Una noche más.

“Hacía frío, la densa neblina parecía comenzar a convertirse en una muy fina lluvia y la tarde ya estaba empezando a confundirse con la noche, pero no podía irme de allí. Don Pepe ya estaba por cerrar su carnicería y casi siempre tiene algo para mí. Mirando las persianas esperé inmóvil por varios minutos, pero noté al ver la expresión de su rostro, cuando tristemente se dio cuenta de mi inmutable espera, que nada habría para hoy.

Se me ocurrió entonces ir a lo de Tito, estaba a pocas cuadras y a veces encontraba en su tacho de residuos algunas deliciosas sobras. Uf !!! Tuve que ir corriendo, pues me topé con los mismos chicos tontos de siempre que no tienen nada mejor que hacer que correrme y tirarme piedras; nunca voy a entender que ganan ni que es lo que esperan, soy muy chiquitito y por más valiente que me quiera hacer, ellos son muchos más grandes y fuertes que yo. Siempre pude zafarme hasta ahora, pero me da escalofríos pensar que sería de mí si algún día me llegaran a alcanzar.

En lo de Tito apenas pude encontrar algunos panecillos duros, pero igual vinieron bien, algo sólido entró por fin en mi panza. ¡Cuánta felicidad he perdido! ¿Qué habré hecho mal…? Por más vueltas que le de… abandonado es la palabra. Pienso en ellos y los extraño, nunca dejaré de amarlos… es sólo que no lo entiendo.

Bueno… ya la noche me pide ponerle fin al día de hoy, quizás el dormir me quite el dolor de hambre que tengo…”

Mientras se dirigía a su triste refugio, que no era otra cosa que un viejo caño de cemento en los terrenos de la antigua estación de tren, vio entre las oscuras nubes que cubrían casi a todo el cielo, un pequeño huequito por donde apenas se podía asomar la Luna, y no pudo evitar ladrar de bronca con todas sus fuerzas… aunque muy bien sabía que era totalmente inútil, no lo iban a poder escuchar.

(dc)

Estoy aquí.

– Muy buenos días doña Carmen. -dije yo-

– Buenos días joven. -sentada en un antiguo banco del hermoso parque me respondía la anciana-

– ¿Qué hace aquí sentada solita con este frío? Se va a quedar congelada. ¿Por qué no va usted adentro que está más calentito?

– Es que estoy esperando a mi hijo. No sé porqué tarda tanto. Se fue a comprar algo hace un rato, pero se ve que está tardando demasiado. – mientras miraba el reloj, con la más dulce de las vocecitas me contestaba un tanto preocupada-

– No se preocupe, seguro que no tardará. En estos días todo el mundo está de compras. ¿Le importa si le hago compañía?

– Gracias, es usted muy amable. Pero no tiene porqué molestarse. Seguro que tiene muchas cosas más importantes que hacer que acompañar a una viejita como yo. Hasta imagino que quizás alguna moza afortunada lo debe estar esperando…

– No es para mí ninguna molestia, se lo aseguro. -le dije- Me sentaré a su lado y lo esperaremos…

Y como casi todas las mañanas lo venía hacíendo, me senté junto a mi anciana madre y juntos esperamos a ese hijo que jamás había estado tan cerca…

Un cuento… sólo éso.

Cuenta la historia que existían dos pueblos separados por un estrecho riachuelo y que estaban muy enemistados entre sí.
En uno de ellos vivían mayoritariamente gente buena, humilde, trabajadora, donde sólo la inocencia tenía cabida y tan así era que quienes los representaban solían aprovecharse de ello, y en pos de sus propias malas intenciones y de un gran anhelo de riquezas, hacían de la inocencia y desprotección de sus representados el gran e inusitado poder que por décadas pudieron ir obteniendo.
En el otro pueblo en cambio, la mayor parte de sus ciudadanos creían ser instruidos, sagaces, hábiles para las negociaciones y porque no, basadas en sus propios modos de vida, hasta se habrían convertido en algo egoístas. Muy claramente los que llevaban adelante a esta sociedad, al contrario del otro pueblo, eran títeres con cara de buenos, presencia un poco tonta y hasta con apariencia de algo débiles, y eran escogidos adrede por el máximo poder de esa gran urbe, el cual estaba constituido por gente malvada que siempre intentaban mantenerse ocultos y que nunca mostraban sus rostros simplemente para poder seguir perpetuándose en lo que ellos perfectamente sabían era el verdadero poder.
Un día entraron en plena disputa los líderes de ambos pueblos con la finalidad de constituir una gran Nación, y los “cara de buenos” no hacían otra cosa que criticar a los malvados del pueblo vecino por sus malas acciones y estos últimos sin poder defenderse de sus intrínsecas intenciones no podian más que intentar desenmascarar la situación que llevaba a los cara de buenos al poder…
Cuenta la historia que una vez “fundidos en una única Nacion”, por más que los integrantes de uno de esos grupos pudo llegar al poder en primera instancia y luego lo hicieron los otros, y después nuevamente los primeros…, y nuevamente a posteriori lo hicieron sus opositores…, y en una desgastante odisea fueron intercalándose por siempre los unos y los otros, el pueblo siempre ha sabido que ninguno de ellos, absolutamente ninguno, habría podido realmente beneficiarlo y lo peor… nunca lo podrían hacer.
Los cuentos… cuentos son!!!
(dc)

El mono que quiso…

En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer más a sus semejantes, y se aplicó a visitarlos a todos, ir a los cocteles, a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto”.

Augusto Monterroso.