Esa cálida luz…

No soportaba más el sabor de sus propias lágrimas, nada tuvo que ver en ésto el destino, solo él tejió la pegajosa telaraña en la que se veía atrapado.

No comprendía como se había podido dejar engañar por sí mismo, a tal punto de romper lo mas sagrado que tenía.
¿Podría volver atrás ?
Aunque sea hasta aquel día…
No volver a verla a los ojos…

No era solo su vida lo que ahora pesaba…
¿Cuántos eslabones se habrían roto?
¿Cuántas respuestas bien consolidadas, vacías de contenido habrían quedado?
No era su egoísmo el que dolía, no era su dolor el que importaba, sólo la ausencia de esa tremenda fuerza conjunta e Inmaculada lo perturbaba.
Pase lo que pase, ya lo sabía… era muy tarde…
Esa poderosa y cálida luz, del amor nacida y llamada familia, nunca más brillaría…

(dc)

Mujer.

Tuvo la más brillante de las inspiraciones, tomó la redondez de la luna, las suaves curvas de las olas, la tierna adhesión de la enredadera, el trémulo movimiento de las hojas, la esbeltez de la palmera, el tinte delicado de las flores, la amorosa mirada del ciervo, la alegría del rayo del sol, las gotas del llanto de las nubes, la inconstancia del viento, la fidelidad de los cisnes, la timidez de la tórtola, la vanidad del pavo real, la suavidad de una pluma, la dureza del diamante, la dulzura de una rosa, la crueldad del tigre, el ardor del fuego y la frialdad de la nieve y con todos ellos, creó a la mujer.


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El dibujo es de Nicola De Luca -1953- Pintor Italiano

 

Clara Barton.

La Historia Real de la Fundadora de la CRUZ ROJA de EE.UU.

Cuando el desgarrador dolor se aplacó un poco, Jack Gibbs pudo pensar de nuevo.
—No lograré regresar a casa —gruñó—. Al menos, no en una pieza.
Suspiró y trató de buscar una posición más cómoda en el suelo frío y pedregoso. Pero el movimiento causó otro borbotón caliente, y supo que debía quedarse quieto si deseaba sobrevivir.
“Cuando me despachen al hospital que está detrás de las líneas —pensó—, me habré desangrado o estaré tan maltrecho que tendrán que amputarme la pierna. ¿Y qué clase de esposo seré para Sue? ¡Un hombre con una pierna!” Una nube negra lo cubrió, y perdió la conciencia.

Cuando abrió los ojos, Jack estaba seguro de haber muerto y subido al cielo. Una mujer estaba inclinada sobre él. Eso no podía suceder en un campo de batalla de la Guerra Civil. No había mujeres en campaña. ¡No se permitía!
Pero había una mujer en el campo de batalla. Se llamaba Clara Barton.

Con ayuda de dos soldados, ella lo trasladó a una litera que los hombres sacaron de un furgón tirado por caballos. Extrajo vendas de su maletín y le vendó la pierna. Luego le dio un jarabe para calmar el dolor, y Jack bebió lánguidamente, y los hombres lo metieron en una ambulancia de aspecto tosco.

Clara Barton se había pasado el día haciendo ese trabajo. Había socorrido a cientos de caídos, aplacando sus temores, aliviando su dolor, limpiando sus heridas.

Desde el comienzo de esa espantosa guerra, Clara Barton se había preocupado por los hombres que combatían en el frente. Sabía que los heridos quedaban tendidos en el campo hasta que concluía la batalla. Sabía que sólo entonces los juntaban para llevarlos a los hospitales que estaban muy por detrás de las líneas. Sabía que si sobrevivían a esa demora, el traqueteo de los carromatos abriría sus heridas expuestas. Sabía que n menudo morían desangrados antes de llegar al hospital.

Desesperada por esa situación, decidió llevar ayuda a los combatientes en pleno campo de batalla. Consiguió un furgón, lo cargó con medicamentos y equipo de primeros auxilios, fue a ver al general.

Era una mujer menuda y delgada. Para el oficial al mando, no tenía aspecto de persona apta para el campo de batalla. Más aún, la sola idea lo horrorizó. Señorita Barton, lo que me pide usted es absolutamente imposible.

—Pero general —insistió ella—. ¿Por qué es imposible? Yo misma conduciré el furgón y daré a los soldados el alivio que pueda.

El general sacudió la cabeza.
—El campo de batalla no es sitio para una mujer. No soportaría esa dura vida. De cualquier modo, ahora hacemos todo lo que podemos por nuestros soldados, nadie podría hacer más.

—Yo podría —declaró Clara Barton. Y entonces, como si acabara de entrar en el despacho, describió nuevamente sus planes para prestar primeros auxilios en el campo de batalla.

Esta entrevista se repitió una y otra vez, pero las continuas negativas no la desalentaron. Al fin el general cedió. Clara Barton recibió un pase que le permitiría atravesar las líneas.

Durante toda la Guerra Civil, atendió a todos los que pudo. Trajinaba sin cesar. Una vez trabajó cinco días consecutivos con sus noches, con muy poco descanso. Su nombre se volvió famoso en el ejército, y se pronunciaba con amor y gratitud.

Cuando el gobierno vio lo que estaba logrando, le brindó más cooperación. El ejército ofreció más furgones y más hombres para conducirlos. Se le ofrecieron más medicamentos. No obstante, siempre fue una batalla cuesta arriba para la valiente señorita Barton.

Cuando terminó la guerra, Clara Barton podría haber obtenido un merecido descanso. En cambio, vivía obsesionada por el dolor de aquellos infortunados que no sabían con certeza qué había sido de sus esposos, padres y hermanos. Decidió enterarse de la suerte de esos soldados desaparecidos, y enviar la información a sus familias. Consagró largo tiempo a esta tarea.

Ahora conocía la guerra de primera mano. Sabía cómo afectaba a los hombres en el campo de batalla, y sabía cómo afectaba a las familias que quedaban en casa. Cuando se enteró de que en Suiza había un hombre, llamado Jean Henry Dunant, que tenía un plan para ayudar a los soldados en tiempos de guerra, viajó de inmediato a Suiza para prestar su ayuda. Dunant formó una organización llamada la Cruz Roja. Los integrantes de esta organización debían usar una cruz roja sobre fondo blanco para ser fáciles de identificar. Se les daría libre acceso a los campos de batalla, para que pudieran ayudar a todos los soldados, al margen de su nacionalidad, raza o religión.

Esta idea entusiasmó a Clara Barton. Regresó a los Estados Unidos y convenció al gobierno de sumarse a otras veintidós naciones miembros para dar dinero y provisiones a una Cruz Roja Internacional, organizada para ayudar a los soldados en tiempos de guerra.

Pero Clara Barton sumó otra idea a este magnífico plan. Se denominó “la enmienda americana”.

“Hay otras calamidades que afligen a la humanidad —declaró Clara Barton. Terremotos, inundaciones, incendios forestales, tornados. Estos desastres atacan de repente, matando e hiriendo a mucha gente, dejando a otros sin hogar ni alimento. La cruz roja deberá tender una mano amiga a esa víctimas, sin importar donde ocurran esos desastres”

Actualmente la Cruz Roja lleva socorro a millones de personas de todo el mundo. Esta fue la maravillosa idea de Clara Barton. Su gran valentía, su gran amor y su gran caridad serán reverenciales por siempre.

Clara Barton (1821-1912) fue conocida como el Ángel del Campo de Batalla por su labor entre los heridos durante la Guerra Civil americana. Como fundadora de la Cruz Roja de los Estados Unidos, ocupa un lugar entre los grandes pioneros de la filantropía.

El amor y la locura.

Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre. Cuando el aburrimiento bostezaba por tercera vez, la locura como siempre tan loca propuso: “Vamos a jugar a los escondidos”. La intriga levantó el ceño extrañada y la curiosidad sin poder contenerse preguntó:

¿A los escondidos? ¿Y eso cómo es?

Es un juego, explicó la locura, en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden, y cuando ya haya terminado de contar, el primero de ustedes que yo encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego. El entusiasmo bailó secundado por la euforia y la alegría dio tantos saltos que terminó de convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, la verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué? Si al final siempre la hallaban, y la soberbia pensó que era un juego muy tonto, en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella, y la cobardía prefirió no arriesgarse.

Uno, dos y tres, empezó a contar la locura.

La primera en esconderse fue la pereza que como siempre, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La fe subió al cielo y la envidia se encontró tras la sombra del triunfo, quien por su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos, que si un lago cristalino para la belleza; que si la hendija de un árbol: perfecto para la timidez; que si el vuelo de una mariposa: lo mejor para la voluptuosidad, que si una ráfaga de viento: magnífico para la libertad, y así terminó en ocultarse en un rayito de sol.

El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero solo para él. La mentira se escondió en el fondo de los océanos, mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris, y la pasión y el deseo en el cuarto de los volcanes. El olvido, se me olvidó donde se escondió, pero, eso no es lo importante, Cuando la locura estaba contando 999.999, el amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo estaba ocupado, hasta que al fin divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores.

Un millón contó la locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la pereza solo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la fe discutiendo con Dios sobre zoología y a la pasión y el deseo las sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia, y claro, pudo deducir donde estaba el triunfo. El egoísmo no tuvo ni que buscarlo, el solito salió de su escondite, resultó ser un nido de avispas.

De tanto caminar, sintió sed y al acercarse al lago descubrió la belleza, y con la duda resultó todavía más fácil, la encontró sentada cerca sin decidir aun de que lado esconderse.

Así fue encantando a todos. El talento, entre la hierba fresca, a la angustia, en una oscura cueva, a la mentira, detrás del arco iris, mentira si estaba en el fondo de los océanos, y hasta encontró al olvido, ya se le había olvidado que estaba jugando a los escondidos.

Pero solo el amor no aparecía por ningún sitio. La locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en las cimas de las montañas, y cuando estaba por darse por vencido divisó un rosal, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto, un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido los ojos del amor. La locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a los escondidos en la tierra: El amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

Mario Benedetti

 

 

La descubrí, le dediqué mi vida…

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Por casualidad llegaste a mi vida…

Desde ese momento nunca dejé de estudiarte y por supuesto, más me mostrabas cómo eras, mucho más cerca mío te sentía.

Recorrimos una vida junta, nos peleamos, discutimos, me la hiciste difícil a veces y lograste que nunca deje de intentar conocerte más, más y mucho más…

Pero me has dado tantas, tantas alegrías, que bien sabes que nunca podré alejarme de tí.

Mi hermosa “Electrónica”

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Arreglar al mundo…

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado.
Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.
De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba.
Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

“Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares, sin ayuda de nadie.”

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa.
Pero no fue así ya que pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

“Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.”

Al principio el padre no creyó en el niño!
Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
El científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.
Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.

¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?

De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:

“Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?”

“Papá, respondió el niño; yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.
Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.

– Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo -.”

Gabriel García Márquez

Nosotros también tenemos Banco Nación.

Ésta historia no es una más, es una real y triste historia, una increíble y hasta por momentos cómica historia que nos pinta exactamente cómo somos, y el porque nos va a costar muchísimo salir de este estado de país pobre, mediocre, injusto, parcial y corrupto en el que vivimos.

La misma comienza hace algunos meses cuando pasé por uno de los bancos locales que tenemos en nuestra ciudad a preguntar que era lo que tenía que hacer para ampliar el límite de mi tarjeta, ya que desde que la tengo, más o menos 10 años, nunca se me había extendido dicho límite y más vale, inflación por medio, con hacer una compra más o menos importante en el supermercado ya lo alcanzaba e inhabilitaba la posibilidad de seguir usándola.

Debo decir que las otras tarjetas que también utilizo y que son de otras entidades bancarias, se han venido actualizando automáticamente y sin intervención alguna, por lo que sus correspondientes límites de compra y financiación son superiores y hasta casi imposible de alcanzar si consideraríamos cuales son mis ingresos.
Qué por que uso la famosa y perezosa tarjeta entonces?
Porque es la única que me hace un 20% de descuento sobre toda la compra en el hipermercado de la zona los días miércoles y más vale que la situación no está como para desaprovecharlo.

En aquél momento me habían sugerido hacer una nota solicitando la ampliación y que le adjuntara los últimos tres recibos de sueldo.

Un poco por mis ocupaciones diarias y otro poco porque no era de suma necesidad dicho trámite, hicieron que se pasen varios meses sin cumplimentarlo.

Hace algo más de un mes me hice un tiempito, realicé la nota, fotocopié los últimos recibos de sueldo y una vez en el banco saqué numerito y me propuse a esperar.
Más o menos a la hora fue “sorteado” mi número y ante un hermoso escritorio grande y redondo presenté mis papeles comentando cual era mi solicitud.

En esta instancia de la historia empieza la pesadilla, lo incomprensible, la broma, el chiste, la falta de respeto, la tomada de pelo, la incompetencia… ni todas a la vez y quizás ninguna de ellas, no sé, me supera, es mucho más de lo que mi raciocinio puede…

Fue cuando el jovencito que me estaba atendiendo con un nivel de seguridad tal que no daba para repreguntarle nada y con un tono de soberbia que me hacía sentir que yo era una simple porquería, me dice que para realizar ése trámite no hace falta ninguna nota y que además de los recibos de sueldo, debería traer la fotocopia de mi DNI, dos servicios a mi nombre, el extracto de las otras tarjetas en mi poder -las que figuraban en su lujoso monitor de no sé cuántas pulgadas y que vanagloriándose de la información que contaba en su poder me las dictó una por una-, y los resúmenes de cuenta de los otros bancos donde figuraran los pagos que realizaba de las mismas…

Creo que quedé estúpido varios segundos, mi mente intentaba relacionar lo que me estaban pidiendo con el que era motivo de mi visita al banco, y me nació hacerle el comentario que no me quería comprar ninguna Ferrari con la plata del Banco, que sólo quería aumentar un poco el límite de mi tarjeta y que por otro lado era cliente de la entidad hace más de 20 años y que nunca me había ni mudado ni dejado de pagar el total del resumen mensual de la tarjeta.
Creo que fue cuando noté que con su silencio y su mirada me estaba de alguna manera preguntando que parte de lo que tendría que traer no entendía…
Tragué saliva, mi mente repasó rápidamente lo que tendría que hacer para juntar lo que me pedía y cómo en realidad no era tampoco para tanto, le dije que en una hora volvía con lo solicitado, quería terminar el trámite y olvidarme para siempre.
Con orgullo de haber hecho lo que correspondía me dijo que le parecía muy bien y que quedaba en espera de mi regreso.

Me habrá llevado una hora juntar todos los datos y volví a la entidad. No había tenido en cuenta que ya era el mediodía y que en ese banco se ve que algunos empleados salen a almorzar por lo que de los cuatro escritorios activos para atender al público sólo uno estaba en funciones y ni siquiera era el mismo genio que me había atendido antes. Pero saqué otro numerito y me senté a esperar… A lo mejor tenía suerte y salía sorteado dos veces el mismo día.

Más o menos a la media hora estaba sentado en otro escritorio redondo, esta vez con otro empleado. Le cuento “todo” de vuelta… se pone a teclear y a clickear de tal manera que parecía estar jugando al Dragon Ball Fighter por varios segundos y me dice que tengo que volver con mis recién compilados datos el martes siguiente porque era cuando iba a estar el resultado del pedido de investigación financiera que había ya solicitado hora antes su compañero…

Le comento que nada me habían dicho de ello en mi visita anterior y que hasta en realidad me había despedido de su compañero con un “en un ratito vuelvo” y nada me había dicho al respecto.

Nuevamente tuve la sensación de volver a vivir ese sentimiento que una mirada y un silencio te hacen sentir un tarado que no entiende, pero esta vez mi paciencia ya estaba superando un poquito ese límite que a uno le hace perder la chabeta, por lo que creo que sin gritar pero si hablando un poco más fuerte que lo normal, solicité el libro de quejas y si era posible hablar con el gerente de la sucursal. También le aclaré que no me iba a mover de ese lugar hasta que no termine de redactar en dicho libro mi parecer respecto a todo lo hasta allí vivido.

Mi verdugo hasta ese momento, cambiando la cara y el tono de su voz de una manera realmente increíble, me suplica que no me enoje y que siempre se pueden resolver las cosas de manera fácil y amistosa…??? y me dice que me va a tomar todos los datos que traía y que iniciaba el trámite sin problemas y que el martes o más tardar el miércoles de la semana próxima, cuando ya esté el resultado de la “investigación”, me llamaba por teléfono y sin hacerme esperar me hacía firmar y listo. Más calmado y sin entender muy bien que es lo que había cambiado… asentí, me tomó los papeles que había llevado y me pidió el número de teléfono.

Pasó el martes, pasó el miércoles, el viernes, una semana, dos…

Vuelvo al banco, saco numerito, me siento, espero…

Más de una hora… y nuevamente sentado en un escritorio redondo, frente a otro empleado y contando una vez más el cuento de la buena pipa…

Un silencio ya conocido volvió a inundar el ambiente, tecleos, clickeos y gestos de mucha preocupación lograron que el empleado se levante y me diga que lo espere unos minutos…

Chauu… mezcla de un sentimiento de culpa por estar pidiendo algo tan complicado y de vergüenza porque sentía que ni para eso sirvo, estuve esperando varios minutos mientras veía que el joven habría y cerraba cajones, hablaba con compañeros de trabajo, iba y venía… Por Dios que no sabía si escaparme o esconderme abajo del escritorio, es más, hasta empezaba a culpar a mi señora por hacerme recordar cada dos por tres que tenía que hacer ese trámite.

Al regresar y con un verdadero gesto de preocupación, me dice que no encuentran “la carpeta…”, pero que “no me preocupe”, que para no tener que volver de vuelta con “todos los papeles”, se los mande por mail… o sea… los escaneara y los adjunte en un mensaje al banco para lo cual me daba anotado una dirección de correo electrónico.

No pude más que reírme, era la frutillita del postre que estaba faltando, tenía muy en claro que exactamente ahí iba a dejar todo y que no iba a utilizar nunca más la tarjeta del millón, pero no sin antes, y esta vez sí, hablar con el gerente y poner mi queja formal donde fuera.

Luego de una breve discusión y de hablar con el superior inmediato del joven que me estaba atendiendo, me dicen que no va hacer falta que mande nada porque en realidad yo era cliente de siempre, sabían quien era, que siempre pagaba el total y jamás había tenido ni el menor de los inconvenientes, que si me parecía bien $90.000 de límite (cinco veces más de lo que había solicitado) y que sólo faltaría firmar un par de cosas y listo.

Me volví a sentar, si bien todavía estaba en la silla en realidad me encontraba parado, y ni siquiera me salió un “está bien”, pero se dieron cuenta por mi postura que aceptaba terminar todo allí.

Manos a la obra nuevamente sobre la terminal, el joven que me atendía entró y salió innumerables veces de distintos menús e imprimió no menos de 20 hojas de las cuales al menos la mitad me hizo firmar y poner la aclaración. (creo que por lo menos fueron 12 firmas).
En su momento y antes de irme me dijo que me fije al día siguiente por web que ya iba a estar cargado el nuevo límite…

Hoy, antes de ponerme a escribir como un loco y a varios días hábiles desde esa última vez que fuí, ya tenía decidido no volver a ir y no volver a utilizar esa tarjeta…

Pues acababa de entrar por enésima vez al homebanking y mi límite de tarjeta, cómo el más grande y sólido monumento, allí está, inmóvil, inmaculado, con el exacto mismo valor de siempre y sin sopechar, que por detrás, hubo un ridículo e inútil intento de cambiarlo.

Daniel Calcagni

Los que me conocen saben que me gusta escribir, a ellos les comento que ni inventé ni exageré absolutamente nada. Esta vez la realidad ha superado con creces la más loca e inusitada imaginación.