Palabras.

Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable.

Debería invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la mediación del silencio más puro. Siempre he sido yo la silenciosa. Las palabras intercesoras, las he oído tanto, ahora las repito. ¿Quién elogió a los amantes en detrimento de los amados? Mi orientación más profunda: la orilla del silencio. Palabras intercesoras, señuelo de vocales. Ésta es ahora mi vida: mesurarme, temblar ante cada voz, temblar las palabras apelando a todo lo que de nefasto y de maldito he oído y leído en materia de formas de seducción.

El hecho es que yo contaba, yo analizaba, yo relacionaba ejemplos proporcionados por los amigos comunes y la literatura. Le demostraba que la razón estaba de mi parte, la razón de amor. Le prometía que amándome iba a serle accesible un lugar de justicia perfecta. Esto le decía sin estar yo misma enamorada, habiendo sólo en mí la voluntad de ser amada por él y no por otro. Es tan difícil hablar de esto. Cuando vi su rostro por primera vez, deseé que fuera de amor al volverse hacia mi rostro. Quise sus ojos despeñándose en los míos. De esto quiero hablar. De un amor imposible porque no hay amor. Historia de amor sin amor. Me apresuro. Hay amor. Hay amor de la misma manera en que recién salí a la noche y dije: hay viento. No es una historia sin amor. Más bien habría que hablar de los sustitutos.

 

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Hay gestos que me dan en el sexo. Así: temor y temblor en el sexo. Ver su rostro demorándose una fracción de segundo, su rostro se detuvo en un tiempo incontable, su rostro, un detenerse tan decisivo, como quien mueve la voz y dice no. Aquel poema de Dylan Thomas sobre la mano que firma en el papel. Un rostro que dure lo que una mano escribiendo un nombre en una hoja de papel. Me dio en el sexo. Levitación; me izan, vuelo. Un no, a causa de ese no todo se desencadena. He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden de cosas. A medida que no vaya sucediendo.

Hablo de un poema que se acerca. Se va a acercando mientras a mí me tienen lejos. Sin descanso la fatiga; infatigablemente la fatiga a medida que la noche –no el poema– se acerca y yo estoy a su lado y nada, nada sucede a medida que la noche se acerca y pasa y nada, nada sucede. Sólo una voz lejanísima, una creencia mágica, una absurda, antigua espera de cosas mejores.

Recién le dije no. Escándalo. Transgresión. Dije no, cuando desde hace meses agonizo de espera y cuando inicio el gesto, cuando lo iniciaba… trémulo temblor, hacerme mal, herirme, sed de desmesura (pensar alguna vez en la importancia de la sílaba no).

 

(Textos de Sombra y últimos poemas.)

Alejandra Pizarnik (1936-1972)

——–

La imagen corresponde a un grabado de Martín Lewis (1881-1962)

“Rainy Day Queens”

El anciano y su perro.

En lo alto de una pequeña montaña que dividía a un pueblito del resto del mundo, vivía un anciano, muy sabio y solitario, cuya única y fiel compañía era su inseparable perro.

Solía tener la costumbre de bajar al pueblo y pasar horas meditando en una vieja glorieta construída en madera a las orillas del pequeño río que lo cruzaba. Hasta su viejo y fiel acompañante parecía tener comprado un placentero lugar en la vieja glorieta, apenas donde terminaba la ruidosa escalera pasaba echado por horas aprovechando el cálido sol de las largas tardes de primavera.

Muchas personas del pueblo se juntaban al pie de aquella vieja construcción y aprovechando la sabiduría del muy accesible y tierno anciano, les contaban sus dudas, temores y conflictos esperando alguna respuesta que los aconseje o al menos unas palabras de aliento que les permitiera ver sus problemas desde algún otro punto de vista.

En alguno de esos días, quien era uno de sus siempre seguidores, se animó a realizarle las siguientes preguntas:

– ¿Por qué cada vez que nos acercamos a usted, su perro, que siempre está tirado a su lado, gruñe fuertemente con clara amenaza y como advirtiéndonos de no seguir avanzando?
¿Es que no puedes aceptar que nosotros estemos junto a ti?
¿Te sientes muy diferente a nosotros y este perro esta entrenado para ahuyentar a los que queremos tenerte mas cerca?

Con una gran sonrisa, algo alvergonzado por las preguntas y con un tono de voz como pidiendo disculpas, el anciano les dijo:

– No !!! Vosotros habéis construido esta tarima, y cuando pisan en ese primer escalón, un pequeño clavo mal puesto sobresale un poco más, justo en donde siempre se echa mi perro y toca su pata. Es por éso que el perro gruñe, algo le debe doler pobre.

– Pero entonces, si le duele porque no se corre, por qué no cambia y se echa en otro lugar? – con singular convencimiento le hacen el comentario.

– No !!! No es tan así. Es que le duele como para quejarse un poco, pero no lo suficiente como para tener que salir de allí. – con gran sabiduría responde el viejo.

(dc)


Fue mi intención con esta historia cuestionar la “muchas veces” propia y rutinaria manera de vivir. Cuántas veces inocentemente soportamos pequeños “dolores” o sentidas “molestias”, pero que creemos que no son de la suficiente magnitud como para cambiar el modo de vida o bien el lugar en donde nos encontramos muy acostumbrados en permanecer.

No necesariamente el simple hecho de sentirnos incómodos en un lugar o en alguna situación nos impulsa a iniciar un proceso de cambios, muchas veces los miedos o las inseguridades nos juegan muy en contra respecto a lo mejor que podríamos hacer.

¿Estás cómodo viviendo tu vida?
¿Hay molestias pero se soportan bien?
¿Duele mucho, pero da terror cambiar?

Que difícil que lo es todo, no es cierto?

 

Nadie nos dijo que vivir sea sencillo, ni que siempre van a existir respuestas a todas nuestras preguntas…

Pero de lo que sí estoy muy seguro, es que mientras más podamos conocernos, entendernos y aceptarnos, en mejor situación estaremos de lograr encontrar al menos las respuestas que nos den esa tranquilidad, esa paz, ese equilibrio emocional al cual siempre hago referencia y que tanto bien nos hace.

Tú mismo descubre tu verdad.

Inteligencias múltiples de Gardner.

Cuando hablamos de inteligencia solemos pensar en el éxito obtenido en la escuela o en la universidad, el cual se mide a través de tests y cuestionarios. Pero para el neuropsicólogo Howard Gardner la inteligencia se define como la capacidad para resolver problemas, o crear un producto valioso en distintas culturas.
Gardner es reconocido por su teoría de las inteligencias múltiples, por la cual, cada persona posee al menos ocho tipos de inteligencias u ocho habilidades innatas. Liberándose así de la visión tradicional y unificada sobre la inteligencia para dar paso a una visión múltiple de la misma.

La teoría de las inteligencias múltiples de Gardner defiende así una visión más amplia, donde todas las inteligencias tienen la misma importancia. Con esta teoría la inteligencia no se reduce al ámbito académico sino que es una combinación de diferentes inteligencias. En su libro “Inteligencia múltiple”, afirma la cantidad de inteligencias cognitivas que nos ocupan y las resume en 8 tipos.

 

– Inteligencia Lógica.

La inteligencia lógica es empleada en resolver problemas de lógica y matemáticas. Es la capacidad para utilizar números de manera precisa y de razonar correctamente. La inteligencia que suele corresponder a científicos, matemáticos, ingenieros y aquellos que emplean el razonamiento y la deducción, ( trabajar con conceptos abstractos, elaborar experimentos). Utilizan especialmente el hemisferio derecho.

 

– Inteligencia Lingüística.

En la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner se llama inteligencia lingüística a la habilidad para emplear las palabras de manera oral o escrita de manera efectiva. Un nivel destacado de esta inteligencia se observa en escritores, periodistas, comunicadores. Estudiantes con habilidades para aprender idiomas, escribir historias, leer, etc. Utilizan ambos hemisferios.

 

– Inteligencia Corporal.

Dentro de la teoría de las inteligencias múltiples de Garder, la inteligencia corporal corresponde con aquella que utiliza todo el cuerpo para expresar ideas y sentimientos, y la habilidad en el uso de las manos para transformar objetos. Las capacidades de equilibrio, flexibilidad, velocidad, coordinación, como también la habilidad cinestésica, o la percepción de medidas y volúmenes, se manifiestan en este tipo de Inteligencia. Atletas, cirujanos, artesanos, bailarines, son los más representativos.

 

– Inteligencia Musical.

Es la inteligencia que percibe, transforma y define la música y sus formas. La sensibilidad, el ritmo, tono y timbre se asocian a este tipo. La inteligencia musical se encuentra presente en compositores, directores de orquesta, músicos, etc. Personas que se sienten atraídas por sonidos de la naturaleza o melodías. Y que acompañan el compás, golpeando o sacudiendo algún objeto rítmicamente con el pie o mano.
Desde la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner también se la conoce como “buen oído”. Uno de los puntos que la caracterizan es que tiene que ser estimulada para poder desarrollar todo su potencial.

 

– Inteligencia Espacial.

La inteligencia espacial es la habilidad para pensar en tres dimensiones. Una capacidad que nos posibilita para percibir imágenes externas, internas, transformarlas o modificarlas, y producir o decodificar información gráfica. Pilotos, escultores, pintores, marinos y arquitectos, son un claro ejemplo. Sujetos a los que les gusta realizar mapas, cuadros, dibujos, esquemas, planos.

 

– Inteligencia Naturalista.

Es la capacidad de diferenciar, clasificar, y emplear el medio ambiente. Objetos, animales o plantas.( tanto en ambiente urbano, o rural). Habilidades de observación, reflexión y planteamientos sobre nuestro entorno. La posee la gente de campo, botánicos, cazadores, ecologistas. Se observa en gente que aman las plantas y animales.

 

– Inteligencia Interpersonal.

La inteligencia interpersonal lleva implícita la capacidad de empatizar con los demás, ya que nos permite entenderlos. Adoptando una sensibilidad especial para comprender las expresiones faciales, (voz, gestos, postura), y la habilidad para responder. Presente en políticos, vendedores y docentes de renombre.
La inteligencia interpersonal complementa a todas las demás. Ya que en la mayoría de actividades que realizamos en nuestro día a día se encuentra las personas de nuestro alrededor. Por ello, resulta fundamental que las personas líderes tengan más desarrollada este tipo de habilidad.

 

– Inteligencia Intrapersonal.

Es la inteligencia para construir una valoración exacta sobre el respecto de sí mismo y la capacidad para dirigir su propia vida. Incluye la reflexión, la autocomprensión y la autoestima. Se aprecia en teólogos, psicólogos, sociólogos, y filósofos, entre otros.
La inteligencia intrapersonal nos permite entender cuáles son nuestras necesidades y características, cuáles son nuestros sentimientos y cómo nos encontramos en cada momento. Este tipo de habilidad nos permite conectar con nosotros mismos, siendo conscientes de nuestras sensaciones y emociones.

 

La teoría de las inteligencias múltiples de Gardner considera que todos los seres humanos poseen las ocho inteligencias en mayor o menor medida, pero aclara que no hay estilos puros. Es una visión pluralista, donde la inteligencia es una habilidad cambiante a lo largo de la vida.
Gardner apoyado en su teoría de las inteligencias múltiples sostiene, que la enseñanza tendría que permitir orientar a los alumnos en función de la capacidad y estilo de inteligencia que más domina cada uno, para aprovechar sus puntos fuertes y formar a los jóvenes para enfrentarse a un mundo cada vez más competitivo.

 

Friedrich Gauss

Cuando Friedrich Gauss tenía 7 años de edad y ante tanta insistencia por que le dieran más tareas, su maestro le pidió que sumara todos los números del 1 al 100 con la intención de mantenerlo ocupado al menos varios minutos. Eran 100 números los que tendría que ir sumando !!!
Increíblemente apenas pasados algunos segundos, el pequeño Friedrich le lleva a su maestro una hoja con un par de números medio borroneados y un gran “5050” bien redondeado, diciendo que ése era el resultado.
Sorprendido el maestro y hasta un poco avergonzado por no tener inmediatamente el resultado correcto, se propuso realizar los cálculos necesarios para obtenerlo y grande fue su desconcierto cuando luego de realizar interminables sumas durante varios minutos llegó al mismo resultado.

Un “Como lo hiciste ?“ rompió súbitamente el silencio de la clase.

El pequeño Gaus respondió :

“Señor, me di cuenta que si sumaba el primero con el último me daba 101, y si lo hacía con el segundo y el anteúltimo también me daba 101, y corroboré que con el tercero y el antepenúltimo seguía dando el mismo resultado, me dije entonces, si las 50 sumas que haría siguiendo con este proceso me van a dar todas 101, el resultado total va a ser 50 veces 101 y esa multiplicación da 5050”

El eximio educador no sólo quedó atónito sino que no sabía que estaba en presencia de uno de los más grandes genios matemáticos de la historia, Friedrich Gauss.

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Johann Carl Friedrich Gauss (Brunswick, 30 de abril de 1777-Gotinga, 23 de febrero de 1855) fue un matemático, astrónomo, geodesta, y físico alemán que contribuyó significativamente en muchos campos, incluida la teoría de números, el análisis matemático, la geometría diferencial, la estadística, el álgebra, la geodesia, el magnetismo y la óptica. Considerado “el príncipe de los matemáticos”, Gauss ha tenido una influencia notable en muchos campos de la matemática y de la ciencia, y es considerado uno de los matemáticos que más influencia ha tenido en la Historia. Fue de los primeros en extender el concepto de divisibilidad a otros conjuntos.

Gauss pronto fue reconocido como un niño prodigio, pese a provenir de una familia campesina de padres analfabetos; de él existen muchas anécdotas acerca de su asombrosa precocidad. Hizo sus primeros grandes descubrimientos mientras era apenas un adolescente en el bachillerato y completó su maestría a los veintiún años (1798). Fue un trabajo fundamental para que se consolidara la teoría de los números y ha moldeado esta área hasta los días presentes.

Los pedazos del corazón…

Margarita no es el tipo de mujer que le toma pena a los hombres. Durante nuestros quince meses de noviazgo había comenzado a sospecharlo. Pero la certeza -la terrible, insoportable evidencia- la tuve la noche en que fulminó nuestra relación en la misma puerta de su casa. No fue sutil, no paseó por las ramas. Me dijo:

–Gustavo, lo nuestro se acabó. No quiero verte más la cara.

Así dijo. ¿Sintió compasión por mí? Ninguna. Su rostro seguía duro, impenetrable, a pesar de nuestros quince meses de cines, restaurantes, paseos, librerías y amor. A pesar de las muchas noches en que me había prometido: “Gustavo, seré tuya para siempre”. Pero de pronto era como si no me conociera, como si nunca jamás hubiera estado en mis brazos. Con sus bruscas palabras me dejó el corazón hecho pedazos. Y a pesar de mi evidente desesperación, no hizo gesto alguno por ayudarme a recoger los blandos trozos de corazón dispersos por el suelo.

Yo había dado un rápido salto hacia atrás, como la gente que pierde un lente de contacto. Me puse de rodillas y le dije:

–Margarita, mi corazón, ayúdame a recoger los pedazos.

¿Qué hizo la hermosa Margarita? ¿Qué exactamente hizo esta mujer que semanas antes, mientras me abrazaba, me había susurrado al oído: “Sin tu amor soy un pájaro sin alas”?

Me cerró la puerta en la cara. Eso hizo.

Y ahí quedé de rodillas, en el suelo, frente a los pedazos dispersos de mi corazón destrozado. El espectáculo me impresionó de tal manera que aún lo llevo grabado en la memoria: sobre los escalones de mármol blanquísimo yacían los pedazos tintos y aún palpitantes de un corazón que, a pesar del maltrato recibido, todavía no se resignaba a perder el amor de Margarita.

Saqué mi pañuelo almidonado y lo abrí con cuidado sobre el mármol. Recogí cada trozo tibio con esmero, uno por uno. Lo pillaba entre el pulgar y el índice de mi mano derecha, la más diestra; lo llevaba hasta el montículo que empezaba a crecer en el centro del blanco pañuelo y lo soltaba. Así recogí todos los fragmentos, y al concluir mi labor la miré con orgullo y me dije: “He aquí los pedazos de mi corazón”. Envolví mi obra con el pañuelo, hice un pequeño nudo y me lo eché en el bolsillo del gabán.

No me atrevía a montarme en el carro. Estaba un poco mareado, me faltaba el aire, la cabeza la sentía muy liviana. De ocurrirme, en esas condiciones, un accidente, ¿cómo explicarles a los policías que no estaba borracho ni drogado sino que tenía el corazón hecho pedazos?

Toqué varias veces en la puerta de Margarita, quien había sido la mujer de mi vida hasta unos minutos antes, pero esa bestia –me cuesta usar la palabra, pero no hay otra– esa pájara ya estaba bajo la ducha o encerrada en su cuarto con la música a todo volumen. Ya se había olvidado de mí.

Comprendí lo serio de mi caso: era una verdadera emergencia. Por ello decidí buscar ayuda oficial. Saqué el celular del bolsillo de mi pantalón y marqué el 911.

–Emergencias médicas, diga.

–Necesito ayuda, por favor.

–¿Cuál es la emergencia?

–Tengo el corazón hecho pedazos –dije.

Nada, la imbécil me colgó el teléfono. Volví a marcar.

–Emergencias médicas, diga.

–Mire, es en serio. Necesito ayuda. Tengo el corazón hecho pedazos.

–Pues llame a Notiuno. Si vuelve a llamar, lo arrestamos.

Colgó de nuevo.

¿Qué hacer? Me senté en los fríos escalones de mármol blanco –tan gélidos como su dueña–, reflexioné unos minutos y volví a llamar al 911.

–Emergencias médicas, diga.

–Soy yo de nuevo, el del corazón hecho pedazos. Estoy en la avenida Ponce de León número 900. Manda a la policía porque te seguiré llamando toda la noche.

A los diez minutos llegaron dos patrullas. De la segunda descendió un sargento delgado, de bigote fino, a quien se le notaba de lejos que era un hombre sensible. Quizás, en su tiempo libre, era poeta o compositor de baladas. Les pidió a los demás policías, de aspecto bastante violento, que aguardaran, y caminó sin prisa hasta el mármol en que yo esperaba sentado.

–Buenas noches –dijo. Su semblante era el de un hombre en paz consigo mismo.

–Sargento, gracias por venir.

–¿Cuál es el problema?

–Es que tengo el corazón hecho pedazos y no me atrevo a manejar el carro. Me falta el aire y estoy mareado.

–Señor, ¿no cree que estos asuntos se ventilan mejor con un amigo o sacerdote? El 911 es para emergencias médicas reales.

–Pero es que tengo el corazón hecho pedazos.

–Amigo –dijo el sargento, en tono paciente y comprensivo–, usted no es el primero que sufre una tragedia amorosa. Yo le juré a mi novia que si me abandonaba mi vida sería un continuo ir y venir, un perpetuo vagar sin sentido por el mundo, un purgatorio.

–¿Por eso es policía?

–Por eso. Y vago todo el día por la ciudad, aunque siempre tratando de ayudar a los que, como usted, sufren tragedias amorosas.

–Pero lo mío es más concreto, ¿no cree? Mire.

Saqué del bolsillo el pañuelo, lo abrí con cuidado y le mostré los pedazos de mi corazón. Al sargento se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Perdón, amigo, estuve ciego –dijo con un sollozo–. Es cierto: usted tiene el corazón hecho pedazos. Llamaremos una ambulancia de inmediato.

En menos de treinta minutos la ambulancia me dejó en la sala de emergencias del hospital. Los paramédicos habían colocado los pedazos de mi corazón en una neverita con hielo. El paramédico jefe, muy competente, quería llevarla en la falda, pero yo insistí en transportar mi propio corazón. Por pena, o tal vez porque en realidad no les importaba, me permitieron cargar la neverita.

En la sala de espera me sentaron al lado de una rubia treintona. El pelo lacio, partido a la mitad, le caía sobre los hombros. Llevaba una blusa rosada ceñida al cuerpo y sonreía con dulzura mientras leía una revista. Se notaba que era una mujer comprensiva.

Estuvimos unos minutos sin hablar. Yo no tenía ganas de hacerlo porque no es fácil terminar con un amor de quince meses. Todavía quería a Margarita, a pesar de que me había destrozado el corazón; cuando se sufre de amor no quedan muchas energías para hablar.

Pero la mujer soltó la revista de pronto, cruzó las piernas y se inclinó hacia mí:

–¿Cuál es tu signo? –preguntó.

–Qué importa –exclamé sorprendido.

–Importa mucho –aclaró–. ¿Qué tienes en esa neverita?

–El corazón, lo tengo hecho pedazos –dije–. ¿Y tú?

–Estoy a punto de volverme loca.

–¿Por qué?

–El bandido de mi novio me dejó. Yo se lo había dicho muchas veces: “Si algún día me dejas, el dolor me volverá loca”. Pero no me hizo caso, no le importó un ajo mi salud mental. Eso fue ayer. Hoy amanecí con mucho dolor. Pronto, en horas o tal vez minutos, es obvio que me volveré loca. Quizá tengan que atarme.

–¿Qué te recomiendan?

–Electrochoque. Terapia cognitiva-conductista. Pastillas. Meditación. Dieta macrobiótica vegetariana. Depende del psiquiatra. ¿Y a ti?

–Todavía no me ha visto el médico.

–Bueno, pero lo tuyo es sencillo. A mí me han roto el corazón muchas veces.

–¿Y cómo te curaste?

–El tiempo lo cura todo. Paciencia.

Cuatro meses después había empezado a acostumbrarme a la idea de vivir sin Margarita. Todavía la quería, pero me quedaba muy poquito amor. En escasas horas, tal vez en minutos, emitiría un último suspiro y la olvidaría para siempre. Pero debo admitir que, en cierto modo, soy rencoroso. Margarita ya me importaba poco, cierto, pero sentía ganas de vengarme, de hacerla sufrir como yo había sufrido. ¿Acaso es fácil vivir con el corazón hecho pedazos? ¿Es poca cosa?

Esa noche, pues, fui a la casa de Margarita. Aún tenía las llaves, las cuales esa engreída ni siquiera se había molestado en pedirme de vuelta. Probablemente había cambiado las cerraduras.

Pero no, era la misma. Pude abrir la puerta de la sala. Nadie. En la esquina de la derecha, como siempre, el cono de luz formado por la lámpara que acostumbra dejar prendida cuando está en el cuarto. Entré a la habitación. Nadie. Pero alguien se duchaba en el baño. Me acosté sobre la cama a esperar, con los brazos bajo la cabeza. Me sentía algo arrogante y supongo que mi semblante era el de un envanecido desdeñoso, carcomido por un terrible deseo de venganza. Ya me sentía casi libre de Margarita. Sólo me quedaban pocos minutos de amor y los dediqué a contemplar la decoración del cuarto. No quedaba nada mío: ni una foto, ni uno solo de mis regalos, como si yo no hubiera existido nunca.

Tras una larga espera, salió al fin del baño. Estaba desnuda y tan perfecta como siempre, pero no me afectó su presencia. Era claro que el amor se me escapaba de prisa. Me miró con gesto lacónico, sin expresión ni sorpresa.

–Olvidé pedirte la llave –dijo–. ¿Viniste a traerla?

–A eso –dije–. Y a otra cosa mucho más importante.

–¿A qué? –dijo sin miedo. No estaba preocupada por mi presencia en la habitación. No se molestó en cubrir su relumbrante cuerpo desnudo. Así de poco me respetaba.

–Vine a decirte que me quedan poquitos segundos de amor por ti.

–¡Todavía te quedan! –soltó una carcajada–. Qué lento eres. De todos modos, ¿a mí qué me importa? Deja la llave y vete.

–Sé que no recuerdas lo que me prometiste. Yo mismo he olvidado mucho en estos meses. Pero hay una promesa tuya que no puedo olvidar. Me pareció linda en aquel entonces.

–¿Cuál?

–Me dijiste: “Sin tu amor soy un pájaro sin alas”.

–Pendejadas –dijo ella–. Ahora vete. Pronto vienen a buscarme.

–Antes escucha.

–¿Qué cosa? Hazme el favor y sal de mi casa.

–Espera… escucha… escucha bien…

–¿Qué dices?

–Silencio, ahora… ahora… oye.

–Tonto, qué…

–¡Calla, carajo! Escucha…

De golpe sentí como si una larga aguja me atravesara el pecho desde adentro, una afilada aguja que quería abrirse paso entre mi carne y salir a la libertad. Entonces lo vi. Primero se escuchó un tenue arpegio como de telenovelas: un “tlin tlin” agudo y sostenido. Luego un hilo rojo muy fino, casi invisible, comenzó a salir de mi pecho. Al contacto con el aire, se disolvía.

–¿Lo ves, Margarita? –dije calmado–. ¿Lo oyes…? Los últimos segundos de amor por ti. Salen lentos. Los siento salir. Salen. Ah…, se fueron. Míralos disolverse. Ya no te amo, Margarita. Ya-no-te-amo.

Esa noche envolví a Margarita con mi pañuelo y la coloqué en el bolsillo del gabán, donde había guardado los pedazos de mi corazón destrozado. En mi casa la metí en una caja de zapatos, a la que le hice agujeros pequeños para que respirara. Al día siguiente compré una jaula dorada para pájaros raros, con columpios, campanas y una bañerita. Por tratarse de Margarita, también compré muchos espejos. En el colmado adquirí alpiste, semillas de anís y galletitas. Coloqué la jaula en la pared de la izquierda de mi sala, al lado de la ventana.

Ahora, cuando recibo visitas, la espantosa pájara sin alas es siempre el centro de atención. La gente es cruel. Algunos han dicho que la criatura es un monstruo, un simulacro de pájaro, y que debería morir porque no tiene alas. Lo han dicho al frente mismo de Margarita, en su cara.

Otros visitantes –los amantes de los animales, los ecologistas, los vegetarianos– han llegado al indelicado descaro de preguntarme si fui yo quien le cortó las alas. Pero no me ofendo jamás. Comprendo que estas personas –dichosas, en verdad– nunca han sufrido: nunca han conocido, como yo, la perfecta congoja de aquel que está de rodillas, solo, desconsolado, en medio de blanquísimos escalones de mármol frío… recogiendo uno por uno los tibios pedazos de un corazón destrozado.

Fin.

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Luis López Nieves.
Escritor y catedrático nacido en Puerto Rico en 1950, ganó el Primer Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña (Premio Nacional de Literatura) en dos ocasiones: la primera, en 2000, por su libro de cuentos históricos La verdadera muerte de Juan Ponce de León; la segunda, en 2005, por su novela El corazón de Voltaire. Es autor del célebre cuento “Seva”, uno de los mayores éxitos literarios de Puerto Rico.

…en tiempo de guerra son los padres los que entierran a sus hijos…

Parmenión fue un noble macedonio nacido en el 400 a. C. en Ecbatana, región poblada en ese entonces por los medos entre el mar Caspio y los ríos de Mesopotamia, y que al servicio de Filipo II primero y de su hijo Alejandro Magno después fue un destacadísimo general

Durante el reinado de Filipo II obtuvo una gran victoria sobre los ilirios, en 356 a.C y miembro de la delegación macedonia enviada para negociar la paz con Atenas en 346 a.C., posteriormente fue destinado al mando de un ejército a Eubea, para asegurar la influencia macedónica, en el año 342 a.C.
En 336 a.C. dirigió, junto con Amintas y Átalo, un ejército de 10.000 hombres destinado a la conquista de Asia.​ Se erigió como segundo al mando del ejército de Alejandro Magno cuando éste ascendió al trono tras la muerte de su padre Filipo II y lideró el ala izquierda en las batallas del Gránico, Isso y Gaugamela.

Fue padre de tres hijos, Héctor que murió de muy jovencito en un desgraciado accidente, Nicanor que llegó a ser también un destacado guerrero pero una enfermedad terminó tempranemente con su vida y de Filotas quien fue condenado por la asamblea de macedonios libres y ejecutado después por formar parte de una conspiración para acabar con la vida del mismo Alejandro Magno. La costumbre de la época en Macedonia era también matar a todos los parientes varones del culpable, por lo que Alejandro Magno envió órdenes a Ecbatana, en Media, para que asesinaran también a Parmenión, y aunque no existían pruebas de que él estuviera implicado en la conspiración. no tuvo la oportunidad de defenderse y falleció el 330 a. C.

AACaptura

Valerio Massimo Manfredi, arqueólogo y escritor italiano, conocido principalmente por sus novelas históricas sobre el mundo antiguo relata en una famosa trilogía la vida de un hombre implacable que luchó por un poderoso sueño: convertir el mundo conocido en una sola nación bajo su mando. En ellos cuenta la conquista de Asia por el gran Alejandro Magno. Él y sus hombres derrotan al poderoso Darío, rey de los persas, avanzando hasta Egipto, donde el oráculo de Amón le revela su origen divino y su destino de gloria inmortal. Aléxandros no es solo el relato de una vida excepcional, es también la historia de Filipo, padre de Alejandro, que fue asesinado misteriosamente y nunca fue vengado, así como de su madre Olimpia. Y es, además, la historia de amor de Alejandro y Roxana, única mujer que podrá salvarlo de la terrible soledad que padece.

Pude recortar el fragmento donde describe el accidente de su hijo menor y el posterior diálogo que Parmenión tiene con su rey, Alejandro Magno al recibir por parte de éste las condolencias. De allí sale una famosa frase que muchos citamos a diario.

<< Alejandro hizo construir dos puentes de barcas para hacer pasar al ejército a la orilla oriental del Nilo. Se volvió a reunir allí con los soldados y los oficiales que había dejado defendiendo el país y, tras comprobar que se habían comportado como es debido, les confirmó en sus cargos subdividiéndolos para que el poder sobre aquel riquísimo país no estuviera concentrado en manos de una única persona.

Pero estaba escrito que aquellos días en los que Egipto lo acogía de vuelta del santuario de Amón, honrándole como a un dios y coronándole faraón, resultaran funestos por unos tristes acontecimientos. Tenía ante sus ojos casi a diario la desesperación de Barsine, pero una desgracia mayor aún les amenazaba. Parmenión tenía otros dos hijos aparte de Filotas: Nicanor, oficial en un escuadrón de hetairoi, y Héctor, un muchacho de diecinueve años muy querido por el general. Excitado al ver atravesar el río al ejército, Héctor decidió subir a una embarcación egipcia de papiro para disfrutar del espectáculo desde el centro de la corriente. También él, por una cierta vanidad juvenil, se había equipado con una pesada armadura y un llamativo manto de gala y se había erguido en popa, donde todos pudieran admirarle.

Pero de pronto la barca chocó contra algo, acaso contra el lomo de un hipopótamo que emergía en aquel momento a la superficie, y se desequilibró fuertemente. El muchacho cayó al agua y desapareció de inmediato, arrastrado bajo el peso de la armadura, de las ropas y del manto empapados.

Los remeras egipcios de la barca se zambulleron sin perder un instante y otro tanto hicieron no pocos jóvenes macedonios y su hermano Nicanor, que habían asistido al accidente, desafiando el peligro de los remolinos y las fauces de los cocodrilos, más bien numerosos por aquella parte, pero todo fue en vano. Parmenión asistió impotente a la tragedia desde la ribera oriental del rio, en donde vigilaba el ordenado paso del ejército.

Alejandro le vio desaparecer poco después y dio la orden a los marinos fenicios y chipriotas de tratar de recuperar al menos el cadáver del joven, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Aquella misma tarde, al cabo de horas y horas de afanosa búsqueda en la que tomó parte personalmente, e] rey fue a visitar al viejo general petrificado por el dolor.

– cómo está? – preguntó a Filotas, que estaba de pie fuera de la tienda como un guardián de la soledad de su padre.

El amigo sacudió la cabeza con desconsuelo.

Parmenión estaba sentado en el suelo, a oscuras, en silencio, y tan solo su cabeza blanca destacaba en la oscuridad. Alejandro notó que le temblaban las piernas; sintiço una profunda compasiçon por aquel hombre valeroso y lea] que tantas veces le había irritado con sus exhortaciones a la prudencia, con el recuerdo insistente de la grandeza de su padre. En aquel momento le pareció semejante a un roble centenario que ha desafiado durante años y años las tempestades y los huracanes y que un rayo quiebra de pronto.

– Es una visita muy triste la que te hago, general – comenzó diciendo con voz insegura y, mientras le miraba, no podía evitar que resonase en su mente la cantinela que estaba acostumbrado a cantar cuando le veía llegar, con los cabellos ya canos, al Consejo de guerra de su padre:

i EI viejo soldado que va a la guerra cae por tierra, cae por tierra !

Parmenión se puso en pie casi automáticamente al oír la voz de su rey y consiguió articular, con voz quebrada:

– Te agradezco que hayas venido, señor.

– Hemos hecho lo imposible, general, para encontrar el cuerpo de tu hijo. Le habría rendido los más grandes honores, habría… habría dado cualquier cosa con tal de…

– Lo sé – repuso Parmenión-. Dice el proverbio que ”en tiempo de paz los hijos entierran a sus padres, mientras que en tiempo de guerra son los padres los que entierran a sus hijos”, pero yo siempre había esperado que esta angustia me fuera ahorrada. Siempre esperé que me tocara a mí la primera flecha o el primer mandoble. Y en cambio…

– Ha sido una terrible fatalidad, general – dijo Alejandro. Mientras tanto sus ojos se habían habituado a la oscuridad de la tienda y pudo distinguir el semblante de Parmenión desfigurado a causa del dolor. Parecía haber envejecido diez años en un solo instante: los ojos enrojecidos, la piel reseca y arrugada, el cabello revuelto; ni siquiera después de las más duras batallas le había visto así.

– Si hubiese caído… –dijo-, si hubiese caído combatiendo con la espada en la mano me habría dicho al menos que somos soldados. Pero así… así… ¡Ahogado en ese río fangoso, despedazado y devorado por esos monstruos! ¡Oh dioses, dioses del cielo!, ¿por qué? ¿Por qué?

Se tapó la cara con las manos y estalló en un llanto largo y lúgubre que rompía el corazón.

Ante aquel sufrimiento, Alejandro no encontró ya palabras. Únicamente consiguió murmurar:

– Estoy desolado. estoy desolado.

Y salió saludando a Filotas con una mirada llena de espanto. También el otro hermano, Nicanor, llegaba en aquel momento, desfigurado asimismo por el dolor y la fatiga, empapado y sucio aún de barro. >>

“La física, aventura del pensamiento”

La física cuántica revela la unión entre mente, emoción y materia.

La física cuántica es la física de las posibilidades, de las transformaciones, del manejo de los campos unificados de las cuatro fuerzas: gravedad, electromagnetismo y la fuerza fuerte y débil del núcleo atómico.
Einstein sugirió en sus teorías, la existencia de un campo que sostiene las transformaciones del espacio-tiempo y de la masa-energía.

Todo estaría unido y esta unificación demostraría que dos cosas, en apariencia totalmente diferentes, se pueden transformar la una a la otra.
En las investigaciones los físicos encontraron que los “hardons” (partículas muy pequeñas que abundan en el universo), tienen las características de ondas, de cuerdas y que existirían billones y billones de ellas en el universo sosteniendo todo lo existente.
De sus distintas frecuencias se originaría toda la materia y la energía de lo que llamamos creación.
Si usamos la física cuántica en la vida cotidiana, seríamos capaces de afectar estas super-cuerdas y gracias a la física cuántica uniríamos la mente y la emoción con la materia.
Esta física rompe, por así decirlo, los parámetros de la física tradicional Newtoniana, que no sigue esos parámetros.

El poder del pensamiento.

La física newtoniana decía que todo es continuo.
Para entender qué es esto de continuo, pensemos en el termómetro que mide la temperatura. Cuando vemos que la misma aumenta en un grado, en realidad, aumenta primero en una décima de grado y antes en una millonésima de grado, en un proceso de aumento de temperatura que medimos con el termómetro, es un movimiento que sería continuo.
En el mundo de la física cuántica esto no es así. El físico Max Planck estudió como se producía la radiación desde un cuerpo incandescente y su explicación fue que los átomos que componen el cuerpo incandescente, cuando liberaban energía en forma de radiación, no lo hacían en forma continua, sino en pequeños bloques a los que él denominó cuantos de energía.
Estos pequeños bloques, no continuos, pueden ser afectados directamente por una energía: el pensamiento.
Y descubrió algo extraordinario: estas partículas tienen otra extraña característica: si las estas observando, son partículas, si no las estas observando, son ondas, incluso se ha llegado a determinar que cambian de acuerdo a las expectativas de quienes las están observando, es decir, los cuantos actuarían de acuerdo a lo que dichos observadores desean que hagan.
Brian Josephson, ganador del premio Nobel de Física, nos dice que en esta búsqueda de estas pequeñas partículas, los físicos podrían estar creando su propia realidad. Por ejemplo, una cierta partícula llamada el “anomalón”, tiene propiedades que varían de laboratorio en laboratorio. Brian Josephson indica que esto ocurre y depende de quien esté encontrándola y creándola.

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La física y lo cotidiano.

Si usamos la física cuántica en lo cotidiano de la vida, seríamos capaces de afectar estas super-cuerdas y gracias a la física cuántica uniríamos la mente/emoción con la materia.
Einstein fue el primero en dar una explicación de esta palabra relacionándola con la vida real. Einstein llamo a esta física, “la física de la aventura del pensamiento”, nada más acertado. Para muchos investigadores esta física sería la responsable de lograr explicar cómo la mente crea la materia a niveles muy pequeños en lo que nosotros llamaremos el mundo de los quantums o de los fotones, que es lo más pequeño de algo que podemos tener. Este descubrimiento lo hizo Max Planck con quien se inicia la teoría cuántica.
¿Cómo nos conectamos con esos bloques? Eso pasaría gracias a los campos unificados de conciencia y a otra propiedad sorprendente de la física cuántica a la que se denomina “no localidad”. Esta propiedad se da cuando dos partículas interaccionan transmitiéndose información entre ellas, instantáneamente, sin importar cuán lejos o cuan separadas lleguen a estar, no importa si las distancias son de millones de kilómetros o de años luz, todo sucede de manera instantánea: es decir, los objetos y los acontecimientos del cosmos se hallan interconectados.

La mente y el cuerpo.

Ahora sabemos que las células de nuestro cuerpo no están especializadas: la doctora Candace Pert, directora de la división de bioquímica cerebral del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos, ha señalado que la mente no se halla confinada en el cerebro mediante alguna definición nítida. La mente se proyecta a todas las partes del espacio interno.
Los neurotransmisores y los compuestos bioquímicos como el ADN no pertenecen solo al cuerpo, no hay tal separación entre la mente y el cuerpo y todo el sistema debería llamarse mente-cuerpo ya que son asombrosamente parecidos.
Por ejemplo, hoy se sabe que la insulina, una hormona que siempre se ha relacionado con el páncreas, también se produce en el cerebro. Asi mismo, ciertos compuestos químicos cerebrales como el transferón se producen en el estómago. Todo estaría unido y todas las partes del cuerpo podrían crear lo que el cuerpo necesita ya que estarían interconectados por la física cuántica y su propiedad de “no localidad”. Todo nuestro cuerpo es inteligente y se relaciona, por lo tanto, la salud está en nuestras manos.

No pensar en cosas.

Según la física “quántica”, existe una sustancia química que coincide con cada estado. Los átomos no son cosas, solo son tendencias. Así que, en vez de pensar en cosas, hay que pensar en posibilidades. Todas son posibilidades de una conciencia. Las emociones son sustancias químicas impresas de manera holográfica. La farmacia más sofisticada del universo está dentro del cuerpo. Hay una parte del cerebro que se llama el hipotálamo. El hipotálamo es como una mini fábrica y es un lugar que reúne ciertas sustancias químicas que combina con ciertas emociones que experimentamos. Y esas sustancias químicas se llaman “Péptidos” que son pequeñas secuencias encadenadas de aminoácidos. El cuerpo es básicamente una unidad de carbono que fabrica en total unos 20 aminoácidos diferentes para formular su estructura física. El cuerpo es una máquina que produce proteínas. En el hipotálamo, tomamos pequeñas cadenas de proteínas llamadas péptidos y las reunimos en determinados neuro-péptidos o neuro-hormonas que combinan los estados emocionales que experimentamos diariamente. Así que hay sustancias químicas para el enojo, para la tristeza y hay sustancias químicas para la victimización.
Y justo cuando experimentamos ese estado emocional en nuestro cuerpo o en nuestro cerebro, ese hipotálamo inmediatamente reunirá el péptido y luego lo libera a través de la pituitaria en la corriente sanguínea llegando a las células.

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Somos un todo integrado.

Las personas operamos, vivimos, producimos situaciones como un todo integrado. A lo largo del exterior de la célula hay billones de sitios receptores que en realidad sólo son receptores de información de entrada. Un receptor que tiene un péptido encima, cambia la célula de muchas maneras. Activa toda una cascada de acontecimientos bioquímicos y algunas acaban con cambios en el núcleo de la célula. Cada célula está viva y cada célula tiene una conciencia particular.
De hecho, la célula es la unidad más pequeña de conciencia en el cuerpo. Por toda esta explicación, una adicción es algo que no se puede detener. Nos causamos situaciones que buscan satisfacer las necesidades químicas de las células de nuestro cuerpo.

Movimiento, mente y materia.

Nosotros podemos crear nuestra vida, crear nuestra realidad, somos seres creadores en potencia y al ser creadores, esta cualidad nos une con la espiritualidad y la capacidad de hacer todo aquello que queramos si le damos la intención y la dirección necesaria. Y esto no lo están diciendo unos pastores, lo dicen los físicos cuánticos.
“Vosotros podéis hacer cosas como las que yo hago y aún superiores, si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicomoro: desarráigate y plántate en el mar, y él os obedecería”. Nos dijo Jesús.
Y ahora con la física cuántica sabemos literalmente que así es.
A esta capacidad de crear flujos y cambios se lo llamó el “Holo-movimiento”, término utilizado por el físico David Bhom. En el Holo-movimiento, mente y materia están unidos, y Bhom dijo “cuando vibra el electrón, el universo vibra”.
Jack Sarfatti y William Tiller físicos muy conocidos nos dicen que la mente y la materia interaccionan a través de ondas de información intermediarias que tanto influyen como organizan la materia y estas ondas son guiadas por la intención consciente.
De acuerdo con el físico Bearden “los pensamientos se recolectan y se unen por su similitud de frecuencia y forma”, por lo tanto, somos lo que pensamos.
El proceso de conectar estos pensamientos y la realidad física ocurre mediante el fotón de luz, que es el portador de los patrones del pensamiento. En ese proceso, los fotones similares se unen y crean colectivamente la realidad inobservada y observada.
Los físicos han demostrado que la física cuántica y los pensamientos participan de forma activa creando nuestra realidad.

Cómo funcionan los campos electromagnéticos.(*)

Todos poseemos un campo electromagnético ya que todos tenemos dos polos, igual que el planeta y todas las cosas, polo sur y polo norte. Los fenómenos magnéticos se deben a fuerzas originadas por cargas eléctricas en movimiento; en otras palabras, toda carga además de crear un campo eléctrico, cuando se desplaza, origina en el espacio que le rodea una nueva perturbación que constituye un campo magnético y electromagnético.
El campo electromagnético(*) es la inteligencia que exhiben las partículas actuando colectivamente.
Los fotones de luz son los mensajeros del campo electromagnético y la luz viene de un espacio dimensional superior (esto ha sido medido y cuantificado). El cuerpo humano emite fotones (biofotones) desde el interior del ADN.
Cuando más cargado está el campo electromagnético, más activo es el intercambio de información y nos proporciona nuestra conciencia expansiva.
Es el campo electromagnético quien proporciona la organización, la estructura y la forma de lo que llamamos materia y nos conecta con el cambio físico observable.
La luz es la portadora del patrón del pensamiento del campo electromagnético, el fotón es el mensajero que comunica la información entre las partículas electromagnéticas que contienen a su vez, luz visible e invisible.
Ahora sabemos, gracias a la física cuántica, que la luz es el componente básico del campo electromagnético, por lo que resulta claro que somos seres de luz electro– bioquímicos. Por lo tanto, podemos modular nuestras frecuencias vibratorias y crear nuestra realidad a través de los pensamientos. En una ocasión Arthur Eddington dio su opinión como físico y dijo: “La materia del mundo es materia mental”.

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Basado en un artículo de divulgación científica de la argentina Graciela González, doctora en física y colaboradora en la confirmación la teoría gravitacional de Einstein

Gabriela González integra el equipo del observatorio Ligo (Laser Interferometer Gravitational-wave Observatory), que encabezó la detección de las ondas gravitacionales, anticipadas por el físico alemán hace 100 años.

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(*) En todo el artículo se menciona campo electromagnético, creo que sería más conveniente llamarlo campo cuántico (pues no solo es eléctrico y magnético, sino transdimensional, donde los dos primeros son los que se llegan a evidenciar en nuestras muy ordinarias dimensiones ). Esta ultima es una humilde opinión de quien apenas llega a comprender la complejidad de todo el sistema cuántico.

Tu destino.

Mañana iré a encontrarme con mi destino. Lo haré sin temor, como corresponde a una persona de coraje. Tomaré el colectivo para dirigirme a la empresa que publicó el aviso de trabajo que tanto necesito, esta vez la suerte estará de mi lado. Me sentaré en uno de los asientos de a uno, junto a la ventanilla, como suelo hacerlo. Me quedaré irremediablemente dormido a pesar de los nervios y la preocupación de pasarme de la dirección donde me debería bajar. Me despertaré algunas veces y trataré, mientras me arreglo el pelo y miro por la ventanilla, no volver a dormitar. No sé si lo lograré.

Llegaré al inmenso edificio, que tendrá un amplio hall de entrada, intimidante. Me anunciaré a la recepcionista, me dirá que aguarde a ser autorizado. Estaré nervioso, inquieto, durante todo el tiempo que dure la espera. Trataré de no arrugar el traje que tanto me costó comprar. Me arreglaré la corbata innumerables veces. La recepcionista me llamará por mi nombre. Me dirá que me dirija al piso catorce y pregunte por el sr. García. Me dirigiré al ascensor con paso decidido. El aroma de diferentes perfumes, lociones, tabaco, sudor que inundarán el reducido espacio me mareará un poco.

El Sr. García me recibirá con un firme apretón de manos. Entraremos a su oficina. Llamará a su secretaria para pedir café. Yo declinaré la oferta amablemente. El Sr. García me pedirá que le entregue mi currículum. Se lo daré. Lo leerá con gesto adusto, haciendo leves movimientos de cabeza. Lo observaré tratando de adivinar sus pensamientos. Él arrojará el currículum sobre el escritorio. Me preguntará por mis estudios, mis experiencias anteriores, mis referencias. Yo trataré de hablar calmadamente, de expresarme con la mayor corrección, sin exaltar demasiado mis condiciones, sin disminuir mis aptitudes.

Se producirá un embarazoso silencio. El Sr. García deliberará acerca de lo conversado. En un momento moverá la cabeza hacia ambos lados. Me dirá que estoy sobre calificado para ese puesto, que no podrá dármelo, que de seguro me buscaré algo acorde con mis aptitudes y renunciaré a los pocos meses. Le aseguraré que no. Me asegurará que sí. Me dirá que lo siente. Le ofreceré rebajar el salario por un tiempo para que lo reconsidere. Me dirá que no es posible ocupar un puesto de trabajo conmigo, que buscan gente más joven para esa posición. No podré soportar semejante humillación, semejante golpe a mi autoestima. Me invitará a retirarme. Me dirá que me tendrá en cuenta para otras búsquedas. Al abandonar la oficina pareceré unos años más viejo.

Saldré del edificio derrotado. Miraré al cielo. Preguntaré porqué debo encontrarme en esa situación después de tantos años. No se dibujará ninguna respuesta en el firmamento. Mis pasos cansados me llevarán hasta el subte. Me pararé en la plataforma, cerca del borde. Veré las luces que se acercan en la oscuridad del túnel. Serán como un poderoso imán que me impulsará a cometer una locura. El desaliento ganará la partida. Me diré que no es justo ser tratado como un desecho humano. Cerraré los ojos y me dejaré llevar. En el último instante pensaré que ya no había futuro posible, que allí se estaría escribiendo la última página en el libro de mi vida, el último capítulo de mi historia personal.

Pensándolo bien, creo que mañana me quedo en casa…

 


Cuantos solemos sacar conclusiones anticipadamente?

Cuantas veces nos dejamos ganar por pensamientos negativos y que la mayoría de las veces nos empujan a tomar decisiones erróneas?

Y sin embargo cuantas veces nos terminamos riendo internamente con inmensa felicidad por el hecho de haber pasado positivamente por alguna prueba que nos imaginábamos que nos iba a jugar muy en contra?

Nadie tiene el de antemano escrito su destino, uno lo va escribiendo a medida de cada pasito que va dando, y si en ellos hay amor, generosidad, respeto, honestidad, buenas acciones y responsabilidad, de seguro será todo lo bueno que algún día de ésos, donde la reflexión y la tristeza nos toca el timbre, estaremos tan agradecidos de haber construido.

Los Hunza, el pueblo que no envejece.

Las montañas localizadas en el Norte de Pakistán resguardan un pueblo que se ha mantenido alejado de la vida caótica de las metrópolis. En el valle de Hunza, junto al río del mismo nombre y situado en los Gilgit-Baltistán, se localiza el pueblo conocido como los Hunza, llamado así por la región que ocupa.

Los primeros investigadores que tuvieron contacto con el pueblo se sorprendieron por la vida tan larga de los habitantes, además de las condiciones de felicidad en que vivían y su buen estado de salud.

Es una raza que casi nunca se enferma y que además conserva un aspecto sano y juvenil. Se cree que su estado se debe a la buena alimentación que llevan, ya que en comparación con otros pueblos que viven bajo las mismas condiciones físicas y climáticas, tienen una esperanza de vida mayor.

Al no haber hospitales, y no llevar un censo sobre la natalidad de la población, no se tienen datos concretos sobre la edad exacta de los habitantes, pero se estima que ronden entre los 110 y 120 años, siendo considerablemente mayor a la de la población mundial.

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Los habitantes del valle de Hunza podrían ser confundidos con europeos por su aspecto físico, aunque son mucho más sanos. Hablan la lengua burushaski y practican la religión ismaelita, una variante del islam.

Su alimentación consiste en comer una gran cantidad de verduras y frutas crudas, semillas, granos y leche. Beben agua de los glaciares, siendo ésta de muy buena calidad y bastante pura. Todos los alimentos que ingieren son frescos y no han sido químicamente modificados. De acuerdo con el médico Robert McCarrison, consumen muy poca cantidad de proteínas, lo que puede ser una de las razones por las cuales esta etnia se mantiene tan bien físicamente.

Acostumbran bañarse con agua fría y realizan muchas actividades durante el día, caminan bastante y están en constante movimiento, lo que sin duda es fundamental para llevar una vida mucho más saludable.

Es un pueblo que se ha mantenido al margen, escondido entre ríos y montañas, alejado del estrés, que es uno de los problemas que más afecta a la sociedad el día de hoy. Es por eso que también se les ha identificado como un grupo étnico que vive sin mayores preocupaciones, tranquilo y feliz. Puede ser éste otro motivo que explique el porqué los habitantes de Hunza tengan una vida tan longeva.

Una mujer de más de 35 años podría ser confundida con una adolescente. Las mujeres no tienen problema para embarazarse a los 60 años; su estado físico les permite dar a luz aún después de los 50.

Aunque el estado mental en el que se encuentra la etnia, puede influir también en su longevidad, es la dieta vegetariana que siguen la que puede ser la causante principal de la vida tan larga y saludable que llevan. El aislamiento los ha dejado conservar sus tradiciones y seguir con una alimentación sana. Es quizá el pueblo de los hunza, un ejemplo que deberíamos seguir para cuidar nuestro estilo de vida, y llegar a la vejez de manera saludable.

El trabajo y la dignidad humana.

Este bello y poderoso texto fue leído por Eduardo Galeano en la sesión magistral de clausura de la VI Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, llevada a cabo del 6 al 9 de noviembre de 2012 en la Ciudad de México.

No sé cómo podremos acostumbrarnos a la ausencia de Eduardo Galeano, a sus siempre necesarios y oportunos relatos, a su compromiso y militancia incansable a favor de la justicia, la libertad y la igualdad. El mejor homenaje que podemos rendirle es leerlo y escucharlo, contagiando a las nuevas generaciones el valor de la palabra para hacer del nuestro, un mundo más humano.

Estoy seguro que si aún viviera, si estuviera en nuestro país en estos días y se pudiera encontrar ante decenas de argentinos, cómo en una de sus ejemplares exposiciones, sin dudas nos regalaría unas de sus profundas y sentidas lágrimas.

“No se asusten, empezaré diciendo seré breve, pero esta vez es verdad. Y es verdad porque yo estoy empeñado en una inútil campaña contra la inflación palabraria en América Latina, que yo creo que es más jodida, más peligrosa que la inflación monetaria, pero se cultiva con más frecuencia. Y porque además lo que voy a hacer es leer para ustedes un mosaico de textos breves previamente publicados en revistas, periódicos, libros. Reunidos ellos en torno a una pregunta que me ocupa y me preocupa, como estoy seguro a todos ustedes, que es:
¿los derechos de los trabajadores son ahora un tema para arqueólogos?
¿Sólo para arqueólogos?
¿Una memoria perdida de tiempos idos?
Este en un mosaico armado con textos diversos que se refieren todos sin querer queriendo, yendo y viniendo entre el pasado y el presente a esta pregunta más que nunca actualizada: ¿Los derechos de los trabajadores es un tema para arqueólogos?
Más que nunca actualizada en estos tiempos de crisis, en los que más que nunca los derechos están siendo despedazados por el huracán feroz que se lleva todo por delante, que castiga el trabajo y en cambio recompensa la especulación, y está arrojando al tacho de la basura más de dos siglos de conquistas obreras.

– La tarántula universal

Ocurrió en Chicago en 1886. El 1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate. Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical. Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato, fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Se llamaban George Engel, Adolph Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies; marcharon a la horca mientras el quinto condenado (Louis Lingg) se había volado la cabeza en su celda.

Cada 1º de mayo el mundo entero los recuerda.

Dicho sea de paso, les cuento que estuve en Chicago hace unos siete u ocho años, y les pedí a mis amigos que me llevaran al lugar donde todo esto había ocurrido, y no lo conocían. Entonces me di cuenta de que en realidad ésto, esta ceremonia universal, la única fiesta de veras universal que existe, en Estados Unidos no se celebraba; o sea, era en ese momento el único país del mundo donde el 1° de mayo no era el Día de los Trabajadores. En estos últimos tiempos eso ha cambiado, recibí hace poco una carta muy jubilosa de estos mismos amigos contándome que ahora había en ese lugar un monolito que recordaba a estos héroes del sindicalismo, que las cosas habían cambiado y que se había hecho una manifestación de cerca de un millón de personas en su memoria por primera vez en la historia. Y la carta terminaba diciendo: Ellos te saludan.

Cada 1º de mayo el mundo recuerda a esos mártires, y con el paso del tiempo las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón. Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden las jornadas de trabajo con aquellos relojes derretidos de Salvador Dalí.

– Una enfermedad llamada “trabajo”

En 1714 murió Bernardino Ramazzini. Él era un médico raro, un médico rarísimo, que empezaba preguntando: ¿En qué trabaja usted?. A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia. Su experiencia le permitió escribir el primer Tratado de Medicina del Trabajo, donde describió una por una las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos. Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall Pott. Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Y entre otros hallazgos, Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores. Los niños se deslizaban desnudos por las chimeneas, de casa en casa, y en su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín. ‘El hollín era su verdugo.’

– Desechables

Más de 90 millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Walmart. Sus más de 900 mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. Y más, el fundador de Walmart, Sam Walton, recibió en 1992 la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.

Uno de cada cuatro adultos norteamericanos y nueve de cada diez niños engullen en McDonalds la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonalds son tan desechables como la comida que sirven. Los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.

En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett-Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró ‘union free’ (libre de sindicatos) el sector electrónico. Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las 190 obreras que murieron quemadas vivas en Tailandia en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson, la familia Simpson y los Muppets.

En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. Nuestro estilo de trabajo como ambos lo llamaron es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta.

La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar ‘100 mil años’ para ganar lo que gana en un año un trabajador de su empresa en los Estados Unidos. Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología, además de producir como antes caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.

Desde 1919 se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos Francia ratificó 115, Noruega 106, Alemania 76 y los Estados Unidos 14. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley, es el que dice que ahora no habrá más remedio que incluir cláusulas sociales y de protección ambiental en los Acuerdos de Libre Comercio. ¿Qué sería de la realidad, no? ¿Qué sería de ella sin la publicidad que la enmascara? Estas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos partidarios, abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre.

Desde que Ernesto Zedillo dejó la Presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países, y además encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes. En idioma tecnocratés, se indigna contra lo que llama la imposición de estándares homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales; traducido, eso significa olvidemos de una buena vez toda la legislación internacional que todavía protege más o menos, menos que más, a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud, pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: Para competir hay que exprimir los limones, y no es necesario aclarar que él no trabaja de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo. Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos y yo no fui, yo no fui.

En la industria posmoderna el trabajo ya no está concentrado, así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota; de cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa; de los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad.

A través de 300 empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un Estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra. Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social para asegurar un clima favorable a los inversores, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista Chino.

El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden, a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años de dolor y de lucha.

Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman sweatshops (talleres del sudor), crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina están en negro, sin ninguna protección legal; nueve de cada diez nuevos empleos en toda América Latina corresponden al llamado sector informal, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. ¿La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

En el mundo del revés, la libertad oprime. La libertad del dinero exige trabajadores presos, presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El Dios del mercado amenaza y castiga, y bien lo sabe cualquier trabajador en cualquier lugar. El miedo al desempleo que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, eso hoy por hoy es la fuente de angustia más universal de todas las angustias.

¿Quién está a salvo del pánico, de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un obstáculo interno, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que hemos eliminado los obstáculos internos? Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide el mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

– Un raro acto de cordura

En 1998, Francia dictó la ley que a 35 horas semanales el horario de trabajo. Trabajar menos, vivir más. Tomás Moro había soñado en su Utopía pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común. Al fin y al cabo, ¿para qué sirven las máquinas si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? ¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia? Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón. Pero, pero poco duró la cordura. La ley de las 35 horas murió a los diez años.

– Este inseguro mundo

Hoy, vale la pena advertir que no hay en el mundo nada más inseguro que el trabajo. Cada vez son más y más los trabajadores que despiertan cada día preguntando: ¿Cuántos sobraremos, quién me comprará?. Muchos pierden el trabajo, y muchos pierden, trabajando, también la vida. Cada 15 segundos muere un obrero ‘asesinado’ por eso que llaman accidentes de trabajo.

La inseguridad pública es el tema preferido de los políticos, que desatan la histeria colectiva en cada elección. ¡Peligro, peligro proclaman en cada esquina acecha un ladrón, un violador, un asesino!. Pero esos políticos jamás denuncian que trabajar es peligroso. Y es peligroso cruzar la calle, porque cada 25 segundos muere un peatón asesinado por eso que llaman accidentes de tránsito. Y es peligroso comer, porque quien está a salvo del hambre puede sucumbir envenenado por la comida química. Y es peligroso respirar, porque en las ciudades, en las grandes ciudades, el aire es el aire puro es como el silencio: un artículo de lujo. Y también es peligroso nacer, porque cada 3 segundos muere un niño que no ha llegado vivo a los cinco años de edad.

Una historia real para acabar (se me fue la mano con las teorías), un par de cosas que tengan más que ver con la realidad de carne y hueso, como la historia de Maruja. El 30 de marzo, Día del Servicio Doméstico, no viene mal contar la breve historia de una trabajadora de uno de los oficios más ninguneados del mundo. Maruja no tenía edad. De sus años de antes, nada decía; de sus años de después, nada esperaba. No era linda ni fea, ni más o menos, caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero o la escoba o el cucharón. Despierta, hundía la cabeza entre los hombros. Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas. Cuando le hablaban, miraba al suelo, como quien cuenta hormigas. Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria. Nunca había salido de la ciudad de Lima, nunca. Mucho trajinó de casa en casa, y en ninguna se hallaba. Por fin, por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona. A los pocos días, se fue. Se estaba encariñando.

– Desaparecidos

Agosto 30, ‘Día de los Desaparecidos’. Los muertos sin tumba, las tumbas sin nombre, las mujeres y los hombres que el terror tragó, los bebés que son o han sido botín de guerra, y también los bosques nativos, las estrellas en la noche de las ciudades, el aroma de las flores, el sabor de las frutas, las cartas escritas a mano, los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo, el fútbol de la calle, el derecho a caminar, el derecho a respirar, los empleos seguros, las jubilaciones seguras, las casas sin rejas, las puertas sin cerradura, el sentido comunitario y el sentido común.

– El origen del mundo

Hacía pocos años que había terminado la Guerra Española, y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban la espalda, con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba.
Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo. Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me contó esta historia. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio, me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones. Pero, papá le preguntó Josep, llorando , pero, papá si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?. Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo: ¡Tonto, tonto! ¡Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles!.”

El anciano y el genio.

Ordenando sus viejas pertenencias, el humilde y solitario anciano encontró una muy vieja lámpara de aceite que alguna vez le habían obsequiado. Grandísima fue la sorpresa del genio, al aparecer súbitamente debido a los delicados movimientos que el anciano realizaba intentando limpiarla, al percibir que su presencia no era advertida por quien acababa de liberarlo de su milenaria estadía en esa muy pequeñita prisión.
Cómo podría entonces concederle sus tres deseos si ni siquiera podía hacerle escuchar su voz, mucho menos hacerle notar su mágica aparición. Jamás le había sucedido algo parecido y el genio ya empezaba a sospechar que todos sus poderes se habrían perdido y que éste no era más que el principio del fin de sus días como tal.
Como último recurso y con los débiles poderes que creía aún tener, intentó el genio convertirse en humano para así entablar una conversación con el anciano y poder conocerlo. Quién sabe? Quizás todavía podría concederle sus deseos en agradecimiento por su tan esperada liberación.
Y fue así que golpeó en las puertas de la pequeña morada un joven que decía venir de muy lejos y estar cansado y muy hambriento. El sabio y enfermo anciano le brindó la mas cálida de las bienvenidas y durante horas tuvieron el mejor de los acercamientos.
El genio, humano ahora, conoció como nunca antes, hermosas enseñanzas e increíbles nuevos sentimientos. El anciano ya tenía con quien hablar, a quién traspasarle su conocimiento, a quien brindarle esa compañía que ya creía nadie valoraba.
Comprendió entonces el genio que el destino una vez más había obrado de la única manera posible, y pudo sin casi darse cuenta, concederle el deseo más grande que el anciano podría haber tenido, no morir solo, sin nadie a su lado… habría conseguido tener un amigo.
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Daniel Calcagni

Y vos… ¿Con qué salsa?

En una oportunidad en la cual Eduardo Galeano brindaba una conferencia de prensa en Italia, por allá en el 2004, brindó en un claro ejemplo de capacidad y lucidez , uno de las mejores metáforas que he escuchado respecto al mundo que nos tocó vivir.

Les comento rápidamente la primera parte de la misma:

Comenzó diciendo que se veía moralmente obligado a contestarles a aquellos que decián que él era irónico y sarcástico. Pues éso no correspondía con la realidad, él simplemente cuenta las cosas que ve, o las que escucha, como por ejemplo la que a continuación se prestaba a contarles.

Y contaba que el otro día había visto a un cocinero que reunía a todas sus aves, a las gallinas, a los gansos, a los pavos, a los faisanes y a los patos, para formularles una pregunta, y que le pareció tan interesante sus dichos, que quería contarles a todos lo que había escuchado:

El cocinero les preguntaba a las aves “con qué salsa querían ser comidas…”

En su relato siguió diciendo que escuchó a continuación a una de las aves, creía recordar que era un humilde gallinita, decir:

“Nosotras no queremos ser comidas de ninguna manera”

A tal respuesta el cocinero aclaró que “Éso está afuera de la cuestión”

Luego de algunos aplausos, Eduardo Galeano aclaró que le había resultado muy interesate esa reunión porque es una metáfora que describe a nuestro mundo, que el mundo está organizado de tal manera que tenemos el derecho de elegir la salsa con la que queremos ser comidos…

Eduardo Galeano

Hoy desperté con ganas de leerlo, de sentirme potenciado en mis creencias y acompañado en mi pensar. Sus escritos logran exactamente éso…

Mi querido Eduardo Galeano consideraba que hay dolores evitables y dolores inevitables, y, precisamente por esta dualidad de dolores, hay motivos para la esperanza. Él decía que había aprendido, más bien a los golpes, a distinguir los dolores evitables de los inevitables y que los dolores nacen de la pasión humana.

“El amor que pasa y la muerte que pisa, son los dolores que nada, joderse, pero hay muchos otros dolores evitables que el sistema multiplica.”

El siempre decía que no solamente nos cobran el impuesto al valor agregado, sino también el impuesto al dolor agregado. Cómo si fueran pocos los dolores inevitables de la condición humana el sistema te agrega otros y entonces surgen los dolores evitables.

“Cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños; éste es un dolor evitable, si será evitable que cada minuto este mismo mundo gasta tres millones de dólares en gastos militares, en la industria de la muerte, entonces, bueno, a ver, ¿es evitable o es inevitable? ¿estamos condenados a trabajar para el exterminio del prójimo? ¿o es el sistema el que nos prepara para hacer eso?
Porque si es una fatalidad del destino, bueno, apagá y vamos, como han hecho varios compañeros que han decidido más vale pasarla bien y olvidarse.”

Eduardo nos ha dejado no solo su conciencia crítica, sino, también la exigencia de la autocrítica. “También soy la suma de mis metidas de pata”, siempre decía.

Nos ha dejado su compromiso con los nadies, compromiso que le obligó a exiliarse para salvar su vida de los dictadores de turno y oficio. Esos nadies de los que él habla son los silenciados, los ninguneados por el neoliberalismo capitalista, esto es, por la dictadura del mercado, que solo tiene en cuenta a los que tienen sus finanzas muy bien saneadas.

“Para ellos, si no tienes no eres, es decir, no existes. O, de otra forma, tener es existir.”

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres. Que algún mágico día llueva de nuevo la buena suerte, pero la buena suerte no llueve, ayer, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen cambiando de escoba.”

“Los nadies.
(los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos)

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la prensa roja de la crónica local.
Que cuestan menos que la bala que los mata.”

Ver el mundo desde el punto de vista de los excluidos por sistema dominante y el estar a su lado explica que el escritor de “El libro de los abrazos” haya hecho algo de vital importancia: la recuperación (con testimonios orales y fuentes escritas) de la memoria histórica sepultada, de la memoria colectiva olvidada y silenciada. De esta forma, ha logrado desenmascarar, poco a poco, la mentira de la llamada historia oficial que, en realidad, no es más que un museo de momias. Su defensa de los marginados, su opción por los de abajo junto con la calidad de su obra, son algo difícil de encontrar en otros autores.

“Me preguntan a mí, ¿usted es optimista? Depende de la hora a la que me agarrás. Yo no creo en los optimistas full time, esas sonrisas de oreja a oreja, que no importa, adelante, que todo va a estar bien, no es lo mío. Yo creo que la realidad es una mierda, pero también una maravilla, el mundo es las dos cosas. Estamos habitados por las vidas que vivimos y las experiencias que tuvimos, nuestras desdichas, nuestros amores, nuestros desamores, amigos, las esperanzas, las desesperanzas, las traiciones, ¡uf! Si habrá cosas dentro de uno. Estamos llenos de gente. Es decir, no estamos solos dice Galeano-, porque nuestras vidas están repletas de experiencias, positivas y negativas, como las de otros seres humanos, pero, además, gran parte de lo que somos tiene como causa nuestras propias decisiones o las de los demás que. queriéndolo o sin quererlo, a veces, nos implican para bien o para mal, pero, en todo caso, los dioses no tienen nada que ver con aquello de lo que nosotros somos responsables. Por lo tanto, tenemos libertad, pero también nuestra responsabilidad en lo que se refiere a nuestro devenir existencial o coexistencial, aunque, claro está, las circunstancias de cada uno hacen que se sea más libre o menos libre a la hora de tomar decisiones.”

“Yo escribo queriendo decir y decirme en un lenguaje sentipensante, certera palabra que me enseñaron los pescadores de la costa colombiana del mar Caribe, y por eso, justo por eso, no me gusta nada que me llamen intelectual. Siento que así me convierten en una cabeza sin cuerpo, situación por demás incómoda, y que me están divorciando la razón de la emoción. Se supone que el intelectual es capaz de entender, pero yo prefiero al capaz de comprender. Culto no es quien acumula conocimientos, porque entonces no habría nadie más culto que una computadora. Culto es quien sabe escuchar a los demás, escuchar las mil y una voces de la naturaleza de la que formamos parte. Para decir, escucho. Escribo en un viaje de ida y vuelta, recojo palabras que devuelvo, dichas a mi modo y manera, al mundo de donde vienen.”

Por Qué Socialismo ?

El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.

Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas, asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos — que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos — en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.

Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.

La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo — no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional– puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.

En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.

La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho de capitalismo “puro”. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un “ejército de parados”. El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.

Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.

Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles:
¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante?
¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?

Tendrán que venir otros a decirlo…

Albert Einstein