Ese día…

Parece simplemente que todo el mundo es diferente, la mañana tiene un aroma nunca antes percibido, los colores son más vivos y el cantar de la naturaleza llega a mis oídos filtrando sutilmente los cotidianos ruidos de la urbe. Siento que las personas se comportan inobjetablemente, como si el destino me estuviera invitando a que diera definitivamente ese paso, ése que hasta ni en mi imaginación me podía animar a dar.

Si hasta me parece que mi pecho esta mañana tiene otras dimensiones, que es más grande, que he crecido, que soy más alto… Pero quizás se deba a que estoy caminando más erguido, que mi respiración es más profunda, y sea por ello que el panorama de las mismas calles de todos los días me muestra un paisaje increíblemente más bello.

Sin embargo mi pensamientos aún confundidos por tantos cambios empiezan a sospechar que todo ésto se debe a que estoy feliz, decidido, entusiasmado; que mi vida empieza a tomar por fin ese curso que tanto venía soñando y tan lejos lo presentía.

Y es que nunca me hubiera imaginado que para ella, yo existía. La más hermosa, la que en su mirada no se encuentra más que dulzura, la dueña absoluta de todos mis sueños y suspiros, me acababa de decir por primera vez “hola”, recién, cuando nos volvimos a cruzar en nuestro camino; como lo veníamos haciendo casi todos los días, en el más aturdidor de todos los silencios, …”

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Irresponsabilidad e Inocencia .

La irresponsabilidad total del hombre respecto de sus actos y a su ser es la gota más amarga que ha de tragar el hombre del conocimiento, una vez habituado a considerar que la responsabilidad y el dolor son los títulos de nobleza de la humanidad.
Todas sus valoraciones, atracciones y aversiones se convierten por ello en algo falso y carente de valor: su sentimiento más hondo, el que le acercaba al mártir y al héroe, ha adquirido a causa de eso el valor de un error; ya no tiene derecho alabar ni a censurar, pues no tiene sentido alabar ni censurar a la naturaleza y a la necesidad. Ante los actos propios y ajenos debe proceder como cuando le gusta una obra bella pero no la alaba, porque ésta no puede hacer nada por sí misma, o como cuando se encuentra delante de una planta. Puede admirar su fuerza, su belleza, su plenitud, pero no le es lícito atribuirles mérito: el fenómeno químico, la lucha de los elementos o los tormentos de quien ansia curarse tienen tanto mérito como esas luchas y angustias del alma en las que nos sentimos atenazados por diversos motivos y en diferentes sentidos, hasta que al final nos decidimos por el más poderoso (como suele decirse, aunque en realidad habría que decir: hasta que el más poderoso decide por nosotros).
Pero por elevados que sean los nombres que demos a esos motivos, proceden de las mismas raíces en las que creemos que se encuentran los malignos venenos: entre los actos buenos y los actos malos no hay una diferencia de especie, sino a lo sumo de grado.
Los actos buenos son la sublimación de actos malos; y los actos malos son actos buenos, pero realizados de una forma tosca y estúpida. Cualquiera que sea el modo como puede obrar el hombre, es decir, como debe hacerlo, éste no desea más que autocomplacerse (unido esto al miedo que tiene a la frustración), ya sea mediante actos de vanidad, venganza, concupiscencia, interés, maldad o perfidia; o mediante actos de sacrificio, de compasión, de entendimiento.
Los grados de raciocinio determinarán la dirección en la que cada cual se dejará llevar por este deseo; toda sociedad y todo individuo tienen siempre presente una jerarquía de bienes, por la cual deciden sus actos y juzgan los ajenos. Sin embargo esta escala de medida está cambiando continuamente; se llama malos a muchos actos que sólo son estúpidos porque el nivel de inteligencia de quién decidió realizarlos era muy bajo. Más aún, en cierto sentido, todos los actos son todavía hoy estúpidos, porque será sin duda superado el nivel más elevado que ha podido alcanzar la inteligencia humana: cuando entonces se mire hacia atrás, todos nuestros actos y juicios resultarán tan limitados e irreflexivos como nos parecen hoy los de los pueblos salvajes y atrasados.
Puede que la toma de conciencia de todo esto produzca un hondo dolor, pero existe un consuelo: estos sufrimientos son dolores de parto. La mariposa quiere romper su envoltura, despedazándola y desgarrándola; entonces se siente cegada y embriagada por esa luz desconocida que es el reino de la libertad.

El primer ensayo para saber si la humanidad, que es moral, puede convertirse en sabia, se hace con hombres que son capaces de soportar esta tristeza (¡y que serán muy pocos!). el sol de un nuevo evangelio lanza su primer rayo sobre las cimas más altas de las almas de esos solitarios; allí se acumulan nubes más densas que en ninguna otra parte, y reinan a un tiempo la claridad más pura y el crepúsculo más sombrío. Todo es necesidad, dice el nuevo saber, y el conocimiento es el camino que conduce a esa inocencia. Si la voluptuosidad, el egoísmo y la vanidad son necesarios para la producción de los fenómenos morales y para que alcancen su más elevada floración, el sentido de la verdad y de la justicia del conocimiento: si el error, el extravío de la imaginación ha sido el único medio por el que ha podido ir elevándose paulatinamente la humanidad hasta este grado de claridad y de autoliberación.

¿quién iría a entristecerse al divisar la meta adonde llevan estos caminos?

Es cierto que en el terreno de la moral todo se modifica y cambia, que es incierto y está en constante fluctuación, pero también es verdad que todo fluye y que se dirige a un único fin. Aunque siga actuando en nosotros el hábito hereditario de juzgar, amar y odiar erróneamente, cada vez se irá debitando más por el creciente influjo del conocimiento: en este mismo terreno nuestro se va implantando insensiblemente un nuevo hábito: el de comprender, el de no amar ni odiar, el de ver desde lo alto, y dentro de miles de años será tal vez lo bastante poderoso para dar a la humanidad la fuerza de producir al hombre sabio, inocente (consciente de su inocencia), de un modo tan regular como hoy produce al hombre necio, injusto, que se siente culpable, es decir, su antecedente necesario, no lo opuesto a aquél.

Friedrich Nietzsche.
( Niza, primavera de 1886 )

La insoportable levedad del ser.

Milan Kundera, nació en abril de 1929, en la antigua Checoslovaquia, y es sin duda el autor de uno de los libros más leídos y recomendables del último tercio del siglo pasado: La insoportable levedad del ser.

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Un dato que nos hace más cercano a dicho autor es que como todo un mortal -que sabe tocar Jazz en el piano- tuvo que trabajar en bares ejecutando este instrumento para ganarse la vida, debido a que en 1967, el Partido Comunista de Checoslovaquia prohibió sus obras. En ese momento todavía no sabía que su carrera despuntaría gracias a un libro que en 1984, salió a la luz. Otra curiosidad de este libro es que a pesar de haberse escrito en checo, éste no se editó en su país natal sino hasta el año 2006. Lo anterior debido a que Kundera estuvo 30 años exiliado en Francia, donde su carrera despegó gracias a que en 1988, el director de cine Philip Kaufman, llevó a la pantalla el título en cuestión.

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Esta es una extraordinaria historia de amor, o sea de celos, de sexo, de traiciones, de muerte y también de las debilidades y paradojas de la vida cotidiana de dos parejas cuyos destinos se entrelazan irremediablemente. Guiado por la asombrosa capacidad de Milan Kundera de contar con cristalina claridad, el lector penetra fascinado en la trama compleja de actos y pensamientos que el autor va tejiendo con diabólica sabiduría en torno a sus personajes. Y el lector no puede sino terminar siendo el mismo personaje, cuando no todos a la vez. Y es que esta novela va dirigida al corazón, pero también a la cabeza del lector. En efecto, los celos de Teresa por Tomás, el terco amor de éste por ella opuesto a su irrefrenable deseo de otras mujeres, el idealismo lírico y cursi de Franz, amante de Sabina, y la necesidad de ésta, amante también de Tomás, de perseguir incansable, una libertad que tan sólo la conduce a la insoportable levedad del ser, se convierten de simple anécdota en reflexión sobre problemas filosóficos que, afectan a cada uno directamente, cada día.

Conozcamos un poco al autor y tomemos una muy pequeña imagen de su libro, por supuesto si es que no lo has leído, a partir de algunos de sus fragmentos.

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”Una relación no sentimental en la que uno no reivindique la vida y la libertad del otro, puede hacer felices a los dos”.

“Cada uno de ellos había creado un infierno para el otro, pese a que se querían”.

“¿Había llegado a la conclusión, tras el episodio con el ingeniero, de que las aventuras no tienen nada que ver con el amor? ¿De que son leves y no pesan nada? ¿Ya está más tranquila? En absoluto”.

“El amor que hay entre ellos es de una arquitectura extrañamente asimétrica: descansa sobre la seguridad absoluta de su fidelidad como un palacio mastodóntico sobre una sola columna”.

“Todas las cosas y las personas aparecen disfrazadas”.

“Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también”.

“¿Qué buscaba en ellas? ¿Qué era lo que le llevaba hacia ellas? ¿No es el acto amoroso la eterna repetición de lo mismo? No. Siempre queda un pequeño porcentaje inimaginable. Claro que, cuando veía a una mujer vestida, era capaz de imaginarse aproximadamente qué aspecto iba a tener desnuda”.

“Ella había vivido algo hermoso y él no lo había vivido con ella”.

“El amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética”.

“Ella había atracado junto a su cama como un niño enviado en un cesto río abajo”.

“Hacer el amor les producía placer pero no les daba consuelo”.

“El conocido mito de El banquete de Platón: los humanos eran antes hermafroditas y Dios los dividió en dos mitades que desde entonces vagan por el mundo y se buscan. El amor es el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos”.

“Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga”.

“Es posible que no seamos capaces de amar precisamente porque deseamos ser amados, porque queremos que el otro nos dé algo (amor), en lugar de aproximarnos a él sin exigencias y querer sólo su mera presencia”.

“Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza”.

“Tener público, pensar en el público, eso es vivir en la mentira.”

“El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).”

“El amor, cuando se hace público, aumenta de peso, se convierte en una carga.”

“Los ojos, como dice el proverbio, son la ventana del alma. El cuerpo de Franz, que se movía siempre encima de ella con los ojos cerrados, era para ella un cuerpo sin alma.”

“la coquetería es una promesa de coito sin garantía.”

“¡Quisiera aprender a ser leve! ¡Desea que alguien le enseñe a dejar de ser anacrónica!”

“estaba excitada en contra de su voluntad.”

“una sonrisa de feliz superioridad moral.”

“La obsesión del mujeriego épico le produce a la gente la impresión de que no se ha pagado nada a cambio de ella (no se ha pagado con el desengaño).”

“busco la felicidad, y el placer sin felicidad no es placer”

“Prefiere compartirla que perderla, pero no sabe hasta cuando va a aguantar”

”la apreciaba como amiga, estimaba su carácter y su inteligencia, estaba dispuesto a echarle una mano siempre que lo necesitase.”

”No está obsesionado por las mujeres, está obsesionado por lo que hay en cada una de ellas de inimaginable, en otras palabras, está obsesionado por esa millonésima diferencial que distingue a una mujer de las demás mujeres.”

”De modo que no era el deseo de placer (el placer llegaba como un premio, por añadidura), sino el deseo de apoderarse del mundo (de hendir con el escalpelo el cuerpo yacente del mundo) lo que le hacía ir tras las mujeres.“

“Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo.”

“¿Es mejor gritar y acelerar así la propia muerte? ¿O callar y lograr así una muerte más lenta?”

“La vida humana acontece sólo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles fueron incorrectas. En la situación dada sólo hemos podido decidir una vez y no nos ha sido dada una segunda, una tercera, una cuarta vida para comparar las distintas decisiones.”

“Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido.”

“¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?”

“hace ya muchas noches que tengo que respirar el perfume del sexo de alguna de tus amantes.”

“¿Y cómo pudo excitarse mirando a una mujer que, despierto, sólo hubiera podido producirle asco?”

“Si la excitación es el mecanismo mediante el cual se divierte nuestro Creador, el amor es, por el contrario, lo que nos pertenece sólo a nosotros y con lo que escapamos al Creador. El amor es nuestra libertad. El amor está al otro lado del «es muss sein!».”

“Amarrar el amor al sexo ha sido una de las ocurrencias más extravagantes del Creador.”

“La mierda es un problema teológico más complejo que el mal.”

“en el paraíso existía placer, no excitación”

“el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.”

“Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga”

“En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón.”

“La hermandad de todos los hombres del mundo sólo podrá edificarse sobre el kitsch.”

“El sueño de Teresa descubre la verdadera función del kitsch: el kitsch es un biombo que oculta la muerte.”

“delante hay una mentira comprensible y tras ella reluce una verdad incomprensible.”

“Teresa y Tomás murieron bajo el signo del peso. Ella quiere morir bajo el signo de la levedad. Será más leve que el aire.”

“Con la mirada le pedía que le perdonase.”

“El kitsch es una estación de paso entre el ser y el olvido.”

“Nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existente entre ellos y nosotros.”

“Y dado que el nombre es el signo del alma, puedo afirmar que la tenían.”

“No estaban felices a pesar de la tristeza, sino gracias a la tristeza.”

“El horror es un impacto, un momento de absoluta ceguera. El horror está desprovisto de toda huella de belleza. No vemos más que la intensa luz del acontecimiento desconocido que aguardamos. La tristeza, por el contrario, presupone que sabemos”“Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza.”

Papelitos.

Érase un pueblo tranquilo en el que habitaban muchos vecinos tranquilos. Todos llevaban una vida agradable y sencilla y cada uno deseaba prosperar. Pepe era uno de ellos. Una tarde Pepe salió a caminar por el pueblo y tuvo sed. Siguió caminando y tuvo más sed. Cuando volvió a su casa, y mientras descorchaba una botella, descubrió algo que nadie había descubierto antes: en el pueblo no había bares.

Pepe pensó que si montaba un bar podría ser feliz y hacer felices a otros dándoles de beber. Y además, ganar dinero.

Durante dos noches Pepe hizo un listado de lo necesario para montar el primer bar del pueblo: primero necesitaría diez mil monedas para comprar mesas, sillas, copas, bebidas y un palenque para que los parroquianos dejaran sus caballos; después le harían falta dos semanas para convertir su casa en un bar; y más tarde otras dos semanas para tener las mesas repletas de vecinos sedientos.

Su amigo Moncho, que esa tarde pasaba por allí, le dio un excelente nombre para el bar.

Por supuesto, Pepe no tenía diez mil monedas, pero durante la noche se le ocurrió una buena forma de conseguirlas. La tarde del sábado recortó mil papelitos y escribió en cada uno de ellos «Próximamente, bar de Pepe». El domingo, después de misa, se fue a la plaza del pueblo vestido con su mejor traje:

—Queridos vecinos, voy a montar un bar a las afueras del pueblo —dijo, y todo el mundo dejó de conversar para mirarlo.

—¡Qué gran idea! —exclamó Ramón, con su cigarro en la boca.

Pepe se sintió cómodo con la atención de todo el mundo y mostró en abanico los papeles recortados.

—Cada uno de estos mil papelitos cuesta diez monedas —les dijo Pepe a sus vecinos—. Quien me compre un papelito deberá guardarlo y no perderlo, porque de aquí a un mes, cuando mi bar tenga clientes, entregaré doce monedas por cada papelito que vuelva a mis manos.

—¿Pero no costaba diez monedas cada papelito? —preguntó Moncho, al que todos tenían por el tonto del pueblo—. ¿Por qué vas a regalar dos monedas?

—No es regalar, Moncho, es compensar. Compensaré a los que me ayuden a cumplir mi sueño, que es el de tener un bar en las afueras del pueblo.

—Tiene sentido —dijo el Alcalde—, mucho sentido.

—Me parece muy bien —sopesó Ernesto, que era rico y entendía de negocios.

—¡Qué gran idea! —dijo el cura Francisco, y rebuscó en sus bolsillos.

De ese modo tan simple, y en una sola mañana de domingo, Pepe consiguió el dinero para montar un bar: entre todos le entregaron diez mil monedas exactas por la venta de mil papelitos.

—Yo le compré dos papelitos —dijo Sabino, que era pobre y optimista.

—¡Yo treinta y seis! —exclamó Quique, que era codicioso y altanero.

—Yo le compré cinco papelitos, y pienso emborracharme en ese bar para celebrar el negocio más fácil de mi vida —dijo Luis.

Y todos rieron.

Pepe se fue a su casa ese domingo con las diez mil monedas en la mochila y se durmió pensando en su bar.

El lunes por la mañana viajó a la gran ciudad y compró madera para construir un mostrador robusto. Volvió a su casa y se puso a trabajar. No pasó por la plaza del pueblo en toda la semana. Es decir: no se enteró de que había encendido, entre sus vecinos, un extraño furor por los papelitos.

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La primera semana

La plaza del pueblo estaba llena de gente, y eso era muy raro para un lunes. Varios vecinos habían pasado la noche entera recortando y escribiendo sus propios papelitos, porque habían descubierto que también ellos tenían proyectos para ofrecer.

De pronto, la plaza se convirtió en un lugar atestado: los vecinos se subían a las farolas, o se trepaban a la fuente, para comprar o vender porciones de nuevos proyectos.

Esto ocurrió el lunes y el martes fue todavía peor. El miércoles ya no se podía caminar por la plaza. El Alcalde tuvo que poner orden y habilitó un lugar cerrado para que los vecinos pudieran reunirse sin destrozar los espacios públicos. Este pequeño local se inauguró el jueves por la mañana y fue bautizado con el nombre de Salón de los Papelitos.

Y así ocurrió que el viernes todos los que tenían un proyecto ya habían conseguido las monedas necesarias y se habían puesto a trabajar. Horacio buscaba los mejores sabores para su heladería, Pepe serruchaba la madera para el mostrador de su bar, Carmen afilaba tijeras para su flamante peluquería y Moncho compraba dos caballos para hacer viajes a la Luna.

Solamente quedaban, en el Salón de los Papelitos, un puñado de vecinos a los que nunca se les había ocurrido ningún proyecto interesante para llevar a cabo. Lo único que tenían estos vecinos eran papelitos.

—Necesito dinero para cigarros —se quejó Ramón en voz alta—. Hace unos días le cambié este papelito a Pepe por mis únicas diez monedas, pero la tabaquería de Raúl no me acepta papelitos, y necesito fumar.

—¡A mí me pasa lo mismo! —dijo Luis— ¡Quiero ir al cine y tengo los bolsillos vacíos!

Los murmullos fueron cada vez mayores.

—En tres semanas Pepe le dará doce monedas a quien le devuelva este papelito —dijo Sabino, con los ojos brillosos—. ¡Vendo mi papelito, ahora mismo, por nueve monedas!

—Trato hecho —exclamó Ernesto, que era rico pero quería serlo todavía más, y le arrancó el papelito de las manos a Sabino.

Ramón y Luis también vendieron su papelito por menos de diez monedas y, mientras uno corría a comprar cigarros y el otro al cine, los demás vecinos vieron que aquella era una nueva forma de hacer negocios, aunque ya no hubiera proyectos que vender.

Algunos se subieron a las sillas, otros a las mesas, y empezaron a ofrecer lo que tenían.

—¡Cambio cuatro papelitos de Horacio por dos papelitos de Carmen!

—¡Entrego ocho papelitos de Moncho y mi caballo por cincuenta monedas!

Cuando entró al Salón el cura Francisco, todos hicieron silencio.

—El día que Moncho puso a la venta sus papelitos —dijo el cura—, yo le compré algunos porque Moncho es tonto: los vende a siete monedas y devolverá quince. Pero ahora necesito monedas para arreglar la campana de la iglesia. Pongo a la venta mis papelitos de Moncho a seis monedas cada uno.

—¿Cuál es el proyecto de Moncho, padre? —preguntó Quique.

—Está construyendo un carro muy largo, tirado por dos caballos —dijo el cura—, el pobre quiere hacer viajes a la Luna.

Quique hizo un gesto negativo.

—¿Y si te los dejo a cinco? —regateó el cura Francisco.

—Los compro por cuatro, padre —dijo Quique, con gesto de limosna dominical.

—¡Ah, Dios te bendiga, hijo mío!

 

“En el mundo real el Salón de los Papelitos se llama Bolsa de Valores. Mientras que los papelitos pueden tener dos nombres: Bonos u Obligaciones. Las doce monedas que pagará Pepe cuando el bar se llene de parroquianos (o las quince monedas que pagará Moncho cuando logre ir a la Luna) se llaman Valor Nominal del Bono.”

 

La segunda semana

Habían pasado solo siete días y el hogar de Pepe ya no parecía una casa. En el comedor había una barra de madera lustrada, el baño se había convertido en dos baños (uno para las damas, otro para los caballeros) y las paredes estaban a medio pintar de un azul marino intenso. Pepe estaba feliz con el progreso de su proyecto, y ya estaba colocando en la fachada el cartel luminoso de su flamante bar.

Como aún no había bajado al pueblo, seguía sin saber que la vida de sus vecinos se había convertido en un ir y venir de papelitos que cambiaban de precio y de dueño.

Incluso el Alcalde, después de conversarlo una noche con su edecán, decidió sumarse a la nueva moda.

La mañana del segundo lunes salió al balcón con un megáfono y dijo:

—Vecinos, la plaza quedó estropeada después del furor de los papelitos.

Y era verdad. La primera semana de compra y venta de proyectos los jardines habían quedado deshechos y los espacios públicos parecían aplastados por una inundación.

—Necesito recaudar fondos para reparar la fuente, renovar las farolas y, por qué no, para comprarme una diligencia —dijo el Alcalde—. Desde este momento saco a la venta mil papelitos oficiales, cada uno cuesta un caballo. Cuando la fuente eche agua, las farolas den luz y mi diligencia me lleve lejos, devolveré dos caballos por cada papelito. Los papelitos oficiales están a la venta. ¡Corran, corran que se acaban!

Los papelitos del Alcalde se esfumaron en tiempo récord en el Salón de los Papelitos: todos en el pueblo entregaron sus caballos y las tareas cotidianas empezaron a hacerse de a pie.

La compraventa de papelitos siguió en aumento y ya no alcanzaban los lápices para apuntar quién era el dueño de qué. Algunos papelitos eran muy deseados: por ejemplo los de Pepe, que trabajaba día y noche en su proyecto del bar en las afueras. Pero a otros papelitos no los quería nadie: por ejemplo a los de Moncho, puesto que su artefacto para hacer viajes a la Luna, por el momento, solo constaba de dos caballos flacos unidos a un carro, y a otro carro, y a un tercero. Nadie creía que Moncho pudiera remontar el vuelo.

Ernesto, el vecino rico, había comprado papelitos sin ton ni son durante la primera semana, y ahora los papelitos de Moncho le quemaban en las manos. Pero como también tenía papelitos de Pepe, inventó algo que bautizó los Fajos de Ernesto.

Eran paquetes cerrados con cien papelitos de proyectos variopintos; por ejemplo, diez papelitos de Pepe y su bar, veinte de Horacio y su heladería, y setenta de Moncho y su extraño vehículo para hacer viajes a la Luna.

Durante todo el jueves los Fajos de Ernesto tuvieron gran éxito entre los vecinos del pueblo que buscaban como locos papelitos de Pepe o papelitos del Alcalde, pero el viernes Quique descubrió el truco y lo dijo públicamente en el Salón de los Papelitos:

—¡Cuidado, vecinos! Los Fajos de Ernesto a veces vienen con papelitos de Pepe o del Alcalde en la parte de arriba, y eso está muy bien, pero al fondo del fajo hay un montón de papelitos de Moncho, que jamás hará viajes a la Luna. Les propongo que, antes de comprar Fajos de Ernesto, pasen por mi casa para que los aconseje. Mi tarifa por cada consejo son seis monedas, o dos papelitos de Pepe.

urante el resto de esa semana, y la siguiente, los compradores de papelitos consultaron siempre a Quique antes de comprarle fajos a Ernesto.

Ernesto y Quique, que habían jugado al mus durante años en el centro recreativo, dejaron de hablarse para siempre.

 

“En el mundo real, los papelitos oficiales del Alcalde se llaman Títulos de Deuda Pública. Los fajos de Ernesto reciben el nombre de Obligaciones de Deuda Colateralizada. Mientras que la casa de Quique, el sitio a donde acuden los vecinos para saber si confían o no en los Fajos de Ernesto, se denomina Banca de Inversión.”

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La tercera semana

Ya habían pasado más de veinte días desde el inicio de las actividades cuando los vecinos del pueblo descubrieron que algunos proyectos ya estaban casi terminados, y en cambio otros seguían en pañales.

A Pepe solo le faltaba montar el palenque para que los caballos de los clientes pastaran fuera del bar.

Horacio había conseguido, con éxito, batir leche y frutas para su heladería, y solo le quedaba traer barras de hielo desde la gran ciudad.

Pero Carmen todavía no había encontrado un buen local para instalar su peluquería, aunque ya tenía docenas de tijeras afiladas.

Y qué decir de Moncho: sus caballos estaban cada vez más lustrosos, porque los cepillaba día y noche, y había conseguido atarlos a cuatro carros, pero no parecía que su artefacto pudiera volar en el plazo de una semana.

Los vecinos que tenían papelitos de Moncho, o de carmen, estaban inquietos y ya no lograban vendérselos a nadie. Hasta que apareció Quique con una gran idea:

—¡Oigan! —dijo Quique—. Aquellos que todavía tengan papelitos de Moncho, yo les puedo vender Tranquilidad de Quique para esos papelitos…

—¿De qué hablas? —preguntó Raúl, que tenía varios papelitos de Moncho.

—Muy fácil. Tú me pagas dos monedas cada noche, de aquí a fin de mes, y si Moncho no consigue hacer viajes a la Luna y no puede devolverte las quince monedas que prometió, yo te daré esas quince monedas. Justo lo que él debía pagarte.

—¿Aunque el viaje a la Luna fracase?

—Aunque fracase.

—¡Tremenda idea! —dijo Sabino—. Así nos sentiremos mucho más tranquilos y podremos comprar más papelitos.

—Por eso mi idea se llama Tranquilidad de Quique —dijo Quique, con una sonrisa, y muchos vecinos empezaron a pagar dos monedas cada noche, por las dudas de que algunos proyectos no terminaran bien.

En medio de la euforia por estas nuevas ideas, nadie en el pueblo se dio cuenta de que el Alcalde ya no se dejaba ver por el Salón de los Papelitos, ni tampoco había reparado las farolas ni la fuente de la plaza.

El Alcalde había cumplido, eso sí, con una parte de sus promesas: se había comprado una diligencia y había desaparecido del pueblo con los caballos de todo el mundo.

El edecán, que había sido la mano derecha del Alcalde y conocía la estafa desde el principio, decidió hacer algo para que nadie descubriera la ausencia de su jefe. Y su idea fue estupenda. Trajo al Salón de los Papelitos una pizarra y empezó a ponerle una nota (del uno al diez) a cada uno de los proyectos del pueblo.

—¿Qué estás escribiendo en la pizarra, edecán? —le preguntó Ernesto.

Pero el edecán se hizo el misterioso y siguió trabajando en silencio.

Al bar de Pepe le puso un ocho, a la peluquería de Carmen un cinco, a la heladería de Horacio un siete, al vehículo para hacer viajes a la Luna de Moncho un dos y, haciéndose el distraído, a las reformas de las farolas de la plaza les puso un nueve.

—Ahora sí —dijo—. Ya está.

—¿Qué significan estos números? —preguntaron todos.

—Son las notas de la Alcaldía. Es para que nadie compre papelitos sin saber si podrán recuperar sus monedas o sus caballos —dijo el Edecán—. Lo hago por ustedes. Confíen en estas notas.

Todos los vecinos agradecieron la ayuda y esa tarde se revendieron, a precio muy alto, muchísimos papelitos del Alcalde.

 

“En el mundo real, la idea de Quique de ofrecer tranquilidad sobre los papelitos de Moncho se llama Seguros de Impago de Deuda, o CDS (del inglés Credit Default Swaps). Y la gran pizarra en la que el Edecán le pone una nota a cada proyecto se denomina Agencia de Calificación, que a veces se equivoca sin querer, y otras veces queriendo.”

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La última semana

Cuando llegó el día de la inauguración, Pepe se levantó muy temprano y caminó tranquilo hasta el pueblo. De lejos vio la fachada de su bar, con el cartel luminoso a todo trapo. El bar se llamaba La Luna, como lo había bautizado Moncho el primer día. Ahora ya no faltaba nada más, solo que llegaran muchos clientes desde el pueblo, con las gargantas secas de sed.

Recorrió las cinco leguas hasta el pueblo colocando carteles en todos los árboles del camino. «Bar La Luna, abierto desde esta noche». Cada cartel que ponía en un tronco, se lo quedaba mirando, lleno de orgullo.

Durante su caminata hasta el pueblo Pepe fantaseó con que, de allí en adelante, docenas de vecinos irían a caballo a su bar y todos serían felices conversando y bebiendo.

Pero cuando llegó a la plaza no pudo entender lo que veía. Hasta pensó que había equivocado el camino, y que estaba en un pueblo diferente. Parecía que hubiera pasado una guerra.

Las farolas y la fuente de la plaza estaban destrozadas. Los vecinos caminaban en círculos hablando solos, y había corrillos de hombres y mujeres discutiendo y peleando.

—¿Qué ha pasado aquí? —le preguntó Pepe a Horacio, que lloraba contra una farola.

—¡Ay, Pepe! ¿No lo sabes? —sollozó Horacio—. Todo el mundo enloqueció con los papelitos. Con los míos, con los de Carmen, con los tuyos… ¡Con todos! De pronto empezó a haber más papelitos que monedas, más tarde ya no hubo monedas, después desaparecieron los caballos, y entonces el Alcalde se escapó del pueblo, y los vendedores de Fajos de Ernesto quebraron, y los revendedores de Tranquilidad de Quique no pudieron pagarle a nadie y escaparon por la noche… Y ahora todo el mundo está en la ruina…

—¿Qué diantres es eso de «fajos de Quique» y «tranquilidad de Ernesto»?

—Es largo de explicar —dijo Horacio.

—¿Y tu proyecto, y el de Carmen?

—Mi heladería fracasó: no hay caballos para ir a buscar hielo a la ciudad. Y Carmen no tiene clientes en su peluquería, ¿no ves que todos se están arrancando los pelos con sus propias manos?

Pepe se quedó en silencio.

—Necesito una bebida —dijo Horacio.

—Tengo la garganta seca —dijo Luis.

—¿Has abierto ya tu famoso bar? —preguntó Sabino. Y otros también se acercaron.

Pepe supo que, sin caballos en el pueblo, nadie podría ir nunca a su bar de las afueras, y entendió también que jamás podría devolver las diez mil monedas a nadie.

Y entonces vio, en el medio de la plaza, a Moncho. Sus caballos eran los únicos que quedaban en la región, y arrastraban tres carros con dos ruedas cada uno, en forma de tren. Allí se iban subiendo muchos vecinos. Otros hacían una larga fila para esperar subir.

—¿A dónde los llevas? —le preguntó Pepe a Moncho.

—¡A tu bar! —dijo Moncho, con una enorme sonrisa—. ¡A La Luna!

Un cartel, colgado en la fuente rota, decía:

«Moncho hace viajes a La Luna, salidas por una moneda. Regreso gratis».

—¿Sabías que iba a ocurrir esto? —le preguntó Pepe, abrazándolo—. ¿Sabías que todos se iban a quedar sin caballos?

—No —dijo Moncho—. Solamente sé que la gente puede ir a un bar a caballo, pero nadie puede volver de un bar a caballo. Y como yo no bebo, pensé que mi negocio podría ser el de llevarlos y traerlos de La Luna.

Pepe se subió al primer carro y grito:

—¡Vamos entonces a La Luna! ¡Bebidas gratis el primer día!

Y todo el pueblo aplaudió.

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“En el mundo real, las historias de Pepes que montan bares, o las historias de Monchos que hacen viajes a la Luna, casi nunca tienen el final feliz de los cuentos. En medio siempre aparecen Quiques, Alcaldes, Ernestos y edecanes que lo echan todo a perder. Pero cuando sí funcionan, cuando algo mágico ocurre, se llaman sueños. Y suelen ser muy divertidos.”

Hernán Casciari.
Del blog Orsai.com

Biología sintética. La primera célula viva artificial.

Puedo afirmar – y no dudo en meter mi mano en el fuego por ello – que estamos viviendo los inicios de lo que se conocerá como la era de la biología molecular, la cual tendrá un impacto quizá mayor o por lo menos equivalente al descubrimiento y desarrollo de la energía atómica que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX. Durante las últimas décadas hemos acumulado una enorme e invaluable cantidad de datos sobre la naturaleza de la información genética. Nuestro conocimiento es especialmente sólido en las bacterias, que son los organismos celulares más simples y más abundantes en la Tierra.

Tenemos una idea bastante clara acerca de cómo funcionan los genes bacterianos, en qué forma interactúan unos con otros, con cuáles patrones – dependiendo de las condiciones ambientales – se encienden y se apagan, y cómo adquieren nueva información genética estos microorganismos. A este entramado de conocimientos tenemos que sumarle el inmenso arsenal de nociones que hemos obtenido mediante el análisis de los más de 1000 genomas bacterianos que se han secuenciado hasta la fecha.

Este arsenal es especialmente relevante, ya que nos permite analizar, a semejanza de lo que hace un ingeniero cuando revisa los planos de un edificio complejo, el plano de vida de un organismo. Un grupo creciente de investigadores afirma que ya poseemos un cuerpo de conocimientos de tal magnitud que podemos realizar nuestros propios diseños basados o inspirados en lo que ocurre en la naturaleza, y en consecuencia aseguran que estamos ante las puertas de lo que hoy en día, de manera tal vez un tanto presuntuosa, pero desde luego no infundadamente visionaria, empieza a ser denominado biología sintética.

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Diseño genético

El término biología sintética no es nuevo en el lenguaje científico: surgió en los años 80 para referirse a la tecnología requerida para la producción de las primeras bacterias modificadas genéticamente que poseían uno o pocos genes ajenos a su patrimonio genético original; sin embargo, hoy por hoy el término tiene una connotación mucho más amplia, ya que se refiere a la ciencia y a las técnicas utilizadas para diseñar y construir bloques de genes que confieran a los organismos características y funciones nuevas, que no existen en la naturaleza. Y con ello me refiero no sólo a la modificación de microbios para que tengan, digamos, la capacidad de degradar compuestos sintéticos o producir biocombustibles, sino también, en última instancia, a la creación de nuevos organismos vivos, diseñados en el escritorio, y luego generados a partir de ingredientes químicos obtenidos en el laboratorio.

Dicho lo anterior, parece muy probable que surjan juicios encontrados: así, algunos opinarán que estamos frente al nuevo Frankenstein; para otros será el fin del vitalismo, posición filosófica que sostiene que la vida no se crea, se transmite, y, por lo tanto, asegura que el principio vital de algún modo es independiente de la estructura de la célula.

En general, los biólogos están de acuerdo en que todos los seres vivos deben cumplir con tres requisitos para que pueda considerarse que realmente están vivos: primero, ser capaces de automantenerse, es decir, tener un metabolismo; segundo, poder reproducirse; y tercero, poseer la capacidad de evolucionar. Esto es muy fácil de decir, pero establecer exactamente qué compuestos, qué genes y qué proteínas se requieren para cumplir esos tres requisitos, es algo muy diferente.

Uno de los puntos de vista más controversiales que sostienen los científicos involucrados en la biología sintética es que aseguran tener un acercamiento experimental para resolver el dilema más importante de la biología: entender los principios fundamentales del fenómeno al que llamamos vida. Su propuesta es que si queremos saber qué es la vida, la tenemos que sintetizar en el laboratorio, bajo condiciones experimentales estrictas. El primer paso firme ya se ha dado.

 

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Organismos artificiales

El día 20 de mayo de este año recibimos una noticia extraordinaria, que seguramente cambiará el curso de la biología como ciencia y tendrá, en un futuro no muy lejano, repercusiones enormes en nuestra vida cotidiana. Ese día, Daniel Gibson, Craig Venter y otros 22 científicos del Instituto J. Craig Venter de Estados Unidos publicaron, en la influyente revista Science, un artículo cuyo titulo lo resume todo: “Creación de una célula bacteriana controlada por un genoma sintetizado químicamente”. Y lo resume todo porque, en otras palabras, la lectura del artículo revela varias primicias trascendentales: que, por primera ocasión, el material genético de un organismo (genoma) se diseña por métodos bioinformáticos (computacionales); que ese material genético se sintetiza químicamente y se trasplanta a una célula huésped, para dar origen a un organismo nuevo cuyas funciones dependen exclusivamente de las instrucciones que se le introdujeron. Los científicos más entusiastas opinan que se trata de la primera vez que se genera vida en el laboratorio; los más conservadores incluso están de acuerdo en que éste es un paso inicial, pero firme, para crear una célula viva completamente artificial.

Los inicios

El artículo aparecido en Science es el resultado de muchísimos años de arduo trabajo, durante el cual se tuvieron que sortear innumerables obstáculos. Muy probablemente, la génesis de este proyecto ocurrió cuando Craig Venter (ver recuadro) se propuso, hace 15 años, determinar la secuencia del material genético de la bacteria patógena Haemophilus influenzae. Con las técnicas actuales, esta meta se pudo haber alcanzado, literalmente, en unos cuantos días; sin embargo, hace década y media obtener la secuencia completa del ADN de una bacteria era un proyecto visionario, complicado y de alto riesgo, puesto que en ese entonces apenas surgían los primeros secuenciadores automáticos de ADN, y se carecía de herramientas computacionales para enfrentar ágilmente el problema. Muchos consideran que en realidad el nacimiento de las ciencias genómicas tuvo lugar mucho antes, el 28 de julio de 1995, fecha en que se publicó el artículo que daba cuenta de este proyecto.

Haber elegido Haemophilus influenzae como objeto de estudio fue una decisión muy inteligente, puesto que se trata una bacteria que puede crecer en condiciones de laboratorio, cuyo genoma se sabía pequeño y, por lo tanto, más fácil de secuenciar. Pocos meses después, el Dr. Venter y su equipo determinaron la secuencia del genoma de otra bacteria, Mycoplasma genitalium, que también crece en el laboratorio, pero en condiciones mucho más estrictas que las que requiere Haemophilus, pese a que tiene un genoma mucho más pequeño que el que posee esta última. La idea subyacente en estos proyectos era determinar cuál es el número mínimo de genes requerido para que una célula pueda ser considerada como viva. En 1996, y luego de sesudos análisis comparativos entre los genomas de Mycoplasma y Haemophilus realizados con herramientas bioinformáticas, los doctores Koonin y Mushegian, de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos, estimaron que ese número mínimo es de 256 genes. Diez años después, Craig Venter y sus colaboradores decidieron cotejar experimentalmente esta aproximación. Con ese fin, se empeñaron en destruir uno a uno los genes de Mycoplasma genitalium para determinar cuáles genes son esenciales para la vida y cuáles no. Así establecieron que 100 genes de esta bacteria son completamente prescindibles, y llegaron a la conclusión de que solamente se necesitan 425 genes para generar un organismo con vida independiente, más de los predichos por Koonin y Mushegian, pero aún así un número de genes ridículamente bajo para un fenómeno que se consideraba intrínsecamente complejo. Con estos números en mente, Venter percibió que era concebible sintetizar químicamente un genoma pequeño y “darle vida”, transplantándolo a una célula huésped.

Desde ese entonces, esto es, desde 2006, Venter y su equipo se dedicaron a establecer los protocolos científicos para hacer que este sueño se concretara, lo cual ocurrió cuatro años después. Desde un inicio, a este grupo de científicos le quedó perfectamente claro que había que resolver dos problemas clave que, además, podían solucionarse independientemente uno del otro. El primero era establecer cómo se podría trasplantar un genoma a una célula huésped y lograr que éste sustituyera al original y así “tomara” el control de las funciones celulares. El segundo se centraba en cómo sintetizar químicamente un genoma.

 

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Los primeros éxitos

Contra todos los pronósticos, estas metas se resolvieron rápidamente: en 2007, Venter y colaboradores publicaron en Science un artículo intitulado “Trasplantes de genomas en bacterias: cambiando una especie en otra”, en el cual daban cuenta de cómo resolvieron el primer problema. Meses después, en la misma revista salió publicado otro artículo de dichos autores, cuyo título era “Síntesis química completa, ensamblaje y clonación del genoma de Mycoplasma genitalium”, con el que anunciaban que habían resuelto el segundo problema. Es decir, en 2008 ya tenían establecida una metodología para crear, por vez primera en la historia, un célula sintética viva.

Durante los dos años siguientes, los investigadores del Instituto J. Craig Venter pulieron sus estrategias experimentales y replantearon sus metas: la primera de ellas fue establecer que el genoma ideal para trabajar no era el de Mycoplasma genitalium, sino el de su primo hermano Mycoplasma mycoides, un organismo de genoma más grande, pero mucho más fácil de manejar en el laboratorio; la segunda meta fue utilizar como célula huésped a otro primo hermano: Mycoplasma capricolum, parecido en muchos sentidos al anterior, pero con características distintivas tanto genéticas como fisiológicas que permiten diferenciar perfectamente las dos especies de Mycoplasma.

 

Célula artificial

Para asegurar el éxito de estos experimentos, Venter y sus compañeros decidieron que en un inicio era más prudente imitar a la naturaleza, así es que se impusieron la tarea de diseñar un genoma muy parecido al de Mycoplasma mycoides, pero incluyendo en él ciertas diferencias genéticas – a las cuales llamaron, como si fueran papel moneda, marcas de agua – con el único propósito de hacer que el genoma artificial fuera fácilmente distinguible del nativo, y descartar cualquier tipo de contaminación.

El equipo de los doctores Gibson y Venter construyó el genoma artificial empleando un método similar al que se utiliza para diseñar y fabricar un rompecabezas, y luego para armarlo. Ante todo, para crear un rompecabezas es indispensable tener bien clara la imagen que se quiere plasmar; una vez delineada esa imagen, es preciso elaborar las piezas del rompecabezas pensando en que sean del mismo tamaño, y desde luego, en que no se repitan. Cuando ya se procede a armar el rompecabezas, el procedimiento usual consiste en unir las piezas por grupitos, y al final, ensamblar todos estos grupitos para reconstruir la imagen diseñada.

Del mismo modo, el equipo de Gibson y Venter sintetizó químicamente 1.078 fragmentos de ADN, cada uno de ellos con una longitud de poco más de 1.000 pares de bases (pb), que abarcaban la totalidad del genoma diseñado. Luego ensamblaron los fragmentos de 10 en 10, para acabar con una colección de 109 fragmentos más grandes a los que llamaremos casetes de cerca de 10.000 pb cada uno. Es muy importante subrayar que este primer ensamblaje se hizo, aunque parezca una locura, dentro de la levadura de la cerveza (Saccharomyces cerevisiae). Esto se debe a que se han desarrollado manipulaciones genéticas que permiten “pegar” pedacitos de ADN en un orden preestablecido, de una manera ágil y barata, dentro de este microorganismo. Este procedimiento puede hacerse perfectamente en el tubo de ensayo, según estos mismos autores han demostrado, pero en esa forma resulta más lento y más costoso.

La tercera etapa del proyecto consistió en purificar los 109 casetes y “pegarlos”, nuevamente en grupitos de 10, en un orden establecido, para así lograr 11 segmentos ensamblados de alrededor de 100.000 pb cada uno, utilizando asimismo la levadura como vehículo para hacer esta manipulación genética. En la siguiente etapa se procedió de manera similar: se purificaron los 11 segmentos de 100.000 pb y se pegaron, con la misma estrategia, en el orden requerido y de esta manera llegar finalmente a una sola molécula de aproximadamente 1.1 millones de pb, que corresponde precisamente al genoma completo artificial previamente diseñado. Posteriormente, el genoma artificial se extrajo de la levadura.

Gibson y Venter tenían bien claro que si querían trasplantar exitosamente su genoma artificial ante todo debían evadir el sistema de defensa de la célula huésped, pues las bacterias poseen enzimas, conocidas como enzimas de restricción, que destruyen cualquier ADN que provenga de fuera. Este mecanismo, obviamente no surgió para hacerles la vida difícil a los investigadores, sino para destruir el material genético de los virus que las infectan. Las bacterias han desarrollado, al mismo tiempo, enzimas que modifican su propio ADN (metilasas), a fin de evitar que las enzimas de defensa confundan lo propio con lo ajeno y lo destruyan. Por ello, estos investigadores purificaron las enzimas de protección de ADN de Mycoplasma capricolum, y las usaron para proteger su genoma artificial.

Para poder lograr el trasplante, se incubó el ADN protegido del genoma sintético con las células de Mycoplasma capricolum, en presencia de un sustancia (polietilenglicol) que promueve la entrada del ADN a las células. Por un mecanismo que todavía no se entiende a cabalidad, las células que reciben el genoma sintético eliminan el propio.

Otro reto importante al que tuvieron que enfrentarse estos investigadores fue el de buscar una manera eficiente de reconocer a las pocas células en las cuales ocurrió el trasplante, distinguiéndolas de aquellas células huésped que permanecieron sin cambio. Con este fin, mañosamente introdujeron en el genoma sintético, además de las marcas de agua, que ya mencioné, dos propiedades que están ausentes en el genoma de las células huésped: un gen que confiere resistencia al antibiótico Tetraciclina y otro gen que provoca que las células se vuelvan azules en presencia de un reactivo químico especial. Comprobaron así que las células en las que ocurrió el trasplante se volvieron azules en presencia de este reactivo y crecieron en medio de cultivo con Tetraciclina. Para que nadie tuviera dudas acerca de su trabajo, los científicos purificaron el genoma de las células trasplantadas, lo secuenciaron y certificaron que todas las marcas de agua que introdujeron en el diseño original estaban realmente ahí presentes.

Las células con el genoma sintético fabricaron poco a poco nuevos componentes celulares, siguiendo las instrucciones presentes en el nuevo genoma, hasta sustituir por completo todos los componentes de la célula original, como posteriormente demostró el equipo de Gibson y Venter. Hasta ese momento, se obtuvo, por fin, una célula cuya estructura y fisiología depende exclusivamente del genoma artificial.

 

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Perspectivas

El anuncio de la construcción de la primera célula artificial ha causado demostraciones tanto de júbilo como de completa consternación. Muchos investigadores están convencidos que ésta es una nueva avenida para construir, de manera fácil y económicamente rentable, bacterias que fabriquen, por ejemplo, medicamentos novedosos o biocombustibles; también existen otros para los que estas innovadoras tecnologías hacen factible producir organismos que sirvan de biosensores para vigilar el medio ambiente o mejor aún, para estudiar las bases de la vida misma.

Pero también hay muchos científicos que temen que esta tecnología recién nacida constituya el camino para crear inauditas y más potentes armas biológicas. Otros temen que no podamos evaluar todavía las consecuencias ecológicas del “escape” al medio ambiente de alguno de los futuros organismos artificiales. Ante la noticia, el Vaticano expresó que la nueva tecnología puede ser un desarrollo positivo si se usa correctamente, no sin dejar clara su firme creencia en que sólo Dios es capaz de crear la vida.

Bajo este abanico de opiniones y de confusas perspectivas, Estados Unidos y los países que conforman la Unión Europea —y espero que México no se quede atrás— están organizando foros de bioética que sopesen la situación, analicen las consecuencias de esta nueva ciencia y establezcan códigos de ética, evidentemente muy necesarios.

Para concluir, me gustaría recalcar que las tecnologías no son buenas ni malas, todo depende de cómo se usen. Por ejemplo, la pólvora puede usarse en los festivos fuegos artificiales o en una bomba. La morfina puede usarse como un analgésico maravilloso o como una droga terriblemente adictiva. La energía atómica se puede usar para borrar de un solo golpe a una ciudad entera, o proveerla de toda la energía eléctrica que necesita. Así es que informar y reflexionar cuidadosamente sobre las nuevas tecnologías es esencial para promover su uso adecuado.

 

Miguel Ángel Cevallos.

Universidad Nacional autónoma de México.

Y la poesía no habrá cantado en vano.

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata —eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando más bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semiderribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baquianos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

¿Tuvo mucho miedo?

Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. Ahí mismo —agregó uno de ellos— cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta, aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y descubrimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo el humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.

Ellos ignoraban quiénes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese nada más, en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores: Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias para la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido —el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía— en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; pues en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un pequeño dios. No, no es un pequeño dios. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron —ni yo lo pretendí nunca— orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores, y al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. ¿Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquier forma al pasado feudal del gran continente americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades).

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.

 

Pablo Neruda.

Discurso del Premio Nobel 1971

Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos.

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una “reservación” para el pueblo indígena.

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El jefe Seattle responde en 1855.

“El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrell buas inmutables son mis palabras.

¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.

Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.

Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.

La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.

Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un  salvaje y no comprendo.

Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra

No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.

¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.

El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, éni nil debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.

Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.

Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.

Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.

Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.

Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.

Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.

La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.

Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.

Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.

¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.

¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.

La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.”

 

Truman Sleeps

Quién no ha visto el Show de Truman, con Jim Carrey?

Una película qué, si se quiere, dice mucho más de lo que aparenta.

A mí particularmente me gustó muchísimo el tema musical de la película, “The Truman sleeps” de Philip Morris Glass. Cada vez que la escucho me pongo en el lugar del personaje, descubriendo el mundo que presentía y no el que le hacían sentir.

Siempre me dije, “tengo que aprender a tocarlo… “

Cómo verán… estoy todavía en éso.

Zygmunt Bauman.

” Si los pobres están distraídos, los ricos no tienen nada que temer. ”

” Si se tiene riqueza, educación y privilegios, se tiene un deber moral por los demás ”

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que reflexiona sobre la desigualdad social en su último libro, formula desde su título una pregunta:

La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos ?

En el libro, con un muy buen fundamento, se expone por qué la respuesta es un “NO” rotundo.

Él piensa que en el siglo XXI nuestra sociedad había dado paso a un estado de liquidez. Líquido significa, literalmente, “aquello que no puede mantener su forma”, aplicando este concepto de liquidez a los vínculos afectivos, a la modernidad, al concepto de tiempo, al arte y a la cultura.
Y es así que decidió poner el foco en la desigualdad social que considera es la primera afectada por este problema histórico.

En pequeños fragmentos de su libro se puede interpretar claramente cual es su pensamiento al respecto :

“Hoy la sociedad está cambiando, y los multimillonarios son un grupo cada vez más pequeño que se beneficia del desarrollo de las cada vez mas ascendentes rentas nacionales. Sin embargo, la clase media está más cerca de los proletarios y de la gente que vive en la miseria que de la clase mas rica: lo que yo llamo el ‘precariado'”

“El Estado democrático durante años se ajustó a su promesa y a su responsabilidad de proteger y dar bienestar a cualquier colectivo en contra de la desgracia individual. La gente tenía sentido de pertenencia y solidaridad, hoy todo eso ha cambiado y, cuando llegan los problemas comunales y compartidos, el Estado dice: ‘Es asunto de ustedes; resuélvanlo ustedes'”

“Hoy las 85 personas más ricas del mundo tienen la misma riqueza que los 4 billones de los ‘no-habitantes’ más pobres de la tierra y este es el magma de la situación”

“Las ganancias de una minoría están creciendo exponencialmente, al igual que el hueco que separa la mayoría de la prosperidad que unos pocos de seres felices disfrutan.”
Según el sociólogo y ensayista, la sociedad acepta la desigualdad de forma pasiva por varios motivos. El primero, porque en las últimas decenas de años “cuando hay que enfrentarse a un problema, solo se hace a través de lo que se llama crecimiento económico”. “Este crecimiento nos dicen que es la solución, piensan que es ilimitado, pero nosotros sabemos que no es así y que los problemas crecen”,

“Nos han hecho esclavos del consumo, las tiendas, las grandes superficies. La búsqueda de la felicidad equivale a ir de compras.”

Por último y como consecuencia de la aceptación de todo lo anterior, la nueva organización de la vida es “más individual y desregularizada, y eso hacer crecer la insolidaridad”.

“Mientras el proletariado esté distraído en su propia desesperación con acontecimientos ficticios creados por los medios de comunicación, los superricos no tiene nada que temer.”

Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, un muy pequeño pueblo.

Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch (a menudo abreviado Llanfair PG o Llanfairpwllgwyngyll) es un pueblito de apenas 3000 habitantes de la isla de Anglesey en Gales, Reino Unido.

En galés, el nombre del pueblo significa ‘iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilio cerca de la gruta roja.

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El nombre fue decidido en los años 1860 por el consejo del pueblo, principalmente para tener el privilegio de tener el nombre más largo de una estación ferroviaria en Gran Bretaña.

Nunca pensé que para algunos tener que escribir donde viven sería un verdadero problema !!!