Daniel Calcagni

Ese día…

Ese día, ineludiblemente iba a ser distinto…

Parecía simplemente que todo el mundo era diferente, la mañana tenía un aroma nunca antes percibido, los colores eran más vivos y el cantar de la naturaleza llegaba a mis oídos filtrando sutilmente los cotidianos ruidos de la urbe, como si el destino me invitara a dar definitivamente ese paso, ése que hasta ni en mi imaginación me podía animar a realizar.

Mi pecho tenía esa mañana otras dimensiones, lo sentía más grande, hasta tenía la sensación que había crecido, que era más alto, o era quizás que caminaba más erguido y por eso me parecía que el panorama de esas mismas  calles de todos los días mostraban otro paisaje.

Sin embargo mi pensamientos, aún confundidos por tantos cambios, empezaban a sospechar que todo ésto se debía a que simplemente estaba feliz, decidido, que mi vida tomaría por fin ese giro tan soñado.

Nunca me hubiera imaginado que para ella yo existía. La más hermosa, la dueña absoluta de todos mis sueños, de todos mis suspiros, me acababa de decir por primera vez “hola”, cuando nos cruzamos, como todos los días…

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