Lucía y la noción del tiempo.

Lucía siempre vivió en Neuquén. Ahora tiene veintisiete años y esta historia me la explicó por correo. Me cuenta que hace veinticinco años, cuando era muy chiquita, acompañaba a su mamá a ver a sus hermanas mayores jugar un partido de hockey. Estos torneos se hacían en unas chacras neuquinas muy grandes, arboladas y a cielo abierto. Un lugar perfecto para que una nena de casi tres años pierda la noción del tiempo.

Lucía no recuerda muy bien lo que pasó aquella tarde, ni por qué se separó del grupo familiar. Por lo tanto no vivió en carne propia la desesperación de su madre, ni la angustia de sus hermanas, cuando empezó a atardecer y nadie la encontraba.

—¡Lucía! —gritaba su mamá haciendo eco con las manos.

—¡Lu! —gritaba su hermana mayor, con los ojos llenos de lágrimas.

Lucía ya sabía caminar sola y era muy inquieta. Eso le decía su madre a todo el mundo mientras la buscaban: que era muy inquieta.

El torneo de hockey se suspendió y se organizó un rastrillaje de vecinos que empezaron a peinar el predio a pie. Cuando empezó a anochecer algunos padres pusieron las luces de sus camionetas enfocando al norte, para el lado de las acequias. De esa forma podrían seguir buscándola aunque oscureciera.

Pero la mamá de Lucía no quería saber nada con esa posibilidad, porque el frío nocturno podía ser fatal.

Y entonces pasó un milagro; el primer milagro.

Todavía no se había hecho de noche por completo, cuando alguien dio la voz de alerta.

—¿Es ella? ¡Es ella!

Un chico de unos once o doce años traía a Lucía de la mano, desde las acequias. Se veían las siluetas de los dos. Ella no se acuerda de nada de todo esto, pero mil veces le contaron la anécdota en los cumpleaños y en las sobremesas. Lucía venía un poco asustada pero sin llorar. El chico que la traía le daba charla y levantaba la mano libre con el pulgar en alto, como diciendo que todo estaba bien.

Yo me di cuenta, en el mail, que Lucía me daba datos que era imposible que ella misma recordara. Está claro que el terror de la madre y las hermanas se metían en el medio de la historia. Para ella fue solamente una aventura difusa de su primera infancia; no recuerda por qué se perdió, si fue por perseguir una mariposa. Solo se acuerda de que perdió la noción del tiempo.

Cuando aquel nene (que se convirtió además en el héroe del día) devolvió la criatura a la familia, la mamá de Lucía abrazó a su hija y se largó a llorar como nunca. Y muchas veces, durante los años siguientes, la mamá de Lucía a veces se despierta con la sensación de ahogo y de impotencia que provoca el perder a un hijo.

Por eso, dos décadas después, la mamá de Lucía abrazó tan fuerte a Alejandro cuando le vio los ojos. Por eso volvió a llorar y por eso hizo semejante escándalo.

El segundo milagro pasó en 2010. Lucía ya era veinteañera y estaba haciendo una pasantía de diseño gráfico. Trabajaba en un edificio grande donde había infinidad de personas. Ella tenía novio, pero desde que llegó al nuevo trabajo se enamoró secretamente de un contador que trabajaba allí: Alejandro.

Yo hablé con Lucía esta mañana. Ella me jura que se enamoró del contador porque le pareció muy lindo y porque le gustó su sonrisa (parece ser que el contador tiene hoyuelos o algo así) y no porque fuera el mismo chico de once años que una vez la encontró llorando en una acequia, cuando se hacía de noche. Ella me jura y perjura que no tenía la menor idea.

Lucía me asegura que el amor no surgió de aquel recuerdo escondido, y que no supo —hasta muchos meses después— que el contador era la misma persona que la había encontrado aquella tarde y la había devuelto a su madre.

Él dice lo mismo. Me cuenta que se enamoró de Lucía porque cuando ella entró como pasante a su trabajo «estaba tremendamente fuerte». Eso me dice. Y también me cuenta que después la oyó reírse con otras compañeras y casi se le doblan las piernas cuando vio su carcajada.

Ni Lucía ni Alejandro confiesan recordar la tarde de 1992 en las canchas de hockey. Ninguno confía en que el subconsciente les haya podido hacer trampa. Hablan de otras razones: de calentura, de fascinación, de hormonas, después incluso hablan de amor a primera vista, aunque sea falso que su encuentro de 2010 haya sido el primero. Técnicamente, ellos se dieron la mano dieciocho años antes de la primera vez oficial.

Le pregunté a Lucía cómo empezaron a salir juntos. Me dijo que él consiguió su Facebook y le mandó un mensaje. Alejandro le dijo, en ese primer mensaje, que la había visto tomando Coca con Fernet la noche anterior, en una fiesta del trabajo, y que le había encantado su vestido.

Un par de semanas después empezaron a salir. Era el año 2010.

Y entonces ocurrió que en 2011, cuando ya eran una pareja más o menos consolidada, respiraron hondo y se presentaron cada uno a la familia del otro. Cuando Lucía fue a casa de los padres de Alejandro nadie descubrió la coincidencia.

Pero no pasó lo mismo cuando la pareja visitó por primera vez a la madre de Lucía.

La mamá de Lucía, ni bien lo vio, pegó un grito y después dijo:

—¿Este es el Alejandro del que me hablabas, nena? —y le dio a su yerno flamante un abrazo que ni él ni Lucía entendieron.

La madre de Lucía se reía y lloraba al mismo tiempo. Lucía pensó que a su madre le había agarrado un ACV o que estaba borracha. La mujer quería hablar, quería explicar, pero se reía y lloraba al mismo tiempo.

Cuando se pudo calmar un poco, se separó del abrazo con su yerno y miró a su hija. Le dijo:

—¡Nena! ¡Este chico primero te devuelve y después te reclama!

Cuando entendieron de qué hablaba la suegra, Lucía y Alejandro se miraron con una sorpresa nueva y otra vez perdieron la noción del tiempo. Se dieron la mano y se miraron a los ojos, como si de repente se empezara a hacer de noche y estuvieran en una acequia y hubiera, de pronto, que volver a casa.

Hernán Casciari.
Del blog Orsai.com

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