Daniel Calcagni

El libro robado.

Para la clase de lectura, el maestro había llevado un libro que llenaba de admiración a los alumnos con sus historias y sus láminas; no sólo los maravillaba y entretenía, sino que muchas veces los obligaba a ocultarse bajo el banco con cualquier pretexto, a enjugar, rápidamente, la lágrima que uno de sus cuentos les arrancara. Todos codiciaban el libro; pero el maestro ya lo había anunciado; “A fin de año se lo daré al más estudioso”.

Cuatro o cinco se ahincaban en superarse mutuamente; otros, nada hacían, considerándolo perdido. Entre éstos, Godofredo Suárez, un muchacho ya de catorce años, sumamente perezoso. No pudiendo alentar esperanza alguna por el libro, decidió robarlo. Y lo robó. Una tarde, pasada la hora de lectura, se deslizó a la clase durante el recreo, sacó el libro del cajón donde el maestro lo guardaba, y lo metió en su pupitre. Satisfechísimo, pensaba:
– Me lo escabullo en el chaleco, al salir; ¡y adiós, el libro es mío!

Más en el otro recreo, oyó que el maestro, de cuyo alrededor no se apartaba, sin saber por qué, como necesitando espiarle, le decía a otro maestro:
– ¿Se acuerda del libro aquel que traje para lectura, el que pensaba dar de premio a fin de año? Me lo han robado. No sé cómo me he dado cuenta, porque nunca abro ese cajón; por casualidad, buscando un cuaderno, lo abrí y noté su falta.
– ¿Y qué piensa hacer?
– No diré nada, haré como que no me he enterado; y esta tarde, antes de salir, los registro a todos. Por fuerza, el ladrón es uno de los muchachos.

Godofredo Suárez, con el corazón que le golpeaba duro en el pecho, quedó blanco, sin poderse mover; y llevó a él una mano como temiendo que sus golpes los oyera el maestro. En seguida lo poseyó un miedo espantoso, un deseo imperante de hacer, ¿qué?, ¡cualquier cosa! En su angustia por salvarse, echó a correr al aula, entró furtivamente, cogió el libro de su pupitre, iba a meterlo otra vez en el cajón de donde lo sacara; pero oyó pasos y, no sabiendo qué hacer, trémulo, con la cabeza que le daba vueltas, abrió otro pupitre, no hubiese podido decir de cuál de sus compañeros era, tal confusión lo poseía, metió el libro en él, y salió a la disparada por la puerta de atrás, a tiempo que un celador entraba por la otra. ¡No había sido visto! ¡Qué alegría! Pero necesitó un buen rato antes de reponerse del todo y adquirir su absoluta tranquilidad. Se puso a correr, a saltar por el patio, desenfrenadamente, necesitando fatigarse, dar salida a la fuerza nerviosa que se le había acumulado. Sonó la campana y Godofredo Suárez, alegre, no pensando sobre cuál de sus compañeros iba a caer la acusación infamante, se puso en las filas. El sólo pensaba:
– ¡Me he salvado, me he salvado!

Comenzó la clase, que era la última de ese día, y Godofredo Suárez, lo primero que hizo, fue mirar a ver quién se sentaba en el pupitre. ¡Oh, quedó disgustado! Era Fernando Leal, uno de los más estudiosos, de los que más probabilidades tenían de ganar el libro. ¡Si él hubiese podido sacarlo de su pupitre y meterlo en el de otro muchacho que no fuera Fernando Leal, tan bueno! Triste, con amargura verdadera, Godofredo Suárez, de vez en vez, quedábase mirando al otro y recordaba que él le había enseñado los problemas en los exámenes, pasándole un papelito con las soluciones, aun exponiéndose a ser visto. Y otra vez, para que él pudiese ir a ver un partido de fútbol, Fernando Leal le hizo el mapa. Había trabajado dos horas de más, sólo para que él se divirtiera; y él, ahora… ¿Lo haría? ¡No! Inútil era pensarlo. No, no lo haría, su valor no era de tal naturaleza. El era capaz de pelearse a puñetazos con cualquiera, pero confesar eso, no era capaz, no tenía tal valor. Y este valor lo tenía Fernando Leal; Fernando Leal hubiera sido capaz de hacer esto, si en un momento de debilidad pudiese haber robado. ¡Ah, pero Fernando Leal nunca hubiese robado el libro, jamás! Godofredo Suárez tenía admiración por el otro niño, una admiración que databa desde los primeros días que se conocieron. Godofredo Suárez, mayor dos años que Fernando Leal, y uno de los mayores y más fuertes de la clase, prevalecía sobre los demás por su fuerza. Sin embargo, con Fernando Leal no pudo. Intentó cierta vez permutar su puesto con él, hasta se sentó en su banco, porque como estaba junto a la ventana, en él corría más fresco. Fernando Leal no quiso. Godofredo Suárez lo amenazó.
– ¡Si no cambiás de banco, verás en la calle! ¿eh?
– ¡No cambio! – respondió el chico, sereno; e hizo valer sus derechos ante el profesor.
Godofredo Suárez lo amenazó con abofetearlo a la salida. Todos los niños pensaban que Fernando Leal, temeroso, no saldría; pero salió, y cuando el otro, seguido de algunos curiosos, se le acercó, amenazante:
– ¿Y ahora? ¿Y ahora?
– ¿Qué? – respondió él, tranquilo. Tan tranquilo que el grandote se inmutó.
– ¿Qué? ¡Que si quiero te rompo la nariz!
– ¡No me pegues, porque me voy a defender! – dijo el chico, y dio un paso atrás, enarbolando la pesada regla. El grande se adelantó, pero dudando, impuesto por la serenidad del otro.
– ¡Te voy a romper…! – lo amenazó de nuevo.
– Me romperás – respondió Fernando Leal – pero yo te puedo abrir la cabeza con esta regla.
Intervinieron otros niños y Godofredo se dejó separar. Desde entonces intentó hacerse amigo de Fernando, y éste no se rehusó y le prestó su ayuda en todo lo que necesitara… ¿Y ahora?… Pensaba Godofredo Suárez…
-¡Pobre!… ¿Y ahora?… Va a aparecer como ladrón, él que es tan incapaz… Y él sí tendría valor para denunciarse al maestro y no dejar que culparan a un compañero inocente. El sí tendría ese valor, ese valor que no era el suyo, valor de agarrarse a puñetazos con cualquiera. Fernando Leal nunca peleaba con ninguno, pero no era un cobarde. Y él, Godofredo Suárez, tan peleador y tan fuerte, ¿era un cobarde? ¡Cobarde!… ¿Era un cobarde él? ¡Cobarde!…

No escuchaba lo que se decía, atontado, como si toda la sangre la tuviese en la cabeza. Godofredo Suárez miraba todo sin ver, estaba en clase, sentado en un banco, y como si en realidad no fuese él quién estuviera allí. Oyó, por último, la campana anunciadora del fin de la clase, y al maestro que decía:
– ¡No se levanta ninguno, no se levante ninguno!

Y lo vio llegarse a un pupitre, levantarlo, revisar. Y revisar uno, otro, otro: llegar al suyo, revisarlo, pasar a otro, a otro… Los niños le miraban asombrados, presintiendo… Y de pronto, no bien abrió el pupitre de Fernando Leal, lo vio enrojecer de cólera y, como mascando las palabras, rugirle a éste:
– ¡Usted es un ladrón!

En su mano derecha alzaba el libro, y le repitió
-¡Ladrón! ¡Usted es un ladrón!
Todos miraban a Fernando Leal: se hallaba pálido, sin hablar, no comprendía. Lo insultaban, el maestro le decía una palabra horrible, espantosa, algo que él nunca creyó que se la pudieran decir, y balbuceó:
– ¿Qué?… ¿Ladrón?… ¿Ladrón yo?
-¡Sí usted, usted, usted!… ¡Ladrón! – volvió a gritar el maestro, torpe, rojo de cólera, y enarbolando el libro.
– ¿Yo? ¡yo, ladrón! – gritó a su vez, el niño
– ¿Qué, lo niega? ¿Lo niega y acabo de sacar el libro de su pupitre?
– ¡Yo no lo he robado! ¡Yo no lo he puesto en mi pupitre!
– ¡Ah!, ¿todavía tiene el cinismo de acusar a otro?

El chico se defendía con lógica, que el maestro, iracundo, necesitando haber hallado al culpable, no podía comprender.
– ¿Y cómo cree usted que si yo hubiese robado el libro lo hubiese dejado aquí, en mi pupitre?
– Porque supondría que yo no me daría cuenta de su falta. ¡Y se acabó! ¡No me explique más! ¡Cállese! – le gritó autoritariamente.

Pero Fernando Leal no calló, ¡no!; por el contrario, alzó más la voz, con la cabeza bien alta, pálido hasta la muerte, las venas de la frente hinchadas; (¡qué hermoso y qué valiente!, pensaba Godofredo Suárez, y él se apelotonaba, cobarde, en su banco, a la expectativa). Gritó el chico:
– ¡No, no., no! ¡Yo no soy ladrón! ¡Yo no he robado el libro!
-¡Lo he encontrado en su pupitre!
– ¡Porque otro que lo ha robado lo puso allí para salvarse él! ¡Yo no he sido, yo no soy ladrón!
– ¿Qué? – habló el maestro ya sin cólera y con voz más baja -. Tiene miedo a una penitencia y por eso sigue negando, ¿no? ¡No tendrá penitencia! Pero confiese que es usted, no niegue lo que todos hemos visto.

Fernando Leal habló también más bajo, y con seguro acento. Tenía la boca reseca, parecíale que iba a ahogarse, pero no le temblaba la voz. – Yo no tengo miedo a la penitencia, yo no niego por miedo a la penitencia, yo niego porque no quiero aparecer como un ladrón cuando yo no soy ladrón. ¡Por eso niego!

Volvió a gritar el maestro, torpe, sintiéndose lesionado en su omnipotente autoridad por la firmeza de aquel niño que negaba un delito para él evidente.
– ¡Usted puede negarlo; pero usted es un ladrón!
-¡No!, ¡no!, ¡no!
-¡Usted es un ladrón!
– ¡Y usted es injusto!
– ¡Y usted se quedará sin recreo hasta que confiese, sin recreo hasta que confiese!

Fernando Leal no habló. Sintiose laxo de pronto, sin fuerzas para gritar, sin energía para seguir defendiendo su inocencia; y se dobló sobre el pupitre, sollozando a gritos, ¡tanta era su pena!, mordiéndose los puños, ¡tanta era su humillación!
– ¡A las filas! – ordenó el maestro. Y los demás, sin decir nada, confusos, se pusieron en fila, en el patio. Godofredo Suárez, el último, antes de salir a la calle, arrojó una mirada al ovillo convulso que era su compañero Fernando Leal, sollozando sobre el pupitre. ¡De buena gana hubiese corrido a él, le hubiese confesado todo, llorando, porque él también, Godofredo Suárez, el muchachote de catorce años, el que se creía un hombre, él también sentía una angustia terrible y deseos de llorar, de llorar mucho! ¡Ah, pero él era un cobarde, y no era capaz de hacer eso, de confesar su delito!

Desde el día siguiente, Fernando Leal comenzó a cumplir la penitencia: a quedarse sin recreo hasta confesar que era culpable. ¿Cómo confesar lo que no había hecho? ¡Bien! Se quedaría sin recreo todo el año. Pasó un día, dos días, tres sin recreo… Pensó contar a su madre lo ocurrido. Desistió. ¿Para qué angustiarla? ¡Pobre su madre! Ella, que se desvelaba por hacerlo feliz, ella que sólo para él, su hijo único, vivía. ¿Con qué derecho iba a angustiarla? Pero él necesitaba decir a alguno la injusticia que pesaba sobre él… ¿Sus compañeros? En unos sí leyó que creían en su inocencia, en otros presintió dudas. La prueba era evidente para los más: el libro había sido hallado en su pupitre.

Decidió confiar a su padre la injusticia que lo atribulaba. Su padre, Evaristo Leal, era un artista, era músico. Fernando sentía por él admiración y cariño. ¿Sólo cariño y admiración? No. Lo veneraba también. Sabía que era un hombre justo y que todo el que se allegaba a él salía como purificado por su contacto, ennoblecido por sus palabras. Vagamente, había oído hablar a algunos viejos amigos de su vida consagrada al bien y al arte, y no por eso exenta de la injusticia de los hombres. ¿El había padecido injusticias? Lo comprendería mejor aún. Y un domingo que salieron juntos a caminar, aprovechando que no estaba su madre, se lo dijo todo. Y terminó:
– ¿Me crees, papá? ¿Crees que yo soy inocente, que yo no he robado el libro aunque lo hayan encontrado en mi pupitre?

Y el padre mirando a las pupilas claras de su hijo:
– ¡Te creo, hijo, sí te creo! ¿Cómo vas a mentir? ¿Cómo puedo creer que robes? ¡Si antes creería que el sol se apagara, hijo!

Fernando hubiese querido abrazarse a su padre, llorar. Estas palabras de él sí lo confortaban, si daba gusto ser bueno con este padre que le tenía fe. Pero Evaristo Leal no calló. Por el contrario, habló de nuevo:
– Soporta la injusticia, hijo. ¿Acaso es la única vez que has de soportarla en tu vida si la consagras al bien? ¿Crees que quienes crucificaron a ese hombre que predicaba la fraternidad entre los hombres, a Jesús, fueron sólo los escribas y doctores de la Ley; los que, llenos de privilegios, no deseaban que todos los hombres fuesen hermanos y se amasen, ya que ellos vivían del odio que separaba a todos los hombres? ¡No! Quienes lo crucificaron, también fueron los desarrapados, los pobres a quienes él quería hacer hermanos de sus señores, los soldados que jugaban sus vidas para defender lo que no era de ellos, las propiedades de sus jefes y gobernadores. Es fatal y es triste, pero es así: ningún bien, ninguna verdad son comprendidos por los hombres si por esa verdad o ese bien ellos no hacen un mártir. Soporta la injusticia, hijo, aunque te produzca dolor; y ya verás cómo de ese dolor sales distinto y mejor que antes. Y ya verás también cómo desaparecerá esta injusticia que hoy te oprime, porque la mentira y el mal, ¡siempre!, temprano o tarde, ¡pero siempre!, son vencidos por el bien y la verdad.

El niño salió confortado después de oír a su padre, confortado y decidido a soportar la injusticia. Y pasó, una, dos, tres semanas sin recreo. A veces, el maestro le preguntaba:
– ¿No confiesa que es usted quien robó el libro?
– ¡Yo no fui! – respondía él, simplemente, sin inmutarse.
-¡Mire que se va a quedar sin recreo todo el año! – amenaza el hombre.
– ¡No importa! – respondía el niño -. Me quedaré sin recreo, aunque sea una injusticia.

Tal entereza encolerizaba al maestro torpe y autoritario, porque no era esto lo que veía en la generalidad de los niños hipócritas y cobardes, acostumbrados a combatir la autoridad omnipotente de sus padres y maestros con el disimulo; pero Fernando Leal, a quien sus padres jamás habían castigado, no sabía de disimulos. Más de un chico ya le había aconsejado:
– ¿Y por qué no decís que robaste el libro? De ese modo saldrías al recreo.
– ¡No! – había respondido él, secamente, sin comprender a aquel niño que lo impulsaba a confesar un delito no cometido sólo para poder gozar del recreo. Sin comprenderlo, como éste tampoco comprendía su obstinación.

Otra vez, una mañana en que el maestro se hallaba, contra su costumbre, de muy buen humor, le dijo:
– Fernando Leal, puede salir al recreo. Lo perdono. – ¿Qué me perdona? – dijo él – ¡Si yo no he hecho nada, si yo estoy en penitencia injustamente!

El maestro se encolerizó de nuevo, y gritóle:
-¡Soberbio! ¡Por soberbio se quedará sin recreo otra vez!

Y Fernando Leal volvió a quedarse sin recreo, y no disgustado, pues esa misma tarde se lo contó a su padre, y éste le dijo:
– ¡Has hecho bien! – y no dijo más.

Pero su padre se lo dijo con una voz extraña y le pasó una mano por la cabeza, acariciándola.

“Y ya verás también cómo desaparecerá esta injusticia que hoy te oprime, porque la mentira y el mal, ¡siempre!, temprano o tarde, ¡pero siempre!, son vencidos por el bien y la verdad…” Fernando no había olvidado estas palabras de su padre. Una mañana llegó temprano al colegio, se dirigió a la clase y, al ir a entrar, vio a Godofredo Suárez, muy afanoso, y con un clavo, abriendo uno de los cajones del escritorio del maestro. Hizo algún ruido y el otro levantó la cabeza, espantado. Los dos niños miráronse, y Godofredo Suárez intentó balbucear una excusa:
– Iba a ver… estaba viendo…qué guardaba… quería ver qué había en ese cajón.

Fernando Leal comprendió que mentía:
– No – le dijo -, estabas robando, en ese cajón el maestro guarda los útiles, ibas a sacarle…
– Quería sacarle una pluma – se apresuró a decir el otro -, sólo una pluma. Me había olvidado de traer, iba a sacar una, nada más que una… Calló; los ojos del otro niño lo observaban de una rara manera. Se miraron unos instantes, sin hablar, ambos pensaban lo mismo, exactamente lo mismo. Y Fernando, señalándole con el índice:
-¡Ya sé quién robó el libro!

Había tal firmeza en sus palabras, que Godofredo no pudo negar, le fue imposible mentir. Como lo encontrara robando, ahora que éste lo acusaba… Pero reaccionó aún, y gritó, descompuesto:
– ¿Y me vas a acusar? ¿Me vas a acusar?

Respondió Fernando Leal:
-¡No!
– ¿Y vas a seguir quedándote sin recreo?
– ¡Sí!

Godofredo Suárez sintió que su antigua admiración por aquel niño que no era el de cogerse a puñetazos con cualquiera, como era el suyo, de un valor tan distinto, pero que él intuía tan superior al suyo, crecía, crecía… Y se excusó:
– Yo no hubiese puesto el libro en tu pupitre, yo quería meterlo otra vez en el escritorio del profesor, no tuve tiempo, oí pasos y tuve miedo que me pillaran, lo metí en el primer pupitre que encontré, resultó el tuyo…¡Yo te voy a acompañar en clase, en los recreos, me voy a quedar yo también!

Fue inútil que Fernando Leal protestara. Godofredo Suárez salía con los demás y volvía a los pocos segundos a hacerle compañía en la clase, para salir unos segundos antes de que tocara la campana. En su modo de ser, niño educado en la hipocresía y el miedo, educado en el disimulo, no sabía que su deber era confesar al maestro la verdad de lo ocurrido, no tenía valor para hacerlo. No sólo lo acompañaba en los recreos, sino que a la salida del colegio iba con él hasta la puerta de la casa; y una vez que un changador, pasando con un bulto, dio a Fernando en un hombro, sin querer, Godofredo Suárez lo insultó rudamente, tan rudamente que el changador dejó el bulto dispuesto a pelear. Y el chico se le fue encima, inopinadamente, a puñetazos y mordiscos. Algunos paseantes intervinieron, los separaron. Godofredo y Fernando siguieron su camino. Aquel iba alegre, muy alegre de haber demostrado a su amigo que también era capaz de hacer algo por él, aunque no fuese capaz de confesar al maestro su delito. Godofredo Suárez hubiese deseado que el otro niño se hallara a punto de ahogarse o en un incendio, para correr y él exponer su vida y salvarlo…

Transcurrieron uno y dos meses. Ambos niños acabaron por hacerse inseparables. Godofredo no dejaba de acompañarlo todos los recreos en la penitencia, como tampoco de ir con él hasta la puerta de la casa, todos los días. Una tarde, Fernando lo invitó a entrar; Godofredo dudó:
– ¿Saben tus padres que yo?…
– ¡Papá, sí!… A mamá no le quise decir nada, porque hubiera sufrido mucho sabiendo que me acusaban de ladrón.
– Y tu papá… tu papá… ¿Qué dijo al saber que sabías que yo… que yo era… y que no me acusabas?
– Me dijo que hacía bien, que yo no tenía derecho de acusarte, que si vos…
– ¿Si yo qué, qué?…
– Nada, nada; entrá…
– ¡Ya sé que te ha dicho! Te ha dicho que yo debía confesarle al maestro…

Fernando lo interrumpió:
– Vamos, entrá, vas a conocer a papá; voy a hacer que toque el piano.
– ¡No, no entro, no entro! – se obstinó Godofredo Suárez – ¡No entro! ¡Me voy! ¡Hasta mañana!

Y se fue, bruscamente, como si necesitara huir de aquella casa de su amigo que tenía un padre tan extraño. El suyo, su padre, ese hombrachote brutal que a veces gritaba como un loco, no le hubiese aconsejado que callara, no. Ya lo veía él: rojo y enorme, ya lo oía:
-¡Estúpido! ¿Y vas a seguir cumpliendo la penitencia de otro? ¡Estúpido! Si mañana mismo no lo acusás, te rompo a patadas. ¡Estúpido!

A la mañana siguiente, estaban en la clase de lectura, cuando Godofredo Suárez, metiendo la cabeza entre los brazos y caído sobre su pupitre, echó a llorar. El maestro se llegó a él, y le alzó la cabeza:
– ¿Por qué llora?

Godofredo Suárez lo miró a la cara, erizada de pelos, miró los ojillos verdes y fríos del maestro, y dijo, entre sollozos siempre:
– Me duele… me duele el oído…
– Vaya a la Dirección, vaya a pedir permiso, váyase a su casa, pues. ¿A qué meter este escándalo? ¡Vaya!

Lentamente, Godofredo cogió su gorra, sus útiles, y salió con la cabeza gacha… El maestro continuó la clase de lectura. Pasó un rato, y se presentó un celador en la clase
– Señor, lo llaman de la Dirección.

El celador continuó la clase de lectura. Pasó otro buen rato y volvió el maestro. Godofredo Suárez lo seguía, llorando siempre, y ocultando su rostro en la gorra, fue a sentarse.
– Fernando Leal – dijo el maestro, y su voz cálida de emoción no era su voz agria de todos los días-. Fernando Leal, su compañero Godofredo Suárez me lo ha confesado todo. El sacó el libro y lo metió en su pupitre para que no lo sorprendieran, él…
– ¡Ya lo sabía! – respondió Fernando Leal.

El maestro lo miró largo rato esta vez, largo y hondo, casi sin comprender bien lo que oía. ¿Acaso él había comprendido alguna vez a ese alumno? Por primera vez en su vida, después de tantos años de maestro, se encontraba con una criatura así. Se hallaba asombrado de tal encuentro, asombrado y arrepentido de su actitud tan torpe para con él; balbuceó:
– ¡Usted!… ¿Usted lo sabía?
-¡Sí!
– ¡Lo sabía!
– ¿Y por qué no lo acusó?
– ¿Cómo por qué no lo acusé?

De tan sencillo modo hizo esta pregunta, que el maestro comprendió que, para el niño, él había dicho una monstruosidad. Lo contempló unos segundos más; la clase en silencio, porque Godofredo Suárez ya había dejado de llorar, aunque seguía oculto entre los brazos, la cara contra el pupitre. Habló el maestro, deteniéndose, sin seguridad en los que decía, como si él fuese un escolar sorprendido en falta y aquel niño de ojos claros, ¡no un maestro, no el director!, como si fuese un juez inapelable:
– Usted me va a disculpar, Fernando, la penitencia: pero… usted comprende… yo encontré el libro en su pupitre… que podía imaginar… le pido que me disculpe…

Habló el niño:
– Y yo le pido también que no lo castigue – y señaló al bulto sin cabeza que era Godofredo Suárez, agachado sobre el pupitre -. No lo castigue, de todas maneras la penitencia de él ya la he cumplido yo…
– ¡Siga leyendo! – ordenó el maestro al niño que leía antes de que ocurriera todo esto -. ¡Siga! – volvió a gritar con voz debilísima, quebrada.

El otro alumno continuó leyendo y el maestro comenzó a pasearse. De pronto se detuvo frente a Fernando Leal, le levantó la cabeza y se le quedó mirando, fijo, muy fijo, como si intentase leer lo incomprensible en aquellas dos pupilas claras y bellas de niño. Lo miró mucho, como si hubiese querido hablarlo; y luego se bajó hasta él y lo besó en la frente. Fue un beso efusivo y sonoro. El niño que leía se detuvo, asombrado como todos los demás, hasta Godofredo Suárez había levantado la cabeza y miraba. El maestro volvió a gritar, imperioso en el gesto, aunque con voz más débil, más quebrada que antes:
– ¡Siga leyendo!

Tenía una cara rarísima el maestro, una cara que nunca habían visto los muchachos en aquel hombre tan frío y duro. Daba la sensación de que se la hubieran encendido por dentro y que irradiara…

 

Alvaro Yunque.

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