El tren.

Su tren ya estaba por partir, llovía y hacía frío. No quería asumir la diferencia entre el “no pudo llegar ” y el “jamás pensó en venir”. La atormentaba el hecho de comprender que el valor de tantos años compartidos no pudiera solventar al menos una última despedida. Sería su culpa, la de él, la de ambos… ¿qué importaba eso ahora? Ya no vendría. ¿Cambiaría su forma de recordarlo? ¿Le sería, dolor mediante, más fácil olvidarlo? Más interrogantes aparecían, más fuerte sonaba la campana del tren anunciado su partida.

Finalmente, el sonido insistente de la bocina de un auto la despertó. Él todavía dormía a su lado y con el brazo aún abrazándola. No lo despertaría. Intentaría levantarse, cambiarse e irse sin que lo notara. Al final, ése era su destino. Él había aparecido, y el tren… sin ella, ya se había ido.

(dc)