Daniel Calcagni

No es una simple historia más…

Mi esposa y yo teníamos dos perros que habíamos adoptado desde mucho antes de conocernos y más vale, seguimos con ellos, o ellos siguieron con nosotros, durante nuestro maravilloso matrimonio. Sin embargo el perro de mi esposa era una cruza Pitbull con Labrador, de nombre Zack, y quizás por celos, nunca terminaba de aceptarme totalmente.
 
Cuando nuestra hija nació acordamos con mi esposa, si bien no nos iba hacer ninguna gracia, que si veíamos que Zack podía llegar a ser un riesgo para la bebé, le íbamos a tener que buscar algún otro hogar donde le pudieran dar el mismo amor y atención que nosotros le dábamos.
Trajimos a nuestra hija a la casa en su asiento de auto, y ambos perros se acercaron a olerla, lamerla y con un claro sentimiento de aceptación moviendo sus colas. Hasta nos sorprendió el hecho de tener que retirar a Zack de su lado porque simplemente no dejaba de lamerla.
 
Zack se convertiría desde ese instante en un inseparable protector de mi hija; a tal punto era su compañero, que cuando ella se recostaba sobre su mantita en el suelo, él siempre tenía una pata sobre la manta y no le quitaba ni por un momento la mirada de encima.
 
Zack amó a mi hija inmensamente tanto como ella lo amó a él y a medida que ella fue creciendo, siempre la acompañaba a la cama para dormir a un costado de ella. De alguna forma él sabía cuándo ya era la hora de subir las escaleras para ir a la cama y solía quedarse al pie de éstas, cómo esperándola, para luego seguirla mientras las subía para ir a descansar.
 
Por desgracia Zack fue envenenado por algún torpe y malintencionado chico del vecindario, y fue cuando pasamos uno de los peores días de nuestras vidas. Observar a mi hija decirle adiós mientras yacía sobre el piso de la cocina, mientras los ojos de Zack, como sabiendo cual iba a ser su desenlace, no dejaba de demostrarnos todo el amor que nos tenía. Con profundo dolor ninguno de nosotros podía parar de llorar.
 
A las 8 de la noche de ese día y mientras mi hija caminaba hacia las escaleras para ir a la cama, los tres nos dimos cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. El tiempo pareció detenerse por algunos segundos y un angustiante silencio dejaba en evidencia que tras 5 años ininterrumpidos, Zack no estaría allí para acompañarla…
 
Fue entonces cuando nuestra adorada hija nos miró a su madre y a mí con una evidente expresión de horror y pánico que golpeó certeramente en lo más profundo de mi corazón.
 
Fue en ese momento que mi perro, quien también amaba profundamente a mi hija pero que simplemente no podía compararse con Zack, se puso de pie, caminó hacia ella, la rozó cariñosamente con su cabeza y mirándola con una expresión como dándole a entender que también podía contar con él, subieron juntos las escaleras mientras mi hija lo sujetaba fuertemente de su cuello.
 
Durante los siguientes seis años, hasta su muerte, Sam esperó por ella, cada noche, al pie de las escalera.
 
Amor, humildad y grandeza… ¿Qué más…?

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