Daniel Calcagni

Nosotros también tenemos Banco Nación.

Ésta historia no es una más, es una real y triste historia, una increíble y hasta por momentos cómica historia que nos pinta exactamente cómo somos, y el porque nos va a costar muchísimo salir de este estado de país pobre, mediocre, injusto, parcial y corrupto en el que vivimos.

La misma comienza hace algunos meses cuando pasé por uno de los bancos locales que tenemos en nuestra ciudad a preguntar que era lo que tenía que hacer para ampliar el límite de mi tarjeta, ya que desde que la tengo, más o menos 10 años, nunca se me había extendido dicho límite y más vale, inflación por medio, con hacer una compra más o menos importante en el supermercado ya lo alcanzaba e inhabilitaba la posibilidad de seguir usándola.

Debo decir que las otras tarjetas que también utilizo y que son de otras entidades bancarias, se han venido actualizando automáticamente y sin intervención alguna, por lo que sus correspondientes límites de compra y financiación son superiores y hasta casi imposible de alcanzar si consideraríamos cuales son mis ingresos.
Qué por que uso la famosa y perezosa tarjeta entonces?
Porque es la única que me hace un 20% de descuento sobre toda la compra en el hipermercado de la zona los días miércoles y más vale que la situación no está como para desaprovecharlo.

En aquél momento me habían sugerido hacer una nota solicitando la ampliación y que le adjuntara los últimos tres recibos de sueldo.

Un poco por mis ocupaciones diarias y otro poco porque no era de suma necesidad dicho trámite, hicieron que se pasen varios meses sin cumplimentarlo.

Hace algo más de un mes me hice un tiempito, realicé la nota, fotocopié los últimos recibos de sueldo y una vez en el banco saqué numerito y me propuse a esperar.
Más o menos a la hora fue “sorteado” mi número y ante un hermoso escritorio grande y redondo presenté mis papeles comentando cual era mi solicitud.

En esta instancia de la historia empieza la pesadilla, lo incomprensible, la broma, el chiste, la falta de respeto, la tomada de pelo, la incompetencia… ni todas a la vez y quizás ninguna de ellas, no sé, me supera, es mucho más de lo que mi raciocinio puede…

Fue cuando el jovencito que me estaba atendiendo con un nivel de seguridad tal que no daba para repreguntarle nada y con un tono de soberbia que me hacía sentir que yo era una simple porquería, me dice que para realizar ése trámite no hace falta ninguna nota y que además de los recibos de sueldo, debería traer la fotocopia de mi DNI, dos servicios a mi nombre, el extracto de las otras tarjetas en mi poder -las que figuraban en su lujoso monitor de no sé cuántas pulgadas y que vanagloriándose de la información que contaba en su poder me las dictó una por una-, y los resúmenes de cuenta de los otros bancos donde figuraran los pagos que realizaba de las mismas…

Creo que quedé estúpido varios segundos, mi mente intentaba relacionar lo que me estaban pidiendo con el que era motivo de mi visita al banco, y me nació hacerle el comentario que no me quería comprar ninguna Ferrari con la plata del Banco, que sólo quería aumentar un poco el límite de mi tarjeta y que por otro lado era cliente de la entidad hace más de 20 años y que nunca me había ni mudado ni dejado de pagar el total del resumen mensual de la tarjeta.
Creo que fue cuando noté que con su silencio y su mirada me estaba de alguna manera preguntando que parte de lo que tendría que traer no entendía…
Tragué saliva, mi mente repasó rápidamente lo que tendría que hacer para juntar lo que me pedía y cómo en realidad no era tampoco para tanto, le dije que en una hora volvía con lo solicitado, quería terminar el trámite y olvidarme para siempre.
Con orgullo de haber hecho lo que correspondía me dijo que le parecía muy bien y que quedaba en espera de mi regreso.

Me habrá llevado una hora juntar todos los datos y volví a la entidad. No había tenido en cuenta que ya era el mediodía y que en ese banco se ve que algunos empleados salen a almorzar por lo que de los cuatro escritorios activos para atender al público sólo uno estaba en funciones y ni siquiera era el mismo genio que me había atendido antes. Pero saqué otro numerito y me senté a esperar… A lo mejor tenía suerte y salía sorteado dos veces el mismo día.

Más o menos a la media hora estaba sentado en otro escritorio redondo, esta vez con otro empleado. Le cuento “todo” de vuelta… se pone a teclear y a clickear de tal manera que parecía estar jugando al Dragon Ball Fighter por varios segundos y me dice que tengo que volver con mis recién compilados datos el martes siguiente porque era cuando iba a estar el resultado del pedido de investigación financiera que había ya solicitado hora antes su compañero…

Le comento que nada me habían dicho de ello en mi visita anterior y que hasta en realidad me había despedido de su compañero con un “en un ratito vuelvo” y nada me había dicho al respecto.

Nuevamente tuve la sensación de volver a vivir ese sentimiento que una mirada y un silencio te hacen sentir un tarado que no entiende, pero esta vez mi paciencia ya estaba superando un poquito ese límite que a uno le hace perder la chabeta, por lo que creo que sin gritar pero si hablando un poco más fuerte que lo normal, solicité el libro de quejas y si era posible hablar con el gerente de la sucursal. También le aclaré que no me iba a mover de ese lugar hasta que no termine de redactar en dicho libro mi parecer respecto a todo lo hasta allí vivido.

Mi verdugo hasta ese momento, cambiando la cara y el tono de su voz de una manera realmente increíble, me suplica que no me enoje y que siempre se pueden resolver las cosas de manera fácil y amistosa…??? y me dice que me va a tomar todos los datos que traía y que iniciaba el trámite sin problemas y que el martes o más tardar el miércoles de la semana próxima, cuando ya esté el resultado de la “investigación”, me llamaba por teléfono y sin hacerme esperar me hacía firmar y listo. Más calmado y sin entender muy bien que es lo que había cambiado… asentí, me tomó los papeles que había llevado y me pidió el número de teléfono.

Pasó el martes, pasó el miércoles, el viernes, una semana, dos…

Vuelvo al banco, saco numerito, me siento, espero…

Más de una hora… y nuevamente sentado en un escritorio redondo, frente a otro empleado y contando una vez más el cuento de la buena pipa…

Un silencio ya conocido volvió a inundar el ambiente, tecleos, clickeos y gestos de mucha preocupación lograron que el empleado se levante y me diga que lo espere unos minutos…

Chauu… mezcla de un sentimiento de culpa por estar pidiendo algo tan complicado y de vergüenza porque sentía que ni para eso sirvo, estuve esperando varios minutos mientras veía que el joven habría y cerraba cajones, hablaba con compañeros de trabajo, iba y venía… Por Dios que no sabía si escaparme o esconderme abajo del escritorio, es más, hasta empezaba a culpar a mi señora por hacerme recordar cada dos por tres que tenía que hacer ese trámite.

Al regresar y con un verdadero gesto de preocupación, me dice que no encuentran “la carpeta…”, pero que “no me preocupe”, que para no tener que volver de vuelta con “todos los papeles”, se los mande por mail… o sea… los escaneara y los adjunte en un mensaje al banco para lo cual me daba anotado una dirección de correo electrónico.

No pude más que reírme, era la frutillita del postre que estaba faltando, tenía muy en claro que exactamente ahí iba a dejar todo y que no iba a utilizar nunca más la tarjeta del millón, pero no sin antes, y esta vez sí, hablar con el gerente y poner mi queja formal donde fuera.

Luego de una breve discusión y de hablar con el superior inmediato del joven que me estaba atendiendo, me dicen que no va hacer falta que mande nada porque en realidad yo era cliente de siempre, sabían quien era, que siempre pagaba el total y jamás había tenido ni el menor de los inconvenientes, que si me parecía bien $90.000 de límite (cinco veces más de lo que había solicitado) y que sólo faltaría firmar un par de cosas y listo.

Me volví a sentar, si bien todavía estaba en la silla en realidad me encontraba parado, y ni siquiera me salió un “está bien”, pero se dieron cuenta por mi postura que aceptaba terminar todo allí.

Manos a la obra nuevamente sobre la terminal, el joven que me atendía entró y salió innumerables veces de distintos menús e imprimió no menos de 20 hojas de las cuales al menos la mitad me hizo firmar y poner la aclaración. (creo que por lo menos fueron 12 firmas).
En su momento y antes de irme me dijo que me fije al día siguiente por web que ya iba a estar cargado el nuevo límite…

Hoy, antes de ponerme a escribir como un loco y a varios días hábiles desde esa última vez que fuí, ya tenía decidido no volver a ir y no volver a utilizar esa tarjeta…

Pues acababa de entrar por enésima vez al homebanking y mi límite de tarjeta, cómo el más grande y sólido monumento, allí está, inmóvil, inmaculado, con el exacto mismo valor de siempre y sin sopechar, que por detrás, hubo un ridículo e inútil intento de cambiarlo.

Daniel Calcagni

Los que me conocen saben que me gusta escribir, a ellos les comento que ni inventé ni exageré absolutamente nada. Esta vez la realidad ha superado con creces la más loca e inusitada imaginación.

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