No fue un día más…

Fue ese día que me di cuenta que un montón de cosas que creía absolutas… no lo eran tanto…

Vivíamos frente a una villa y mis padres me tenían no sólo prohibido acercarme a ella, sino que eran muy insistentes en que no tenía que hablar con ninguno de los que allí vivían. También que debería intentar escaparme de cualquier situación en donde estuvieran involucrados algunos de sus habitantes.

“Allí son todos malos y delincuentes” me habían llegado a forjar a fuego en la cabeza… Y más vale que llegué a tenerles mucho miedo.

En ese entonces yo tenía 13 años, y si bien todavía era una niña, ya empezaba a querer vestirme como una señorita y en lo posible con ropa de marca, pues evitaba de esa manera al menos las cargadas de mis compañeras de colegio, que ya bastante discriminada me hacían sentir por llegar al colegio en colectivo, cuando la mayoría de ellas eran alcanzadas a la institución en lujosos autos.

Quizás ese era el motivo por el cual a las tardes, después de estudiar y hacer los deberes, mis padres me dejaban ayudarlos en la heladería que tenía mi familia y que antiguamente había pertenecido a mis abuelos. No era mucho lo que podían pagarme, pero para comprarme alguna que otra prenda solía alcanzarme.

Recuerdo muy bien esa cálida tarde en la que habíamos sacado todas las mesitas a la vereda y yo me prestaba a servir a los clientes que querían disfrutar de nuestros ricos helados sentados con vista a la plaza del barrio que se encontraba justo frente a nuestro antiguo local.

En un momento vi que un chico de más o menos mi edad, bastante mal vestido, desarreglado y con las zapatillas rotas, se sienta en una de las sillas de las poquitas mesas que quedaban aún desocupadas y me empieza a seguir con la mirada como haciéndome notar que quería ser atendido.

Supe casi al instante que se trataba de uno de los muchachos que viven en la villa frente a casa, y en realidad me costó varios segundos determinar cual era la manera más correcta de actuar. Echarlo o animarme a preguntarle que necesitaba. Pero como estaba solo, tranquilo y en una postura que lo demostraba muy pacífico, se me dio por ir a atenderlo y saber que es lo que lo había llevado a sentarse en nuestra heladería.

– Hola !!! Necesitas algo? -luego de acercarme, le pregunté-

– Hola, sí !!! En realidad me hice una changuita cortándole el césped a un vecino y me gustaría tomarme un helado. ¿Me podrías decir cuánto vale el más barato?

La verdad es que me hizo sentir desorientada y hasta un poco conmovida por el tono que había utilizado para dirigirse a mí. Fue muy distinto al que hubiera imaginado tendría que haber sido…, había sonado absolutamente dulce y cordial. Hasta creo que debido al modo que tuvo al hacerme la pregunta, no solo me habría relajado, sino que de seguro la expresión en mi rostro a partir de ese instante se habría puesto mucho más amigable. Le respondí:

– Los vasitos más chiquitos con dos gustos salen noventa pesos.

Luego de mirarme muy fijo a los ojos, comenzó a sacar billetes arrugados del bolsillo y a balbucear como si estuviera haciendo cuentas. Luego de unos instantes se volvió a dirigir a mí y me dijo:

– Y uno igual al que está dibujado en la vidriera, ¿Cuánto sale?

– Ah !!! Ese tiene un baño de chocolate. Sale veinte pesos más. -le contesté-

Volvió a meter la mano en el bolsillo, bien hasta el fondo por lo que pude presenciar, y si bien me pareció que aún tenía un billete más, me dijo:

– Uy !!! Que lástima!!! Creo que no me va a alcanzar. Se ve delicioso!!! Pero no importa, será otro día, también debe ser muy rico sin el chocolate. Hoy voy a pedir el de noventa pesos. De dulce de leche y frutiilla. ¿puede ser?

Estuve a punto de ir directamente a buscarle el pedido, pero no pude dejar de pensar en lo que siempre me alertaban mis padres, y a pesar de que algo en mí me decía que en esta ocasión no hacía falta, para evitar un posible castigo, le pedí si no me podía pagar por adelantado.

– Sí, sí. Como no!!! -me dijo- Creo que si conté bien, justo hay noventa pesos sobre la mesa. -y tomando uno a uno los billetes, los fue contando hasta dárme bien acomodaditos los noventa pesos-

No tarde mucho en llevarle el pedido. Recuerdo que me había esmerado en servírselo lo más abundante que pude.

Mientras observaba lo despacito que lo consumía y como lo disfrutaba, pensaba lo raro que me había hecho sentir el hecho de cuan distinta había sido la experiencia de haberlo atendido, si la comparaba con la que me hubiera podido imaginar tendría que haber sido… Me preguntaba cuántas de mis presunciones podrían entonces estar muy cruelmente implantadas.

Pero mi mayor sorpresa ese día se dio cuando me disponía a limpiar la mesa en la que se había desarrollado esa experiencia que me iba a terminar marcando para toda la vida. Pude encontrar muy bien acomodadito, debajo del vasito en donde solemos servir el agua, como propina un billete de veinte pesos. Era ese mismo billete que me había parecido haberle visto en el bolsillo de su desgastado y roto pantalón.

(dc)

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