¿Qué somos…?

El otro día mientras estaba en la sala de espera de una clínica no me quedó más remedio que escuchar a una señora muy “paqueta” hablar con un amiga a través de su muy brilloso y dorado teléfono celular:

“Pero sí querida… se tienen que ir de Argentina todos esos paraguayos que les terminan sacando el trabajo a la gente…, y encima nos ocupan los hospitales y ni siquiera pagan impuestos!!!
Que se vayan a su país, o al interior, que se alejen de alguna manera, además allí hay mucha menos gente y también necesitan mulos.
Ah !! Eso sí querida, que se vayan todos menos mi sirvienta!!!
No sabés cómo limpia, plancha, lava, cocina!!!
En todos estos años nunca me robó, mirá que muchas veces le dejé plata a propósito en la mesita de luz para ver que hacía… y nunca me faltó nada. Y eso que vive en una villa…!!!
Es increíble, creo que debe ser una en un millón… o es media tonta y no le da la cabeza… jajaja, si ni siquiera sabe leer bien.
Pero es honesta y muy limpita, hasta es amorosa con los chicos, aunque la viven jodiendo…
Se viste re feo, pobre… pero, como yo soy muy generosa y desprendida, cuando puedo algo de ropa le doy, no sabés como se las ingenia para arreglarlas o sacarles las manchas.
A parte es muy buena, tan buena es que ni me pide obra social ni jubilación. Jajaja, si no se enferma nunca. Es que es tan caro pagar las cargas sociales… Es plata tirada…
Cuando hay fiestas se queda a servir toda la noche y como a mí me gusta ayudarla en todo lo que puedo le doy un poco de torta que sobra para que se le lleve a sus nenes, pobrecitos se quedan solitos porque no tiene quién se los cuide.
Ves, eso sí me parece re mal… ¿Te parece que los deje todo el día solos?
Una vez se hizo la zorra y faltó un 31 de diciembre!!!
La quería matar !!! Me metió el verso que estaba enferma !!! Todavía no se lo perdono…
Pero bueno, fue la única vez en más de 10 años… que falte un 31 de diciembre, no es para tanto, por suerte para todos los otros festejos nunca faltó.
Ah !! y en semana santa, es incondicional, siempre dispuesta a lo que le pedimos.
Es re calladita, a veces pone mala cara, pero por suerte nunca nos contesta, baja la cabeza y se queda hasta que la dejemos irse. Pero bueno, en su cumpleaños la dejo irse tipo ocho, así llega a su casa un poco antes y puede festejar con su familia.
Bueno te dejo porque me está por llamar el médico, pero sí querida, estoy de acuerdo con vos, estos paraguayos y bolivianos son nuestra perdición… no sé qué harían sin nosotros.”

Fue ahí cuando comprobé ese dicho popular que dice que un dolor muy fuerte tapa uno más débil, porque prácticamente de la bronca e impotencia que sentía, ya ni me acordaba que era lo que me dolía, ni para que había ido al médico… el dolor que me hizo sentir esa desgraciada tratando así a su “empleada” y desvalorizando a otros seres humanos, que por el simple y desgraciado motivo de no haber nacido con las mismas posibilidades que muchos de nosotros, me hizo levantarme e irme del lugar, no soportaba estar ni un segundo más al lado de ese experimento fallido de ser humano…

En realidad les comento que el relato anterior es sólo es un cuento…

Aunque tuve la desagradable oportunidad de conocer algunas personas a las cuales no sólo les hubiera parecido normal dicha conversación, sino que hasta creo hubieran podido ser muy tranquilamente… el mismo personaje de esta historia.

Daniel Calcagni.

Porque son negros…

Los “pibes” se metieron al vagón a los gritos. Eran tres y ninguno tenía más de ocho años, eran flaquitos y un poco maleducados, se podía ver a simple vista que eran un tanto pillos como cómplices de un compañerismo sin igual. Uno sólo tenía zapatillas, el que parecía ser más chiquito y al que más impresión me dió el contarle las costillas en su pequeño torso desnudo.

El que parecía mayor se prestó a repartir estampitas entre los pasajeros al mismo tiempo que repetía un ensayado e inentendible relato que algo decía sobre bendiciones de Dios y de la Virgen, mientras que los otros dos parecían llevar entre ellos una acalorada discusión por algo que aparentemente recién habrían conseguido.

Mucho me había hecho reflexionar esa situación, uno muchas veces no tiene en cuenta que en nuestra cruel realidad existen niños de tan corta edad que necesiten matizar sus innatos deseos de jugar con las injusticias que nosotros mismos permitimos, pero fue al escuchar la conversación de un niño con su madre la que me llevó a terminar el día de la peor manera.

– Mamá, ¿por qué gritan esos nenes?-, preguntó el niño.

– Porque son negros-, dijo la madre.

Pensé que había escuchado mal, lo que me llevó a prestar más atención.

– Porque son negros. Y cuando sean grandes, van a ser ladrones. Vos tenés que tener mucho cuidado con esos chicos y alejarte siempre de ellos.-

Me quedé pensando en esa madre… Tenía la oportunidad de sembrar una semilla de amor y prefirió perpetuar el odio, eligió enseñar a tener miedo en lugar de explicarle el porqué en esta sociedad existen estas injusticias. Podría haberle mencionado que también existen personas con falsa misericordia, quienes observan y murmuran “pobrecitos” para sólo poder sentirse mejor y un tanto menos culpables, podía haberle comentado que en él, como en sus compañeritos, podría estar en un futuro no tan lejano las respuestas a tantas preguntas que aún hoy siguen quedando en el aire, pero no, prefirió ir por el camino más cómodo, más corto y más errado.

Ay, querido, ojalá alguien te explique que tu vieja ese día estaba equivocada, esos nenes no juegan aprendiendo a robar, nosotros le robamos a ellos la posibilidad de aprender jugando. Tras sus gritos no hay agresiones… sólo hay mucho, mucho miedo.

Los pibes de la calle no gritan porque son negros, gritan porque son invisibles.

La tristeza más genial…

“Quiero vivir una vida perfecta. La única manera de lograrlo es a través del aislamiento, de la soledad. Siempre he odiado a las multitudes”

William James Sidis.

La historia nos cuenta que William fue el hombre más inteligente del mundo.

Y es que William ya a los 18 meses podía leer el periódico The New York Times, a los ocho hablaba de manera fluida el francés, el alemán, el ruso, el turco, el armenio, el latín y por su puesto el inglés, su lengua materna. Es más, este pequeño con sólo 9 años había creado un idioma nuevo llamado “vendergood” que los lingüistas estudiaron y calificaron como muy completo, correcto y fascinante.

Este geniecito fue hijo de dos inmigrantes ruso-judíos y nacido en Nueva York el 1 de abril de 1898, sin embargo William J. Sidis jamás tuvo infancia, jamás pudo disfrutar del derecho a ser niño, a pesar de ser tan inteligente y poseer el coeficiente intelectual más elevado conocido, superior a los 275. Con solo 9 años fue aceptado en la Universidad de Harvard y en una fría noche de enero de 1910, con 12 años, dio su primera conferencia sobre la cuarta dimensión frente a la comunidad científica.

Sus padres, un reconocido psicólogo ruso y una de las primeras doctoras en medicina de la época tenían muy claro su objetivo: querían un genio. Educaron su mente olvidando por completo lo más esencial: su corazón, sus emociones y fundamentalmente que era un niño.

Tanto su padre como su madre tenían una mente brillante, de ahí que el factor genético tuviera su parte de importancia a la hora de desarrollar esa elevada inteligencia en él. Sin embargo, el propósito de esta pareja a la hora de tener un hijo era tan claro como polémico: querían entrenar el cerebro de un niño para que fuera un genio, un fuera de serie.

A la genética se le añadió sin duda un entorno facilitador, altamente estimulante y orientado a un fin muy concreto. Se sabe que su padre, Boris Sidis, utilizaba sofisticadas técnicas -incluyendo la hipnosis– para potenciar tempranamente las capacidades y el potencial de su hijo.

Su madre, por su parte, dejó la medicina para, según ella, “modelar” al niño e innovar en nuevas estrategias de enseñanza. Cabe decir que el propio William, sin duda, también mostraba una clara disposición hacia el aprendizaje. Sin embargo, hubo algo que siempre lo marcó y lo traumatizó: la exposición al público y a los medios.

Los padres publicaban informes académicos cada poco tiempo mostrando los logros del niño. La prensa estaba pendiente de él, así como la comunidad científica. Se sabe que mientras estudió en Harvard sufrió el acecho diario de la prensa. Tras licenciarse y dejando a los académicos asombrados sobre sus teorías de la cuarta dimensión, lo llevaron a la Universidad de Houston para dar clases de matemáticas, mientras iniciaba a su vez, la carrera de derecho.

William no terminaría la carrera de derecho ni ninguna otra, a pesar de ser tan inteligente. Aún no tenía 17 años cuando decidió reaccionar frente a ese entorno académico y experimental donde se sentía como un ratón de laboratorio, observado con lupa y analizado en cada aspecto y en cada pensamiento. En 1919 fue arrestado y llevado a la cárcel por iniciar una manifestación y reclutar jóvenes para un movimiento comunista.

Dada la influencia de sus padres y la relevancia de su figura, se le excarceló rápidamente. Sin embargo, en su empeño de defenderse de sus padres y de la propia sociedad volvió a reincidir, causando levantamientos juveniles en contra del capitalismo y mostrándose altamente arrogante frente a los jueces. Finalmente, se le encarceló durante dos años logrando así lo que tanto deseaba: soledad y aislamiento.

Tras recobrar la libertad, lo primero que hizo William J. Sidis fue cambiarse el nombre. Deseaba una vida anodina, pero cada poco tiempo era encontrado por sus padres o la prensa, iniciando así una continua peregrinación por Estados Unidos donde buscar trabajos esporádicos y hacer lo que más le gustaba: escribir. Hizo múltiples publicaciones bajo varios pseudónimos. Escribió libros sobre historia y otros sobre teorías de los agujeros negros. Según sus biógrafos, pueden existir decenas de libros olvidados donde bajo alguna falsa identidad se esconda en realidad la figura de William J. Sidis.

William amó a una sola mujer: Martha Foley, una joven activista irlandesa con la que tuvo una relación tan compleja como desigual. La foto de esta mujer fue la única pertenencia que encontraron en su ropa cuando en 1944 hallaron su cuerpo sin vida en un pequeño apartamento de Boston. Tenía 46 años y falleció por un derrame cerebral.

Sus últimos años los había pasado de tribunal en tribunal. La prensa disfrutaba difamándolo: “el niño prodigio que no llegó a nada llora ahora mientras trabaja como mozo de almacén”, “el hombre más inteligente del mundo tiene una vida miserable”, “el genio de las matemáticas y la lingüística se ha quemado”, “William J. Sidis se ha cansado de pensar“.

Desconocemos si realmente se cansó de pensar e incluso de vivir. No obstante, de lo que sí se deduce al leer sus biografías es que se cansó de la sociedad y de ese entorno familiar y académico que había puesto sobre él altísimas expectativas antes incluso de que naciera.

Se cansó de no poder ser él mismo y cuando tuvo oportunidad de hacerlo tampoco lo logró. Era un experto en agujeros negros y en la cuarta dimensión, pero la asignatura más importante de la vida, la de aprender y luchar por la propia felicidad fue siempre algo que se le escapó de las manos, de la vista y del corazón…

Voltaire.

Sabés quien fue Voltaire?

Fue un pensador, escritor, filósofo e historiador francés de la Epoca del Iluminismo, su verdadero nombre era François-Marie Arouet pero más vale que hoy se lo conoce sólo por su sobrenombre (Voltaire).

Se destacó en su época por su enfrentamiento con el cristianismo y con la iglesia católica en particular, siendo un convencido defensor de la separación entre religión y estado. Nació en París el 21 de noviembre de 1694 y murió, también en París, el 30 de mayo de 1778. Es reconocido como uno de los filósofos, escritores e intelectuales más respetados del siglo XVIII. Fue el hijo menor de una familia de clase media alta, parte de la aristocracia francesa y sus padres tenían la aspiración que se convirtiera en un ‘gran abogado’. Rebelde por defender sus creencias estuvo preso por 11 meses en la famosa prisión de la Bastilla en donde los historiadores sostienen que comenzó su carrera como escritor. Después se exiló en Inglaterra y al volver, mientras recorría su tercera década de vida, comienza la historia que les quiero contar.

La misma tiene muy poco de lo que transformó a Voltaire en una persona prestigiosa o famosa, pero sí tiene mucho de lo que lo hizo ser una persona muy rica.

Un poco de contexto.

El gobierno francés, necesitado de dinero (no me digan que no les suena familiar…) había decidido emitir bonos del tesoro con distintas denominaciones, tal como hacen casi todos los países del mundo. Por ejemplo, había bonos que valían 1000 libras, otros 10.000, otros 100.000. Es decir, había una variedad importante de manera tal que toda persona que quisiera ‘ahorrar’ usando esos bonos, podía elegir las diferentes denominaciones de acuerdo con su poder adquisitivo. El problema es que llegado el día de su expiración o en el momento de tener que pagar los intereses -como también suele pasar en todos los países del mundo-, se encontraron con una dificultad mayor… No tenían el dinero suficiente para hacerlo.

La situación se hizo realmente crítica y supongo que en aquel momento, por suerte para ellos, no tenían un FMI a mano cómo para terminar agravando todos los problemas.
Fue así como el equivalente de quien hoy sería algo parecido a un vice-ministro de economía, Michel Robert Le Pelletier-Desforts, tuvo una idea que muchos consideraron ‘brillante’, pero que para Voltaire no fue más que una buena oportunidad para enriquecerse.

Al vice-ministro se le ocurrió ‘ligar’ los bonos en cuestión con billetes de lotería. Sí, aunque parezca raro, a pesar del tiempo transcurrido, ya que hablamos del siglo XVIII, ya existía la lotería, tal como sucede hoy. Uno compraba un billete con un determinado número, había un sorteo mensual y había varios premios asociados con cada número.

De esta manera le ofrecía al pueblo francés una alternativa de cobro… pues en lugar de tener que pagar el precio de cada billete de lotería, una persona que tuviera un determinado bono, podía acceder a un billete de lotería abonando sólo una milésima parte del bono del tesoro francés que tenía en su poder. Por ejemplo, si una persona tenía un bono de 100.000 libras y quería comprar un billete de lotería, podía aprovechar que era poseedor de ese bono y sólo tendría que invertir 100 libras para comprarlo. De la misma manera si tenía un bono de 1.000 libras, solamente tenía que invertir una libra para comprar el mismo billete.

Pero eso no fue todo, como frutillita del postre, en el caso que el comprador ganara la lotería con ese número, el gobierno francés le garantizaba que el premio a cobrar sería exactamente del valor del bono, que en el mercado, en ese momento estaba ciertamente muy devaluado porque no se podían cobrar, pero además, había un premio extra de una suma de 500.000 libras más.

El vice-ministro empezó a festejar inmediatamente debido a notar que la gente comenzaba no sólo a comprar los billetes de lotería sino también los bonos de deuda ya que les permitía hacerse de un número para el sorteo. Lo que no sabía es que había hecho muy mal las cuentas.

Si te estás preguntando ¿libras? ¿en Francia? Sí, aunque parezca raro, Francia antes de su moneda actual tuvo “libras”.

Algunos dueños de los bonos no se fiaban, les parecía que se trataba de una estrategia para recaudar aún más dinero a su costa, así que no se fijaron en que el sorteo estaba mal diseñado y se los vendían al “filósofo” a precios muy bajos. Y claro, Voltaire con su muy amigo y famoso matemático Charles Marie de la Condamine habían notado una curiosa particularidad, pues suponiendo que dos personas tenían bonos de diferentes denominaciones: uno de 100.000 libras y otro de 1.000, el precio del billete de lotería valía diferente. En el primer caso, el precio era de 100 libras mientras que el segundo, era de una sola libra. Sin embargo, las chances de ganar la lotería eran las mismas y además, el gobierno francés agregaba un premio adicional de 500.000 libras a cualquiera de los ganadores de esa lotería, independientemente del valor que había pagado por el billete.

La cuenta era fácil… “Si compramos todos los billetes con los bonos de 1000 a un precio de 1 libra, directamente nos hacemos ricos pues el premio sería mucho mayor a lo gastado y sin importar el recupero del bono de las 1000 libras…”

Fue así que se ocuparon de comprar la mayor cantidad posible de bonos de la menor denominación, o sea, los de 1.000 libras, y con ello se garantizaban una muy buena posibilidad de conseguir el número ganador.

No podían dejar de pensar:
“Vamos a recuperar las 1000 libras del bono, que sería la parte menos importante, pero vamos a obtener las 500,000 libras que acompañarán el premio, y si repetimos esto durante todas las semanas, vamos a hacer una fortuna.”

El filósofo y el matemático se asociaron con otros 11 amigos para comprar la mayor cantidad que pudieran de bonos baratos. Si bien tuvieron que sortear algunas dificultades, pues no era muy común obtener suficientes notarios que pudieran certificar las transacciones, no tardaron en comenzar a ganar dinero, ya que cada mes jugaban con un porcentaje muy elevado de los números.

Tomaron la precaución de firmar los bonos con nombres falsos para que nadie se diera cuenta de que casi siempre ganaban los mismos, pero Voltaire no pudo evitar caer en la tentación de ser demasiado gracioso. Según cuenta la historia, quienes tenían alguno de estos números acostumbraban a escribir frases de buena suerte en el dorso, pero el filósofo prefirió anotar comentarios sarcásticos sobre el ministro de finanzas. Al final, ya en 1730 y después de unos cuantos sorteos, casi pasados dos años alguien se dio cuenta y el gobierno intentó volver todo para atrás y recuperar ese dinero.

Ante el tribunal, Voltaire arguyó que los actos que son legales por separado también han de ser legales en su conjunto. Es decir, si es legal comprar bonos y es legal usar esos bonos para participar en la lotería, ¿por qué iba a ser ilegal hacer ambas cosas? El filósofo y sus amigos fueron absueltos después de haberse embolsado entre 6 y 7 millones de libras. La parte de Voltaire ascendía a medio millón, lo que le dio independencia económica de por vida. Y el gobierno abandonó su lotería.

Condamine también hizo historia con su periplo. Con todo el dinero acumulado decidió viajar a Sudamérica, más precisamente a Perú, Ecuador y Brasil, primero para conocer nuevos mundos pero también tras su objetivo que era medir la circunferencia de la Tierra. También logró trazar un mapa del río Amazonas y participó en la definición de lo que habría de significar la unidad de medida de distancia más famosa: ‘un metro’. Después se dedicó al estudio de la quinina, que terminó sirviendo para combatir la malaria, y más adelante intervino también en el desarrollo de la vacuna contra la viruela y la producción de látex.

Por otro lado y como un tema de color, tanto Voltaire como de la Condamine terminaron casándose con sus respectivas sobrinas (cada uno con la hija de su propia hermana), pero sin embargo esa parte de sociales me importa un poco menos, o por así decirlo… nada.

Que tal el “gran Voltaire…”

Hacia la alegre civilización de la capital.

Ha perdido su pasaje y tras las rejas blancas de la boletería se le ha negado la compra de otro por falta de cambio. Desde un banquito de la estación, mira el inmenso campo seco que se abre hacia los lados e intuye que pronto sucederá algo terrible. Cruza las piernas y extiende las páginas del periódico para encontrar artículos que apuren el paso del tiempo. La noche cubre el cielo y a lo lejos, sobre la línea negra en la que se pierden los rieles de la estación, una luz amarilla anuncia próximo el último tren de la tarde. Gruner se incorpora. El diario cuelga de su mano como un arma que ya no tiene utilidad. Adivina en la ventanilla de la boletería una sonrisa que, oculta tras las rejas, está exclusivamente dirigida a él. Un perro flaco que antes dormía se incorpora atento. Gruner avanza hacia la ventanilla, confía en la hospitalidad de la gente de campo, en la camaradería masculina, en la buena voluntad que nace en los hombres que son bien encarados. Va a decir por favor, qué le cuesta, usted sabe que ya no hay tiempo de encontrar cambio. Y si el hombre se niega va a preguntar por otras opciones, usted sabe, comprar el boleto en el tren o, al llegar, pedirlo en la boletería de la terminal. Hágame un vale al menos, facilíteme un papel que indique que debo abonarlo después. Pero al llegar a la ventanilla, cuando las luces del tren prolongan las sombras y la bocina es fuerte y molesta, Gruner descubre que tras las rejas no hay nadie, sólo un banco alto y una mesa atiborrada de inscripciones sin sellar, futuros boletos hacia distintos destinos. Con el tren que entra a la estación a velocidad considerable, los ojos de Gruner encuentran, a un lado de las vías y en el campo, al hombre que aún sonríe y mediante señas indica al conductor que no debe detenerse. Después, al alejarse el sonido de la máquina, el perro vuelve a echarse y una lámpara de la estación parpadea hasta apagarse por completo. El diario ahora enroscado vuelve a apoyarse en el regazo de Gruner sin que ninguna conclusión logre incorporarlo para ir en busca del miserable que le ha negado la civilización alegre de la Capital.

Todo permanece quieto y en silencio. Incluso Gruner, sentado en la punta de un banco con la noche fresca pasando entre su ropa, permanece inmóvil y respira con tranquilidad. Una sombra que él no ve se mueve entre faros de luz y bancos de plaza y se revela como el hombre de la boletería cuando, ya sin sonreír, se sienta en la otra punta del banco y apoya junto a él un tazón con un líquido humeante. Después lo arrastra hasta dejarlo a unos pocos centímetros de Gruner, que nota en el hombre una falsa indiferencia y comprende que espera su petición. Pero, impaciente, el hombre no puede contenerse y habla. Se aclara la garganta para asegurar que uno no sabe el bien que tiene hasta que lo pierde y, como quien busca algo que no encuentra, mira el gran campo negro que se extiende frente a ellos. Gruner, con el humo del tazón despertándole el apetito, se concentra en la resistencia. Piensa que después de todo, de alguna forma llegará a la Capital y podrá denunciar lo ocurrido. Pero pronto descubre que sin querer ha acercado su mano al tazón, y el calor entre los dedos lo distrae. Si quiere hay más, dice el hombre, y entonces Gruner, no, él no lo hubiese hecho, las manos de Gruner, toman el cálido recipiente y lo llevan a la boca, donde como un remedio milagroso reanima el cuerpo que deja de temblar. Con el último sorbo comprende que, de tratarse de una guerra, el miserable contaría ya con dos batallas ganadas. Porque ahora, tras la cálida saciedad, sigue una cólera de difícil contención que obliga a Gruner a cerrar los puños mientras el hombre, victorioso, se incorpora, toma el tazón vacío y se aleja.
El perro permanece enroscado, el hocico escondido entre el estómago y las patas traseras, y aunque Gruner lo ha llamado varias veces no hace caso. Se le ocurre que lo que había en el tazón era la comida del perro y está preocupado por saber cuánto tiempo hace que ese perro está allí. Saber si en algún momento ese perro también habrá querido viajar de un sitio a otro, como él esa misma tarde. Tiene la ocurrencia de que los perros del mundo son el resultado de hombres cuyos objetivos de desplazamiento han fracasado. Hombres alimentados y retenidos a puro caldo humeante, a los que los pelos les crecen y las orejas se les caen y la cola se les estira, un sentimiento de terror y frío que incita a todos al silencio, a permanecer acurrucados bajo algún banco de estación, contemplando a los nuevos fracasados que, como él, aún con esperanza, aguardan impávidos la oportunidad de su viaje.

Una sombra se mueve en la boletería. Gruner se incorpora y camina con decisión. Desde el enrejado blanco escapan vapores de calefacción impregnados de aromas hogareños. El hombre sonríe con amabilidad y ofrece más caldo. Gruner pregunta a qué hora pasa el próximo tren y es informado: todavía falta, dice el hombre, y su mano ofendida cierra la ventana de la boletería para dejarlo otra vez solo.
Todo se repite como en un ciclo natural, piensa Gruner una hora más tarde mientras observa desolado la nueva línea de vagones que otra vez se aleja reproduciendo la imagen del tren anterior. De todos modos amanecerá y los trabajadores se acercarán a la estación para comprar boletos, muchos de ellos probablemente con cambio. Si hay trenes a la Capital es gracias a los pasajeros que cada mañana deben volver a viajar en tren. Sí, en cuanto llegue denunciará a ese hombre y en algún día libre regresará con cambio a la estación del miserable sólo para comprobar que él ya no trabaja allí. Con el alivio de esa certeza se sienta en el banco y aguarda. Pasa un tiempo en el que los ojos de Gruner se acostumbran a la noche y leen formas hasta en los sitios más oscuros.
Así es como descubre a la mujer, su figura apoyada en el marco de la puerta del salón de espera, y el gesto de su mano que lo invita a pasar. Gruner, seguro de que el gesto ha sido para él, se incorpora y camina hacia ella, que sonríe y en efecto lo invita a pasar.
En la mesa hay tres platos, los tres servidos, y la comida humeante no es sopa, caldo, o comida para perros, sino presas sustanciosas bañadas en una aromática crema blanca. Huele a pollo, a queso y a papa, y después, cuando la mujer suma a la mesa la cacerola repleta de verduras, Gruner recuerda las cenas típicas de la alegre civilización de la Capital. Aquel hombre miserable, inaccesible a la hora de comprar un boleto, entra y ofrece a Gruner un asiento.
—Siéntese, por favor. Como en su casa.
El hombre y la mujer comen satisfechos. Junto a ellos está Gruner, con su plato también servido. Sabe que afuera el frío es húmedo e inhóspito y sabe también que ha perdido otra batalla, puesto que no tarda en llevarse a la boca el primer bocado de una exquisita presa de pollo.
Pero la comida no asegura una pronta salida.
—Usted no me vende el boleto por alguna razón —dice Gruner.
El hombre mira a la mujer y reclama un postre. Del horno surge una tarta de manzana que pronto se reparte equitativamente. La mujer y el hombre se abrazan con ternura al ver cómo Gruner devora su porción.
—Pe, llévalo al cuarto que debe estar cansado —dice la mujer, y entonces el primer bocado de una segunda porción de tarta que se dirigía a la boca de Gruner se detiene y espera.
Pe se incorpora y pide a Gruner que lo acompañe.
—Puede dormir adentro. Afuera hace frío. No hay más trenes hasta la mañana.
No hay opción, piensa Gruner, y deja el resto de tarta para seguir al hombre hasta el cuarto de huéspedes.
—Su cuarto —dice el hombre.
Gruner no pagará por esto, piensa Gruner, mientras comprueba que las dos frazadas de la cama son nuevas y abrigadas. Hará la denuncia de todos modos, la hospitalidad no compensa lo ocurrido. Del cuarto de al lado llegan débiles los comentarios de la pareja. Antes de quedarse dormido, Gruner escucha a la mujer decirle a Pe que debe ser más cariñoso, que el hombre está solo y debe extrañar, y la voz de un Pe ofendido, contando cómo lo único que le importa a ese miserable es comprar su boleto de regreso. Desagradecido es lo último que llega a sus oídos, el sonido de la palabra se pierde gradualmente y renace por la mañana cuando el silbato de un tren que ya se aleja de la estación lo despierta en un nuevo día en el campo.
—No lo despertamos porque dormía muy tranquilo —dice la mujer—; espero que no le moleste.
Café con leche caliente y tostadas de canela con manteca y miel. Mientras Gruner desayuna en silencio, sigue con la mirada los pasos de la mujer que cocina lo que al parecer será el almuerzo. Entonces algo ocurre. Un oficinista, un hombre de facciones orientales vestido como él, uno que posiblemente tome el próximo tren y lleve consigo suficiente cambio para dos boletos, entra a la cocina y saluda a la mujer.
—Hola Fi —dice, y con el cariño de un hijo besa a la mujer en la mejilla—, ya terminé afuera, ¿ayudo a Pe en el campo?
Una vez más, la comida que se dirigía a la boca de Gruner, en este caso una tostada, se detiene a mitad de camino y permanece en el aire.
—No, Cho, gracias —dice Fi—, Gong y Gill ya fueron, tres alcanzan para eso, ¿podrías conseguir un conejo para la cena?
—Seguro —responde Cho que, ganando entusiasmo, toma el rifle que cuelga junto a la chimenea y se retira.
La tostada de Gruner regresa al plato y queda allí. Gruner va a preguntar algo pero entonces la puerta vuelve a abrirse y otra vez entra Cho, que primero lo mira a él, y después, con curiosidad, se dirige a la mujer.
—¿Es nuevo? —pregunta.
Fi sonríe y mira a Gruner con cariño.
—Llegó ayer.
La tostada ya no vuelve a dirigirse a la boca de Gruner. Cuando él se retira la mujer levanta el plato y deja caer su contenido en un gran tacho, junto al resto de la basura.
Las acciones de Gruner en el primer día son iguales a las de todas las personas que alguna vez estuvieron en esa situación. Recluirse ofendido y pasar la mañana junto a la boletería de un tren que no llega. Después, negarse a almorzar y, por la tarde, estudiar en secreto las actividades del grupo. Bajo el mando de Pe, los oficinistas trabajan la tierra. Descalzos, los pantalones arremangados hasta los tobillos, sonríen y festejan sus propias ocurrencias sin perder el ritmo de sus tareas. Después Fi trae té para todos y todos, Pe, Cho, Gong y Gill, le hacen señas a Gruner, que se creía oculto, para invitarlo a unirse al grupo.
Pero Gruner, lo sabemos, se niega. Nada más terco que un oficinista como él. De escritorios sin divisiones, pero con línea telefónica particular, en el campo aún conserva su orgullo y sentado en un banco de madera se esfuerza por permanecer inmóvil durante toda la tarde. Aunque no pase ningún tren, piensa. Aunque me pudra en este asiento. Hasta que la noche los reúne a todos en la preparación de una cálida cena familiar, donde las luces de la casa se encienden poco a poco y los primeros aromas de lo que será una gran comida escapan hacia el frío por las rendijas de las puertas. Gruner, con la paciencia y el orgullo atenuados con el correr del día, se rinde sin culpa y se prepara para aceptar la invitación, una puerta que se abre y la mujer que, como en la noche anterior, lo invita a pasar. Dentro, el murmullo familiar y un Pe que con fraternales palmadas felicita a sus hombrecitos de oficina mientras ellos, agradecidos por todo, preparan una mesa que a Gruner le recuerda a aquellas íntimas festividades navideñas de su infancia y, por qué no, a la alegre civilización de la Capital. Ante el complacido rostro de cazador exitoso, el rostro de un Cho triunfal, se sirve un conejo que no ahora, pero sí en otros tiempos, ha corrido alegremente por el campo que rodea las instalaciones. En la mesa rectangular, Pe y Fi se ubican a las cabeceras. A un lado se encuentran los oficinistas y, solo frente a ellos, Gruner, que a pedido de Gong y Gill pasa a uno y a otro lado de la mesa un salero que se solicita constantemente pero nunca alcanza a ser utilizado, hasta que Pe descubre que en las caras infantiles de Gong y Gill crecen sonrisas ansiosas e infectadas de malicia, y con un llamado de atención concede a Gruner la posibilidad de abstenerse de ese pase agotador y de probar, por fin y ya de noche, su primer bocado del día.
En los días siguientes Gruner ensaya diversas estrategias. Sobornar a Pe, o incluso a Fi, en busca de cambio es lo primero que se le ocurre. Después, con lágrimas en los ojos, ofrecer el boleto a la ciudad a cambio de todo su dinero, nada de vuelto, suplica, quédese con todo, suplica una y otra vez, y escucha con desesperación una respuesta que habla de cierta ética ferroviaria que implica la imposibilidad de quedarse con dinero ajeno. Propone Gruner en esos días comprarles algo. La suma del precio de su boleto más cualquier cosa que ellos deseen venderle será el total de su dinero, el trato sería perfecto. Pero tampoco. Y debe soportar las risas escondidas de los oficinistas, y otra cena en familia. Las primeras tareas de Gruner que comienzan a hacerse habituales son el lavado de los platos después de la cena y, en la mañana, la preparación de la comida del perro. Después suplica otra vez. Ofrece pagar a cambio de su trabajo. Pagar por cualquier cosa, pagar por la merienda. Arrimarse poco a poco a las tareas de campo. Charlar una que otra vez con los hombrecitos de oficina. Descubrir en Gong facultades increíbles en lo que se refiere a teorías de eficiencia y trabajo grupal. En Gill, a un abogado de alto prestigio. En Cho, a un contador capaz. Volver a llorar frente a la boletería y por la noche ofrecerse para preparar el almuerzo del día siguiente. Cazar con Cho conejos de campo, sugerir pagar en agradecimiento a la buena voluntad de la familia, pagar al menos los servicios de cocina. Procurar saber cómo se hace esto y cómo lo otro y procurar también pagar por aquella información tan importante, que la cosecha se levanta por la mañana cuando aún el sol no molesta, y las horas del mediodía se destinan a las tareas de la casa. Y cada tanto, con la esperanza que sólo renace en algunos días, la de conseguir cambio para pagar su pasaje, sentarse en el banco de la estación y contemplar un nuevo tren que, ante las inevitables señas de Pe, pasa sin detenerse.
Después, poco a poco, considerar la alegría oficinista como una falsa alegría. Sospechar de todo aquello, del ingenuo agradecimiento de Cho, de la animosa hospitalidad de Gong y de la constante actitud servicial de Gill, e intuir en todos ellos las acciones de un plan secreto contrario al amor que Pe y Fi les profesan. Y al escuchar a Cho proponer armar la cama de Papá y Mamá, confirma su teoría cuando juntos, los cuatro, Gruner también, entran a la habitación matrimonial y en equipo extienden las sábanas y controlan los pliegues que mal doblados podrían dibujar diagonales. Entonces Gong sonríe y mira a Gill, y juntos, enfrentados a los lados de la cama, levantan cada uno una almohada y, ante la mirada sorprendida de Gruner y Cho, escupen las sábanas antes de volver a apoyarlas.
Es el momento en que están rebelándose y Gruner lo sabe, tanto amor no podía ser real. Así que se anima y con voz temblorosa, que sin embargo se afianza hacia el final, pregunta:
—¿Tienen cambio?
Los tres parecen sorprendidos. Quizá la pregunta aún es precipitada, pero también lo es la respuesta:
—¿Y usted?
Gruner dice:
—¿Creen que estaría acá?
Y ellos:
—¿Y nosotros?
En un largo silencio las conclusiones de todos parecen encontrarse y formular un plan que, aún no definido, los une ahora en un reciente pero sincero sentimiento de hermandad. Como si esa acción pudiese ocultar las palabras pronunciadas, Gill acomoda con timidez las sábanas de una cama que aún no se ha desarreglado. Es así que en la noche, cuando renace el eufórico amor familiar, Gruner comprende que todo es y ha sido siempre parte de una farsa que ha comenzado muchos años antes de su llegada. Nada le impide entonces disfrutar de los consejos instructivos de Pe ni de los besos tiernos que Fi reparte en la frente de sus hombrecitos cuando éstos se despiden para ir a dormir. Por la mañana se somete con gusto a las actividades cotidianas, y en la noche, cuando la duda lo invade y reconsidera el plan como una táctica audaz de su autoengaño, descubre que los ruidos que ahora lo molestan en su cuarto son en realidad pequeños golpecitos de alguien que llama a su puerta. Golpecitos que, como claves a descifrar, lo invitan a incorporarse, abrir, y descubrir a un Cho ansioso que bajo el mando organizativo de Gong ha ido a buscarlo para participar de su primera reunión.
El encuentro es en los baños públicos, junto a la boletería. Gill, eficiente, ha tapado con cartón las ventanas rotas para que no pase el frío y ha conseguido velas y comida. Encendidas las primeras y presentada la segunda, todo se dispone sobre un mantel prolijamente extendido en el piso del centro del baño. Sentados como indios pero con la profesionalidad atenta de los verdaderos oficinistas, los cuatro se ubican alrededor del mantel y reúnen su dinero en la mano de Gong. Cuatro billetes grandes y nuevos. Es raro para Gruner descubrir en las caras infantiles de sus compañeros una expresión para él desconocida hasta entonces, mezcla de angustia y recelo. Quizá hace meses, hace años que están aquí, quizá sospechan que en la Capital ya han perdido todo. Mujeres, hijos, trabajo, un hogar, esas cosas que podrían tenerse antes de quedar varado en una estación como ésta. Los ojos de Gill se humedecen y pronto sobre el mantel cae una lágrima. Cho le da a Gill unas palmadas en la espalda y le hace apoyar la cabeza en su hombro. Entonces Gong mira a Gruner; saben que Gill y Cho son débiles, que están agotados y que ya no creen en la posibilidad de un escape sino sólo en el penoso consuelo de más días de campo. Gong y Gruner, que son fuertes, deberán luchar por los cuatro. Un plan implacable, piensa Gruner, y en la mirada de Gong descubre a un compañero que sigue con atención todos sus pensamientos. Gill continúa llorando, y se lamenta:
—Con todo este dinero podemos comprarles parte de la huerta, y al menos vivir de forma independiente…
—Hay que detener el tren —propone Gong, con seriedad desconocida.
—¿Qué pretende? —dice Gruner—. ¿Cómo se detiene un tren?, acá hay que ser realista, la objetividad es la base de todo buen plan.
—Díganos, Gruner, ¿por qué cree usted que el tren no para? —dice Gong.
Y la respuesta ansiosa de Cho es:
—Por las señales de Pe, que avisa que no hay pasajeros y por eso los trenes no paran.
—Cho, deje que Gruner deduzca solo… —dice Gong, y aclara—: Como verá, Gruner, detener el tren sí es posible. Sólo es cuestión de reemplazar a Pe por uno de nosotros y cuando el tren se acerque no hacer ninguna señal.
—Habrá que rezar para que la ausencia de señal signifique para el conductor que debe detenerse —dice Gruner—; de tantas veces que pasó de largo debe estar acostumbrado.
—Habrá que rezar —repite Gill, limpiándose los ojos con una servilleta de papel.
Todo sucede como debe suceder, como el plan lo indica. Antes que nada, amanece. Fi se asoma por la puerta de la cocina e invita a la familia a desayunar. Los pequeños oficinistas, cada uno en su cuarto, colocan calcetines en sus pies, sacos sobre los piyamas, alpargatas en los pies con calcetines. Pe es el primero en utilizar el baño y el resto sigue por orden de llegada: Gong, Gill, Cho, y al fin Gruner, que como se sabe último aprovecha el tiempo para alimentar al perro, que a esa hora aguarda en la puerta. Fi saluda a todos y los apura para que el desayuno no se enfríe. Entonces Cho distrae a Fi llevándola hasta la ventana y señalándole algo en el campo, quizá un posible animal para almorzar o cenar ese día. Mientras tanto, Gong vigila el baño para que Pe no salga, después de todo el turno siguiente es el suyo y no es raro que aguarde junto a la puerta. Y es ahí que Gruner y Gill diluyen en la gran taza de café de Pe las pastillas sedantes que han robado de la mesita de luz de Fi. Cuando todos están sentados y la ceremonia del desayuno puede comenzar, los oficinistas no hacen otra cosa que mirar la taza de Pe. Pero en la concentración que implica esa primera comida, ni Pe ni Fi perciben las miradas y con las delicias que se sirven a la mesa los mismos oficinistas olvidan el tema. Al concluir, Gill levanta la mesa y Cho lava la vajilla. Gong y Gruner declaran que irán a ordenar los cuartos y a tender las camas y ante la permisiva sonrisa de Fi, se retiran.
En el cuarto de Gruner, lugar acordado para el encuentro posterior al triunfo de la primera parte del plan, los oficinistas, o mejor dicho, Gill y Cho, y no Gong y Gruner, encuentran la nostalgia. Porque Gill cree que después de todo Fi ha sido como su madre y Cho acepta que ha aprendido mucho sobre el campo de la mano de un hombre como Pe. Las horas de trabajo conjunto y los desayunos en familia no podrán ser olvidados con facilidad. Gong y Gruner realizan actividades paralelas a estas conclusiones: empacar en bolsitas unos pocos recuerdos, como piedritas y otras cosas que han recolectado Gill y Cho, y algunas manzanas para degustar en el viaje de regreso.
Entonces suena la alarma del reloj de Gong, y suena porque es la hora. Pronto pasará el tren, porque este es el preciso momento en que todos los días Pe se incorpora del matinal sillón de lectura y camina hacia el campo para colocarse junto a las vías y efectuar la señal. Gruner se incorpora, se incorpora también Gong, y ahora todo está en manos de ellos. Gill y Cho aguardarán sentados en el banco de la estación. En el living encuentran a Pe dormido en su sofá. Prueban con palabras fuertes y ruidosas: roer, estrepitar y escudriñar son las propuestas por Gong, rapataplan es la elegida por Gruner y la repite tres veces, pero Pe, sumido en el profundo sueño que provocan los sedantes, no despierta. Gill lo besa en la frente y Cho lo imita, en sus ojos hay lágrimas de despedida. Gong se asegura de que Fi se encuentre en el jardín trasero, regando sus plantas como cada mañana, y allí está. Perfecto, se dicen entre sí, y al fin salen de la casa. Gill y Cho hacia la estación, Gong y Gruner hacia el campo, bordeando las vías. En el horizonte, el humo de un tren que aún no se ve pero ya se oye.
Después de dar varios pasos, Gong se detiene. Gruner deberá seguir, se necesita sólo un hombre para hacer la no señal. Tras aceptar las palmadas de Gong, Gruner continúa andando. Va a ser difícil ver el tren acercarse y desear que se detenga, y sin embargo sólo contar con la no señal. Permanecer junto a las vías sin hacer nada, sólo rezar, como dijo Gill, porque quizá esa sea la señal de Dios para que el tren se detenga.
El tren se acerca, avanza sobre las dos líneas que cruzan el campo de horizonte a horizonte. Y pronto está sobre la estación. Gruner se concentra. Permanece tan quieto como le es posible, y cuando el tren pasa junto a él le es difícil deducir si ese es el ruido de un tren que acelera o de uno que va a detenerse. Entonces mueve los ojos hacia abajo, hacia las ruedas que siguen los rieles y nota que los brazos de hierro que lo empujan comienzan a disminuir el énfasis de su marcha. No ve a Gong, no sabe dónde está, pero escucha sus gritos de alegría. El tren se aleja de él y Gruner puede comprobar cómo, en la estación, se detiene del todo. Victorioso, contempla de qué forma la estación comienza a poblarse de pasajeros y, distraído por los ruidos del tumulto, deja de escuchar los gritos desesperados de Gong que lo llaman. Sólo después de un rato, cuando el silbato del tren suena dos veces, comprende que los gritos le advierten lo lejos que se encuentra él de la estación y al descubrir la gran distancia que lo separa del tren comienza a correr tan rápido como puede.
En la estación, Gill y Cho, para subir al tren, deben empujar a decenas y decenas de pasajeros que aún descienden. La estación repleta de gente, valijas y paquetes. Comentarios de sorpresa y llanto. Lágrimas de emoción. Gente que se abraza y exclama:
—Pensé que nunca podríamos bajar —y llora.
—Hace años que viajo en este tren, pero hoy al fin he logrado llegar —dicen, y se abrazan.
—Ya no recuerdo el pueblo, y en cambio ahora, de pronto, llegar… —dicen y, agotados, se sientan en los bancos de la estación.
Gente que festeja y grita, gente que ya no cabe en la estación. Entonces un nuevo silbato y el ruido del tren que comienza a arrancar. Gruner, con la asistencia de Gong que lo ayuda a treparse, sube a la estación sin perder tiempo en ir hasta las escaleras. Un grupo de hombres ha desempacado sus instrumentos y tocan una melodía alegre para celebrar la ocasión. Gong y Gruner avanzan entre niños, hombres, mujeres, globos y serpentinas, y antes de que puedan llegar a la primera puerta el tren ya avanza junto a ellos. Es entonces cuando Gruner ve, entre los colores alegres de los pasajeros jubilosos que lograron descender, la figura delgada y gris de un perro al que él conoce, y se detiene.
—¡Gruner! —grita Gong, que ya ha alcanzado la primera puerta.
—Sin el perro no me voy —declara Gruner, y como si esas palabras le diesen la fuerza que necesitaba para hacerlo, retrocede hasta el animal y lo alza en brazos. El perro se deja llevar, su cara de espanto avanza gracias a Gruner entre cuerpos eufóricos que no llegan a advertir el peligro y la desesperación que viven ellos cuatro. Gruner alcanza la cola del tren y se empareja con ella. Intuye que desde alguna ventana Gill y Cho lo observan con lágrimas en los ojos, y sabe que no puede fallarles. Una mano fuerte, que es la de Gruner, se aferra a uno de los caños que forman las rejas de la escalera trasera del tren y el mismo impulso de la velocidad de la máquina desprende a Gruner y al perro de la estación como de un recuerdo que se ha pisado hasta hace poco pero que ahora se aleja y se pierde como una mancha en el campo verde.
La puerta trasera del vagón se abre y Gong ayuda a Gruner a subir. Dentro Gill y Cho toman al perro y felicitan a Gruner. Están los cuatro, los cinco, y están a salvo. Pero, y siempre hay un pero, en la puerta trasera hay una ventana, y desde esa ventana aún pueden verse vestigios de esa mancha que se aleja en el campo. Una mancha que, ellos lo saben, es una estación llena de gente alegre, repleta de artículos de oficina y probablemente repleta de cambio. Una mancha que ha sido para ellos un sitio de amargura y miedo y que sin embargo ahora, imaginan, se asemeja a la civilización alegre de la Capital. Una última sensación, común a todos, es de espanto: intuir que, al llegar a destino, ya no habrá nada.

Samanta Schweblin

Historia verídica.

A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

Julio Cortázar.

Mi Dios.

“A veces creo que Dios se hace presente en algún lugar, de alguna manera, y simplemente nos observa muy calladamente…”

 

Y que increíble !!! Hay gente que aún sigue sin creer en dios !!!

Y tienen la prueba más fiel de todas a su alcance y todos los días…

Extiende tu mano a la altura de los hombros y mientras en forma danzarina haces movimientos con los dedos, muéstratela.

Sabés toda la perfectísima sincronización que se necesita, la tremendísima ingeniería de desarrollo que hace falta y la ni siquiera aún bien conocida tecnología de los materiales intervinientes, que tienen que involucrarse a la más infinitésima expresión para lograr hacer lo que estás viendo?

Te has puesto a pensar que esa persona, grande y madura que sos, que piensa, razona, crítica, aprende, enseña, que tiene sentimientos, que puede recordar hechos, colores, aromas, dichos, paisajes, música, que puede crear, disfrutar, sufrir, llorar, reír, odiar, amar…, ha estado creciendo y desarrollándose desde que era un “simple” óvulo fecundado por un “simple” espermatozoide con una perfección tal, que sólo una ingeniería genética celestial podría haber diseñado?

Nos creemos centro del universo y tan inteligentes!!! Llegamos hasta creernos que sólo nosotros podemos determinar lo que sí y lo que no…

Pues si lo somos, reflexionemos un poquito, acordémonos lo que fue antes de nosotros y proyectemos lo que será el después, y recién allí, luego de meditar al respecto… volvamos a hacernos la misma pregunta:

Cómo que no creemos en dios?

Pero…

No un dios sobrenatural, porque muy bien él se ha encargado de naturalizar cada detalle.

No en un dios místico, porque él muy bien se ha encargado de darnos todo por lo que nos tengamos que maravillar.

No un dios que haya tenido la ocurrencia de utilizar al mismo hombre para definirse ni para enviarnos mandatos, porque él muy bien nos puso conciencia y en ella tenemos todo lo que necesitamos para saber lo que está bien o lo que está mal.

No un dios que todo lo hace como quiere, porque nos dió libertades, y en ella radica lo más maravilloso que este gran dios pudo hacer … y es que cada uno de nosotros tengamos la simple y grandiosa posibilidad de “ser…”

 

Diosa.

Hubo una vez un dios que, creyéndose superior a todos, decidió llevar la corona del poder absoluto. Un día, una diosa le retó a un combate. El dios, sabiéndose diestro en el manejo de la espada, aceptó, pero ella le abatió, dejándole malherido.
Él reclamó el derecho a su inmortalidad para poder así resarcir su orgullo, y desafió a la diosa a construir el mayor templo jamás visto, mas ella construyó otro que llegó hasta el mismo firmamento.

Humillado, el dios le propuso una última prueba. Deberían resolver sobre un mapa todos los mecanismos del Cosmos. El dios pasó días y noches confeccionado una obra tan deslumbrante como reveladora. Ella dejó la lámina en blanco y le dijo:

– Míralos -dijo señalando hacia los mortales, hombres y mujeres, que afanosamente esculpían el Panteón en el cual habitaban- , son ellos los que nos han creado, y los que acabarán dando respuesta a todas las preguntas.

El dios la contempló como si lo hiciera por primera vez, y le entregó su corona. Ella rehusó el ofrecimiento y le detuvo.

– No he sido yo quien ha vencido, ha sido tu vanidad la que ha perdido. ¿No lo ves? Hemos caminado en igualdad de contratiempos y ventajas. No he luchado para combatir contra ti. Lucho por combatir junto a ti. No soy igual que tú, tú no eres como yo. Pero juntos hemos intentado resolver un enigma que ha precisado de nuestro ingenio. Hemos empleado esfuerzo e inspiración en erigir construcciones eternas, y puesto a prueba nuestra fortaleza física peleando a espada y lanza. Y hemos sido libres en nuestras elecciones.

La diosa se retiró dejando al dios intrigado mientras se preguntaba si aquellos humanos que trataban de explicarse su existencia a través todas las deidades comprenderían un día lo mismo que ella acababa de enseñar a quien creía ser su rival.

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Foto : Phrasikleia y Kouros

Phrasikleia – Kore (joven doncella) y Kouros (hombre joven) fueron descubiertas en Mirenda, al sureste de Atenas en 1972, la de la joven totalmente conservada y considerada como una de las piezas más importantes del arte Arcaico. Ambas estatuas fueron creadas por el escultor Aristion de Paros alrededor 550-540 AC.

Éxtasis digital…

Estaba a punto de quedarse dormida cuando la sorprendió una tierna caricia de su marido a la altura del cuello. Inmediatamente después sintió el pie de él acoplándose al de ella por debajo de las sábanas y recorrer delicadamente su pierna como dibujando su figura. Simplemente no podía creer lo que estaba sucediendo, tanto le extrañaba el comportamiento de su esposo como el sentimiento de placer que comenzaba a inundar todo su cuerpo y que creía haber perdido desde hace ya mucho tiempo. Ni hablar de cuando empezó a notar que los dedos de su querido compañero comenzaban a deslizarse por su espalda como buscando esos sensibles puntos que muy bien él sabía la hacían explotar de locura y excitación.

Ya cuando empezaba a sentir que los años empezaban a descontarse y volvía a ser esa joven apasionada que alguna vez había sido, notó con tristeza que las deliciosas caricias de su añorado amante se detenían y que él muy lentamente se iba alejando de su lado.

Fue cuando mordiéndose fuertemente los labios y con la más sensual de las voces, no pudo evitar decir:

“Ay querido, maravilloso!!! Pero por que te has detenido?”

Muy sorprendido por la pregunta su marido le contestó:

“Uy disculpá, te hacía dormida… Es que ya encontré el control remoto.”