Daniel Calcagni

Rayito de luz.

Su nombre era Aldo, Mugroso le decían los niños del barrio, más bien algunos se lo gritaban. Los vecinos del lugar ya habían perdido la noción del tiempo y símplemente aseguraban que desde siempre Aldo era el pordiosero de la plaza. Dormía en la casillita donde estaban los motores del riego del verde y florido parque, él muy seguro decía que muy bien los cuidaba.

A pesar de su pobre apariencia y su falta de pulcritud, su corazón brillaba por todos lados y la bondad sobresalía en todos sus actos. Hasta solía comprar con lo poquito que le sobraba de las limosnas, luego de hacerse de un poco de mortadela y pan para pasar el día, caramelos para esconder en los huequitos de los árboles y así los niños pudieran encontrar increíbles tesoros en sus imaginarios juegos de piratas.

Siempre al lado de sus dos fieles perros, compañeros tanto en sus penurias y hambrunas como en las alegrías de aquellos felices días donde los rayos del sol permitían que el barullo de los niños jugando pudiera apenas tapar el cantar de los pájaros anunciando la más lindas de las primaveras, solía leer una y otra vez todos los libros que llegaban a sus manos. El mismo solicitaba a todos los que le preguntaban que nesecitaba, “libros, muchos libros” decía. Disfrutaba sobremanera poder entrar en los mundos que la lectura de cada uno de ellos le solían brindar.

En una de esas tardes frías de invierno, bajo la tenue luz de uno de esos faroles de la plaza que le permitían leer hasta que muchas veces el mismo sueño le ganaba, notó que el viento le arrimaba una pequeña caja muy prolija y delicadamente cerrada. No era como esas cajas medio rotas y malolientes que solía abrir para ver si algo de su contenido le pudiera servir, ésta no solo era muy bonita, sino parecía perfumada con un bellísimo aroma que hasta le parecía familiar.

No iba abrirla, seguro que no. No sólo no era de su propiedad sino que lo sería de alguien cuyo contenido podría cambiarle la vida, y más vale que nadie debería demorar tal sagrado suceso. Por ello, y con la poca luz que la espesa niebla dejaba pasar, pudo ver en ella un sólo escrito, parecía una dirección y sospechaba que era a sólo unas pocas cuadras de allí, por lo que no dudo en intentar llevársela a quién sería su verdadero dueño.

Al encontrar el destino y golpear varias veces sólo tuvo tiempo, una vez abierta la puerta y asomarse una delicada señorita, para escuchar que no tenían nada para dar y que no les hacía falta nada. Apenado por su apariencia y justificando absolutamente la reacción de la mujer, intentaría volver a golpear e intentar llegar a decir cual era su propósito. Pero esta vez al abrirse la puerta se produjo un inesperado silencio, debido no sólo porque en aquél instante él quedaba obnubilado por la belleza de quien lo estaba atendiendo, sino porque a ella le pareció totalmente inusual que los dos perros que lo acompañaban, cada uno de ellos sentados a su lado y como esperando el más sabroso trozo de carne, la miraran como suplicándole se callara y escuche lo que su dueño tenía para decir…

Así fue que él pudo decirle que una caja llegó inesperadamente a sus manos y que sólo había una dirección escrita en ella, y extendiendo sus arrugadas y percudidas manos le hizo entrega del misterioso paquete.
Al tomarla en sus manos y observarla, ella le dice que en realidad no hay ninguna dirección escrita y que solo lograba leer unas pocas palabras en ella: “rayito de luz”

El silencio se hizo eterno y el pobre Aldo, mientras sus piernas se debilitaban y sus rodillas pegaban contra el piso, recordó inmediatamente de donde presentía que ese hermoso aroma le era familiar: la canasta con su rayito de luz… su amada hijita con apenas meses de vida cuando fue dejada en la puerta de la iglesia. La madre los había abandonado y él, desesperado, no había encontrado mejor opción que ésa. Al muy poco tiempo, el hecho de haber querido recuperarla y no haberlo podido lograr, lo habría motivado a llevar esa vida de tantos años de sufrimiento, de tanta culpa con la que nunca había podido lidiar.

Desconsolado, por fin pudo ponerse a llorar…

Reconvertido en un abuelo, sin la barba desprolija, con un corte de pelo bien a la moda, siempre al lado de sus amados y ahora limpios perros y empleado como experto vendedor en la librería del barrio, pudo disfrutar en sus últimos y poquitos años de vida -estaba enfermo sin saberlo-, de una hija maravillosa que supo darle todo lo que pudo a cambio de tantos años de ausencia y de un increíble nieto que siempre decía sentirlo desde mucho antes.. y que en algunos de sus sueños, sobre todo cuando estaba triste, jugaba con una linda y muy perfumada cajita mágica.

 

Daniel Calcagni.

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