Daniel Calcagni

Tomás.

A los 5 años su mamá lo despidió en la calle, en una estación de Buenos Aires, no quería, no sabía o no podía cuidarlo. El recuerda la intensidad de ese último instante, recuerda perfecto la ropa de su madre y la ve, hoy a la distancia, pintándose los labios antes de la despedida. Desde allí el camino sería de escollos, piedras, puentes y calles suburbanas. En la calle creció y de la calle aprendió: lo bueno, lo doloroso y lo inolvidable.

Tomás dice que, en algún libro de los muchos que devoró, un autor dijo que las heridas se curan con el tiempo, pero él dice que no, que hay heridas que no suturan nunca más y que irán abiertas y latiendo hasta la tumba. La pibada de 8 ó 9 años que lo acompañaba envidiaba su vida y sus tiempos. Tomás no tenía ni horarios, ni padres que obligaran, ni madres que le ordenaran. El resto de los pibes sí los tenían y tenían, con esto, que volver a una hora a la casa, que comer en un horario y que acostarse temprano.

Por eso envidiaban a Tomás y, por eso, Tomás también los envidiaba a ellos en silencio; sobre todo cuando los amigos se iban y él quedaba contando estrellas o apoyando la nariz en la ventana de algún restorán, envidiaba sanamente la suerte de los otros, los retos que él no tenía y las obligaciones que a él le faltaban.

Un juez de Paz, cuando él andaba en sus 6 ó 7 años, le dijo que no sabían qué hacer con él, porque no entraba todavía en la edad de ir a instituto de menores ni a ningún Hogar. Entonces Tomás, el enano Tomás de ese entonces, le pidió una sola cosa al juez: ir a la Escuela. El Juez le preguntó dónde iba a vivir y Tomás le dijo que no se hiciera problema, que del resto él se encargaba. Por eso empezó la Escuela, iba con la ropa que tenía y con la pobreza que cargaba, iba, escuchaba, hacía los deberes y luego antes de irse le devolvía el lápiz prestado a la maestra.

Por las tardes estudiaba en la Biblioteca Nacional; solito se iba a leer cientos de libros y miles de historias. Entrada la noche volvía abajo de algún puente, a alguna tubería o a cualquier lugar más o menos cálido que la tierra regale. Allí soñaría sueños bravos, sueños tiernos y mundos pasados. Luego lo de todos los días, la calle, la dureza del asfalto, la invisibilidad del pibe que arrastra sus penas y sus broncas.

Como a tantos pibes se le abrieron pocas opciones, el delito o la muerte. Tomás encontró el primero y pago duro la condena, pero aún entre rejas, peleas, tumbas y miserias carcelarias, siguió estudiando, pidiendo por estudiar, queriendo leer para saber y para saberse distinto.

Pasó varios años contando los días y tachando las lunas, caminando por las vías de la oscuridad y encontrando, siempre más temprano que tarde, alguna lucecita colada, alguna ventana posible, alguna amistad que hermane las cicatrices reabiertas.

Hoy cuenta Tomás su historia a los pibes de secundario de una escuela pública de la localidad de Vela, viajó desde Olavarría para venir a contar y venir a decir. Y yo lo escucho sin pestañear, cuenta despacio su historia, con ojos gigantes y sabidos de muchas imágenes y muchos rostros que ya no están. Cuenta su historia detalladamente y habla del amor, habla del abrazo y habla del recuerdo. Le dice a los pibes que vayan y que abracen al amigo, al viejo o a la vieja. Dice que no es lo mismo querer que decir te quiero. Que no es lo mismo un sí que un no. Dice que no hay imposibles. Que siempre hay una soga y que no es para ahorcarse, sino para salir del tiempo enlodado, para respirar un viento distinto, para sonreir, para luchar.

Tomás, que abrazó la paria calle del abandono, que abrazó la mísera tumba de la desmemoria, hoy sigue en la cárcel de Sierra Chica pero como docente. Tomás ha sido de los pocos que ha podido limar la reja de la invisibilidad, ahuecar el muro y espiar, disponer del mundo arrebatado y establecer otros sentidos, otros colores, otras resurrecciones posibles.

Bernardo Penoucos
“Pelota de Trapo”

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