Ya no quiero…

– Mami, ya no quiero ser doctor…

– Pero hijo, por qué no? Si hasta ayer con mucho entusiasmo decías que lo serías?

– Bueno, en realidad lo quisiera… pero nunca lo podría lograr.

– Qué locuras dices? Claro que lo podrás ser ! Y serás uno muy bueno, el mejor, porque no sólo vas a curar a los enfermos, también vas a lograr querer a tus pacientes y que ellos también te quieran a tí, y eso… no todos los médicos lo pueden o quieren conseguir. Pero contame… Hoy, tuviste un problema en el colegio?

– No Má, nada, nada. Yo sé que soy chiquito, pero sin embargo puedo ver algunas cosas:
Veo todo el esfuerzo que hace papá, fuera de casa durante todo el día para poder traer un peso -no le digas nada pero hasta lo escucho llorar algunas veces por las noches-, veo tu sacrificio diciendo que ya estás llena para darnos un poquito más de comida a nosotros y cuan cansada y derrotada te vas a dormir todas las noches después de acostarnos y taparnos a todos, sé lo que les costó comprarme los útiles para que en el primer día de colegio tuviera todo, la cantidad de cuadras que has caminado para conseguirlos un poco más baratos que en la librería de la esquina, y también me doy cuenta de todo la precaución y esmero que vos y papá ponen en educarnos bien y brindarnos buenos valores, para que de grandes podamos ser como ustedes, todo un ejemplo, buenas personas, adorables padres y ángeles protectores, pero también percibo que hay un afuera de casa que no me va a dejar serlo, compañeritos que en lugar de compartir conmigo las enseñanzas de los maestros van a hacer todo lo posible para divertirse a costa mía, sin percibir el daño que me hacen, maestros que en lugar de ponerse en mi lugar y ayudarme a pedirles que no sean así conmigo, prefieran callarse para que no los insulten y un sistema educativo que en lugar de atajarme mientras me vengo cayendo con todo mi futuro enroscado entre las piernas, preocupado quizás en otras cuestiones… simplemente mira para otro lado.

No Mami, por favor… dejame seguir jugando con fantasías hasta que sea muy, muy grande… tú y papi merecen mucho más que verme triste y fracasado.

 

Daniel Calcagni.

La caja malvada.

Él tenía una pequeña caja donde almacenaba sus recuerdos, había sido diseñada para eso, para guardar recuerdos, pero como suele suceder, terminó guardando en ella de todo un poco, así que además contenía ilusiones, sueños, ambiciones, rencores, deseos y palabras que nunca se dijeron.

A él le gustaba imaginar que su caja era de marfil, aún cuando el tiempo demostró que era sólo de hueso común y, también suponía que en su interior había una infinidad de pequeños compartimentos donde él, se esforzaba por ordenar todo lo que allí guardaba, sin embargo cuando quería recuperar algo descubría con pesar que no estaba en el lugar donde lo había depositado y era necesario invertir mucho tiempo en su búsqueda, a veces pasaban semanas sin que apareciera.

Le preocupaba el hecho de que las cosas cambiaran de lugar y a veces pareciera que se ocultaban, por lo que comenzó a obsesionarse con la idea de que la caja tenía vida propia y era ella quien las movía, esto claro está, sólo para molestarlo.

Una tarde de primavera, caminando de su trabajo a casa, cruzó un parque en el que un macizo de azucenas estallaba en grandes ramos de flores, le pareció recordar que su madre, en la casa donde pasó su infancia, cultivaba en una maceta una planta similar, buscó de inmediato ese recuerdo en su caja de marfil y la caja con una risa ahogada que nada más él podía oír, le devolvió otro recuerdo, también de su Madre y de flores; pero en este aparecía ella muy bien arreglada, peinada, maquillada, vistiendo su mejor vestido, con las manos cruzadas sobre el pecho, los ojos entrecerrados y reposando en un ataúd toda rodeada de flores. Las lágrimas inundaron sus ojos, su cabeza giraba vertiginosamente, sus piernas escasamente lo sostenían, mientras de la caja salía una risa que lo estaba volviendo loco y a la que no podía acallar.

Estaba claro que la caja lo acechaba, buscaba sus momentos de distracción para revolver sus recuerdos y así herirlo, cambiando los tristes por alegres y viceversa y, conforme pasaba el tiempo, la caja ideaba más formas de perseguirlo con el único propósito de hacerlo sufrir.

Una noche de verano, en su cama lo acompañaba la soledad, hacía calor pero la soledad es una fría compañera por lo que se cubría con una vieja manta de la cual no podía recordar su origen, imposible conciliar el sueño, el ruido infernal de miles de pequeños compartimentos abriéndose y cerrándose mientras intercambiaban su contenido le impedía descansar, cerraba los ojos y aun así veía cómo la caja disimuladamente lo observaba, veía su desesperación, medía su angustia y conforme estas crecían, la caja más y más desordenaba su contenido, como un experto croupier que barajara un mazo de cartas.

Ante la imposibilidad de detener la frenética actividad de la caja, decidió seguirle el juego y concibió una idea que le pareció magistral, ya no buscaría más nada, de ahora en adelante sólo abriría un compartimento al azar y recrearía su contenido. Dejó que los compartimentos giraran y giraran y cuando supuso que la caja estaba descuidada, atrapó uno y lo sostuvo con firmeza; una pequeña etiqueta de color amarillo montada en un porta etiquetas de metal oxidado indicaba con tipografía antigua: “Ilusiones”.

Su corazón se aceleró, su respiración se agitó, los nervios lo traicionaban, ¿qué podría haber allí? Estarían las tantas veces que sus sentidos lo engañaron jugándole malas pasadas o serían situaciones irreales que alguna vez le sugirió la imaginación? Abrió el compartimento y de él salto una muchacha joven, rubia, sonriente y de cara bonita, era Marlene aquella compañera de su primer trabajo, a dos escritorios de distancia la miraba de soslayo buscando evitar que se diese cuenta de que él no podía apartar su mirada de ella.

Marlene además de rubia y bonita, era simpática, por lo que siempre estaba rodeada de uno o varios compañeros de trabajo, esto aunado a la timidez de él, limitaba la ilusión a sólo mirarla. Una tarde coincidieron a la salida del trabajo, llovía y él ofreció acompañarla y compartir su paraguas, con una sonrisa enorme que mostraba lo blanco de sus perfectos dientes ella dijo Siii con marcado entusiasmo, lo tomó del brazo y acercando su cuerpo al de él caminaron hacia la estación del transporte.

Finalmente él tenía la oportunidad que tanto había imaginado, estar a solas con ella y decirle lo que sentía, pudo haber dicho “Quiero todo contigo” o “Me gustas” o “Te veo y me estorba la ropa” o simplemente “Te invito un café”, pero la mano de ella tomándolo del brazo, su cuerpo tan cerca del suyo bajo el paraguas, las piernas rosándose a cada paso y el perfume embriagador que de ella emanaba, le sellaron los labios, sin poder articular palabra alguna la acompañó hasta el transporte hizo un ademán que pudo haber sido un adiós y se perdió en medio de la lluvia.

Los sollozos ahogaban su garganta, la tristeza lo invadió y cuando quiso depositar el compartimento en su lugar vio con horror que la caja había hecho otro cambio, sólo que en esta ocasión en vez de cambiar el contenido, había cambiado la etiqueta, el sudor que caía de su frente diluyó la tinta de la sobre escritura “Ilusiones” y dejó al descubierto el título original: “Palabras que nunca se dijeron”.

Con el paso del tiempo la situación empeoraba, la caja no sólo cambiaba las cosas de lugar, ahora además abría permanentemente diferentes compartimentos y le leía en voz alta su contenido. Un día proveniente de un compartimento etiquetado como “Ambiciones”, le leyó al máximo volumen, aquel proyecto de estudiar Derecho y convertirse en un paladín de la justicia, defender a los inocentes, procesar a los culpables y, ser reconocido por su imparcialidad y buen juicio.

Y entonces, por primera vez reconoció que la caja tenía vida e inteligencia propia y comenzó a tratar de dialogar con ella, -sí, yo ambicionaba ser Abogado porqué mi Padre fue injustamente despojado de todo lo que logró en su vida y yo debía recuperarlo e impedir que eso le sucediera a otros-.

La caja rápidamente abrió otro compartimento, en este caso uno etiquetado como “Definiciones” y recitó. Ambición: Deseo ardiente de conseguir algo por lo que se lucha con vehemencia. Acto seguido lo increpó, tú qué hiciste además de fantasear con la idea e imaginarte en el estrado dictando sentencia, cuándo tomaste un libro de leyes? Cuándo preguntaste en la escuela libre de derecho cuáles eran los requisitos de admisión?

Y nuevamente la caja abrió otro compartimento la etiqueta decía: “Hechos”, de allí resumió rápidamente su vida: Burócrata de lunes a viernes, trabaja en oficina de gobierno de ocho a tres, las tardes televisión, los fines de semana cine y futbol.

La caja entonces le brindó una nueva sorpresa; inició moviendo su contenido a voluntad, luego comenzó a hablarle y ahora le proyectaba imágenes. Él cerró los ojos y los cubrió con ambas manos, aun así las imágenes de una nitidez impresionante seguían desfilando frente a él, en ella se vio como la caja lo veía, estaba él en un salón enorme lleno de escritorios, vistiendo un viejo traje obscuro, brillante de tanto plancharlo, camisa blanca con el cuello percudido, corbata descolorida salpicada de algunos restos de pasadas comidas, atrás de un escritorio gris repleto de expedientes amarillentos que simulaba estudiar y que en realidad sólo tomaba de un anaquel para colocarlo en otro (lo mismo que hacía la caja).

La aflicción lo invadió, las imágenes se seguían proyectando, las voces no cesaban, seguía el movimiento de los recuerdos, ilusiones, sueños, ambiciones, rencores, deseos y palabras que nunca se dijeron y, que no eran otra cosa más que su vida.

Era necesario acallar las voces! Era necesario parar el movimiento de los compartimentos! Había que borrar las imágenes! Buscó con desesperación la llave de la caja, había decidido vaciarla de una vez por todas, recorrió la pequeña habitación y no la encontró, terminó agitado, con un fuerte dolor en el pecho y recargado en el viejo escritorio de su abuelo que hoy ocupaba una esquina del aposento, revisó los cajones, buscó algo que le permitiera abrir la caja y, así encontró un objeto metálico, lo recargó en el borde de la caja y lo oprimió contra ella.

Se escuchó un gran estruendo que acalló las voces, la tapa de la caja voló en mil fragmentos de hueso, de hueso común, los compartimentos se esparcieron por toda la habitación incrustándose en las paredes de la misma, dejando allí pequeñas marcas de color sepia y su contenido al contacto con el aire se inflamaba, produciendo diminutas llamas rojizas.

Ahora sólo hay silencio y por fin él ha recuperado la paz y tranquilidad perdidas hace ya tanto tiempo.

***

Más tarde, sentados en la orilla de la cama, el médico forense y el inspector de policía observan la habitación y el desastre que allí impera, el inspector mira con detenimiento el antiguo revólver y dice en voz muy baja, como si hablara consigo mismo: “Hubiera jurado que este viejo armatoste no disparaba”.

Omar Alvarado Díaz.

Sólo un juego…

Hagamos un ejercicio mental, como un simple juego, sólo éso. Posicionémonos temporalmente en el año 2100, cómo si tuviéramos la posibilidad de visitar por unos instantes ese tiempo, para luego retornar al nuestro.

Vemos que las fábricas están 100% automatizadas, la tecnología avanzó hasta límites donde no se necesita la mano de obra del hombre y todo parece estar “perfectamente” diseñado.
No existen los chóferes, todos los móviles son autómatas y nos dicen que se logró erradicar por completo los accidentes.
Todas las tareas agropecuarias fueron reemplazadas por sistemas inteligentes que hasta permitieron que el ser humano ni siquiera necesite controlarlos.
La inteligencia artificial logró avanzar al punto de no poder distinguir a un ser humano de un robot, sin embargo estos últimos son más fuertes, duraderos y no cuestionan.
El sistema de seguridad y de control ciudadana no requiere más de seres humanos para s funcionamiento y los índices de delincuencia son
prácticamente nulos.
Los jueces fueron reemplazados por tecnología que puede ver e interpretar los recuerdos de las personas accediendo a la memoria.
No existe prácticamente la basura, ésta ya se convierte energéticamente y todas las funciones de limpieza están automatizadas.
La educación ya no requiere ni tiempo ni maestros, son implantes neuronales y se reparten muy discriminadamente.
Los viajes virtuales son mucho más cómodos y seguros.
Médicos y enfermeros fueron reemplazados por sofisticados scanners que curan inmediatamente las pocas enfermedades que todavía no pudieron ser erradicadas.

Luego, al regresar… simplemente preguntémonos:

Los que parecen avances… lo son?
Cómo habrán evolucionado los sistemas gubernamentales?
Donde habrá quedado la dicotomía capitalismo – comunismo?
Cómo se habrán acomodado las divisiones territoriales?
Que habrá pasado con las obsoletas clases sociales?

En que se habrá convertido el ser humano?
Que hará de su día?
A qué le temerá?

Nuestras preocupaciones de hoy, son las adecuadas…?

Imaginar destinos muy distantes, muhas veces puede ayudar a medir los pequeños pasos que vamos dando…

Sólo un juego…

Daniel Calcagni

Rayito de luz.

Su nombre era Aldo, Mugroso le decían los niños del barrio, más bien algunos se lo gritaban. Los vecinos del lugar ya habían perdido la noción del tiempo y símplemente aseguraban que desde siempre Aldo era el pordiosero de la plaza. Dormía en la casillita donde estaban los motores del riego del verde y florido parque. Él muy seguro decía que muy bien los cuidaba.

A pesar de su pobre apariencia y su falta de pulcritud, su corazón brillaba por todos lados y la bondad sobresalía en todos sus actos. Hasta solía comprar con lo poquito que le sobraba de las limosnas, luego de hacerse de un poco de mortadela y pan para pasar el día, caramelos para esconder en los huequitos de los árboles y así los niños pudieran encontrar increíbles tesoros en sus imaginarios juegos de piratas.

Siempre al lado de sus dos fieles perros, compañeros tanto en sus penurias y hambrunas como en las alegrías de aquellos felices días donde los rayos del sol permitían que el barullo de los niños jugando pudiera apenas tapar el cantar de los pájaros anunciando la más lindas de las primaveras, solía leer una y otra vez todos los libros que llegaban a sus manos. El mismo solicitaba a todos los que le preguntaban que nesecitaba, “libros, muchos libros” decía. Disfrutaba sobremanera poder entrar en los mundos que la lectura de cada uno de ellos le solían brindar.

En una de esas tardes frías de invierno, bajo la tenue luz de uno de esos faroles de la plaza que le permitían leer hasta que muchas veces el mismo sueño le ganaba, notó que el viento le arrimaba una pequeña caja muy prolija y delicadamente cerrada. No era como esas cajas medio rotas y malolientes que solía abrir para ver si algo de su contenido le pudiera servir, ésta no solo era muy bonita, sino parecía perfumada con un bellísimo aroma que hasta le parecía familiar.

No iba abrirla, seguro que no. No sólo no era de su propiedad sino que lo sería de alguien cuyo contenido podría… ¿quién sabe? hasta cambiarle la vida. Y más vale que nada debería demorar tal sagrado suceso. Por ello, y con la poca luz que la espesa niebla dejaba pasar, pudo ver en ella un sólo escrito, parecía una dirección y sospechaba que era a sólo unas pocas cuadras de allí, por lo que no dudo en intentar llevársela a quién sería su verdadero destinatario.

Al encontrar la dirección y golpear la puerta varias veces, sólo tuvo tiempo una vez que se asomara una delicada señorita, para escuchar que no tenían nada para dar y que no les hacía falta nada. Apenado por su apariencia y justificando absolutamente la reacción de la mujer, intentaría volver a golpear e intentar llegar a decir cual era su propósito. Pero esta vez al abrirse la puerta se produjo un inesperado silencio debido no sólo porque en aquél instante él quedara obnubilado por la belleza de quien lo estaba atendiendo, sino porque a ella le pareció totalmente inusual el hecho que los dos perros que acompañaban al extraño personaje, cada uno de ellos sentados a su lado y como esperando el más sabroso trozo de carne, la miraran como suplicándole que sólo prestara atención a lo que tendrían para decirle…

Así fue que él pudo decir que una caja llegó inesperadamente a sus manos y que sólo había una dirección escrita en ella, y extendiendo sus arrugadas y percudidas manos le hizo entrega del misterioso paquete.

Al tomarla en sus manos y observarla, ella le dice que en realidad no hay ninguna dirección escrita y que solo lograba leer unas pocas palabras en ella: “rayito de luz”

El silencio se hizo eterno y el pobre Aldo, mientras sus piernas se debilitaban y sus rodillas pegaban contra el piso, recordó inmediatamente de donde presentía que ese hermoso aroma le era familiar: la canasta con su rayito de luz… su amada hijita con apenas meses de vida cuando fue dejada en la puerta de la iglesia. La madre los había abandonado y él, desesperado, no había encontrado mejor opción que ésa. Al muy poco tiempo, el hecho de haber querido recuperarla y no haberlo podido lograr, lo habría motivado a llevar esa vida de tantos años de sufrimiento, de tanta culpa con la que nunca había podido lidiar.

Desconsolado y luego de largos y tristes años, Aldo por fin pudo ponerse a llorar…

Reconvertido en un abuelo, sin la barba desprolija, con un corte de pelo bien a la moda, siempre al lado de sus amados y ahora aseados perros, y empleado como experto vendedor en la librería del barrio, pudo disfrutar en sus últimos y poquitos años de vida -estaba enfermo sin saberlo-, de una hija maravillosa que supo darle todo lo que pudo a cambio de tantos años de ausencia y de un increíble nieto que siempre le decía sentirlo a su lado desde mucho antes… y que en algunos de sus sueños, sobre todo cuando estaba triste, jugaba con una linda y muy perfumada cajita mágica.

Daniel Calcagni.

El árbol de las manzanas.

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles.

Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.

Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar. Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa”. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario. Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, le preguntó el árbol.

El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo. Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera manzanas”.

El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El hombre se sentó junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.

Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con ellos… Cuando crecemos los dejamos… Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas… No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices.

( Zel Sillberstein )

Nada es para siempre…

Hoy parece ser uno de esos muy pocos días que han sido creados sólo para mí. Me encuentro sentado de piernas cruzadas en el suave césped de un paradisíaco parque, lleno de frondosos árboles y espectaculares flores, con el más increíble espejo de agua cómo paisaje de fondo y en donde si no fuera por la mágica intervención del sol, con sus cálidos rayos y coloridos reflejos, casi sería imposible distinguir donde aparentaban terminar sus aguas y comienza el bellísimo cielo.

Es tanta, tanta la paz que reina, la felicidad que siento y tan fuerte la necesidad de que este instante se prolongue hasta esos límites en donde el tiempo parece detenerse y todo resulta maravilloso, que decido quedarme lo más quieto posible, no moverme para nada, que sólo la respiración suave de un cuerpo en total relajación sea la que dirija los tiempos y que la más simple de las meditaciones pudiera llenarme de vida todo posible pensamiento.

Me concentro en quedarme quieto, inmóvil, en un silencio tan absoluto que el canto de las aves parecen acompañar con sus ritmos mi cada vez más espaciada respiración.

Estoy feliz, me quedo inmóvil…
Perpetuar este momento es esencial.

Felicidad, quietud, armonía…

Respiro hondo, suave, espaciado.

Paz…

Felicidad…

Armonía…

Pucha… se me durmió un pie…

Pensaba…

De algo estoy seguro, y a las pruebas me remito.

El cuerpo humano fue diseñado para una duración no mayor a una centena de años y con un instinto de supervivencia que, entre otras imprescindibles funciones, le permite reproducirse y evitar que la especie se extinga.
Para ello fue minuciosamente programado, pues podemos sentir placer en todo aquello que permitiera conservar esta fundamental consigna y miedo o dolor para todo aquello que se oponga a la misma.

Hasta en el más mínimo de los detalles se observa pura perfección, nuestra avanzada estructura, nuestra composición química, nuestro increíble metabolismo, el maravilloso control neuro-psíquico permitiendo los equilibrios físico y sentimentales que nos permiten vivir, e innumerables e increíbles propiedades que los humanos tenemos innatas y que de las cuales, la gran mayoría aún no pueden ser siquiera bien comprendidas.

Les comento un solo detalle que siempre me causó mucha impresión. Al estudiar con instrumental sofisticado el comportamiento nervioso que nos permite retirar por ejemplo la mano en el preciso instante que recibimos una señal de dolor, como por ejemplo el causado por un pinchazo, se comprobó que los tiempos entre el instante en que recibimos la agresión, sensarla y convertirla en impulsos eléctricos para poder ser procesadas, el viaje hasta el cerebro para generar el sentimiento de dolor, la producción de las señales nerviosas necesarias para generar el movimiento de repulsión al pinchazo y finalmente mandarlas a la extremidad involucrada para provocar la reacción que creemos involuntaria, son mayores al tiempo mismo de respuesta que realmente se puede observar…

Como que el cuerpo humano, naturaleza viva la llamó yo, toma el control del tiempo en estos casos y permite que pinchazo y reacción ocurran al mismo tiempo. Llámenlo si quieren “predicción”, “detención del tiempo”, “magia” o como quieran… A mí, y con mis pocos conocimientos de física universal, me gustaría llamarlo: “un claro ejemplo de física cuántica”, pero no es el objeto de este texto, ni el momento de extenderlo.

Me causa gracia pensar que es ahí cuando los científicos, indefensos y desorientados, tienen que buscar al boleo alguna teoría que no los deje, al menos para ellos, inútiles y descolocados.

A que viene tanta y complicada introducción?

Al hecho de querer llegar a una conclusión contundente respecto a nuestro eterno desconocimiento sobre lo que nos va a pasar después de la muerte. Y esa conclusión, a mi muy humilde entender, es que no fuimos “programados” para saberlo por el fundamental motivo que “no lo debemos saber”.

Y creo que no es casual ni arbitrario que así sea, imaginemos por ejemplo que supiéramos que la conciencia, que es lo único que realmente nos permite sentirnos vivos, viajará a dimensiones maravillosas…. Ésto iría prácticamente en contra del instinto de supervivencia anteriormente comentado y ningún sentido tendría nuestra instancia en este mundo si pensáramos que ante cualquier inconveniente que tengamos, la mejor opción sería la muerte como escape a una vida mejor.

Si imaginan un mundo así?

Hay muchos estudios y teorías que intentan ubicar dentro del cuerpo humano el lugar exacto donde reside la conciencia y cómo surge en ella la existencia. Si quieren en otra publicación puedo comentarles lo que estuve investigando al respecto. Pero sí les puedo anticipar que la glándula pineal tiene mucho que ver con ella, y la física cuántica como las teorías multidimensionales tratadas en las teorías de cuerdas les dan un aspecto, si bien muy metafísico, también bastante lógico.

Más vale que no es para nada mi intención entrar en cuestiones filosóficas, ni en discusiones metafísicas, sólo quiero que como yo, se maravillen de pertenecer a una de las especies más maravillosas que podamos observar.

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Daniel Calcagni

El estado ideal según Platón.

Platón fue sin ninguna duda un reformador político, y si bien puede que lo haya sido en un plano netamente teórico, es sorprendente la concepción que tenía sobre el estado ideal, tal como a el mismo le gustaba llamar.

En su análisis sobre la Atenas de su tiempo, Platón encontraba dos defectos fundamentales:

La incompetencia e ignorancia de los políticos y las luchas entre los grupos de los oligarcas y los demócratas, los cuales ponían sus propios intereses por encima de los del Estado.

Por ello todos sus esfuerzos se encaminaron a diseñar una reforma política, que finalmente fue explicitada en su diálogo “República”, en la cual presentaba un modelo de Estado o ciudad ideal. La misma fue derivando secuencialmente en el tiempo su formación, a partir de un estado basado en una ciudad lujosa y medianamente culta, que a su vez procedía de otro modelo de ciudad primitiva y mucho más arcaica.

Esta ciudad ideal sería aquella donde reine la justicia, tanto en lo individual como en lo colectivo. Platón creía que la única forma de asegurar una buena y justa vida al individuo es gracias a la existencia de una buena justicia a nivel colectivo.

Por otro lado sostenía que dos eran las tesis principales de su teoría política:

1) El gobierno debe indefectiblemente basarse en un conocimiento legítimo y verdadero.
2) La sociedad tiene que ser una mutua satisfacción de necesidades entre sus miembros, cuyas capacidades se tienen que complementar.

Estas tesis llevó a Platón a plantear una sociedad estructurada en tres grupos bastante cerrados, cada uno de los cuales practica una virtud particular, pues en cada uno de ellos domina una de las partes de lo que para él estaba compuesta el alma humana.

Estableciendo la relación entre psicología, ética y política, la estructura quedaba definida de la siguiente manera:

– La parte del alma “racional”, le tocaba a los “gobernantes”, los cuales tendrían “prudencia y sabiduría”.
– La parte del alma “irascible”, les tocaba a los “guardianes”, por su “valentía y fortaleza”.
– Y finalmente el alma “concupiscible”, era para los “productores” por su “templanza”.

A pesar de este diseño, Platón no rechazaba de ningún modo la movilidad entre clases sociales, a las cuales representaba mediante el “Mito de los metales”.
Él decía que los rectores estarían formados de oro, los guardianes de plata y los productores de bronce y hierro, pero si se detectara en los primeros algo de plata, hierro o bronce, serían degradados a las categorías inferiores, e igualmente si se detectara en los últimos plata u oro se promocionarían a las clases superiores. En esta movilidad social no habría diferencia alguna entre hombres y mujeres.

Es admirable pensar que estas ideas hayan nacido 4 siglos antes del nacimiento de Jesucristo.

Un hecho insólito para la época era que con el fin de que prevalezca el bien común sobre el particular, Platón elimina prácticamente este último en las dos clases superiores, exigiendo a los gobernantes y guardianes un régimen de vida sin constituir una familia ni asociación alguna con lazos afectivos y sin conocer su descendencia si la tuvieran.
Parecería como que sólo los llamados productores, o clase trabajadora de la ciudad ideal, gozarían de una vida normal con familia, amigos, etc.

Evidentemente Platón sabía la que “se vendría”

Por otro lado, el sistema educativo diseñado por Platón tenía la finalidad de preparar a las clases de los rectores y de los guardianes, excluyendo del sistema a los productores.
A su vez los gobernantes deberían ser seleccionados entre las mejores guardianes.

Su educación comprendería cuatro etapas:

1º etapa. Hasta los 20 años.
– Música, leyendas y poesías para el alma.
– Gimnasia para el cuerpo.
– Conocimientos instrumentales (cálculo elemental, escritura y lectura)

2º etapa. De 20 a 30 años. (sólo accederán los mejores.)
Diseñada específicamente para los defensores.
Comprende saberes dianoéticos, aritmética, geometría, armonía y astronomía.

3º etapa. De 30 a 35 años.
Dedicada al estudio exclusivo de la dialéctica, que tiene por objeto conocer las Ideas, sus propiedades y relaciones.

4º etapa. De 35 a 40 años.
En ella los dialécticos, potenciales rectores, alternarán épocas de estudio con épocas de prácticas de gobierno junto a los arcontes o gobernantes veteranos.

Recién luego podrían asumir definitivamente las tareas de gobierno.

Más vale que estamos a casi 2500 años de distancia de Platón, pero…

 

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En la tapa del libro publicada aparecen las figuras de Platón y Aristóteles.

Las mismas forman parte de una de una de las pinturas más destacadas del artista Rafael Sanzio (Urbino, 1483 – Roma, 1520) denominada “La escuela de Atenas” y fue esbozada entre 1509 y 1510 y concluida en 1512 como parte de un encargo para decorar las habitaciones del Papa y que se conocen como las estancias de Rafael, ubicadas en el Palacio Apostólico del Vaticano. Mide 7,60 metros de ancho y 5 metros de alto. Es una alegoría a la filosofía a través de una escena donde se dan cita varios filósofos. En el centro de la composición están Platón y Aristóteles debatiendo y sus gestos corresponden con sus posturas, pues Platón señala al cielo, lo cual simboliza su idealismo, el mundo de las ideas y Aristóteles señala al mundo, a lo terrenal lo cual simboliza su realismo.

Javy y Campeón.

El dueño de una veterinaria estaba colocando un anuncio en la puerta del negocio que decía: “Tenemos cachorritos muy lindos en venta”.

Esa clase de anuncios siempre atraen a los niños y pronto un niñito apareció en la tienda preguntando:
“¿Cual es el precio de los perritos?”

El dueño contestó: “Entre $300 y $1000”.

El niñito metió la mano en su bolsillo y sacó apenas un sólo billete de $10 y algunas pocas monedas:
“Mmm… creo que no llego… pero… ¿puedo verlos?”.

El hombre con una sonrisa en su expresión debido a la inocente situación, más vale que se prestaría a hacer feliz al niño y con un silbido llamó a su perra.

De la trastienda salió corriendo una hermosa perra seguida por cinco perritos. Uno de ellos, con una importante  dificultad en dar sus cortos pasitos, se iba quedando muy considerablemente retrasado respecto a los demás.

El niñito señalando al perrito rezagado que cojeaba, inmediatamente preguntó:

“¿Qué le pasa a ese perrito?”

El hombre le explico que cuando el perrito nació, el veterinario le dijo que tenía una cadera defectuosa, que conservaría esa malformación por el resto de su vida y que nunca podría ser normal.

El niñito se emocionó mucho y exclamó:
“¡Ése es el perrito que quiero comprar! ¿Cuánto cuesta?”

El hombre un poco sorprendido y casi sobrando la intención del niño le contesta:

“No, No… Tú no vas a comprar ese cachorrito!!! Si realmente Io quieres, no me queda más que regalártelo.”

El niñito con un cambio muy evidente en su expresión, mezcla de disgusto y mucha bronca, mirando directo a los ojos del hombre le dijo:

“Yo no quiero que usted me lo regale, creo que él vale tanto como los otros perritos, se lo voy a comprar y le pagaré hasta el último centavo!!!! De hecho, le voy a dar ya mismo todo lo que tengo y pasaré todos los sábados a la mañana a entregarle lo que vaya juntando por hacerle los mandados a mi mamá”.

El hombre mucho mas sorprendido y ahora desconcertado, con una débil voz y un poco atragantado, le contesta:
“Pero hijo… tú en verdad no querrás comprar ese perrito. Él nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros perritos”.

El niñito se agachó y levantando su pantalón para dejar al descubierto su pierna izquierda, la cual se veía cruelmente retorcida e inutilizada soportada por un gran aparato de metal, miró de nuevo al hombre y le dijo:

“Bueno, parece que yo tampoco voy a poder jamás correr muy bien, y por otro lado el perrito necesitará siempre a alguien que lo entienda y lo atienda”.

El hombre mordiéndose el labio, con sus ojos llenos de lágrimas y totalmente avergonzado… con una sentida sonrisa le dijo:

“Hijo, sólo espero y rezo para que cada uno de estos cachorritos tenga un dueño como tú”.

Javy y Campeón fueron amigos entrañables.

Demasiado.

Era un hombre muy enamoradizo pero, durante años, había logrado encontrar siempre una excusa para no abordar a las mujeres que amaba:
“ella es demasiado simpática, demasiado alta, demasiado sincera, demasiado guapa, demasiado rica, demasiado casera, demasiado directa, demasiado religiosa, demasiado niña, demasiado seria, demasiado…”.
Le vimos vivir una vida llena de demasiados y renuncias, tras la cual sólo nos quedó una dolorosa sospecha:
Ellas nunca habían sido demasiado; en cambio, él siempre fue poca cosa.