Daniel Calcagni

Urgencia de primavera.

Tal vez fue una semilla pasajera del viento. Tal vez alguna mano descuidada. O la travesura de un ángel jardinero. Hace tres años ha brotado en un balde de pintura con tierra, entre un montón de pasto anónimo y gris, un arbolito huérfano de padre y madre. Vertical como un grito, verde como un sueño. Me dijeron que era una morera. Perdida. Guachita. Sin futuro. La morera no me ha pedido cuidados especiales. Tampoco le importa si no tiene futuro. Solo quiere que la dejen vivir. Apurada por abrazar el cielo alcanza casi los dos metros. Ignora, como yo, de árboles y suelos, de botánica y química, de lógica y política. Sin saber ni pedir nada crece, crece. El verano pasado fue madre primeriza: parió unas moras chiquitas y abundantes, sabrosas y salvajes. Mirala vos, la que no tenía futuro. La morera ignora todo, pero se sabe las estaciones de memoria. Y dice que no ve la hora que sea primavera. Tal vez tenga razón. Ha sido un invierno demasiado largo.
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Horacio Sacco.
11 de agosto del 2016

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