El pan ajeno.

Un muy pequeño relato con el verdadero sabor a algo que se llama grandeza.

El pan ajeno.

Aquel era un pan ajeno, el pan de mi compañero. Éste confiaba sólo en mí. Al compañero lo pasaron a trabajar al turno de día y el pan se quedó conmigo en un pequeño cofre ruso de madera. Ahora ya no se hacen cofres así, en cambio en los años veinte las muchachas presumían con ellos, con aquellos maletines deportivos, de piel de “cocodrilo” artificial. En el cofre guardaba el pan, una ración de pan. Si sacudía la caja, el pan se removía en el interior. El baulillo se encontraba bajo mi cabeza. No pude dormir mucho. El hombre hambriento duerme mal. Pero yo no dormía justamente porque tenía el pan en mi cabeza, un pan ajeno, el pan de mi compañero.

Me senté sobre la litera… Tuve la impresión de que todos me miraban, que todos sabían lo que me proponía hacer. Pero el encargado de Día se afanaba junto a la ventana poniendo un parche sobre algo. Otro hombre, de cuyo apellido no me acordaba y que trabajaba como yo en el turno de noche, en aquel momento se acostaba en una litera que no era la suya, en el centro del barracón, con los pies dirigidos hacia la cálida estufa de hierro. Aquel calor no llegaba hasta mí. El hombre se acostaba de espaldas, cara arriba. Me acerqué a él, tenía los ojos cerrados. Miré hacia las literas superiores; allí en un rincón del barracón, alguien dormía o permanecía acostado cubierto por un montón de harapos. Me acosté de nuevo en mi lugar con la firme decisión de dormirme.

Conté hasta mil y me levanté de nuevo. Abrí el baúl y extraje el pan. Era una ración, una barra de trescientos gramos, fría como un pedazo de madera. Me lo acerqué en secreto a la nariz y mi olfato percibió casi imperceptible olor a pan. Di vuelta a la caja y dejé caer sobre mi palma unas cuantas migas. Lamí la mano con la lengua, y la boca se me llenó al instante de saliva, las migas se fundieron. Dejé de dudar. Pellizqué tres trocitos de pan, pequeños como la uña del meñique, coloqué el pan en el baúl y me acosté. Deshacía y chupaba aquellas migas de pan.

Y me dormí, orgulloso de no haberle robado el pan a mi compañero.

Varlam Tíjonovich Shalámov.
(1907-1982)

Dizquedicen.

Dizquedicen que había una vez dos amigos que estaban contemplando un cuadro. La pintura, obra de quién sabe quién, venía de China. Era un campo de flores en tiempo de cosecha. Uno de los dos amigos, quién sabe por qué, tenía la vista clavada en una mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas. Ella llevaba el pelo suelto, llovido sobre los hombros. Por fin ella le devolvió la mirada, dejó caer su canasta, extendió los brazos y, quién sabe cómo, se lo llevó. El se dejó ir hacia quién sabe dónde, y con esa mujer pasó las noches y los días, quién sabe cuántos, hasta que un ventarrón lo arrancó de allí y lo devolvió a la sala donde su amigo seguía plantado ante el cuadro.

Tan brevísima había sido aquella eternidad que el amigo ni se había dado cuenta de su ausencia. Y tampoco se había dado cuenta de que esa mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas, llevaba, ahora, el pelo atado en la nuca.

Eduardo Galeano
Los Juegos del Tiempo.

Libres mariposas.

Ya se ve el tumulto del cielo.

Están llegando. Son negras y anaranjadas, como las monarcas que llegan a México el día de los muertos, o las que se pasean en los patios remotos del sur del conurbano cuando parece primavera.

Aquí, a estos aledaños del mundo, llegan en marzo. Se traen, como creían los mayas, los espíritus de los guerreros muertos. De los que desaparecieron en el agua, en la tierra, en el viento. Y se montaron a sus alas para volver, cada marzo, sobre un pañuelo con un nombre, con una fecha, sobre una cabeza que resiste los baldíos del olvido.

Son las únicas que pueden transformarse, cambiar su genética en la revolución de su cuerpo, ser una en la oruga y otra en el adn que sale a volar, deslumbrante y libre. Muy libre.

Por eso enloquecen al sistema. Desquician a los lobos. Perturban a los torturadores. Extravían a los asesinos.

Y traen entre sus alas, cabalgando como hace cuarenta años, jóvenes y enteros como antes, a todos. Para contarles a las viejas que no tienen frío, ahora que llegó la primavera. Que comieron bien, que se acostaron temprano. Que es mentira la muerte, que ellos no ganaron, que aquí estaban, mirá que cosa, cuánto tardamos en volver.

Serán las papalotl de los aztecas las que los liberaron de las prisiones del tiempo, serán las que desenterraron los huesitos, las que atraparon la calavera del fondo del río, las que se robaron los fémures de la esma donde esperan, silenciosos y eternos, 600 cuerpitos sin alma, serán ellas las que les ponen fuego y los traen aquí otra vez.

Serán ellas o las monarca o las naranja y negras que coquetean con los malvones empetrolados en Dock Sud.

Pero llegan. Están llegando bellas y vivas, convencidas de que esa revolución es posible, la propia, la de la oruga, la del mundo con la cabeza abajo y las patas al cielo, la que soñaron y sueñan los que vienen cabalgando en este deseo.

Son las mariposas de marzo.

Son 30 mil.

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Silvana Melo
(APe)

El paisaje de la realidad.

“Los funcionarios no funcionan.

Los políticos hablan pero no dicen.

Los votantes votan pero no eligen.

Los medios de información desinforman.

Los centros de enseñanza enseñan a ignorar.

Los jueces condenan a las víctimas.

Los militares están en guerra contra sus compatriotas.

Los policías no combaten los crímenes, porque están ocupados en cometerlos.

Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan.

Es más libre el dinero que la gente.

La gente está al servicio de las cosas”.

“Los banqueros de la gran banquería del mundo, que practican el terrorismo de dinero, pueden más que los reyes y los mariscales y más que el propio Papa de Roma. Ellos jamás se ensucian las manos. No matan a nadie, se limitan a aplaudir el espectáculo. Sus funcionarios, los tecnócratas internacionales, mandan en muchos países: ellos no son presidentes, ni ministros, ni han sido votados en ninguna elección, pero deciden el nivel de los salarios y del gasto público, las inversiones y las desinversiones, los precios, los impuestos, los intereses, los subsidios, la hora de salida del sol y la frescura de las lluvias. No se ocupan, en cambio, de las cárceles, ni de las cámaras de tormentos, ni de los campos de concentración, ni de los centros de exterminio, aunque en esos lugares ocurren las inevitables consecuencias de sus actos. Los tecnócratas reivindican el privilegio de la irresponsabilidad:
-Somos neutrales- dicen.”

“El sistema:
Con una mano roba lo que con la otra presta.
Sus víctimas:
Cuanto más pagan, más deben.
Cuanto más reciben, menos tienen.
Cuanto más venden, menos cobran”.

Eduardo Galeano, fragmentos de su libro de los abrazos.

Los ricos no son mariposas…

Siempre llega el día en que nuestros hijos nos empiezan a hacer preguntas. Ésta es la historia de un inocente niño que luego de visitar a unos parientes que el destino quizo vivan en la pobreza, le pregunta a su padre.

– Papi ! ¿Porque existen ricos y pobres?

El padre queriendo explicarle de una manera representativa, se le ocurre llevarlo al jardín para juntos buscar y observar tanto a las orugas como a las mariposas.

– ¿Has notado claramente las diferencias que existen entre ellas? -le pregunta el padre-

– Sí Papi, -le dice el niño- Las orugas son feas, están como prisioneras dentro del poquito espacio que tienen para moverse, no tienen la libertad de volar, viven sucias y en la tierra y por más que se esfuerzan, sus pasos son tan cortitos que les resulta muy dificil avanzar. En cambio las mariposas son hermosas, tienen bellas alas llenas de colores, pueden volar de flor en flor y quedarse en donde más cómodas y seguras se sientan disfrutando las cálidas brisas y los rayos del sol. Hasta puedo lograr imaginarme lo felices que se sienten de ser libres mariposas, mientras que pareciera que a las pobres orugas sólo les queda sobrevivir por la bendita voluntad de Dios. Gracias Pá, ahora entiendo.

– ¿Que es lo que has entendido hijo?

– Que así como hay seres hermosos y coloridos, hay seres feos y muy raros, y la propia naturaleza se ha encargado de que así fuera. Por eso es natural que existan tanto los ricos como los pobres, y por ello mismo, mientras unos se deleitan en placeres y lo tienen todo, los otros por su condición y limitaciones, no le queda más opción que observar e intentar sobrevivir.

– ¿Sabes hijo mío que si bien a simple vista tu razonamiento puede resultar muy lógico, puedes estar totalmente equivocado por no tomar en cuenta algunas cosas?

– Pero… ¿Cómo que cosas padre?

– Si yo te dijera por ejemplo que la mariposa antes de ser hermosa y perfecta, primero tuvo que ser una fea y lenta oruga.¿Qué pensarías?

Luego de varios segundos en un desconcertado silencio el niño lleno de emoción le contesta:

– Que entonces los pobres algún día serán ricos!!!

– ¡Uf! Éso sería ideal y perfecto hijo mío !!! Pero no lo es… y te voy a explicar porqué.

Cuando a la oruga le llega el tiempo de transformarse, están dadas todas las condiciones para que pueda hacerlo y nada ni nadie interrumpe su proceso de formación y crecimiento, mucho menos las mismas mariposas que sólo esperan se conviertan en sus pares para poder revolotear juntas por los aires, mostrándoles al mundo sus hermosas alas de libertad.
En cambio los seres humanos que son ricos no dejan que los pobres se enriquezcan, no les permiten estudiar, forjarse un futuro, disfrutar lo que ellos sí pueden, les ponen muchas trabas para que no puedan progresar y lo más lamentable de todo, quieren brillar sólo ellos, aunque su brillo este pulido con el esfuerzo de los demás.

Entonces… ¿Ahora lo entiendes mejor? -le pregunta el padre-

– Si -dijo apesadumbrado el niño- Que las mariposas no tienen todo “éso” que a los humanos mucho nos sobra… egoísmo, envidia y aunque parezca mentira, mucha maldad.

(dc)

El adivino.

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado…

Jorge Luis Borges

Quién puede dudar de la tan rebuscada genialidad del gran escritor?
También les dejo uno de sus tantos poemas:

Los justos.

“Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.”

JLB

Para los que se pregunten, el que “haya Stevenson” se refería a su siempre admirado escritor escocés Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, entre muchas otras obras.

Libertad.

Al ver esta foto no sólo sentí un agradable placer visual, sino que se me vino inmediatamente a la mente el concepto de libertad. Me pareció una imagen totalmente representativa, ya que las aves no son libres por el hecho de poder tomar vuelo y estar lejos del hombre, condenándonos de alguna manera a no poder disfrutarlas como debiéramos, lo serían si pudieran volar libremente a cualquier parte y cuando lo quisieran, sin importar cuán cerca estuvieran de nosotros.

Y buscando alguna definición de Libertad que pudiera ilustrar un poco mejor esta publicación, me acordé del siguiente diálogo entre una niña y su pediatra:

– Hola doctor, sabe que estuvo buenísimo el acto del 9 de Julio. Cantamos el himno con lenguaje de señas. -una sonriente Lucía de apenas 10 años le cuenta a su doctor luego que éste le preguntara sobre el acto escolar-

– La maestra del otro quinto tiene un hijito que es sordo y disfrutó mucho el habernos enseñado a utilizarlo. -completó la niña-

Sorprendido por su comentario e intrigado por saber cómo la viven y qué sentido tiene para la generación de los niños de hoy, el joven pediatra le pregunta:

– Me dejas pensando con tu historia. ¿Qué es para vos la independencia? -un interrogante que se presume profundo y difícil de interpretar por un niño-

La niña lo mira como pensativa, cómo intentando rastrear alguna definición que le haya tocado en alguna prueba de Sociales, y le contesta:

– Dejar de depender de otro.

– Muy bien ! ¿Y para qué sirve eso? -redobló la apuesta el doctor. Él profesional sabía que los niños son observadores, curiosos y muy inteligentes, y tenía casi la seguridad que se sorprendería con la respuesta.

Tras un largo silencio, en el cual hasta la madre que esperaba atenta se sintió tentada a contestar por ella, la niña responde:

– “Para ser libres, para poder hacer lo que queremos sin que nadie nos mande…”

Mejor definición casi imposible. Hay tratados sobre la libertad, la autodeterminación, que son difíciles de descifrar hasta para los adultos más intelectuales.

Y mientras el doctor continuaba con la consulta se quedó reflexionando sobre cuántos conceptos y definiciones hemos puesto los adultos en nuestros hijos.

Pero…

¿Somos capaces de trasladar a acciones esa exacta respuesta?
¿Somos capaces de abandonar temores y comodidades para dar, más vale según las edades, mayores libertades?
¿Podemos dejar que ejerzan la posibilidad de elegir algunas de sus cosas, el deporte que quieren hacer, la vestimenta que quieren utilizar o el corte de pelo que quieren llevar?

Deberíamos darles, de acuerdo con las diferentes personalidades de cada niño, responsabilidades crecientes. La libertad y la independencia los ayudará a crecer y sentirse protagonistas de su propia vida.

“Tenemos que ayudarlos en sus dificultades, pero no resolverlas en lugar de ellos”.

Si nos animamos… ellos lo harán !!!

Pues, la libertad se vive siendo libres.

(dc)

Y uno aprende

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma; y uno aprende que el amor no significa acostarse y que una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender…

Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes… y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.

Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… y con cada día uno aprende.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que tarde o temprano querrá volver a tu pasado.

Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.

Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás deseando no volver a verla.

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.

Con el tiempo te das cuenta de que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.

“Uno aprende…” y uno aprende y aprende… con cada día uno aprende.

Verónica A. Shoffstal.
(algunos erróneamente se lo atribuyen a Jorge Luis Borges.)

Eduardo Galeano

Algunas definiciones de nuestro querido Eduardo Galeano en el “Diccionario del Nuevo Orden Mundial”
 
Creación: Delito cada vez menos frecuente.
 
cultura universal: Televisión.
 
deuda externa: Compromiso que cada latinoamericano contrae al nacer, por la módica suma de 2 000 dólares, para financiar el garrote con el que será golpeado.
 
muerte de las ideologías: Expresión que comprueba la definitiva extinción de las ideas molestas y de las ideas en general.
 
Impunidad: Recompensa que se otorga al terrorismo, cuando es de estado.
 
Intercambio: Mecanismo que permite a los países pobres pagar cuando compran y cuando venden también.
 
Mercado: Lugar donde se fija el precio de la gente y otras mercancías.
 
mapa del mundo: Un mar de dos orillas. Al Norte, pocos con mucho. Al Sur, muchos con poco. el este que ha logrado dejar de ser Este, quiere ser Norte, pero a la entrada del Paraíso un cartel dice: Completo.
 
Naturaleza: Los arqueólogos han localizado ciertos vestigios.
 
Poder: Relación del Norte con el Sur. Dícese también de la actividad que en el Sur ejerce la gente del Sur que vive y gasta y piensa como si fuera del Norte.
 
Riqueza: Según los ricos, no produce la felicidad. Según los pobres, produce algo bastante parecido. Pero los estadistas indican que los ricos son ricos porque son pocos, y la fuerzas armadas y la policía se ocupan de aclarar cualquier posible confusión al respecto.
 
sociedad de consumo: Prodigioso envase lleno de nada. Invención de alto valor científico, que permite suprimir las necesidades reales, mediante la oportuna imposición de necesidades artificiales.
 
Veneno: Sustancia que actualmente predomina en el aire, el agua, la tierra y el alma.
 
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Una última frase de Eduardo que lo pinta de cuerpo entero… Un grande !!!!
 
“Culto no es aquel que lee más libros. Culto es aquel que es capaz de escuchar al otro”.
 
Gracias Eduardo !!! Si bien te seguimos leyendo y releyendo… Te extrañamos mucho.

Una historia completamente absurda.

Hace ya cuatro días, mientras me hallaba escribiendo con una ligera irritación algunas de las páginas más falsas de mis memorias, oí golpear levemente a la puerta pero no me levanté ni respondí. Los golpes eran demasiado débiles y no me gusta tratar con tímidos.
Al día siguiente, a la misma hora, oí llamar nuevamente; esta vez los golpes eran más fuertes y resueltos. Pero tampoco quise abrir ese día porque no estimo absolutamente a quienes se corrigen demasiado pronto.
 
El día posterior, siempre a la misma hora, los golpes fueron repetidos en tono violento y antes de que pudiese levantarme vi abrirse la puerta y adelantarse la mediocre figura de un hombre bastante joven, con el rostro algo encendido y la cabeza cubierta de cabellos rojos y crespos que se inclinaba torpemente sin decir palabra. No bien encontró una silla se arrojó encima y como yo permanecía de pie me indicó el sillón para que me sentara. Después de obedecerlo, creí tener el derecho de preguntarle quién era y le rogué, con tono nada cortés, que me indicara su nombre y la razón que lo había forzado a invadir mi cuarto. Pero el hombre no se alteró y de inmediato me hizo comprender que deseaba seguir siendo por el momento lo que hasta entonces era para mi: un desconocido.
 
– El motivo que me trae ante usted -prosiguió sonriendo- se halla dentro de mi cartera y se lo haré conocer enseguida.
 
En efecto, advertí que llevaba en la mano un maletín de cuero amarillo sucio con guarniciones de latón gastado que abrió al momento extrayendo de él un libro.
 
– Este libro -dijo poniéndome ante la vista el grueso volumen forrado de papel náutico con grandes flores de rojo herrumbe- contiene una historia imaginaria que he creado, inventado, redactado y copiado. No he escrito más que esto en toda mi vida y me atrevo a creer que no le desagradará. Hasta ahora no le conocía más que su nombradía y sólo hace unos pocos días una mujer que lo ama me dijo que es usted uno de los pocos hombres que no se aterra de sí mismo y el único que ha tenido el valor de aconsejar la muerte a muchos de sus semejantes. A causa de esto he pensado leerle mi historia, que narra la vida de un hombre fantástico al que le ocurren las más singulares e insólitas aventuras. Cuando usted la haya escuchado me dirá qué debo hacer. Si mi historia le agrada, me prometerá hacerme célebre en el plazo de un año; si no le gusta me mataré dentro de veinticuatro horas. Dígame si acepta estas condiciones y comenzaré.
 
Comprendí que no podía hacer otra cosa que proseguir en esa actitud pasiva que había mantenido hasta entonces y le indiqué, con un gesto que no logró ser amable, que lo escucharía y haría todo lo que deseaba.
 
“¿Quien podrá ser -pensaba entre mí- la mujer que me ama y le habló de mí a este hombre? Jamás he sabido que me amara una mujer y si ello hubiera ocurrido no lo habría tolerado porque no hay situación más incómoda y ridícula que la de los ídolos de un animal cualquiera…” Pero el desconocido me arrancó de estos pensamientos con un zapateo poco elocuente pero claro. El libro estaba abierto y mi atención era considerada necesaria.
 
El hombre comenzó la lectura. Las primeras palabras se me escaparon; puse mayor atención en las siguientes. De pronto agucé el oído y sentí un breve estremecimiento en la espalda. Diez o veinte segundos más tarde mi rostro enrojeció; mis piernas se movieron nerviosamente; al cabo de otros diez segundos me incorporé. El desconocido suspendió la lectura y me miró, interrogándome humildemente con la mirada. Yo también lo miré del mismo modo e incluso como suplicando, pero estaba demasiado aturdido para echarlo y le dije simplemente, como cualquier idiota sociable:
 
– Continúe, se lo ruego.
 
La extraordinaria lectura continuó. No podía estarme quieto en el sillón y los escalofríos recorrían no sólo mi espalda, sinó también la cabeza y el cuerpo entero. Si hubiese visto mi cara en un espejo tal vez me hubiera reído y todo habría pasado, ya que probablemente reflejaba un abyecto estupor y un furor indeciso. Traté por un momento de no seguir oyendo las palabras del calmo lector pero no logré sino confundirme más y escuché íntegra, palabra por palabra, pausa tras pausa, la historia que el hombre leía con su cabeza roja inclinada sobre el bien encuadernado volumen. ¿Que podía o debía hacer en tan especialísima circunstancia? ¿Aferrar al maldito lector, morderlo y lanzarlo fuera del cuarto como a un fantasma inoportuno?
 
¿Pero por qué debía hacer eso? Sin embargo, aquella lectura me producía un fastidio inexpresable, una impresión penosísima de sueño absurdo y desagradable sin esperanza de poder despertar. Creí por un momento que caería en un furor convulsivo y vi en mi imaginación a un enfermero uniformado de blanco que me ponía la camisa de fuerza con infinitas y desmañadas precauciones.
 
Pero finalmente terminó la lectura. No recuerdo cuántas horas duró, pero aún en medio de mi confusión noté que el lector tenía la voz ronca y la frente húmeda de sudor. Una vez cerrado el libro y guardado en su maletín, el desconocido me miró con ansiedad aunque su mirada no tenía ya la avidez del comienzo. Mi abatimiento era tan grande que él mismo lo advirtió y su admiración aumentó enormemente al ver que me restregaba un ojo y no sabía qué contestarle. Me parecía en ese momento que nunca más podría volver a hablar y hasta las cosas más simples que me rodeaban se presentaron a mis ojos tan extrañas y hostiles que casi tuve una sensación de repugnancia. Todo esto parece demasiado vil y vergonzoso; pienso lo mismo y no tengo indulgencia alguna para mi turbación. Pero el motivo de mi desequilibrio era de mucho peso: la historia que aquel hombre había leído era la narración detallada y completa de toda mi vida íntima interior y exterior. Durante aquel lapso yo había escuchado la relación minuciosa, fiel, inexorable de todo lo que había sentido, soñado y hecho desde que vine al mundo. Si un ser divino, lector de corazones y testigo invisible, hubiese estado a mi lado desde mi nacimiento y hubiera escrito lo que observó de mis pensamientos y de mis acciones, habría redactado una historia perfectamente igual a la que el ignoto lector declaraba imaginaria e inventada por él. Las cosas más pequeñas y secretas eran recordadas y ni siquiera un sueño o un amor o una vileza oculta o un cálculo innoble escaparon al escritor. El terrible libro contenía hasta sucesos o matices de pensamiento que ya había olvidado y que recordaba solamente al escucharlas.
 
Mi confusión y mi temor provenían de esta exactitud impecable y de esta inquietante escrupulosidad. Jamás había visto a ese hombre; ese hombre afirmaba no haberme visto nunca. Yo vivía muy solitario, en una ciudad a la que nadie viene si no es forzado por el destino o la necesidad, y a ningún amigo, si aun podía decir que los tenía, le había confiado nunca mis aventuras de cazador furtivo, mis viajes de salteador de almas, mis ambiciones de buscador de lo inverosímil. No había escrito nunca, ni para mí ni para los demás, una relación completa y sincera de mi vida y justamente en aquellos días estaba fabricando fingidas memorias para ocultarme a los hombres incluso después de la muerte.
 
¿Quien, pues, podía haberle dicho a ese visitante todo lo que narraba sin pudor y sin piedad en su odioso libro forrado de papel antiguo color herrumbre? ¡Y él afirmaba que había inventado esa historia y me presentaba, a mí, mi vida, mi vida entera, como una historia imaginaria!
 
Me hallaba terriblemente turbado y conmovido, pero de una cosa estaba bien seguro: ese libro no debía ser divulgado entre los hombres. Aun cuando debiera morir ese increíble infeliz autor y lector, yo no podía permitir que mi vida fuese difundida y conocida en el mundo, entre todos mis impersonales enemigos. Esta decisión, que sentí firme y sólida en mi fuero íntimo, comenzó a reanimarme levemente. El hombre continuaba mirándome con aire consternado y casi suplicante. Habían transcurrido sólo dos minutos desde que terminó su lectura y no parecía haber comprendido el motivo de mi turbación. Finalmente, pude hablar.
 
– Discúlpeme, señor -le pregunté-. ¿Usted asegura que esta historia ha sido verdaderamente inventada por usted?
 
– Precisamente -respondió el enigmático lector ya un poco tranquilizado-, la he pensado e imaginado yo durante muchos años y cada tanto hice retoques y cambios en la vida de mi héroe. Sin embargo, todo ello pertenece a mi inventiva.
 
Sus palabras me incomodaban cada vez más, pero logré formular todavía otra pregunta:
 
– Dígame, por favor: ¿está usted verdaderamente seguro de no haberme conocido antes de ahora? ¿De no haber escuchado nunca narrar mi vida a alguien que me conozca?
 
El desconocido no pudo contener una sonrisa asombrada al oír mis palabras.
 
– Le he dicho ya -contestó- que hasta hace poco tiempo no conocía más que su nombre y que solamente hace unos días supe que usted acostumbraba aconsejar la muerte. Pero nada más conozco sobre usted.
 
Su condena estaba ya decidida y era necesario que no demorase en ser ejecutada.
 
– ¿Está siempre dispuesto -le pregunté con solemnidad- a mantener las condiciones establecidas por usted mismo antes de comenzar la lectura?
 
– Sin ninguna duda -respondió con un ligero temblor en la voz-. No tengo otras puertas a las que llamar y esta obra es mi vida entera. Siento que no podría hacer ninguna otra cosa.
 
– Debo entonces decirle -agregué con la misma solemnidad, pero atemperada por cierta melancolía- que su historia es estúpida, aburrida, incoherente y abominable. Su héroe, como usted lo llama, no es sino un malandrín aburrido que disgustará a cualquier lector refinado. No quiero ser demasiado cruel agregándole todavía más detalles.
 
Comprobé que el hombre no aguardaba estas palabras y me di cuenta de que sus párpados se cerraron instantáneamente. Pero al mismo tiempo reconocí que su poder sobre mí mismo era igual a su honestidad. De inmediato reabrió los ojos y me miró sin temor y sin odio.
 
– ¿Quiere acompañarme afuera? -me preguntó con voz demasiado dulce para ser natural.
 
– Cómo no -respondí, y luego de ponerme el sombrero salimos de la casa sin hablar.
 
El desconocido llevaba siempre en la mano su maletín de cuero amarillo y yo lo seguí delirante hasta la orilla del río que corría caudaloso y resonante entre las negras murallas de piedra. Una vez que echó una mirada a su alrededor y comprobó que no se hallaba nadie que tuviese aspecto de salvador se volvió hacia mí diciendo:
 
– Perdóneme si mi lectura lo hartó. Creo que nunca más me tocará aburrir a un ser viviente. Olvídese de mí no bien le sea posible.
 
Y estas fueron justamente sus últimas palabras, porque saltando ágilmente el parapeto y con rápido empuje se arrojó al río con su maletín. Me asomé para verlo una vez más pero el agua yo lo había recibido y cubierto. Una niña tímida y rubia se había percatado del rápido suicidio pero no pareció asombrarla demasiado y continuó su camino comiendo avellanas. Volví a casa después de realizar algunas tentativas inútiles. Apenas entré en mi cuarto me extendí sobre la cama y me adormecí sin demasiado esfuerzo, como abatido y quebrantado por lo inexplicable.
 
Esta mañana me desperté muy tarde y con una extraña impresión. Me parece estar ya muerto y esperar solamente que vengan a sepultarme. He tomado inmediatamente previsiones para mi funeral y fui personalmente a la empresa de pompas fúnebres con el fin de que nada sea descuidado. A cada momento espero que traigan el ataúd. Siento ya pertenecer a otro mundo y todas las cosas que me circundan tienen un indecible aire de cosas pasadas, concluidas, sin ningún interés para mí.
 
Un amigo me ha traído flores y le dije que podía esperar para ponerlas sobre mi tumba. Me pareció que sonreía, pero los hombres sonríen siempre cuando no comprenden nada.
 
Giovanni Papini (1881-1956)

El dios de Spinoza.

Te has preguntado alguna vez si Dios estuviera frente a tí que te diría?

Cuenta una leyenda que una vez le preguntaron a Albert Einstein si creía en Dios, y él contestó que sí, pero que sólo en el Dios de Spinoza, ese mismo Dios que si estuviera frente a él seguramente le diría:

“Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho !!! Lo que quisiera de ti es que salgas al mundo a disfrutar de la vida. Que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que supuestamente he hecho para tí .

Deja ya de ir a esos templos lúgubres, oscuros y fríos que tú mismo construiste y que no paras de repetir que en ellos yo me encuentro. Mi verdadero hogar está en las altas montañas, en los tupidos bosques, en los ríos, en esos hermosos lagos donde he dejado que se el cielo se refleje para tí, en las playas donde el mar jamás se cansará de acariciar sus costas con sus olas, ahí es en donde vivo y ahí es donde te expreso todo mi amor.

Y deja ya de culparme si es que en tu vida te crees miserable. Yo nunca te dije que había nada mal en tí o que serías un pecador si haces ésto o aquello.

Disfruta el sexo con amor, es uno de los regalos en los que más me he esmerado. Expresa en él todo tu amor, tu éxtasis, tu alegría, y no me culpes por todo lo que te han hecho creer algunos hombres.

Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijo… No me encontrarás en ningún libro! Ya te he dicho donde lo podrás hacer.

Puedes confiar en mí, pero deja de pedirme cosas. ¿Acaso piensas que soy un mandadero? ¿O me vas a decir como tengo que hacer mi trabajo?

Y deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te crítico, ni me enojo, ni me molesto, ni mucho menos te voy a castigar. Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice… yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias… y más vale, de libre albedrío.

¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti?
¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice?
¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad?
¿Qué clase de dios puede hacer eso?

Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en tí.

Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para tí. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía. Puse en el hombre el sentido común y es él el quien debe decirte que hacer.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.

Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro. Eres absolutamente libre para crear en tu vida lo que quieras. El mal o el bien está en tu decisión, no en la mía.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera, como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.

Deja de creer tanto en mí, creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en tí. Quiero que me sientas cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a un animalito o cuando le estés dando algo a alguien que lo necesita.

Deja de alabarme. ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?
Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan.
¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidándote, cuidando tu salud, tus relaciones, protegiendo al más débil, a la naturaleza, al mundo.

¿Te sientes mirado, sobrecogido?… ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de hacerme sentir que no me equivoqué.

Deja de complicarte y de repetir como perico lo que te han enseñado acerca de mí.
Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas.
¿Para qué necesitas milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?

Y si es muy tarde, estás sólo, es de noche y cubriendote del frío en un oscuro rincón de este universo, no me busques afuera, búscame dentro tuyo… sefguro ahí estaré, latiendo en ti.”

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Baruch Spinoza (Ámsterdam, 1632 – La Haya, 1677) fue un filósofo neerlandés de origen sefardí hispano-portugués, heredero crítico del cartesianismo, considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés René Descartes y el alemán Gottfried Leibniz. Hostigado por su crítica racionalista de la ortodoxia religiosa, su obra cayó en el olvido hasta que fue reivindicada por grandes filósofos alemanes de principios del siglo XIX. Según Renan, “Schleiermacher, Goethe, Hegel, Schelling proclaman todos a una voz que Spinoza es el padre del pensamiento moderno”.

El principito y la rosa.

– “Te amo” – dijo el principito…

– “Yo también te quiero” – dijo la rosa.

– “No es lo mismo” – respondió él… “Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía… Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes. Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados. Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo.
Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas.
Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío. Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento. Cuando una persona dice que ha sufrido por amor, en realidad ha sufrido por querer, no por amar. Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no puede sufrir, pues nada ha esperado del otro. Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio, por el simple y puro placer de dar. Pero es cierto también que esta entrega, este darse, desinteresado, solo se da en el conocimiento. Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse al vacío, confiar la vida y el alma. Y el alma no se indemniza. Y conocerse es justamente saber de vos, de tus alegrías, de tu paz, pero también de tus enojos, de tus luchas, de tu error. Porque el amor trasciende el enojo, la lucha, el error y no es solo para momentos de alegría. Amar es la confianza plena de que pase lo que pase vas a estar, no porque me debas nada, no con posesión egoísta, sino estar, en silenciosa compañía. Amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis inviernos. Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un lugar para mí. Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.”

– “Ya entendí” – dijo la rosa.

– ”No lo entiendas, vívelo” – dijo el principito.

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Si bien muchos atribuyen que este hermoso texto fue extraído del genial libro “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry, la realidad es que es una recreacion literaria escriao por la escritora Viviana Baldo.

Qué es lo que sabemos…?

Todos deberíamos reflexionar un poquito sobre lo siguiente.

Podríamos dividir al conocimiento en general en cuatro secciones:

Una, y la más pequeña, que representa lo que sabemos que sabemos.

En esta sección están nuestros conocimientos presentes, los que nos llevaron a tener una profesión, un pasatiempo, lo que hemos aprendido por la práctica, por el estudio, en definitiva todo ese saber que tenemos y que sabemos que tenemos. Está claro que ésto no significa que dicho conocimiento sea impecable, perfecto o grandioso, pero somos conscientes que lo tenemos y con él nos manejamos consecuentemente.

Una segunda sección y quizás un poquitito más grande donde radican todos esos conocimientos que tenemos y no lo sabemos, pues el saber es una conjunción muy universal de temas, conocimientos, variables y procesos mentales, que uno muchas veces no llega a ser consciente de todo lo que sabe o puede llegar a saber con el simple hecho de meditar al respecto. Cuantas veces se nos presentan problemas que resolvemos inmediatamente y de la mejor manera sin sospechar que en realidad teníamos el conocimiento necesario para poder hacerlo.

Una tercera sección muchísima más grande en donde se encuentran todos aquellos conocimientos que sabemos perfectamente que no sabemos. Tenemos amigos que son médicos, abogados, científicos, escritores, artistas, contadores y cuántos cientos de profesiones y actividades más existen que requieren muchísimos conocimientos, los conocemos o al menos sospechamos cuáles son y sabemos perfectamente que no los sabemos.

Y existe una cuarta y última sección, a la cual quería en realidad llegar y que creo que es infinitamente más grande que cualquiera de las anteriores, y que representa simplemente todo aquello que no sabemos que no sabemos y que ni siquiera podemos imaginarlo, presentirlo ni mucho menos cuantificado.

El tiempo, el universo, la creación, el hombre, su fin, el fin…

…lo que sabemos que sabemos es casi nada,
lo que no sabemos que sabemos pasa desapercibido,
lo que sabemos que no sabemos es ajeno a nosotros
y lo que no sabemos que no sabemos, es totalmente inmensurable…

A los que se creen importantes, intocables, perfectos, impolutos, piensen si pueden por un instante en lo aquí comentado, y traten de ser humildes, de dar lo mejor de sí, y si la gracia del creador les dió la posibilidad de ser más capaces y de tener más conocimientos que la mayoría, no lo desperdicien creyéndose más que otros, utilícenlos en el bienestar de los demás y seguro conseguirán el suyo propio, con la ventaja de estar acercándose cada día un poquito más a Dios.

(dc)

El profesor.

Cuenta la historia que una vez le tocó dar a un prestigioso profesor una charla en un colegio muy religioso donde todos los alumnos eran enfática y dogmáticamente creyentes de la existencia de Dios.

En esa oportunidad les comentaba a sus atentos oyentes que iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para “molestar” sus creencias, sus principios, y que su única finalidad era que reflexionen al respecto de la supuesta existencia de Dios. Para ello les daría toda la información necesaria cómo para que puedan procesar en forma conjunta con todo el conocimiento que tenían hasta ese momento y poder así replantearse sus propias convicciones. Felicitaría luego a todos los que hayan podido tanto reafirmar sus creencias como a todos aquellos que, o decidan seguir meditando al respecto o bien cambiaran de opinión. Pues en todo caso el proceso mental y de aprendizaje realizado durante la clase sería lo verdaderamente importante y transcendental para enaltecer el valor humano en cada uno de ellos.

Se daba la casualidad que una vez terminada esa clase, ese mismo profesor debería dar otra charla, pero esta vez en un colegio cercano y en donde el alumnado estaba, en esta ocasión, todos muy convencidos de la no existencia del tal ser supremo. El experimentado catedrático también empezó en esta oportunidad diciendo que iba a molestarnos con mucha información y datos que no serían quizás de su agrado, porque intentaría darles los mil y uno argumentos por los cuales no parecería nada correcto rechazar tan taxativa y dogmáticamente la suprema existencia. Dándoles a entender por otro lado, que cómo podemos los seres humanos, creernos con tamaña omnipotencia como para poder afirmarlo con tanta seguridad. Por supuesto Luego les aclaró que felicitaría a todos, una vez concluida la discusión, sean cuales fueran las conclusiones individuales que cada uno tomara respecto al ateísmo.

Terminadas ambas charlas, el ayudante que había colaborado en sus presentaciones muy sorprendido por tan diferentes modos en el dictado de las mismas, con el mayor de los respetos se anima a decirle:

– Mi estimado profesor, la verdad me deja anonadado por su modo tan esquizofrénico de dictado de clases. Es más, si usted me deja me gustaría preguntarle cuál es su verdadero parecer al respecto de la existencia de Dios. Pues no me ha quedado para nada claro, luego de escuchar ambas charlas, cual es su creencia.

El profesor le contesta:

– Querido mío !!! Mis creencias no son importantes… “yo soy docente”