Daniel Calcagni

Papelitos.

Érase un pueblo tranquilo en el que habitaban muchos vecinos tranquilos. Todos llevaban una vida agradable y sencilla y cada uno deseaba prosperar. Pepe era uno de ellos. Una tarde Pepe salió a caminar por el pueblo y tuvo sed. Siguió caminando y tuvo más sed. Cuando volvió a su casa, y mientras descorchaba una botella, descubrió algo que nadie había descubierto antes: en el pueblo no había bares.

Pepe pensó que si montaba un bar podría ser feliz y hacer felices a otros dándoles de beber. Y además, ganar dinero.

Durante dos noches Pepe hizo un listado de lo necesario para montar el primer bar del pueblo: primero necesitaría diez mil monedas para comprar mesas, sillas, copas, bebidas y un palenque para que los parroquianos dejaran sus caballos; después le harían falta dos semanas para convertir su casa en un bar; y más tarde otras dos semanas para tener las mesas repletas de vecinos sedientos.

Su amigo Moncho, que esa tarde pasaba por allí, le dio un excelente nombre para el bar.

Por supuesto, Pepe no tenía diez mil monedas, pero durante la noche se le ocurrió una buena forma de conseguirlas. La tarde del sábado recortó mil papelitos y escribió en cada uno de ellos «Próximamente, bar de Pepe». El domingo, después de misa, se fue a la plaza del pueblo vestido con su mejor traje:

—Queridos vecinos, voy a montar un bar a las afueras del pueblo —dijo, y todo el mundo dejó de conversar para mirarlo.

—¡Qué gran idea! —exclamó Ramón, con su cigarro en la boca.

Pepe se sintió cómodo con la atención de todo el mundo y mostró en abanico los papeles recortados.

—Cada uno de estos mil papelitos cuesta diez monedas —les dijo Pepe a sus vecinos—. Quien me compre un papelito deberá guardarlo y no perderlo, porque de aquí a un mes, cuando mi bar tenga clientes, entregaré doce monedas por cada papelito que vuelva a mis manos.

—¿Pero no costaba diez monedas cada papelito? —preguntó Moncho, al que todos tenían por el tonto del pueblo—. ¿Por qué vas a regalar dos monedas?

—No es regalar, Moncho, es compensar. Compensaré a los que me ayuden a cumplir mi sueño, que es el de tener un bar en las afueras del pueblo.

—Tiene sentido —dijo el Alcalde—, mucho sentido.

—Me parece muy bien —sopesó Ernesto, que era rico y entendía de negocios.

—¡Qué gran idea! —dijo el cura Francisco, y rebuscó en sus bolsillos.

De ese modo tan simple, y en una sola mañana de domingo, Pepe consiguió el dinero para montar un bar: entre todos le entregaron diez mil monedas exactas por la venta de mil papelitos.

—Yo le compré dos papelitos —dijo Sabino, que era pobre y optimista.

—¡Yo treinta y seis! —exclamó Quique, que era codicioso y altanero.

—Yo le compré cinco papelitos, y pienso emborracharme en ese bar para celebrar el negocio más fácil de mi vida —dijo Luis.

Y todos rieron.

Pepe se fue a su casa ese domingo con las diez mil monedas en la mochila y se durmió pensando en su bar.

El lunes por la mañana viajó a la gran ciudad y compró madera para construir un mostrador robusto. Volvió a su casa y se puso a trabajar. No pasó por la plaza del pueblo en toda la semana. Es decir: no se enteró de que había encendido, entre sus vecinos, un extraño furor por los papelitos.

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La primera semana

La plaza del pueblo estaba llena de gente, y eso era muy raro para un lunes. Varios vecinos habían pasado la noche entera recortando y escribiendo sus propios papelitos, porque habían descubierto que también ellos tenían proyectos para ofrecer.

De pronto, la plaza se convirtió en un lugar atestado: los vecinos se subían a las farolas, o se trepaban a la fuente, para comprar o vender porciones de nuevos proyectos.

Esto ocurrió el lunes y el martes fue todavía peor. El miércoles ya no se podía caminar por la plaza. El Alcalde tuvo que poner orden y habilitó un lugar cerrado para que los vecinos pudieran reunirse sin destrozar los espacios públicos. Este pequeño local se inauguró el jueves por la mañana y fue bautizado con el nombre de Salón de los Papelitos.

Y así ocurrió que el viernes todos los que tenían un proyecto ya habían conseguido las monedas necesarias y se habían puesto a trabajar. Horacio buscaba los mejores sabores para su heladería, Pepe serruchaba la madera para el mostrador de su bar, Carmen afilaba tijeras para su flamante peluquería y Moncho compraba dos caballos para hacer viajes a la Luna.

Solamente quedaban, en el Salón de los Papelitos, un puñado de vecinos a los que nunca se les había ocurrido ningún proyecto interesante para llevar a cabo. Lo único que tenían estos vecinos eran papelitos.

—Necesito dinero para cigarros —se quejó Ramón en voz alta—. Hace unos días le cambié este papelito a Pepe por mis únicas diez monedas, pero la tabaquería de Raúl no me acepta papelitos, y necesito fumar.

—¡A mí me pasa lo mismo! —dijo Luis— ¡Quiero ir al cine y tengo los bolsillos vacíos!

Los murmullos fueron cada vez mayores.

—En tres semanas Pepe le dará doce monedas a quien le devuelva este papelito —dijo Sabino, con los ojos brillosos—. ¡Vendo mi papelito, ahora mismo, por nueve monedas!

—Trato hecho —exclamó Ernesto, que era rico pero quería serlo todavía más, y le arrancó el papelito de las manos a Sabino.

Ramón y Luis también vendieron su papelito por menos de diez monedas y, mientras uno corría a comprar cigarros y el otro al cine, los demás vecinos vieron que aquella era una nueva forma de hacer negocios, aunque ya no hubiera proyectos que vender.

Algunos se subieron a las sillas, otros a las mesas, y empezaron a ofrecer lo que tenían.

—¡Cambio cuatro papelitos de Horacio por dos papelitos de Carmen!

—¡Entrego ocho papelitos de Moncho y mi caballo por cincuenta monedas!

Cuando entró al Salón el cura Francisco, todos hicieron silencio.

—El día que Moncho puso a la venta sus papelitos —dijo el cura—, yo le compré algunos porque Moncho es tonto: los vende a siete monedas y devolverá quince. Pero ahora necesito monedas para arreglar la campana de la iglesia. Pongo a la venta mis papelitos de Moncho a seis monedas cada uno.

—¿Cuál es el proyecto de Moncho, padre? —preguntó Quique.

—Está construyendo un carro muy largo, tirado por dos caballos —dijo el cura—, el pobre quiere hacer viajes a la Luna.

Quique hizo un gesto negativo.

—¿Y si te los dejo a cinco? —regateó el cura Francisco.

—Los compro por cuatro, padre —dijo Quique, con gesto de limosna dominical.

—¡Ah, Dios te bendiga, hijo mío!

 

“En el mundo real el Salón de los Papelitos se llama Bolsa de Valores. Mientras que los papelitos pueden tener dos nombres: Bonos u Obligaciones. Las doce monedas que pagará Pepe cuando el bar se llene de parroquianos (o las quince monedas que pagará Moncho cuando logre ir a la Luna) se llaman Valor Nominal del Bono.”

 

La segunda semana

Habían pasado solo siete días y el hogar de Pepe ya no parecía una casa. En el comedor había una barra de madera lustrada, el baño se había convertido en dos baños (uno para las damas, otro para los caballeros) y las paredes estaban a medio pintar de un azul marino intenso. Pepe estaba feliz con el progreso de su proyecto, y ya estaba colocando en la fachada el cartel luminoso de su flamante bar.

Como aún no había bajado al pueblo, seguía sin saber que la vida de sus vecinos se había convertido en un ir y venir de papelitos que cambiaban de precio y de dueño.

Incluso el Alcalde, después de conversarlo una noche con su edecán, decidió sumarse a la nueva moda.

La mañana del segundo lunes salió al balcón con un megáfono y dijo:

—Vecinos, la plaza quedó estropeada después del furor de los papelitos.

Y era verdad. La primera semana de compra y venta de proyectos los jardines habían quedado deshechos y los espacios públicos parecían aplastados por una inundación.

—Necesito recaudar fondos para reparar la fuente, renovar las farolas y, por qué no, para comprarme una diligencia —dijo el Alcalde—. Desde este momento saco a la venta mil papelitos oficiales, cada uno cuesta un caballo. Cuando la fuente eche agua, las farolas den luz y mi diligencia me lleve lejos, devolveré dos caballos por cada papelito. Los papelitos oficiales están a la venta. ¡Corran, corran que se acaban!

Los papelitos del Alcalde se esfumaron en tiempo récord en el Salón de los Papelitos: todos en el pueblo entregaron sus caballos y las tareas cotidianas empezaron a hacerse de a pie.

La compraventa de papelitos siguió en aumento y ya no alcanzaban los lápices para apuntar quién era el dueño de qué. Algunos papelitos eran muy deseados: por ejemplo los de Pepe, que trabajaba día y noche en su proyecto del bar en las afueras. Pero a otros papelitos no los quería nadie: por ejemplo a los de Moncho, puesto que su artefacto para hacer viajes a la Luna, por el momento, solo constaba de dos caballos flacos unidos a un carro, y a otro carro, y a un tercero. Nadie creía que Moncho pudiera remontar el vuelo.

Ernesto, el vecino rico, había comprado papelitos sin ton ni son durante la primera semana, y ahora los papelitos de Moncho le quemaban en las manos. Pero como también tenía papelitos de Pepe, inventó algo que bautizó los Fajos de Ernesto.

Eran paquetes cerrados con cien papelitos de proyectos variopintos; por ejemplo, diez papelitos de Pepe y su bar, veinte de Horacio y su heladería, y setenta de Moncho y su extraño vehículo para hacer viajes a la Luna.

Durante todo el jueves los Fajos de Ernesto tuvieron gran éxito entre los vecinos del pueblo que buscaban como locos papelitos de Pepe o papelitos del Alcalde, pero el viernes Quique descubrió el truco y lo dijo públicamente en el Salón de los Papelitos:

—¡Cuidado, vecinos! Los Fajos de Ernesto a veces vienen con papelitos de Pepe o del Alcalde en la parte de arriba, y eso está muy bien, pero al fondo del fajo hay un montón de papelitos de Moncho, que jamás hará viajes a la Luna. Les propongo que, antes de comprar Fajos de Ernesto, pasen por mi casa para que los aconseje. Mi tarifa por cada consejo son seis monedas, o dos papelitos de Pepe.

urante el resto de esa semana, y la siguiente, los compradores de papelitos consultaron siempre a Quique antes de comprarle fajos a Ernesto.

Ernesto y Quique, que habían jugado al mus durante años en el centro recreativo, dejaron de hablarse para siempre.

 

“En el mundo real, los papelitos oficiales del Alcalde se llaman Títulos de Deuda Pública. Los fajos de Ernesto reciben el nombre de Obligaciones de Deuda Colateralizada. Mientras que la casa de Quique, el sitio a donde acuden los vecinos para saber si confían o no en los Fajos de Ernesto, se denomina Banca de Inversión.”

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La tercera semana

Ya habían pasado más de veinte días desde el inicio de las actividades cuando los vecinos del pueblo descubrieron que algunos proyectos ya estaban casi terminados, y en cambio otros seguían en pañales.

A Pepe solo le faltaba montar el palenque para que los caballos de los clientes pastaran fuera del bar.

Horacio había conseguido, con éxito, batir leche y frutas para su heladería, y solo le quedaba traer barras de hielo desde la gran ciudad.

Pero Carmen todavía no había encontrado un buen local para instalar su peluquería, aunque ya tenía docenas de tijeras afiladas.

Y qué decir de Moncho: sus caballos estaban cada vez más lustrosos, porque los cepillaba día y noche, y había conseguido atarlos a cuatro carros, pero no parecía que su artefacto pudiera volar en el plazo de una semana.

Los vecinos que tenían papelitos de Moncho, o de carmen, estaban inquietos y ya no lograban vendérselos a nadie. Hasta que apareció Quique con una gran idea:

—¡Oigan! —dijo Quique—. Aquellos que todavía tengan papelitos de Moncho, yo les puedo vender Tranquilidad de Quique para esos papelitos…

—¿De qué hablas? —preguntó Raúl, que tenía varios papelitos de Moncho.

—Muy fácil. Tú me pagas dos monedas cada noche, de aquí a fin de mes, y si Moncho no consigue hacer viajes a la Luna y no puede devolverte las quince monedas que prometió, yo te daré esas quince monedas. Justo lo que él debía pagarte.

—¿Aunque el viaje a la Luna fracase?

—Aunque fracase.

—¡Tremenda idea! —dijo Sabino—. Así nos sentiremos mucho más tranquilos y podremos comprar más papelitos.

—Por eso mi idea se llama Tranquilidad de Quique —dijo Quique, con una sonrisa, y muchos vecinos empezaron a pagar dos monedas cada noche, por las dudas de que algunos proyectos no terminaran bien.

En medio de la euforia por estas nuevas ideas, nadie en el pueblo se dio cuenta de que el Alcalde ya no se dejaba ver por el Salón de los Papelitos, ni tampoco había reparado las farolas ni la fuente de la plaza.

El Alcalde había cumplido, eso sí, con una parte de sus promesas: se había comprado una diligencia y había desaparecido del pueblo con los caballos de todo el mundo.

El edecán, que había sido la mano derecha del Alcalde y conocía la estafa desde el principio, decidió hacer algo para que nadie descubriera la ausencia de su jefe. Y su idea fue estupenda. Trajo al Salón de los Papelitos una pizarra y empezó a ponerle una nota (del uno al diez) a cada uno de los proyectos del pueblo.

—¿Qué estás escribiendo en la pizarra, edecán? —le preguntó Ernesto.

Pero el edecán se hizo el misterioso y siguió trabajando en silencio.

Al bar de Pepe le puso un ocho, a la peluquería de Carmen un cinco, a la heladería de Horacio un siete, al vehículo para hacer viajes a la Luna de Moncho un dos y, haciéndose el distraído, a las reformas de las farolas de la plaza les puso un nueve.

—Ahora sí —dijo—. Ya está.

—¿Qué significan estos números? —preguntaron todos.

—Son las notas de la Alcaldía. Es para que nadie compre papelitos sin saber si podrán recuperar sus monedas o sus caballos —dijo el Edecán—. Lo hago por ustedes. Confíen en estas notas.

Todos los vecinos agradecieron la ayuda y esa tarde se revendieron, a precio muy alto, muchísimos papelitos del Alcalde.

 

“En el mundo real, la idea de Quique de ofrecer tranquilidad sobre los papelitos de Moncho se llama Seguros de Impago de Deuda, o CDS (del inglés Credit Default Swaps). Y la gran pizarra en la que el Edecán le pone una nota a cada proyecto se denomina Agencia de Calificación, que a veces se equivoca sin querer, y otras veces queriendo.”

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La última semana

Cuando llegó el día de la inauguración, Pepe se levantó muy temprano y caminó tranquilo hasta el pueblo. De lejos vio la fachada de su bar, con el cartel luminoso a todo trapo. El bar se llamaba La Luna, como lo había bautizado Moncho el primer día. Ahora ya no faltaba nada más, solo que llegaran muchos clientes desde el pueblo, con las gargantas secas de sed.

Recorrió las cinco leguas hasta el pueblo colocando carteles en todos los árboles del camino. «Bar La Luna, abierto desde esta noche». Cada cartel que ponía en un tronco, se lo quedaba mirando, lleno de orgullo.

Durante su caminata hasta el pueblo Pepe fantaseó con que, de allí en adelante, docenas de vecinos irían a caballo a su bar y todos serían felices conversando y bebiendo.

Pero cuando llegó a la plaza no pudo entender lo que veía. Hasta pensó que había equivocado el camino, y que estaba en un pueblo diferente. Parecía que hubiera pasado una guerra.

Las farolas y la fuente de la plaza estaban destrozadas. Los vecinos caminaban en círculos hablando solos, y había corrillos de hombres y mujeres discutiendo y peleando.

—¿Qué ha pasado aquí? —le preguntó Pepe a Horacio, que lloraba contra una farola.

—¡Ay, Pepe! ¿No lo sabes? —sollozó Horacio—. Todo el mundo enloqueció con los papelitos. Con los míos, con los de Carmen, con los tuyos… ¡Con todos! De pronto empezó a haber más papelitos que monedas, más tarde ya no hubo monedas, después desaparecieron los caballos, y entonces el Alcalde se escapó del pueblo, y los vendedores de Fajos de Ernesto quebraron, y los revendedores de Tranquilidad de Quique no pudieron pagarle a nadie y escaparon por la noche… Y ahora todo el mundo está en la ruina…

—¿Qué diantres es eso de «fajos de Quique» y «tranquilidad de Ernesto»?

—Es largo de explicar —dijo Horacio.

—¿Y tu proyecto, y el de Carmen?

—Mi heladería fracasó: no hay caballos para ir a buscar hielo a la ciudad. Y Carmen no tiene clientes en su peluquería, ¿no ves que todos se están arrancando los pelos con sus propias manos?

Pepe se quedó en silencio.

—Necesito una bebida —dijo Horacio.

—Tengo la garganta seca —dijo Luis.

—¿Has abierto ya tu famoso bar? —preguntó Sabino. Y otros también se acercaron.

Pepe supo que, sin caballos en el pueblo, nadie podría ir nunca a su bar de las afueras, y entendió también que jamás podría devolver las diez mil monedas a nadie.

Y entonces vio, en el medio de la plaza, a Moncho. Sus caballos eran los únicos que quedaban en la región, y arrastraban tres carros con dos ruedas cada uno, en forma de tren. Allí se iban subiendo muchos vecinos. Otros hacían una larga fila para esperar subir.

—¿A dónde los llevas? —le preguntó Pepe a Moncho.

—¡A tu bar! —dijo Moncho, con una enorme sonrisa—. ¡A La Luna!

Un cartel, colgado en la fuente rota, decía:

«Moncho hace viajes a La Luna, salidas por una moneda. Regreso gratis».

—¿Sabías que iba a ocurrir esto? —le preguntó Pepe, abrazándolo—. ¿Sabías que todos se iban a quedar sin caballos?

—No —dijo Moncho—. Solamente sé que la gente puede ir a un bar a caballo, pero nadie puede volver de un bar a caballo. Y como yo no bebo, pensé que mi negocio podría ser el de llevarlos y traerlos de La Luna.

Pepe se subió al primer carro y grito:

—¡Vamos entonces a La Luna! ¡Bebidas gratis el primer día!

Y todo el pueblo aplaudió.

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“En el mundo real, las historias de Pepes que montan bares, o las historias de Monchos que hacen viajes a la Luna, casi nunca tienen el final feliz de los cuentos. En medio siempre aparecen Quiques, Alcaldes, Ernestos y edecanes que lo echan todo a perder. Pero cuando sí funcionan, cuando algo mágico ocurre, se llaman sueños. Y suelen ser muy divertidos.”

Hernán Casciari.
Del blog Orsai.com

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