El principito y la rosa.

– “Te amo” – dijo el principito…

– “Yo también te quiero” – dijo la rosa.

– “No es lo mismo” – respondió él… «Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía… Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes. Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados. Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo.
Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas.
Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío. Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento. Cuando una persona dice que ha sufrido por amor, en realidad ha sufrido por querer, no por amar. Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no puede sufrir, pues nada ha esperado del otro. Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio, por el simple y puro placer de dar. Pero es cierto también que esta entrega, este darse, desinteresado, solo se da en el conocimiento. Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse al vacío, confiar la vida y el alma. Y el alma no se indemniza. Y conocerse es justamente saber de vos, de tus alegrías, de tu paz, pero también de tus enojos, de tus luchas, de tu error. Porque el amor trasciende el enojo, la lucha, el error y no es solo para momentos de alegría. Amar es la confianza plena de que pase lo que pase vas a estar, no porque me debas nada, no con posesión egoísta, sino estar, en silenciosa compañía. Amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis inviernos. Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un lugar para mí. Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.”

– “Ya entendí” – dijo la rosa.

– ”No lo entiendas, vívelo” – dijo el principito.

*****

Si bien muchos atribuyen que este hermoso texto fue extraído del genial libro «El principito» de Antoine de Saint-Exupéry, la realidad es que es una recreacion literaria escriao por la escritora Viviana Baldo.

Qué es lo que sabemos…?

Todos deberíamos reflexionar un poquito sobre lo siguiente.

Podríamos dividir al conocimiento en general en cuatro secciones:

Una, y la más pequeña, que representa lo que sabemos que sabemos.

En esta sección están nuestros conocimientos presentes, los que nos llevaron a tener una profesión, un pasatiempo, lo que hemos aprendido por la práctica, por el estudio, en definitiva todo ese saber que tenemos y que sabemos que tenemos. Está claro que ésto no significa que dicho conocimiento sea impecable, perfecto o grandioso, pero somos conscientes que lo tenemos y con él nos manejamos consecuentemente.

Una segunda sección y quizás un poquitito más grande donde radican todos esos conocimientos que tenemos y no lo sabemos, pues el saber es una conjunción muy universal de temas, conocimientos, variables y procesos mentales, que uno muchas veces no llega a ser consciente de todo lo que sabe o puede llegar a saber con el simple hecho de meditar al respecto. Cuantas veces se nos presentan problemas que resolvemos inmediatamente y de la mejor manera sin sospechar que en realidad teníamos el conocimiento necesario para poder hacerlo.

Una tercera sección muchísima más grande en donde se encuentran todos aquellos conocimientos que sabemos perfectamente que no sabemos. Tenemos amigos que son médicos, abogados, científicos, escritores, artistas, contadores y cuántos cientos de profesiones y actividades más existen que requieren muchísimos conocimientos, los conocemos o al menos sospechamos cuáles son y sabemos perfectamente que no los sabemos.

Y existe una cuarta y última sección, a la cual quería en realidad llegar y que creo que es infinitamente más grande que cualquiera de las anteriores, y que representa simplemente todo aquello que no sabemos que no sabemos y que ni siquiera podemos imaginarlo, presentirlo ni mucho menos cuantificado.

El tiempo, el universo, la creación, el hombre, su fin, el fin…

…lo que sabemos que sabemos es casi nada,
lo que no sabemos que sabemos pasa desapercibido,
lo que sabemos que no sabemos es ajeno a nosotros
y lo que no sabemos que no sabemos, es totalmente inmensurable…

A los que se creen importantes, intocables, perfectos, impolutos, piensen si pueden por un instante en lo aquí comentado, y traten de ser humildes, de dar lo mejor de sí, y si la gracia del creador les dió la posibilidad de ser más capaces y de tener más conocimientos que la mayoría, no lo desperdicien creyéndose más que otros, utilícenlos en el bienestar de los demás y seguro conseguirán el suyo propio, con la ventaja de estar acercándose cada día un poquito más a Dios.

(dc)

El profesor.

Cuenta la historia que una vez le tocó dar a un prestigioso profesor una charla en un colegio muy religioso donde todos los alumnos eran enfática y dogmáticamente creyentes de la existencia de Dios.

En esa oportunidad les comentaba a sus atentos oyentes que iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para «molestar» sus creencias, sus principios, y que su única finalidad era que reflexionen al respecto de la supuesta existencia de Dios. Para ello les daría toda la información necesaria cómo para que puedan procesar en forma conjunta con todo el conocimiento que tenían hasta ese momento y poder así replantearse sus propias convicciones. Felicitaría luego a todos los que hayan podido tanto reafirmar sus creencias como a todos aquellos que, o decidan seguir meditando al respecto o bien cambiaran de opinión. Pues en todo caso el proceso mental y de aprendizaje realizado durante la clase sería lo verdaderamente importante y transcendental para enaltecer el valor humano en cada uno de ellos.

Se daba la casualidad que una vez terminada esa clase, ese mismo profesor debería dar otra charla, pero esta vez en un colegio cercano y en donde el alumnado estaba, en esta ocasión, todos muy convencidos de la no existencia del tal ser supremo. El experimentado catedrático también empezó en esta oportunidad diciendo que iba a molestarnos con mucha información y datos que no serían quizás de su agrado, porque intentaría darles los mil y uno argumentos por los cuales no parecería nada correcto rechazar tan taxativa y dogmáticamente la suprema existencia. Dándoles a entender por otro lado, que cómo podemos los seres humanos, creernos con tamaña omnipotencia como para poder afirmarlo con tanta seguridad. Por supuesto Luego les aclaró que felicitaría a todos, una vez concluida la discusión, sean cuales fueran las conclusiones individuales que cada uno tomara respecto al ateísmo.

Terminadas ambas charlas, el ayudante que había colaborado en sus presentaciones muy sorprendido por tan diferentes modos en el dictado de las mismas, con el mayor de los respetos se anima a decirle:

– Mi estimado profesor, la verdad me deja anonadado por su modo tan esquizofrénico de dictado de clases. Es más, si usted me deja me gustaría preguntarle cuál es su verdadero parecer al respecto de la existencia de Dios. Pues no me ha quedado para nada claro, luego de escuchar ambas charlas, cual es su creencia.

El profesor le contesta:

– Querido mío !!! Mis creencias no son importantes… «yo soy docente»

El libro de arena.

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
-Vendo biblias -me dijo.
No sin pedantería le contesté:
-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó:
-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
-Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.
En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
-No -me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
-Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
-¿Usted es religioso, sin duda?
-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
-Y de Robbie Burns -corrigió.
Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
-¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
-A black letter Wiclif! -murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
-Trato hecho -me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.
Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
Jorge Luis Borges

Carta de un padre al profesor de su hijo.

Estimado profesor:

Le escribo estas líneas para pedirle un verdadero favor.
Mi hijo deberá aprender que no todos los hombres son justos ni veraces, pero dígale, que por cada villano que encuentre, habrá un héroe, y que por cada egoísta, también habrá un líder generoso.
Enséñele, por favor, que por cada enemigo habrá también un amigo, que más vale una moneda ganada que una moneda encontrada, enséñele a perder, pero también que hay que saber gozar con grandeza humana a la victoria.
Apártelo de la envidia y dele a conocer la alegría profunda de la sonrisa silenciosa, hágale maravillarse con los buenos libros, pero déjelo también entretenerse con los pájaros del cielo, las flores del campo, los montes y los valles.
En los juegos con los compañeros, explíquele que la derrota honrosa vale más que la victoria vergonzosa, enséñele a creer en sí mismo, aun cuando esté solo contra todos.
Enséñele a tener fe en sus propias ideas, aun cuando alguien le diga que está equivocado.
Enséñele a ser amable con la gente amable y duro con los duros, enséñele a no dejarse llevar por la multitud simplemente porque otros también se dejaron.
Enséñele a escuchar a todos, pero, a la hora de la verdad, a decidir por sí mismo.
Enséñele a reír cuando estuviese triste y explíquele que a veces los hombres también lloran.
Enséñele a ignorar el aullido de las multitudes que reclama sangre y a luchar solo contra todos, si él cree que tiene razón.
Trátelo bien pero no lo mime, porque sólo la prueba de fuego hace al buen acero.
Déjelo tener el coraje de ser impaciente y la paciencia de ser valeroso.
Transmítale una fe sublime en el Creador y fe también en sí mismo, pues sólo así podrá tener fe en los hombres.

Ya sé que estoy pidiendo mucho, pero vea lo que puede hacer, querido profesor.

Un Padre.

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Esta carta figura en la gran mayoría de los medios donde la quieran encontrar como la carta que fue escrita por Abraham Lincoln en el año 1830 al profesor de su hijo.
Abraham Lincoln, decimosexto presidente de Estados Unidos, en 1830 tan solo tenía 21 años y solo había iniciado relaciones formales, unos meses antes, con una muchacha de Nueva Salem (Illinois) donde trabajaba Lincoln y por lo que se sabe esas cortas relaciones no llegaron al matrimonio ni al hecho de tener ningún hijo.

Lincoln se casó en el verano de 1842 (doce años más tarde de la fecha de esta carta) con Mary Todd con la que tuvo cuatro hijos varones. El primero de ellos, Robert Todd Lincoln, nació en agosto de 1843.

Según parece entonces esta carta es falsa, además en el sitio de la biblioteca online que existe en su nombre no está publicada y tampoco se encuentra en el sitio de la librería del congreso norteamericano.

Al parecer la carta salió a la luz en el sitio de profesores de Nueva Deli, en la India y recogida por Thomas E. Scwartz en el artículo “Lincoln Never Said That,” para la edición de finales de 2001 de People, el newsletter de la asociación Abraham Lincoln. De ahí en más… todos conocemos lo que pasa en las redes sociales.

Sea auténtica o falsa esta carta, pienso que merece la pena reproducirla por su interés en animar a los profesores a seguir una educación humanista y que, a pesar de los años transcurridos, no deja de tener una fuerte carga pedagógica.

Qué son las Ondas Gravitacionales?

Quienes me conocen saben que me gusta cuando doy clases intentar explicar con simples ejemplos complicadas teorías; hoy leyendo las novedades sobre las primeras detecciones de ondas gravitacionales, las cuales habían sido mencionadas hace 100 años por Albert Einstein en su teoría de la relatividad, no logré encontrar un solo artículo que sea claro a la hora de una explicación al respecto, por lo que se me ocurrió una simple explicación :

Primero habría que comentar que en el cosmos, aunque todo está en movimiento, existe un gran equilibrio universal y ello se debe a la vieja ley gravitacional de Newton sobre la atracción de los cuerpos, «todo cuerpo ejerce un poder de atracción hacia otro en función de su masa», siendo éste el principio fundamental por el que estamos «pegados» al suelo, o el porqué del movimiento de la luna alrededor de la tierra. Y justamente podemos usar a esta última como ejemplo para intentar explicar dicho descubrimiento.

La luna tiene un movimiento alrededor de nuestra tierra básicamente por dos circunstancias, la primera que desde la tierra ejercemos una fuerza impresionante de atracción que haría que esta viniera abruptamente a chocarnos tal como lo haría cualquier piedra que tiráramos hacia arriba, por suerte no lo hace gracias a la segunda circunstancia, la cual no es más que la gran velocidad tangencial que lleva y que haría que sin la primera nos abandonara definitivamente.

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Claro ejemplo de este compuesto movimiento sería el hacer girar un yoyo en la tan conocida vuelta al mundo, cuando está justo arriba de nuestra cabeza, no se nos cae, sigue su movimiento circular siempre que tenga la suficiente velocidad.

La única diferencia con el movimiento lunar es que la fuerza de atracción tierra-luna sería en nuestro ejemplo el simple hilo, no dejando que el yoyo salga disparado para cualquier lado y se estrelle contra la pared.
Justo en esa diferencia está la clave de toda esta explicación, en este caso tanto nuestra cabeza como el yoyo saben que hay un hilo que los une, pero entre la tierra y la luna no había, hasta que Einstein no esbozó su teoría, más que una vieja ley que decía que simplemente era así…

Como sabía la luna que muy lejos habría un planeta como la tierra que la atraería, o… como «sabe» la tierra que orbitando a través suyo hay un satélite natural dando vueltas?

Einstein decía que existirían ondas que viajaban a la velocidad de la luz entre ellos para que «se conozcan», y allí nacen las ondas gravitacionales.

Básicamente, todo cuerpo que tenga masa genera en la dimensión espacio-tiempo ondas gravitacionales que viajan a la velocidad de la luz.

Y como todo parece estar » muy bien hecho «, lo que permanece en equilibrio genera ondas imperceptibles respecto a lo que intenta quebrarlo.
Para explicar esto mismo vamos a otro ejemplo, en un lago donde todo parece sereno y muy quieto hay en realidad infinidades de movimientos que casi no se perciben, pero si tiramos una gran piedra en medio del lago, ondas de agua comenzarán a expandirse hasta llegar a la orilla y muy lejos de perderse rebotan y se confunden con las que siguen llegando en un proceso que aunque pareciera imposible sigue indefinidamente.
Si quisieramos comprobar la existencia de dichas ondas de agua no tendríamos mas que ponernos en la orilla del lago y esperar «ver» en algún momento la llegada de estas «olitas» suponiendo que en algún lugar del lago ha caído una gran piedra que las generó.

Y eso es justamente lo que hicimos, dos grandes sensores de estas ondas gravitacionales, uno en Livingston, Luisiana, y el otro localizado cerca de Richland, Washington, a la espera que algún gran evento en nuestro universo produzca un gran cambio de masa espectral y poder «ver» las ondas que llegan a nuestros «ojos», ya que los mas pequeños eventos producen ondas de tan bajos niveles que nuestros sensores no los detectarían.

Hasta donde pude leer, el pasado diciembre del 2015 se recibieron con una diferencia de 7 milisegundos entre ambos sensores -cifra que nos dice que las mismas circulan a la exacta velocidad de la luz porque ese tiempo es el que tardaría la luz en recorrer la distancia que separa ambas ciudades- ondas que nos muestran la transferencia energética producida por la fusión de dos agujeros negros, evento que por demás es asombroso desde el punto de vista de cambios en volúmenes de masa y que viajan indefinidamente por el espacio y en el tiempo.

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La argentina Gabriela González, doctora y egresada en la Universidad de Córdoba, integró los equipos de investigación y dedicó toda su vida al estudio de este fenómeno que traslada a los científicos rumbo a una etapa clave para la cosmología.

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A todo esto, no puedo dejar de pensar la genialidad de Albert Einstein, que un siglo antes las imaginó y hasta llegó a predecir que en no menos de 50 años después de su muerte se iban a poder comprobar.

Cinco meses se tardó para que un equipo internacional de expertos determinase la veracidad del hallazgo cambiando la astronomía para siempre. Ellos confirmaron que definitivamente se habían detectado las ondas gravitacionales generadas cuando dos agujeros negros chocaron entre sí hace unos 1.300 millones de años.

Desde esa histórica fecha, los científicos fueron capaces de encontrar más rastros de de ondas gravitacionales, todas un poco más leves que la primera detectada, pero igualmente reveladoras.

La doctora González explicaba que la intención es “ver más lejos en la distancia, lo que quiere decir ver más lejos en el tiempo. Tanto como con la luz, como con las ondas gravitacionales, cuando son detectadas en la Tierra es porque han viajado una gran cantidad de tiempo, sería como estar en una máquina del tiempo, mirando al pasado: mientras más lejos miramos más cerca del universo temprano podemos estar”.

Me encantaría poder contarle estos hechos a Einstein y ver su más que segura maravillosa expresión.

Espero no haberlos aburrido, creí que era importante conocer algo más de nuestro maravilloso universo.

Daniel Calcagni

El cuentito del genio y la bella.

Cuenta la historia que cuando Marilyn Monroe tuvo la oportunidad de conocer a Albert Einstein, para intentar ser un poco graciosa le hizo la siguiente pregunta:

«Qué dice, profesor, si le dijera que deberíamos casarnos y tener un hijo juntos?
Se imagina un bebe con mi belleza y su inteligencia?»

Einstein esbozó una sonrisa y le contestó:

«Desafortunadamente, correríamos con la posibilidad de que el experimento pudiera salir a la inversa y terminaríamos con un hijo que tenga mi belleza y su inteligencia.»

Esta anécdota se dice que ocurrió en 1949 y si bien resulta simpática, si hubiera sido cierta, Einstein cometía un increíble, grueso error. Pues se dice que Marilyn Monroe tenía un coeficiente intelectual de 165, cinco puntos por encima al que ostentaba el propio Einstein que apenas superaba los 160, pero claro, nadie a priori podría suponerlo.
Por supuesto que 160 es un altísimo C.I., «no pensemos» por lo que acabo de exponer que el famoso genio no lo era tanto… «sí hagámoslo» en el sentido que esa bella señorita era brillante.

Pero, y por qué tendemos a equivocarnos?

«Por un simple y cruel motivo: los estereotipos.»

Einstein era un genio en física, en algo que a la mayor parte de los mortales se nos hace muy complicado de entender. Marilyn, sin embargo, era actriz, rubia, con unas curvas que la hicieron famosa en el mundo entero y con un trabajo, el cual no parecería que fuera tan complicado como el del físico.

No sé la veracidad de dichos datos, pero realmente no me extrañaría que fuera cierta.

Los estereotipos nos martillan:

Físico nuclear = genio
Rubia y modelo = tonta

Y más vale… nada en este mundo es tan simple.

Es más, Mileva Marić, primera mujer de Einstein, fue una gran matemática y hay quien afirma que tuvo «mucho» que ver en el desarrollo de la Teoría de la Relatividad…. Ella conoció a Albert Einstein en el Instituto Politécnico de Zurich, al que accedió después de pasar duros exámenes y todos sabemos que en aquella época no entraba en la cabeza de los que «no pensaban…» que una mujer pudiera saber más que un hombre, mucho menos si esa «mujer» era su «esposa».

Mi experiencia personal me ha llevado a diferenciar muy claramente la capacidad intelectual y la dedicación. Muchos piensan que uno tiene que ser «sumamente inteligente» para hacer ciertas cosas cuando en realidad la clave está en la dedicación y no en el tan codiciado «coeficiente intelectual».

Creo que esta anécdota de Marilyn y Albert, mas allá de su veracidad, sirve al menos para reflexionar.

Les dejo una muy linda frase de Marilyn Monroe:

«La vida es corta…
sonríele a quien llora,
ignora a quien te critica
y se feliz con quien te importa.»

—– agregado 08/02/2019 —–

Vale aclarar que también encontré que fue la bailarina Isadora Duncan (San Francisco, 27 de mayo de 1877-Niza, 14 de septiembre de 1927) quien le dijo al escritor irlandés George Bernard Shaw: “Usted y yo deberíamos tener hijos: tendrían mi belleza y su inteligencia”, y él contestó que “mejor si no los tenemos, por si acaso nacen con mi belleza y su inteligencia”

Pero repito, los personajes podrían ser otros, pero mis conclusiones al respecto serían las mismas.

El discípulo.

El discípulo le pregunta a su maestro como podía hacer para expresar todo lo mucho que sentía, todo lo mucho que tenía para dar, pues la vida era hermosa y todo lo que en ella existía era para disfrutar…

El maestro con un aire de complacencia al advertir que estaba ante la presencia de un ser Feliz, que veía con sabia humildad todo lo que la vida le había otorgado, le dice :

Mi querido amigo, para ello, se inventó el gotero…

Alas del mismo pájaro

Tanto se amaban que lograron de la Suma Bondad su más ferviente deseo: ser alas del mismo pájaro. Así, jamás se separarían, unidos en un cuerpo, diferentes y libres. Bogaban por las atmósferas radiantes y cortaban en su vuelo la luz de los astros; sobre el mundo, embriagados del perfume de los bosques y de los jardines emanado hacia la albura y del sabor del mar que impregna las nubes. Alas del mismo pájaro, del pájaro del Amor, Él y Ella, unánimes, sentían esa dicha buscada de alentar y pensar hermanados, de que empujara la misma sangre el de su acción simultánea, de entregarse al deliquio de soñar horizontes con un solo espejismo.

Hasta que un cazador disparó sobre el pájaro, certero. Una de las alas, cortada brutalmente, planeó por el espacio, palpitante de angustia. El pájaro, abatido, fue botín del cazador, quien puso al mutilado en una jaula para recrearse en su dolor. El pájaro, con una de sus alas solamente, desesperábase, golpeaba los barrotes de la jaula para huir.

El ala cortada iba loca por el aire en busca de su mitad; acercándose a la jaula pretendía forzar los hierros y unir su destino y su carne al prisionero. Y así vivían, sin su logro, como todos los amantes.

Tomás Borrás (Madrid, 1891-1976)

La luciérnaga

 
Cierta vez una luciérnaga se paseaba por la noche de una selva, y destellaba con su brillo entre medio de las ramas. Una serpiente echada sobre el piso la vio pasar e inesperadamente comenzó a perseguirla; la luciérnaga al percatarse de esta extraña situación, levantó vuelo hacia lo más alto de los árboles, y allí entonces, comenzó a escapar de la serpiente que entrelazada por las ramas, la seguía, y la seguía y continuó haciéndolo mientras transcurrían las horas y los días. Una noche la luciérnaga muy cansada, ya exhausta de volar, cayó justo sobre la boca abierta y muy preparada de la serpiente. Pero antes de que ésta se la tragara le dijo:

  • ¿Por qué yo? ¿Pero, por qué yo? Si nosotras no formamos parte de tu cadena alimenticia. No entiendo… ¿Por qué yo? Si hasta alguna vez algunos de los tuyos han comido a alguna de las nuestras y han dicho que nuestro gusto es feo y amargo. ¿Por qué? ¿Por qué?

Y la serpiente antes de devorarla le respondió:

  • Pues simplemente porque no soporto tu brillo.

Fin

*****
El día que encuentres tu verdadero destino y decidas levantar vuelo para alcanzarlo, ten cuidado con las opiniones de los demás, muchas de ellas seguramente no vendrán desde el mejor lado de sus corazones.

Me quedo de este lado…

La gran mayoría de los que nacen pobres, por más inteligentes, emprendedores y trabajadores que sean, mueren pobres.

Pero para muchos es totalmente lógico y normal que todos los que nacen ricos, por más ignorantes, idiotas y haraganes que resulten, tengan todo el bienestar heredado y mueran en la riqueza.

Que el pobre nunca pueda llegar… es un pensamiento muy egoísta que para «ellos» suena muy «lógico», ahora… que nos quieran hacer creer de todo lo bueno que tiene vivir en «meritocracia», es irreverentemente insoportable.

La función.

La función se desarrollaba a teatro lleno con total normalidad. Algunos reían en las partes cómicas, otros parecían disfrutar más los momentos tristes y todos se deleitaban de algún modo con el espectáculo.

Fue el destino quien quiso que sea allí y en plena gala, se iniciará un incendio en el depósito de decorados y se propagara rápidamente por los camarines. Preocupado por los espectadores salió el payaso a escena con desgarrador grito.

«Incendio !!! Incendio !!!»

Sin embargo el inocente e ingenuo público, creyendo que se trataba de un giro en la obra, reía y aplaudía entusiasmado.

«Créanme, por favor !!! Incendio !!! Incendio !!!» – insistía el buen payaso.

Y más fuerte aplaudía la gente deseando con máxima expectativa saber como continuaría la obra…

Fue entonces cuando el triste payaso creyó entender, premonitoriamente e invadido por una tremenda angustia, el porqué en medio del más general de todos los júbilos, perecerá el mundo entero debido al simple hecho de pensar que todo se debe a una inocente y ocurrente broma…

(dc)

Éste es mi dios.

Qué increíble !!! Hay gente que aún no cree en dios !!!

Y tienen la prueba más fiel de todas a su alcance y todos los días…

Extiende tu mano a la altura de los hombros y mientras en forma danzarina haces movimientos con los dedos, muéstratela.

Sabés toda la perfectísima sincronización que se necesita, la tremendísima ingeniería de desarrollo que hace falta y la ni siquiera aún bien conocida tecnología de los materiales intervinientes, que tienen que involucrarse a la más infinitésima expresión para lograr hacer lo que estás viendo?

Te has puesto a pensar que esa persona, grande y madura que sos, que piensa, razona, crítica, aprende, enseña, que tiene sentimientos, que puede recordar hechos, colores, aromas, dichos, paisajes, música, que puede crear, disfrutar, sufrir, llorar, reír, odiar, amar…, ha estado creciendo y desarrollándose desde que era un «simple» óvulo fecundado por un «simple» espermatozoide con una perfección tal, que sólo una ingeniería genética celestial podría haber diseñado?

Nos creemos centro del universo y tan inteligentes!!! Llegamos hasta creernos que sólo nosotros podemos determinar lo que sí y lo que no…

Pues si lo somos, reflexionemos un poquito, acordémonos lo que fue antes de nosotros y proyectemos lo que será el después, y recién allí, luego de meditar al respecto… volvamos a hacernos la misma pregunta:

Cómo que no creemos en dios?

Pero…

No un dios sobrenatural, porque muy bien él se ha encargado de naturalizar cada detalle.

No en un dios místico, porque él muy bien se ha encargado de darnos todo por lo que nos tengamos que maravillar.

No un dios que haya tenido la ocurrencia de utilizar al mismo hombre para definirse ni para enviarnos mandatos, porque él muy bien nos puso conciencia y en ella tenemos todo lo que necesitamos para saber lo que está bien o lo que está mal.

No un dios que todo lo hace como quiere, porque nos dió libertades, y en ella radica lo más maravilloso que este gran dios pudo hacer … y es que cada uno de nosotros tengamos la simple y grandiosa posibilidad de «ser…»

(dc)

La fábula de la hormiga.

Cada día, una pequeña hormiga llegaba al trabajo muy temprano, y sin pérdida de tiempo comenzaba sus tareas. Era sumamente productiva y se la veía muy feliz con la actividad.

El gerente, un león, siempre se sorprendía al verla trabajar sin supervisión. Entonces pensó: “si es capaz de producir así sin alguien que controle, seguramente podrá hacer mucho más si tiene un supervisor”.

Dicho esto, buscó y reclutó a la cucaracha quien tenía una experiencia sumamente extensa como jefa y era famosa por preparar y presentar excelentes reportes.

Su primera decisión fue instalar un reloj en el ingreso para controlar los horarios de llegada y salida.
Necesitaba además una secretaria que lo ayudara a escribir sus informes. Así que decidió contratar a la araña para que además manejara los archivos y monitoreara las llamadas telefónicas.

El león estaba encantado con los reportes que la cucaracha le enviaba y le pidió que produjera unos gráficos que mostraran los ratios de producción y un análisis de las tendencias de manera que pudiera utilizarlos para sus propias presentaciones ante el directorio.

La cucaracha entonces debió comprar una nueva computadora, una impresora laser además de contratar a la mosca para dirigir el área de sistemas.

Mientras tanto, la hormiga que una vez había sido tan productiva y relajada, detestaba toda esta sobrecarga de papeles y reuniones interminables donde perdía la mayor parte de su tiempo. El león entonces llegó a la conclusión de que había llegado el momento de contratar alguien que se hiciera cargo del departamento donde la hormiga trabaja.

Quien ganó la posición fue la cigarra, cuya primera decisión consistió en cambiar la alfombra y conseguir una silla ergonómica para su oficina. Necesitaba además una computadora y una asistente personal que trajo desde su antiguo lugar de trabajo para que lo ayudara con la programación y el Plan de Control Estratégico del Presupuesto.

El lugar donde trabaja la hormiga ahora es triste, nadie se ríe ya y todo el mundo camina preocupado…
Esta fue razón suficiente para que la cigarra convenciera al león de la necesidad de realizar una encuesta de clima interno. Y dado que el león había revisado el departamento donde la hormiga trabajaba, era fácil comprobar cómo en este tiempo la productividad se había reducido notablemente.

Su decisión fue reclutar al búho para que realizara una auditoría y sugiriera las soluciones. Después de 3 meses, presentó su reporte y una conclusión final: el departamento tiene exceso de personal.

Adivinen a quién pusieron en la mira primero ?

A la hormiga !!!

Las causas ? : «Mostrar una actitud negativa y falta de motivación.»

Especies.

Luego de mucho esfuerzo había podido volver a ser el mismo ser humano que alguna vez había sido. Pero claro, para ese entonces ya todos los demás se habían convertido en grandes y asquerosos insectos. Tanta fue su lucha por lograrlo, que no se había percatado que sería el único en su especie. Era el ser equivocado en el momento inoportuno.

Para colmo, con el tiempo fue comprendiendo que sin importar lo que hiciera, estaba absolutamente condenado a ser el repugnante de toda la sociedad. Mucho le costó aceptar la situación y tanto así fue, que sólo logró encontrarle sentido a su existencia el día que descubrió que al menos podía importunarle la vida a todo insecto que tuviera la mala fortuna de acercársele demasiado.

 

Daniel Calcagni

Algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.

Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:

-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:

-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.

-¿Y por qué es un tonto?

-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Entonces le dice su madre:

-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.

La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:

-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:

-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.

Entonces la vieja responde:

-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.

Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?

-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.

-Sí, pero no tanto calor como ahora.

Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:

-Hay un pajarito en la plaza.

Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.

-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.

-Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:

-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:

-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:

-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

Gabriel García Márquez.

****
Siempre me pregunté al leer este cuento, si el Gabo estaba pensando en Argentina y en los argentinos al escribirlo… aunque en realidad en todos lados se cuecen habas.

Pero también muchas veces me pregunté: ¿cuál hubiera sido el final si en cambio se hubiera llamado «Algo muy bueno va a suceder en este pueblo…»

Los invito imaginar el final que más hubieran querido.

Lentes.

Eran unos lentes mágicos, maravillosos, espectaculares y por supuesto, increíblemente útiles. Con sólo ponérselos se podía ver la tez de las personas según lo tan buenas que fueran, según su integridad, según si vivían siendo falsas, y más vale que nada tenía que ver el color de piel original que las mismas tuvieran.

Con ellos puestos, mientras más buenas eran las personas, más negros se veían sus rostros y por el contrario, más mentirosas, malas y malvadas se comportaban, mucho más claros y blancos se podían ver.

Qué…? Pensaron que sería al revés…?

Muchas veces no hay nada más alejado de la realidad que lo que nos inducen los propios paradigmas sociales…

(dc)

El mensaje.

Un acaudalado profesional venía manejando su muy lujoso auto en plena ciudad mientras discutía acaloradamente con su mujer sobre las cada vez más complicadas situaciones de pareja. Lejos de quedarse callada su hija de casi 15 años que venía en el asiento de atrás también intervenía en la fuerte discusión debido a que el principal motivo por el cual se había iniciado la pelea, no era otro que por el costoso festejo de su próximo cumpleaños.

Lleno de ira y descontrol el hombre no prestó la debida atención en una esquina atropellando a un transeúnte que intentaba cruzar la calle. Bajaron inmediatamente todos del auto para comprobar el estado de quien había sido bruscamente golpeado, pero al notar que su aspecto era prácticamente el de un pordiosero y para colmo estaba bastante desarreglado, casi sin tocarlo sólo se animaron a preguntarle como se encontraba.

Si bien sus palabras dieron a entender que estaba bien y que aparentemente no habría sufrido más que un simple golpe en las piernas, fueron las suficientes como para volver a iniciar entre la pareja otra fuerte discusión, ahora sobre si habría que llevarlo o no a un hospital para que lo revisaran. Fue la señora quien en este caso ganó la discusión por lo que hicieron subir al accidentado en el lugar del acompañante para trasladarlo a un nosocomio.

Un silencio lleno de múltiples pensamientos colmó el habitáculo del coche en los primeros metros recorridos camino al hospital. Mezcla de incertidumbre y miedo por el posible comportamiento del extraño personaje no dejaba conducir normalmente al empresario ni viajar tranquilas y seguras a su esposa y su hija en el asiento de atrás.

Increíblemente quien rompió el incómodo silencio fue el pobre hombre. Con una voz para nada nerviosa y como sabiendo perfectamente que decir, comenzó diciendo que suponía el terror que deberían estar sintiendo por su presencia y que probablemente estuvieran pensando que él podría aprovecharse de la situación y robarles las pertenencias, el auto o bien hacer algo mucho peor. Pero insistió en que se queden tranquilos que en realidad nada de eso iba a suceder. Continuó contando que él había conseguido tener hace algunos años mucho dinero gracias a la ayuda de la que era su familia, también muy adinerada, y a todos los estudios universitarios que poseía, pero que debido a sus descontroladas ansias de mucho más dinero y poder, descuidó lo que ahora se daba cuenta era lo más importante que tenía, a su amorosa mujer y a sus adorados hijos, y que ya, muy tarde como para recuperarlos, estaban muy lejos. Lejos en la distancia, pero mucho más lejos por el arrepentimiento que lo desbordaba.
Les decía que por soberbia y un estúpido amor propio, todo se había derrumbado precipitadamente y que sólo el alcohol y las drogas parecieron en su momento rescatarlo de tanta angustia y dolor, aunque sin embargo lo único que habrían logrado era terminar con toda su supuesta vida y enviarlo a lo más profundo de sus terribles sufrimientos.
Fue entonces cuando apareció Dios en su vida, devolviéndole la fe y la esperanza, y aunque ya era imposible volver todos los pasos atrás y evitar cometer los mismos tontos y graves errores, ahora al menos amaba la vida, las simples y maravillosas cosas que cada día tenían para ofrecerle y que si bien no iba a tener más el amor de su familia perdida, sentía en el presente un sincero amor al prójimo que lo llenaba de alegría y de felicidad. Les dijo que nunca olviden poner siempre en primer término el amor por los demás, o el de Dios y la familia que es lo mismo, y que recién entonces todo lo que faltara vendría solo.

Al darse cuenta que ya estaban a pocas cuadras del hospital les hizo detener el auto, y mirándo a los ojos a quienes en ese instante habían cambiado completamente la expresión de sus caras a una mezcla de asombro y angustia, les dijo:

«Ya estamos muy cerca del hospital, déjenme aquí, yo mismo me haré revisar y les evitaré el hecho que les hagan preguntas o los dejen demorados; seguramente tienen cosas mucho más importantes que hacer que acompañarme a que me revisen. Pero seguramente nos vamos a encontrar próximamente en algún lugar, o quizás, hasta en la misma esquina… Mi nombre es Jesús.»

Y se bajó del auto.

 

 

Daniel Calcagni.

El beso.

El viento, pensaba un niño mirando el bosque
petrificado en el Nahuel Huapi, debe ser un beso.
Y en tanto lo hacía… intentaba descubrir
¿de quién era el beso y para quién sería?

En esos mismos instantes,
mientras el sol empezaba a desaparecer más allá de la eclíptica,
alguien entendía que algún secreto había sido descubierto,
pero nadie sospechaba que un niño en la Patagonia, lo habría hecho.