Los hijos…

Antes de tener hijos pensaba que ellos se iban a llamar Diego, Lorena y Alejandro.
Y sí, creía que dos varoncitos y una niña sería lo ideal, pero ahora también recuerdo que fueron tantas las cosas que sin saber me imaginaba sobre ellos.

Pues antes pensaba que me iba a costar muchísimo tenerlos, sin embargo después me sorprendí de lo rápido y hermoso que fue sentirlos nacer.

Estaba convencida que durante el embarazo iba a engordar sólo nueve kilos, pero siempre terminé con casi 16 kilos arriba y sin poder creer el increíble número que anunciaba la balanza.

Creía que ser mamá no podía ser tan difícil como me lo contaban algunas madres, pero como el día que llegamos a casa después del parto de mi primer hijo, sentí el miedo más irracional que jamás había sentido en mi vida, entendí que muchas de ellas me estaban probablemente diciendo la verdad.

También creía que mal dormida y con mi terrible humor iba a vivir malhumorada, hasta que un domingo uno de ellos me hizo reír tanto a las cinco de la mañana, que supe que era capaz de sonreirle al alba aunque no hubiera podido dormir casi nada.

Pensaba que mis hijos no iban a ver tele hasta los dos o tres años, hasta que me di cuenta que si la prendía, podía bañarme, peinarme y vestirme, todo de un tirón y sin interrupciones.

Pensaba que a los tres meses ya los iba a ir pasando a sus cuartos, sin embargo fueron muchos meses más los que los tuve durmiendo a mi lado.

Creía que jamás iba a poder engancharme con una película infantil, y una tarde terminé llorando a cántaros con Toy Story 3.

Antes de tenerlos creía que jamás se me iba a caer un hijo de la cama, y un día sucedió que en una milésima de segundo en el que apenas me di vuelta, el más chiquito se pegó tal porrazo que de la desesperación volví a sentir ese mismo miedo irracional que había sentido aquel día volviendo del sanatorio y en el que empezaba formalmente otra nueva vida.

Hasta estaba segura de que no iba a poder escucharlos cuando se despertaran de noche, y cuando se lo dije a la partera, me miró, sonrió con un dejo de pena y me acarició la cabeza. Ella bien sabía que sí iba a escucharlos, y tenía razón, pues algo se activa adentro de una que hace que el sueño mute y que seas capaz de descansar, aún con un ojo abierto, el oído atento o un brazo a 90 grados.

Estaba segura de que a los pocos meses de cada nacimiento iba a poder volver a mis actividades normalmente, pero después me di cuenta que simplemente no me daba la cabeza para desprenderme ni por un instante de la preocupación sobre el bienestar de mis hijos.

Antes de tenerlos pensaba que no iba a hacer falta levantarles la voz, hasta que un día me encontré pegando tal grito en plena calle, que logré la atención de todo el mundo a una cuadra a la redonda.

Antes de tener hijos veía problemas donde no los había, pero después me di cuenta de que ésos, en realidad, no eran para nada verdaderos problemas.

Y… claro, antes de tener hijos pensaba que, cuando los tuviera, mi vida iba a cambiar para siempre, y éso sí fue en lo único que no me equivoqué, pues hubo un segundo en que mi vida cambió definitivamente, y fue ese preciso segundo en el que empecé a darme cuenta que quería muchísimo más a otra personita, que a mí.

Una madre.

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