Daniel Calcagni

Estarán vivos todavía…

Hoy a la mañana, mientras estaba trabajando, muy por arriba empecé a leer de uno de mis queridos contactos de Facebook un relato que por sus primeros párrafos me impactó, pero como no tenía tiempo de prestarle la debida atención, lo copié al portapapeles para leerlo después.
Con tiempo y vuelto a leer, me pareció muy valioso como para no compartirlo, pero lamento no recordar quien lo había compartido, como para agradecerle, ni quien es la autora del relato, como para quererla…

“Yo viví en Bariloche. Dos años. Todo el tiempo me preguntaban si era NYC. (Nacida y criada). Se ve que es una información importante para cierta gente.Yo los miraba, blancos, erguidos, pelo fino, manos tersas y contestaba que no, que soy porteña y que los verdaderos NYC, en todo caso, eran mapuches, que dejaran de preguntar pelotudeces.

En fin…Uno de los tantos bares en los que trabajé quedaba en Villa Los Coihues, a orilla del lago Gutierrez. Gente de mucho dinero que además tenían una hostería en la base del Cerro Catedral. Ayer pensaba en eso mientras miraba el video de Repetto intentando denigrar a Fernando Jones Huala, burlandose, subestimando al otro como es su costumbre.

Recordé el bar. Recordé el cesped perfectamente cortado, las mesitas, el lago. Recordé que la orilla es pública. Y recordé también aquel día de enero porque es cuando entendí en carne propia como son las cosas .

Eran las diez de la mañana. No había nadie. Yo tenía cinco pesos y monedas. Unos holandeses me habían dejado el vuelto. Limpié la mesa, llevé los vasos adentro y en la barra me encontré con la cara desfigurada de la dueña. “Sacamelos YA de acá”, me dijo. No entendí nada. Me di vuelta y los vi.

“Sacalos, sacalos” repetía ella como si la peste nos hubiera invadido. Yo, todo lo que alcanzaba a ver desde adentro era un hombre, de espaldas, sentado en el cesped con un niño, de espaldas también, mirando el cielo.
“Deciles que acá no, y si quieren tomar algo, lo que sea, les decís que es en dólares”.
Me acerqué temblando, literalmente, de vergüenza. Ya no era una espalda, o dos. Era un hombre. Los ojos negros, la bincha marrón, tejida, con un dibujo hermoso. El niño igual: los mismos ojos, la misma bincha, pero con inocencia y fe todavía. El padre no.
El niño me saludó en su lengua y no entendí. EL padre me miró fijo y yo me puse a llorar. Dijo algo en mapuche y yo le expliqué como pude, que no entendía lo que me estaba diciendo. Ahí fue cuando en perfecto español me dijo :

“Yo tuve que aprender tu lengua en mi propia tierra. Ya sé a lo que venís. Decile a la señora que este pasto es mío y de mi hijo, y este cielo y todo lo que ves alrededor, que no nos vamos a levantar.”

Me di vuelta. Volví al bar. La dueña estaba roja, rojísima de rabia.

“¿Qué pasa? ¿Se te retobó el indio éste?”

Me acuerdo que me toqué los cinco pesos que tenía en el bolsillo. Mi único capital. Eso y las monedas de la billetera. Y me acuerdo también, que pensé que no pasaba nada, que mañana consigo otra cosa pero la dignidad no la encuentro nunca más si se me va a los veintipico en un bar de mierda con gente de mierda a orillas de un lago.

Pensé en mi papá ¿Qué haría Pepe? Supongo que pensar en tus maestros te da fuerzas cuando la vida te toma lección. Yo tenía miedo igual eh. No tenía un mango, había pagado el alquiler y contaba con lo que hiciera de propina en la semana. Mi perra no tenía más comida y eso me estaba atormentando.

“No pasa nada negrita” me susurró mi viejo.

La dueña se puso más nerviosa. “¿Qué pasa? ¿Qué te dijo este negro de mierda que te puso así? Hablá!”.

Levanté la vista y la miré. Me sequé los mocos con una servilleta de las de tela, a propósito.

-Dice que esta tierra es suya y de su hijo.

-Bueno, mirá querida: O los sacás o te vas a la mierda vos y el mapuche.

Era tanto el dolor que no pude ni insultarla. Me di vuelta y me acerqué a la orilla a pedir perdón. Ni sé por qué. Por todos nosotros, supongo.
“Perdoname perdoname” repetía llorando.

El hombre un poco se conmovió y me agarró la mano. Nos fuimos los tres. El nene me acarició la cara. La dueña gritaba desde adentro.
Me di cuenta que no tenía más los cinco pesos. la concha de la lora. Ese bolsillo de mierda.
Caminamos en silencio hasta la ruta. No me acuerdo el camino, estaba en trance.
Aparecimos en el cruce del km 8. Llegamos al Nahuel Huapi.
El niño me abrazó. El padre me dio la mano.
Al bar no volví más.
Me pregunto si estarán vivos todavía.”

 

______________

La pintura incluida es del genial pintor mexicano Alfredo Rodríguez, presten atención al detalle de lo que la niña tiene en la mano.

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