondo y con un claro gesto de profundo pesar, continuó diciendo:

– «Ahora casi no tengo tiempo de leer… pero te juro que me encantaría.»

Cada vez más sorprendido, estupefacto diría yo, y con un tono de voz impregnada de compañerismo le pregunté:

– ¿Ahora qué hacés?

Volviendo al que creo era realmente su modo habitual de expresarse me contesta:

– «Soy… empresario independiente… jajajaja (la carcajada se debió haber escuchado desde la próxima estación). ¿Y sabes qué? No me va nada mal!!! No es lo que más me gusta… pero tengo puestitos de venta de frutas y verduras. No paro en todo el día, ni tengo sábados ni domingos para estar de lleno con mi piba y los chicos, pero… todo bien chabón!!!»

Mira por la ventanilla y como volviendo a su mundo, no muy convencido, balbucea:

– “Me bajo en la próxima, tengo que laburar”.

Me da la mano de una forma que me dejó percibir todos sus anhelos, sus carencias, sus incomodidades, su sufrimiento, su infelicidad, como si su historia se hubiera escabullido hacia mí a través de sus dedos, y justo antes de tirarse al andén de la estación le pega un último grito a sus compañeros del vagón.

– “Cuídenme a este guachín, es un buen pibe !!!!»

Y el silencio que provino después, nos separó para siempre.

Mi cabeza hizo «click» luego de ese día.

Y claro… Si tenés un tatuaje, hablás raro, a los gritos, o si tu aspecto no es muy formal que digamos, tenés que, «sí o sí», ser bruto, maleducado o malaprendido, violento y hasta porque no, delincuente. Porque si no lo sos… simplemente, desencajas…

Ojo !!! Que los desencanjados, en ésta o en cualquier otra historia… no seamos nosotros!!!

(dc)

El cuadro en el Museo.

Otro día más, y a la misma hora, lo encontraba nuevamente sentado en el mismo banco del museo, apreciando, como siempre lo hacía, ese cuadro; ése que el mismo había pintado hace muchos años y que había donado, como a muchos otros, a esa entidad que él tanto quería.

Lo había decidido así, a pesar de estar casi en la ruina, porque siempre decía que si los vendía los perdería de vista y si se los guardaba para él, ya nadie los vería; así que además de su gran talento como artista plástico y de ser uno de los pintores más reconocidos de toda la ciudad, también tenía esos hermosos sentimientos que lo hacían tan él, tan querido por todos; sobre todo allí, en ese museo al cual no dejaba de visitar ni un sólo día.

Pasaba horas mirando ese mismo cuadro, no por egolatría, ni mucho menos por admiración a su obra, sino porque en él estaba ella, el amor de su vida, la mujer que el destino habría querido alejarla muy pronto de su lado y ahí, en esa pintura, habría quedado tal como la recordaba, recostada en el césped de ese florido paisaje, como mirando hacia fuera del mismo, esperando un milagro.

Cuántos años habían pasado… viejo, cansado, sin poder olvidarla ni por un sólo instante, y cumpliendo con el mayor deseo de todos los días, se pasaba muchas horas del día sentado en ese mismo lugar, como reservado para él, sólo… observándola.

Pero a partir de un día todo cambió, el viejo pintor dejó con su ausencia un irreparable vacío en el museo. Ya nadie se sentaba desde ese triste rincón a observar la pintura que él tanto atesoraba. Ésa en la cual, a partir de una mágica noche, la dama que en ella muy sola estaba, ya nunca más lo estaría, pues un joven y sonriente muchacho le sostenía su mano como para darle un suave y eterno beso…

Daniel Calcagni

Volver a nacer…

Corría desesperadamente hacia su casa y ya casi no le quedaba aliento. El miedo era tan incontenible que ninguno de los perturbados pensamientos que le podían aflorar, eran claros ni mucho menos precisos. Todo era desconcierto y frustración.
Cuando sólo le faltaban pocos pasos para llegar, lo terminó de derribar la idea de no encontrarlo, de que no estuviera allí… Todo acabaría para él. Sería el fin.

Debido a tantos nervios, apenas si pudo lograr abrir la puerta y con las pocas fuerzas que aún le restaban tenía que encontrarlo. Fue cuando lo vio, ahí tirado, exactamente donde su dislocada memoria por suerte le decía que podría estar… y una luz de esperanza se asomaba en su vida.

Respiró mucho más tranquilo y todo pareció volver a la normalidad recién cuando logró ver que el iconito verde en el celular que se había dejado olvidado minutos antes en el sillón del living de su casa, no tenía adherido ningún número que evidenciara que tenía mensajes sin leer…

(dc)

El tren.

Su tren ya estaba por partir, llovía y hacía frío. No quería asumir la diferencia entre el «no pudo llegar » y el «jamás pensó en venir». La atormentaba el hecho de comprender que el valor de tantos años compartidos no pudiera solventar al menos una última despedida. Sería su culpa, la de él, la de ambos… ¿qué importaba eso ahora? Ya no vendría. ¿Cambiaría su forma de recordarlo? ¿Le sería, dolor mediante, más fácil olvidarlo? Más interrogantes aparecían, más fuerte sonaba la campana del tren anunciado su partida.

Finalmente, el sonido insistente de la bocina de un auto la despertó. Él todavía dormía a su lado y con el brazo aún abrazándola. No lo despertaría. Intentaría levantarse, cambiarse e irse sin que lo notara. Al final, ése era su destino. Él había aparecido, y el tren… sin ella, ya se había ido.

(dc)

El valor de una sonrisa

Allí estaba, como casi siempre… sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas rotas de la vereda, con su desteñida gorra marrón y sus manos arrugadas sosteniendo el viejo bastón de madera. Sus pantalones arremangados, dejaban libres sus flacas pantorrillas, y una camisa blanca muy gastada con un chaleco de lana tejido a mano, apenas lo abrigaban en esa fría mañana . El anciano miraba a la nada…

Pero ese día… el viejo lloró, y en su única lágrima que logre ver, expresó tanto…, que me fue muy difícil acercarme a preguntarle que le pasaba y quien dice, hasta quizás poder consolarlo. Simplemente seguí caminando, sin embargo al percibir que volteó su mirada para posarse en la mía, sólo me animé a sonreírle e intentar transmitirle con el más sentido de los gestos, lo mucho que sentía si es que era la tristeza la que en esos instantes se habría apoderado de él.

Logró invadirme una profunda angustia, y si bien no lo conocía, entendí que tanto en su mirada, como en aquella lágrima, estaba muy presente el sufrimiento y una gran necesidad. Pero seguí mi camino, sin convencerme en lo más mínimo de estar haciendo lo correcto. No podía borrar de mi mente esa imagen, la de su mirada encontrándose con la mía.

Traté de olvidarme. Caminé rápido ocupándome en otros pensamientos, como intentando infructuosamente escaparme de esa triste sensación. Compré un libro y, ni bien llegué a mi casa, comencé a leerlo, esperando que con el correr de las letras, pudiera borrar esa presencia…. pero esa lágrima no se me borraba…

Los viejos no lloran así por nada, me repetía.

Esa noche me costó dormir, la conciencia no entiende de horarios, y decidí que a la mañana volvería a pasar por el frente de su casa y conversaría con él, tal como estaba convencido tendría que haber hecho.

Luego de vencer mi pena y al saber que remediaría mi error, logré dormir.

Recuerdo haber preparado al día siguiente un poco de café con tostadas, y muy deprisa fuí a su casa convencido de tener mucho por conversar.

Llegando noté que no estaba sentado como lo hacía de costumbre en la puerta, por lo que decidí llamar a la puerta. Cedieron las rechinantes bisagras y salió un hombre.

– “¿Qué desea?”, preguntó, mirándome con un gesto adusto.

– “Busco al anciano que vive en esta casa.”

– “Mi padre murió en la noche de ayer”, dijo entre lágrimas.

– “¿Murió?”, dije decepcionado. Las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me humedecieron.

– “¿Y usted quien es?”, volvió a preguntar.

– “En realidad, nadie”, contesté. Y agregué: “ayer pasé por la puerta de su casa, y estaba su padre sentado, lo vi triste con lágrimas y, a pesar que lo saludé, no me detuve a preguntarle qué le sucedía… hoy volví para hablar con él, pero lamento muchísimo que ya sea tarde.”

Luego de un extraño silencio, el hombre me dijo:

– “No me lo va a creer, pero creo que usted es la persona de quien hablaba en su diario.”

Sin entender en lo absoluto lo que me estaba diciendo, lo miré como pidiéndole una explicación.

– “Por favor, pase”, me dijo aún sin contestarme.

Luego de servirme un poco de café, me llevó hasta donde guardaba su diario, y la ultima hoja rezaba:

– «Hoy me regalaron una plena y sincera sonrisa, acompañada con un amable y muy sentido saludo… Hoy, a pesar de todo, es un día bello y especial».

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Nunca dejemos de dar o decir algo que pueda hacer felices a los demás. Para cualquiera de nosotos, podría ser muy sencillamente la última oportunidad.

El profesor.

El profesor de gimnasia se prestaba a organizar una carrera entre sus adolescentes alumnos, pero antes de dar la voz de largada, cuando ya todos estaban alineados en el punto de partida, les dijo:

«Hoy no sólo vamos a dar un lindo y espectacular premio al ganador, sino que pondremos algunos condicionantes que harán de este evento algo distinto de los que hemos venido haciendo…
A ver, por ejemplo, den dos grandes pasos al frente sólo aquellos que sus padres no estén separados o exista en la familia, tanto una verdadera figura paternal como maternal.»

Casi la mitad de los alumnos dieron los dos pasos al frente, entonces continuó el profesor.

«Ahora dos pasos más quienes además viven en una casa con suficientes y confortables ambientes, bien calefaccionados en invierno y refrigerados en verano.»

Nuevamente muchos de ellos dieron ambos pasos.

«Continuemos con otros dos pasos más quienes jamás hayan tenido que pasar algún día sin poder alimentarse porque no eran suficientes los recursos para la manutención familiar y luego dos más quienes siempre han tenido los abrigos, menesteres o remedios que les haya hecho falta en distintas circunstancias.»

De a poco y con cada condicionamiento la fila se iba desintegrando.

«Pongamos todavía algunos más…» -continuó el profesor- «por ejemplo…»

«…dos pasos quienes además de venir a este colegio estudian otras asignaturas o hacen actividades deportivas o musicales en entidades privadas.»

«También quienes nunca hayan tenido que salir a trabajar para ayudar en los gastos a su familia.»

«Y por último, dos pasos más quienes salen de vacaciones todos los años o tienen periódicamente tiempo para la recreación y el disfrute.»

Ya a esta altura pocos estaban adelante de todo, la mayoría quedaban repartidos en forma bastante despareja y también algunos habían quedado en la línea inicial, sin poder haber dado ningún paso.

Se dirigió entonces el maestro a sus alumnos diciendo:

«¿Se dan cuenta que si largo la carrera en este momento y sin que nadie pueda mirar para atrás, alguno de los que están bien adelante casi seguro la ganará sin darse cuenta que en realidad también la estaban intentando ganar algunos que de por sí… ya estaban en clara desventaja?

¿Y que esa desventaja en realidad no se debe a culpa alguna de parte de ellos, ni mucho menos han hecho algo mal, ni errado o equivocado en algo para padecerla?

Pues les tengo que decir que el premio figurativo al que hice referencia al iniciar esta charla no es otro que el «tener éxito en la vida», el poseer las condiciones para ser feliz, el poder llegar a sentirse realizado por verdaderos y propios méritos y sin tener que hacerse cargo de desventajas ya heredadas.

¿No les parece injusto que existan tantas diferencias en las oportunidades que cada uno de nosotros suele tener en la vida para poder ser simplemente lo que uno quiere o desea ser?

Ahora bien… y por favor, no quiero que con esta lección nadie se sienta culpable, pues les aseguro que ninguno de ustedes lo es. Por todo lo contrario, todos somos víctimas de este sistema social-económico-educativo que viene de siempre y que parece que no vamos a ser nosotros quienes veamos que algún día cambie. Dicen los que más saben que la naturaleza es muy sabia y solita se va a encargar de corregirlo… pero no salvando al hombre… sino más bien, salvando al planeta.

Siempre pienso que si de a poco vamos reflexionando al respecto, quizás algún día… y sólo quizás… podamos decir que esos sabios, estaban equivocados.»

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Mis versos para ti…

Un extraño e irresistible impulso lo llevaba a escribir versos de amor por todos lados. Servilletas de papel, revistas que tuvieran claros en donde no se confundieran sus letras, versos y más versos quedaban por él estampados. Hasta los márgenes de todos sus apuntes escolares estaban siempre colmados de ellos.

Y justo a él… que nunca había estado enamorado y al que jamás ninguna chica habría podido hacerse dueña de todos sus sueños ni apropiarse de todos sus suspiros, a él, sí, justo a él, se le vivían escapando de la punta del lápiz los más hermosos y románticos versos que su alma nunca dejaba de dictarle.

Hermosas rimas, increíbles poemas y los más variados versos de amor, tan espontáneamente llenaban todos los espacios que estaban a su alcance, que cansado de no entender, y hasta sin quererlo, los abandonó un día en un rincón cualquiera de su camino.

Y fue al ver los ojos color miel de esa hermosa niña de finos cabellos castaños que venían danzando al compás de sus muy cortitos y apresurados pasos, para decirle con la más dulce de las voces que se había dejado olvidado esas hojas que apenas si podía sostener en sus delicadas manos, que le invadió una muy extraña y tranquilizadora paz. Por fin pudo comprender absolutamente todo… aquellos versos, siempre habían estado escritos para ella.

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Daniel Calcagni.

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Leído en un chat de whatsApp:

«Hola mi amor, como vas con el trabajo? No le hagas caso al anterior mensaje… Jaja… fue culpa del autocorrector. Te amo, besitos !!!!»

Anterior mensaje:

«Idiota !!! No te soporto más !!!! Y mucho menos a tu imbécil e intolerable creencia que soy bipolar y muy insegura. Morite !!!!»

 

(dc)

Una historia repetida. ..

Un peso extra sentía esa mañana, una molestia extraña, pero recurrente, volvía hacerse presente. Quizás la misma angustia de otras veces pero es que esta vez lo había encontrado cansado, por no decir agotado, ya creía que se habrían acumulado muchas injusticias.
Debería ir a trabajar como todos los días, al mismo y hasta ¿por qué no? muy querido lugar, donde gracias a muchos años de esfuerzo, estudios y un verdadero compromiso, lo hacían quererlo y conocer mejor que nadie las tareas que allí se realizaban.

Sin embargo hoy no era igual, tendría una nueva jefatura , un político más, quizás igual a muchos de los que ya habían pasado, pero la pequeña charla tenida el día anterior cuando se lo presentaron lo habían inundado de inquietudes; pues había podido notar que no sólo «no era conocedor» de los temas que debería dirigir, sino que había notado una total falta de humildad en sus actitudes, y para peor, una desesperada intención de demostrar y hasta lo había hecho en forma un poca irrespetuosa, que cómo ahora iba a estar él, todo iba a cambiar para bien…

Toda la tarde se había estado preguntando: ¿donde estaría todo lo mal que venía haciendo? Si todas las tareas que llegaban a sus manos se realizaban en tiempo y forma, y las que no, iban quedando absolutamente siempre pendientes por problemas de falta de recursos o de intervención de terceros. Pensaba que para colmo ahora y como hecho contraproducente, se tendría que afrontar el costo de mantener en el área un puesto directivo, con todo lo que ello conlleva. Mucho menos podía entender los cambios al que se habría hecho referencia, si hacía muy pocos días atrás lo habían felicitado por cómo venía llevando adelante al sector, es más, hasta creía estar convencido de la existencia de una fluida y cordial comunicación con sus directivos superiores.

Aunque en realidad… todo estaba claro, sabía que el nuevo director independientemente de los rumores que ya circulaban por toda la empresa de que habría tenido problemas con la justicia en empleos anteriores, era muy amigo de uno de los más altos funcionarios, y encima ya se venía maquinando que no sólo iban a tener que soportar su soberbia y falta de conocimiento, sino que deberían llevar a cabo, además de todas las tareas que ya venían realizando, una mucho más compleja: tratarlo con delicadeza por temor de perder el tan imprescindible empleo.

Buscaba sin embargo y casi desesperadamente aunque sea un muy pequeño motivo que le permita aceptar que esta nueva incorporación no sólo estaría colmado de injustas «atribuciones», sino que, a sabiendas de todo el esfuerzo que venía realizando para que le aumenten un poco más su sueldo, el recién llegado recibiría más del doble que su paga.

Se miró nuevamente al espejo, buscaba responsables, soluciones, respuestas…

Repasaba las tareas que se deberían finalizar, las que habría que retomar, los informes a los cuales se tendrían que dar curso, las capacitaciones a punto de concluir para todos los integrantes del sector; intentaba encontrar las palabras que debería usar para no romper el buen diálogo desde el primer día con su nuevo director, imaginar cómo serían sus reacciones y cuantificar todo el mal que le harían… cuando empezó a notar mareos, malestar general, dolor en el pecho y …

… nunca pudo enterarse que al no estar él, quien sería su nuevo director no pudo hacerse cargo del área porque hubo que buscar a alguien capacitado que lo hiciera, que nadie supo que fue de este señor que a raíz del triste desenlace terminó hasta discutiendo con su benefactor «amigo», ni que por la indiferente e impune decisión de funcionarios que no saben hace bien sus tareas, no iba a poder terminar siquiera todo lo que con tanto amor y dedicación había iniciado, mucho menos… disfrutar la vida.

(dc)

La fe mueve montañas…

Al principio de los principios, la fe solía mover montañas. Lo hacía con decoro y sólo cuando era absolutamente necesario, con lo cual el paisaje permanecía casi igual, sin muchas variantes. Durante milenios los cambios no fueron para nada significativos.
Pero la fe comenzó a propagarse, los unos y los otros hicieron uso desmedido de ella. A todos le pareció divertida la idea de mover montañas, hasta algunas veces sin motivos valederos…

Llegó un momento en que éstas no hacían sino cambiar de sitio y cada vez era más difícil encontrarlas en el mismo lugar en que uno las había dejado. Todo estuvo mal y más vale, se creaban más dificultades que resoluciones.
Tanto así fue… que la buena gente prefirió ir abandonando la fe hasta el punto que las montañas volvieron a permanecer casi por una eternidad en su sitio.

Ahora… cuando estamos viajando y se produce un pequeño derrumbe…, es que alguien, en algún lugar, quizás muy lejano, o no…, tuvo un ligerísimo atisbo de buena fe.

 

El mago y el rey.

Este cuento, en realidad en algo un poco parecido, lo leí en uno de los libros de Jorge Bucay, y si bien me gustó la idea, no tanto lo fue la redacción y mucho menos el desenlace, por lo que me propuse cambiarlo a mi gusto… que para nada significa que lo haya mejorado, es más, muy probablemente haya hecho todo lo contrario, pero… éste soy yo…

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«Muchas veces con los enemigos no se puede hacer otra cosa que aprender…»

Había una vez, en un reino muy lejano y un tanto perdido, un rey al que no había nada que lo hiciera tan feliz como el sentirse poderoso. Para ello no le bastaba con tenerlo todo, él necesitaba irremediablemente que todos lo admiraran y que lo hicieran sentir en todo momento que no existía en el reino nadie que lo pudiera superar en inteligencia, cultura o conocimientos.

Era muy común que en su entorno más cercano, tanto cortesanos como sirvientes lo alabaran por sus dotes, pero el Rey muy bien sabía que existía un anciano mago en el pueblo que no sólo era muy sabio, sino que se decía que podía algo que muy, pero muy pocos podían… y era conocer el futuro.

Continuos desvelos le provocaba al Rey la existencia de este hombre, pues se decía de él que era tanta su generosidad como la bondad en cada una de sus acciones, que el pueblo entero lo amaba, lo admiraba y festejaba que el destino haya querido que viviera allí con ellos.

De su alteza no se decía lo mismo, quizás por su soberbia o por esa disimulada inseguridad que lo hacía demostrar en todos sus actos su poderío, no era exactamente lo que se dice un rey justo, ecuánime, ni mucho menos bondadoso.

Un día, cansado de no sentirse líder de su reinado, de que le siguieran llegando rumores de lo grandioso, sabio y querido que era el «mago» del reino, y motivado por esa mezcla de celos y temores que le generaba una terrible envidia, se le ocurrió un maléfico plan:

Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría a todo el reino, especialmente al mago, para luego de la cena pedir la atención de todos y llamarlo para que vaya al centro del salón y delante de todos, preguntarle si era cierto que podía ver el futuro.

El destacado invitado tendría dos posibilidades, decir que no, defraudando así la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama.

Como el rey estaba seguro de que escogería la segunda posibilidad, le pediría entonces que le dijera la fecha en la que el mago del reino iba a morir. Éste daría una respuesta y sin importar cual fuera, en ese mismo momento planeaba sacar su espada y matarlo. De esta manera conseguiría dos cosas de un solo golpe, la primera, deshacerse de su enemigo para siempre y la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro, ya que se había equivocado en su predicción. Se acabaría en una sola noche sus dos pesadillas, el mago y el mito de sus poderes…

Los preparativos se iniciaron enseguida, muy pronto llegó el día del festejo y tal como había sido planeado, después de la gran cena el rey hizo pasar al mago al centro del salón más grande del castillo y le preguntó:

– Han llegado a mis oídos que sos vidente. ¿Es cierto que puedes leer el futuro?

– Algunas premoniciones suelen venir a mi mente -dijo el mago-

– ¿Y serías capaz de ver tu propio futuro? -le preguntó el rey-

– Muy a mi pesar, puedo. -contestó el mago-

– Entonces quisiéramos que nos des una prueba -dijo el rey- ¿Dinos cuál es la fecha de tu muerte?

El mago se sonrió, miró a los ojos al Rey y optó por hacer silencio.

– ¿Qué le pasa mago? – dijo sonriente el rey y con un tono sobrador – ¿Acaso no lo sabe? ¿no es cierto que puedes ver el futuro?

– No!!! No es éso -dijo el anciano- Quizás esa respuesta no me anime a decírsela, mi Majestad.

– ¿Cómo que no te animas? -le dijo el rey-.Yo soy tu soberano y te ordeno que la digas en voz bien alta para que todos la escuchemos. Es muy importante para el reino poder saber cuando vamos a perder al gran mago del reino. Si lo sabes , pues dilo.

Luego de un tenso silencio en donde todas las miradas se posicionaban en el débil anciano, el mago lo miró y dijo:

– No puedo precisarte la fecha, pero sé que moriré exactamente el día anterior al que tu mueras…

Durante unos instantes el tiempo pareció congelarse y un murmullo corrió por entre todos los invitados. El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en las premoniciones, pero lo cierto es que no se animó a matar al mago.

Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio… Jamás hubiera esperado esa respuesta y la verdad, no supo bien que hacer ni decir. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza.

– Alteza, se ha puesto pálido. ¿Qué le sucede? -preguntó el invitado- Yo todavía tengo mucha vida por delante…

– Me siento mal -contestó el monarca- voy a ir a mi cuarto, te agradezco mucho que hayas venido. Y con un gesto confuso giró en silencio encaminándose a sus habitaciones…

En realidad al Rey, muy aturdido, no dejaba de darle vueltas en la cabeza una sólo cuestión. ¿Y si al volver, al mago le pasara algo malo camino a su casa? Por ello volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta:

– Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría, te ruego que pases esta noche en el palacio, pues por la mañana debo consultarte sobre algunas cuestiones reales.

– ¡Majestad!. Será un gran honor… -dijo el invitado con una reverencia-

El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y que custodiasen su puerta asegurándose de que nada pasara…

Esa noche el soberano no pudo conciliar el sueño, le molestaba terriblemente no poder dejarse de preocupar por la salud del anciano.

Bien temprano en la mañana el rey golpeó en las habitaciones de su invitado, y si bien nunca había pensado en consultar ninguna de sus decisiones, en cuánto el mago lo recibió le hizo una pregunta… necesitaba darle cuerpo a su excusa.

El mago, muy sabio él, le dió la respuesta más correcta creativa y justa que pudiera imaginar. No le quedó más remedio que alabar a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara unos dias más, supuestamente, para consultarle otros asuntos… (obviamente, el rey en el fondo sólo quería seguir asegurándose que nada le pasara).

El mago, que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados, aceptó…

Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta las habitaciones del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva consulta al día siguiente.

No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminara, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en cada una de las decisiones.

Pasaron meses, luego años, y como siempre suele pasar, estar cerca del que sabe vuelve el que no sabe, más sabio, así que el rey poco a poco se fue volviendo más intelectual y más justo. Ya no era despótico ni autoritario y dejó de necesitar sentirse poderoso y seguramente por ello mismo dejó de necesitar demostrar su poder.

Había aprendido que la humildad tiene sus ventajas y empezó a reinar de una manera más sabia y bondadosa. Increíblemente su pueblo empezó a amarlo como nunca antes.

Al rey dejó de preocuparle la salud del sabio por su premonición y sí por el gran cariño que ya le tenía. Los contactos del Rey con el mago habían pasado de ser cuestiones del reinado a verdaderas charlas de amigos. Al cabo de unos años y sin querer, su más odiado enemigo se habría convertido en su más increíble sustento de vida.

Sin embargo el rey nunca podía sacarse el peso de recordar el plan que aquella vez había urdido para matarlo. Se había dado cuenta que no podría seguir manteniendo ese secreto sin sentirse un hipócrita, por lo que tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y apenas entró, le murmuro:

– Hermano mío, tengo algo para contarte que me oprime el pecho.

– Dime -dijo el mago- y alivia tu corazón.

– Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte frente a todos para que tu muerte inesperada desmistificara tu fama de adivino. Te odiaba porque sentía que todos te amaban… Estoy tan avergonzado de ello…

El rey, sin importar las consecuencias de su revelación, suspiró profundamente y continuó:

– Aquella noche, por temor, no me animé a matarte y ahora que somos amigos, y más que amigos te siento mi hermano, me aterra pensar lo que hubiera perdido si lo hubiese hecho. Hoy he sentido que no podía seguir ocultándote mi infamia. Necesité decirte todo esto para que tú me perdones o me desprecies para siempre, pero siento que así debe ser.

El mago, más que sorprendido, orgulloso por los dichos de su rey, y hasta un poco culpable de haber atado su destino al de él, quizás con la intención de tranquilizarlo respecto a la premonición, lo miró y le dijo:

– Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo y me alegra que lo hayas hecho porque me permite decirte que yo ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y acariciaste con la mano el puño de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta ser adivino para darse cuenta de lo que pensabas hacer -el mago sonrió y puso su mano en el hombro del rey-. Como justa devolución a tu sinceridad, debo decirte que yo también pude haber inventado una absurda historia, la de mi muerte antes de la tuya… Quizás el destino quería que recibas una lección. Una lección que recién hoy creo que has aprendido, y quizás la más importante que yo haya enseñado.

Cuando vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros, en realidad odiamos y rechazamos asuntos muy internos en nosotros. Aquellas cosas que nosotros mismos creemos que son despreciables, amenazantes o inútiles, pueden sin embargo terminar siendo muy importantes en nuestras vidas y hasta nos podría costar caro vivir sin ellas. Tu muerte, querido amigo, llegará justo, justo el día de tu muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no nuestras muertes. El rey y el mago se abrazaron entre lágrimas y festejaron brindando por la confianza que cada uno sentía en esa relación que habían sabido construir juntos…

Cuenta la leyenda que misteriosamente esa misma noche el mago murió sin ningun sufrimiento durante el sueño. El rey, al enterarse de la mala noticia a la mañana siguiente, no pudo más que sentirse desolado y llorar muy sinceramente por la muerte de su amigo.

Ni pensaba, ni estaba angustiado por la idea de su propia muerte, había aprendido del mago a desapegarse hasta de su permanencia en este mundo. Estaba triste simplemente por la muerte de su gran amigo.

¿Qué coincidencia extraña había hecho que el rey pudiera contarle esto al mago, justo la noche anterior de su muerte?

Tal vez, y sólo tal vez, de alguna manera desconocida el mago había hecho que él pudiera decirle esto para quitarle su fantasía de morirse un día después. Un último acto de amor para librarlo de los temores de otros tiempos…

Cuentan que el rey con sus propias manos cavó en el gran jardín florido del Palacio, bajo su ventana, una tumba para su amigo, el mago. Enterró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado de su tumba llorando como se llora ante la pérdida de cualquier ser muy querido.

Muy entrada la noche el rey volvió a su habitación y agotado por uno de los días más largos de su vida, se propuso descansar.

Cuenta la leyenda… que esa misma noche… veinticuatro horas después de la muerte del mago, el rey murió en su lecho mientras dormía.

Quizás fue casualidad… quizás fue por dolor…

O quizás fue para confirmar la verdadera grandeza que por su humildad, el sabio anciano tenía muy bien guardado dentro de sus más grandes secretos.

(dc)

Los ricos no son mariposas…

Siempre llega el día en que nuestros hijos nos empiezan a hacer preguntas. Ésta es la historia de un inocente niño que luego de visitar a unos parientes que el destino quizo vivan en la pobreza, le pregunta a su padre.

– Papi ! ¿Porque existen ricos y pobres?

El padre queriendo explicarle de una manera representativa, se le ocurre llevarlo al jardín para juntos buscar y observar tanto a las orugas como a las mariposas.

– ¿Has notado claramente las diferencias que existen entre ellas? -le pregunta el padre-

– Sí Papi, -le dice el niño- Las orugas son feas, están como prisioneras dentro del poquito espacio que tienen para moverse, no tienen la libertad de volar, viven sucias y en la tierra y por más que se esfuerzan, sus pasos son tan cortitos que les resulta muy dificil avanzar. En cambio las mariposas son hermosas, tienen bellas alas llenas de colores, pueden volar de flor en flor y quedarse en donde más cómodas y seguras se sientan disfrutando las cálidas brisas y los rayos del sol. Hasta puedo lograr imaginarme lo felices que se sienten de ser libres mariposas, mientras que pareciera que a las pobres orugas sólo les queda sobrevivir por la bendita voluntad de Dios. Gracias Pá, ahora entiendo.

– ¿Que es lo que has entendido hijo?

– Que así como hay seres hermosos y coloridos, hay seres feos y muy raros, y la propia naturaleza se ha encargado de que así fuera. Por eso es natural que existan tanto los ricos como los pobres, y por ello mismo, mientras unos se deleitan en placeres y lo tienen todo, los otros por su condición y limitaciones, no le queda más opción que observar e intentar sobrevivir.

– ¿Sabes hijo mío que si bien a simple vista tu razonamiento puede resultar muy lógico, puedes estar totalmente equivocado por no tomar en cuenta algunas cosas?

– Pero… ¿Cómo que cosas padre?

– Si yo te dijera por ejemplo que la mariposa antes de ser hermosa y perfecta, primero tuvo que ser una fea y lenta oruga.¿Qué pensarías?

Luego de varios segundos en un desconcertado silencio el niño lleno de emoción le contesta:

– Que entonces los pobres algún día serán ricos!!!

– ¡Uf! Éso sería ideal y perfecto hijo mío !!! Pero no lo es… y te voy a explicar porqué.

Cuando a la oruga le llega el tiempo de transformarse, están dadas todas las condiciones para que pueda hacerlo y nada ni nadie interrumpe su proceso de formación y crecimiento, mucho menos las mismas mariposas que sólo esperan se conviertan en sus pares para poder revolotear juntas por los aires, mostrándoles al mundo sus hermosas alas de libertad.
En cambio los seres humanos que son ricos no dejan que los pobres se enriquezcan, no les permiten estudiar, forjarse un futuro, disfrutar lo que ellos sí pueden, les ponen muchas trabas para que no puedan progresar y lo más lamentable de todo, quieren brillar sólo ellos, aunque su brillo este pulido con el esfuerzo de los demás.

Entonces… ¿Ahora lo entiendes mejor? -le pregunta el padre-

– Si -dijo apesadumbrado el niño- Que las mariposas no tienen todo «éso» que a los humanos mucho nos sobra… egoísmo, envidia y aunque parezca mentira, mucha maldad.

(dc)

El profesor.

Cuenta la historia que una vez le tocó dar a un prestigioso profesor una charla en un colegio muy religioso donde todos los alumnos eran enfática y dogmáticamente creyentes de la existencia de Dios.

En esa oportunidad les comentaba a sus atentos oyentes que iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para «molestar» sus creencias, sus principios, y que su única finalidad era que reflexionen al respecto de la supuesta existencia de Dios. Para ello les daría toda la información necesaria cómo para que puedan procesar en forma conjunta con todo el conocimiento que tenían hasta ese momento y poder así replantearse sus propias convicciones. Felicitaría luego a todos los que hayan podido tanto reafirmar sus creencias como a todos aquellos que, o decidan seguir meditando al respecto o bien cambiaran de opinión. Pues en todo caso el proceso mental y de aprendizaje realizado durante la clase sería lo verdaderamente importante y transcendental para enaltecer el valor humano en cada uno de ellos.

Se daba la casualidad que una vez terminada esa clase, ese mismo profesor debería dar otra charla, pero esta vez en un colegio cercano y en donde el alumnado estaba, en esta ocasión, todos muy convencidos de la no existencia del tal ser supremo. El experimentado catedrático también empezó en esta oportunidad diciendo que iba a molestarnos con mucha información y datos que no serían quizás de su agrado, porque intentaría darles los mil y uno argumentos por los cuales no parecería nada correcto rechazar tan taxativa y dogmáticamente la suprema existencia. Dándoles a entender por otro lado, que cómo podemos los seres humanos, creernos con tamaña omnipotencia como para poder afirmarlo con tanta seguridad. Por supuesto Luego les aclaró que felicitaría a todos, una vez concluida la discusión, sean cuales fueran las conclusiones individuales que cada uno tomara respecto al ateísmo.

Terminadas ambas charlas, el ayudante que había colaborado en sus presentaciones muy sorprendido por tan diferentes modos en el dictado de las mismas, con el mayor de los respetos se anima a decirle:

– Mi estimado profesor, la verdad me deja anonadado por su modo tan esquizofrénico de dictado de clases. Es más, si usted me deja me gustaría preguntarle cuál es su verdadero parecer al respecto de la existencia de Dios. Pues no me ha quedado para nada claro, luego de escuchar ambas charlas, cual es su creencia.

El profesor le contesta:

– Querido mío !!! Mis creencias no son importantes… «yo soy docente»

El discípulo.

El discípulo le pregunta a su maestro como podía hacer para expresar todo lo mucho que sentía, todo lo mucho que tenía para dar, pues la vida era hermosa y todo lo que en ella existía era para disfrutar…

El maestro con un aire de complacencia al advertir que estaba ante la presencia de un ser Feliz, que veía con sabia humildad todo lo que la vida le había otorgado, le dice :

Mi querido amigo, para ello, se inventó el gotero…