Daniel Calcagni

Nada es para siempre…

Hoy parece ser uno de esos muy pocos días que han sido creados sólo para mí. Me encuentro sentado de piernas cruzadas en el suave césped de un paradisíaco parque, lleno de frondosos árboles y espectaculares flores, con el más increíble espejo de agua cómo paisaje de fondo y en donde si no fuera por la mágica intervención del sol, con sus cálidos rayos y coloridos reflejos, casi sería imposible distinguir donde aparentaban terminar sus aguas y comienza el bellísimo cielo.

Es tanta, tanta la paz que reina, la felicidad que siento y tan fuerte la necesidad de que este instante se prolongue hasta esos límites en donde el tiempo parece detenerse y todo resulta maravilloso, que decido quedarme lo más quieto posible, no moverme para nada, que sólo la respiración suave de un cuerpo en total relajación sea la que dirija los tiempos y que la más simple de las meditaciones pudiera llenarme de vida todo posible pensamiento.

Me concentro en quedarme quieto, inmóvil, en un silencio tan absoluto que el canto de las aves parecen acompañar con sus ritmos mi cada vez más espaciada respiración.

Estoy feliz, me quedo inmóvil…
Perpetuar este momento es esencial.

Felicidad, quietud, armonía…

Respiro hondo, suave, espaciado.

Paz…

Felicidad…

Armonía…

Pucha… se me durmió un pie…

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