El libro robado.

Para la clase de lectura, el maestro había llevado un libro que llenaba de admiración a los alumnos con sus historias y sus láminas; no sólo los maravillaba y entretenía, sino que muchas veces los obligaba a ocultarse bajo el banco con cualquier pretexto, a enjugar, rápidamente, la lágrima que uno de sus cuentos les arrancara. Todos codiciaban el libro; pero el maestro ya lo había anunciado; “A fin de año se lo daré al más estudioso”.

Cuatro o cinco se ahincaban en superarse mutuamente; otros, nada hacían, considerándolo perdido. Entre éstos, Godofredo Suárez, un muchacho ya de catorce años, sumamente perezoso. No pudiendo alentar esperanza alguna por el libro, decidió robarlo. Y lo robó. Una tarde, pasada la hora de lectura, se deslizó a la clase durante el recreo, sacó el libro del cajón donde el maestro lo guardaba, y lo metió en su pupitre. Satisfechísimo, pensaba:
– Me lo escabullo en el chaleco, al salir; ¡y adiós, el libro es mío!

Más en el otro recreo, oyó que el maestro, de cuyo alrededor no se apartaba, sin saber por qué, como necesitando espiarle, le decía a otro maestro:
– ¿Se acuerda del libro aquel que traje para lectura, el que pensaba dar de premio a fin de año? Me lo han robado. No sé cómo me he dado cuenta, porque nunca abro ese cajón; por casualidad, buscando un cuaderno, lo abrí y noté su falta.
– ¿Y qué piensa hacer?
– No diré nada, haré como que no me he enterado; y esta tarde, antes de salir, los registro a todos. Por fuerza, el ladrón es uno de los muchachos.

Godofredo Suárez, con el corazón que le golpeaba duro en el pecho, quedó blanco, sin poderse mover; y llevó a él una mano como temiendo que sus golpes los oyera el maestro. En seguida lo poseyó un miedo espantoso, un deseo imperante de hacer, ¿qué?, ¡cualquier cosa! En su angustia por salvarse, echó a correr al aula, entró furtivamente, cogió el libro de su pupitre, iba a meterlo otra vez en el cajón de donde lo sacara; pero oyó pasos y, no sabiendo qué hacer, trémulo, con la cabeza que le daba vueltas, abrió otro pupitre, no hubiese podido decir de cuál de sus compañeros era, tal confusión lo poseía, metió el libro en él, y salió a la disparada por la puerta de atrás, a tiempo que un celador entraba por la otra. ¡No había sido visto! ¡Qué alegría! Pero necesitó un buen rato antes de reponerse del todo y adquirir su absoluta tranquilidad. Se puso a correr, a saltar por el patio, desenfrenadamente, necesitando fatigarse, dar salida a la fuerza nerviosa que se le había acumulado. Sonó la campana y Godofredo Suárez, alegre, no pensando sobre cuál de sus compañeros iba a caer la acusación infamante, se puso en las filas. El sólo pensaba:
– ¡Me he salvado, me he salvado!

Comenzó la clase, que era la última de ese día, y Godofredo Suárez, lo primero que hizo, fue mirar a ver quién se sentaba en el pupitre. ¡Oh, quedó disgustado! Era Fernando Leal, uno de los más estudiosos, de los que más probabilidades tenían de ganar el libro. ¡Si él hubiese podido sacarlo de su pupitre y meterlo en el de otro muchacho que no fuera Fernando Leal, tan bueno! Triste, con amargura verdadera, Godofredo Suárez, de vez en vez, quedábase mirando al otro y recordaba que él le había enseñado los problemas en los exámenes, pasándole un papelito con las soluciones, aun exponiéndose a ser visto. Y otra vez, para que él pudiese ir a ver un partido de fútbol, Fernando Leal le hizo el mapa. Había trabajado dos horas de más, sólo para que él se divirtiera; y él, ahora… ¿Lo haría? ¡No! Inútil era pensarlo. No, no lo haría, su valor no era de tal naturaleza. El era capaz de pelearse a puñetazos con cualquiera, pero confesar eso, no era capaz, no tenía tal valor. Y este valor lo tenía Fernando Leal; Fernando Leal hubiera sido capaz de hacer esto, si en un momento de debilidad pudiese haber robado. ¡Ah, pero Fernando Leal nunca hubiese robado el libro, jamás! Godofredo Suárez tenía admiración por el otro niño, una admiración que databa desde los primeros días que se conocieron. Godofredo Suárez, mayor dos años que Fernando Leal, y uno de los mayores y más fuertes de la clase, prevalecía sobre los demás por su fuerza. Sin embargo, con Fernando Leal no pudo. Intentó cierta vez permutar su puesto con él, hasta se sentó en su banco, porque como estaba junto a la ventana, en él corría más fresco. Fernando Leal no quiso. Godofredo Suárez lo amenazó.
– ¡Si no cambiás de banco, verás en la calle! ¿eh?
– ¡No cambio! – respondió el chico, sereno; e hizo valer sus derechos ante el profesor.
Godofredo Suárez lo amenazó con abofetearlo a la salida. Todos los niños pensaban que Fernando Leal, temeroso, no saldría; pero salió, y cuando el otro, seguido de algunos curiosos, se le acercó, amenazante:
– ¿Y ahora? ¿Y ahora?
– ¿Qué? – respondió él, tranquilo. Tan tranquilo que el grandote se inmutó.
– ¿Qué? ¡Que si quiero te rompo la nariz!
– ¡No me pegues, porque me voy a defender! – dijo el chico, y dio un paso atrás, enarbolando la pesada regla. El grande se adelantó, pero dudando, impuesto por la serenidad del otro.
– ¡Te voy a romper…! – lo amenazó de nuevo.
– Me romperás – respondió Fernando Leal – pero yo te puedo abrir la cabeza con esta regla.
Intervinieron otros niños y Godofredo se dejó separar. Desde entonces intentó hacerse amigo de Fernando, y éste no se rehusó y le prestó su ayuda en todo lo que necesitara… ¿Y ahora?… Pensaba Godofredo Suárez…
-¡Pobre!… ¿Y ahora?… Va a aparecer como ladrón, él que es tan incapaz… Y él sí tendría valor para denunciarse al maestro y no dejar que culparan a un compañero inocente. El sí tendría ese valor, ese valor que no era el suyo, valor de agarrarse a puñetazos con cualquiera. Fernando Leal nunca peleaba con ninguno, pero no era un cobarde. Y él, Godofredo Suárez, tan peleador y tan fuerte, ¿era un cobarde? ¡Cobarde!… ¿Era un cobarde él? ¡Cobarde!…

No escuchaba lo que se decía, atontado, como si toda la sangre la tuviese en la cabeza. Godofredo Suárez miraba todo sin ver, estaba en clase, sentado en un banco, y como si en realidad no fuese él quién estuviera allí. Oyó, por último, la campana anunciadora del fin de la clase, y al maestro que decía:
– ¡No se levanta ninguno, no se levante ninguno!

Y lo vio llegarse a un pupitre, levantarlo, revisar. Y revisar uno, otro, otro: llegar al suyo, revisarlo, pasar a otro, a otro… Los niños le miraban asombrados, presintiendo… Y de pronto, no bien abrió el pupitre de Fernando Leal, lo vio enrojecer de cólera y, como mascando las palabras, rugirle a éste:
– ¡Usted es un ladrón!

En su mano derecha alzaba el libro, y le repitió
-¡Ladrón! ¡Usted es un ladrón!
Todos miraban a Fernando Leal: se hallaba pálido, sin hablar, no comprendía. Lo insultaban, el maestro le decía una palabra horrible, espantosa, algo que él nunca creyó que se la pudieran decir, y balbuceó:
– ¿Qué?… ¿Ladrón?… ¿Ladrón yo?
-¡Sí usted, usted, usted!… ¡Ladrón! – volvió a gritar el maestro, torpe, rojo de cólera, y enarbolando el libro.
– ¿Yo? ¡yo, ladrón! – gritó a su vez, el niño
– ¿Qué, lo niega? ¿Lo niega y acabo de sacar el libro de su pupitre?
– ¡Yo no lo he robado! ¡Yo no lo he puesto en mi pupitre!
– ¡Ah!, ¿todavía tiene el cinismo de acusar a otro?

El chico se defendía con lógica, que el maestro, iracundo, necesitando haber hallado al culpable, no podía comprender.
– ¿Y cómo cree usted que si yo hubiese robado el libro lo hubiese dejado aquí, en mi pupitre?
– Porque supondría que yo no me daría cuenta de su falta. ¡Y se acabó! ¡No me explique más! ¡Cállese! – le gritó autoritariamente.

Pero Fernando Leal no calló, ¡no!; por el contrario, alzó más la voz, con la cabeza bien alta, pálido hasta la muerte, las venas de la frente hinchadas; (¡qué hermoso y qué valiente!, pensaba Godofredo Suárez, y él se apelotonaba, cobarde, en su banco, a la expectativa). Gritó el chico:
– ¡No, no., no! ¡Yo no soy ladrón! ¡Yo no he robado el libro!
-¡Lo he encontrado en su pupitre!
– ¡Porque otro que lo ha robado lo puso allí para salvarse él! ¡Yo no he sido, yo no soy ladrón!
– ¿Qué? – habló el maestro ya sin cólera y con voz más baja -. Tiene miedo a una penitencia y por eso sigue negando, ¿no? ¡No tendrá penitencia! Pero confiese que es usted, no niegue lo que todos hemos visto.

Fernando Leal habló también más bajo, y con seguro acento. Tenía la boca reseca, parecíale que iba a ahogarse, pero no le temblaba la voz. – Yo no tengo miedo a la penitencia, yo no niego por miedo a la penitencia, yo niego porque no quiero aparecer como un ladrón cuando yo no soy ladrón. ¡Por eso niego!

Volvió a gritar el maestro, torpe, sintiéndose lesionado en su omnipotente autoridad por la firmeza de aquel niño que negaba un delito para él evidente.
– ¡Usted puede negarlo; pero usted es un ladrón!
-¡No!, ¡no!, ¡no!
-¡Usted es un ladrón!
– ¡Y usted es injusto!
– ¡Y usted se quedará sin recreo hasta que confiese, sin recreo hasta que confiese!

Fernando Leal no habló. Sintiose laxo de pronto, sin fuerzas para gritar, sin energía para seguir defendiendo su inocencia; y se dobló sobre el pupitre, sollozando a gritos, ¡tanta era su pena!, mordiéndose los puños, ¡tanta era su humillación!
– ¡A las filas! – ordenó el maestro. Y los demás, sin decir nada, confusos, se pusieron en fila, en el patio. Godofredo Suárez, el último, antes de salir a la calle, arrojó una mirada al ovillo convulso que era su compañero Fernando Leal, sollozando sobre el pupitre. ¡De buena gana hubiese corrido a él, le hubiese confesado todo, llorando, porque él también, Godofredo Suárez, el muchachote de catorce años, el que se creía un hombre, él también sentía una angustia terrible y deseos de llorar, de llorar mucho! ¡Ah, pero él era un cobarde, y no era capaz de hacer eso, de confesar su delito!

Desde el día siguiente, Fernando Leal comenzó a cumplir la penitencia: a quedarse sin recreo hasta confesar que era culpable. ¿Cómo confesar lo que no había hecho? ¡Bien! Se quedaría sin recreo todo el año. Pasó un día, dos días, tres sin recreo… Pensó contar a su madre lo ocurrido. Desistió. ¿Para qué angustiarla? ¡Pobre su madre! Ella, que se desvelaba por hacerlo feliz, ella que sólo para él, su hijo único, vivía. ¿Con qué derecho iba a angustiarla? Pero él necesitaba decir a alguno la injusticia que pesaba sobre él… ¿Sus compañeros? En unos sí leyó que creían en su inocencia, en otros presintió dudas. La prueba era evidente para los más: el libro había sido hallado en su pupitre.

Decidió confiar a su padre la injusticia que lo atribulaba. Su padre, Evaristo Leal, era un artista, era músico. Fernando sentía por él admiración y cariño. ¿Sólo cariño y admiración? No. Lo veneraba también. Sabía que era un hombre justo y que todo el que se allegaba a él salía como purificado por su contacto, ennoblecido por sus palabras. Vagamente, había oído hablar a algunos viejos amigos de su vida consagrada al bien y al arte, y no por eso exenta de la injusticia de los hombres. ¿El había padecido injusticias? Lo comprendería mejor aún. Y un domingo que salieron juntos a caminar, aprovechando que no estaba su madre, se lo dijo todo. Y terminó:
– ¿Me crees, papá? ¿Crees que yo soy inocente, que yo no he robado el libro aunque lo hayan encontrado en mi pupitre?

Y el padre mirando a las pupilas claras de su hijo:
– ¡Te creo, hijo, sí te creo! ¿Cómo vas a mentir? ¿Cómo puedo creer que robes? ¡Si antes creería que el sol se apagara, hijo!

Fernando hubiese querido abrazarse a su padre, llorar. Estas palabras de él sí lo confortaban, si daba gusto ser bueno con este padre que le tenía fe. Pero Evaristo Leal no calló. Por el contrario, habló de nuevo:
– Soporta la injusticia, hijo. ¿Acaso es la única vez que has de soportarla en tu vida si la consagras al bien? ¿Crees que quienes crucificaron a ese hombre que predicaba la fraternidad entre los hombres, a Jesús, fueron sólo los escribas y doctores de la Ley; los que, llenos de privilegios, no deseaban que todos los hombres fuesen hermanos y se amasen, ya que ellos vivían del odio que separaba a todos los hombres? ¡No! Quienes lo crucificaron, también fueron los desarrapados, los pobres a quienes él quería hacer hermanos de sus señores, los soldados que jugaban sus vidas para defender lo que no era de ellos, las propiedades de sus jefes y gobernadores. Es fatal y es triste, pero es así: ningún bien, ninguna verdad son comprendidos por los hombres si por esa verdad o ese bien ellos no hacen un mártir. Soporta la injusticia, hijo, aunque te produzca dolor; y ya verás cómo de ese dolor sales distinto y mejor que antes. Y ya verás también cómo desaparecerá esta injusticia que hoy te oprime, porque la mentira y el mal, ¡siempre!, temprano o tarde, ¡pero siempre!, son vencidos por el bien y la verdad.

El niño salió confortado después de oír a su padre, confortado y decidido a soportar la injusticia. Y pasó, una, dos, tres semanas sin recreo. A veces, el maestro le preguntaba:
– ¿No confiesa que es usted quien robó el libro?
– ¡Yo no fui! – respondía él, simplemente, sin inmutarse.
-¡Mire que se va a quedar sin recreo todo el año! – amenaza el hombre.
– ¡No importa! – respondía el niño -. Me quedaré sin recreo, aunque sea una injusticia.

Tal entereza encolerizaba al maestro torpe y autoritario, porque no era esto lo que veía en la generalidad de los niños hipócritas y cobardes, acostumbrados a combatir la autoridad omnipotente de sus padres y maestros con el disimulo; pero Fernando Leal, a quien sus padres jamás habían castigado, no sabía de disimulos. Más de un chico ya le había aconsejado:
– ¿Y por qué no decís que robaste el libro? De ese modo saldrías al recreo.
– ¡No! – había respondido él, secamente, sin comprender a aquel niño que lo impulsaba a confesar un delito no cometido sólo para poder gozar del recreo. Sin comprenderlo, como éste tampoco comprendía su obstinación.

Otra vez, una mañana en que el maestro se hallaba, contra su costumbre, de muy buen humor, le dijo:
– Fernando Leal, puede salir al recreo. Lo perdono. – ¿Qué me perdona? – dijo él – ¡Si yo no he hecho nada, si yo estoy en penitencia injustamente!

El maestro se encolerizó de nuevo, y gritóle:
-¡Soberbio! ¡Por soberbio se quedará sin recreo otra vez!

Y Fernando Leal volvió a quedarse sin recreo, y no disgustado, pues esa misma tarde se lo contó a su padre, y éste le dijo:
– ¡Has hecho bien! – y no dijo más.

Pero su padre se lo dijo con una voz extraña y le pasó una mano por la cabeza, acariciándola.

“Y ya verás también cómo desaparecerá esta injusticia que hoy te oprime, porque la mentira y el mal, ¡siempre!, temprano o tarde, ¡pero siempre!, son vencidos por el bien y la verdad…” Fernando no había olvidado estas palabras de su padre. Una mañana llegó temprano al colegio, se dirigió a la clase y, al ir a entrar, vio a Godofredo Suárez, muy afanoso, y con un clavo, abriendo uno de los cajones del escritorio del maestro. Hizo algún ruido y el otro levantó la cabeza, espantado. Los dos niños miráronse, y Godofredo Suárez intentó balbucear una excusa:
– Iba a ver… estaba viendo…qué guardaba… quería ver qué había en ese cajón.

Fernando Leal comprendió que mentía:
– No – le dijo -, estabas robando, en ese cajón el maestro guarda los útiles, ibas a sacarle…
– Quería sacarle una pluma – se apresuró a decir el otro -, sólo una pluma. Me había olvidado de traer, iba a sacar una, nada más que una… Calló; los ojos del otro niño lo observaban de una rara manera. Se miraron unos instantes, sin hablar, ambos pensaban lo mismo, exactamente lo mismo. Y Fernando, señalándole con el índice:
-¡Ya sé quién robó el libro!

Había tal firmeza en sus palabras, que Godofredo no pudo negar, le fue imposible mentir. Como lo encontrara robando, ahora que éste lo acusaba… Pero reaccionó aún, y gritó, descompuesto:
– ¿Y me vas a acusar? ¿Me vas a acusar?

Respondió Fernando Leal:
-¡No!
– ¿Y vas a seguir quedándote sin recreo?
– ¡Sí!

Godofredo Suárez sintió que su antigua admiración por aquel niño que no era el de cogerse a puñetazos con cualquiera, como era el suyo, de un valor tan distinto, pero que él intuía tan superior al suyo, crecía, crecía… Y se excusó:
– Yo no hubiese puesto el libro en tu pupitre, yo quería meterlo otra vez en el escritorio del profesor, no tuve tiempo, oí pasos y tuve miedo que me pillaran, lo metí en el primer pupitre que encontré, resultó el tuyo…¡Yo te voy a acompañar en clase, en los recreos, me voy a quedar yo también!

Fue inútil que Fernando Leal protestara. Godofredo Suárez salía con los demás y volvía a los pocos segundos a hacerle compañía en la clase, para salir unos segundos antes de que tocara la campana. En su modo de ser, niño educado en la hipocresía y el miedo, educado en el disimulo, no sabía que su deber era confesar al maestro la verdad de lo ocurrido, no tenía valor para hacerlo. No sólo lo acompañaba en los recreos, sino que a la salida del colegio iba con él hasta la puerta de la casa; y una vez que un changador, pasando con un bulto, dio a Fernando en un hombro, sin querer, Godofredo Suárez lo insultó rudamente, tan rudamente que el changador dejó el bulto dispuesto a pelear. Y el chico se le fue encima, inopinadamente, a puñetazos y mordiscos. Algunos paseantes intervinieron, los separaron. Godofredo y Fernando siguieron su camino. Aquel iba alegre, muy alegre de haber demostrado a su amigo que también era capaz de hacer algo por él, aunque no fuese capaz de confesar al maestro su delito. Godofredo Suárez hubiese deseado que el otro niño se hallara a punto de ahogarse o en un incendio, para correr y él exponer su vida y salvarlo…

Transcurrieron uno y dos meses. Ambos niños acabaron por hacerse inseparables. Godofredo no dejaba de acompañarlo todos los recreos en la penitencia, como tampoco de ir con él hasta la puerta de la casa, todos los días. Una tarde, Fernando lo invitó a entrar; Godofredo dudó:
– ¿Saben tus padres que yo?…
– ¡Papá, sí!… A mamá no le quise decir nada, porque hubiera sufrido mucho sabiendo que me acusaban de ladrón.
– Y tu papá… tu papá… ¿Qué dijo al saber que sabías que yo… que yo era… y que no me acusabas?
– Me dijo que hacía bien, que yo no tenía derecho de acusarte, que si vos…
– ¿Si yo qué, qué?…
– Nada, nada; entrá…
– ¡Ya sé que te ha dicho! Te ha dicho que yo debía confesarle al maestro…

Fernando lo interrumpió:
– Vamos, entrá, vas a conocer a papá; voy a hacer que toque el piano.
– ¡No, no entro, no entro! – se obstinó Godofredo Suárez – ¡No entro! ¡Me voy! ¡Hasta mañana!

Y se fue, bruscamente, como si necesitara huir de aquella casa de su amigo que tenía un padre tan extraño. El suyo, su padre, ese hombrachote brutal que a veces gritaba como un loco, no le hubiese aconsejado que callara, no. Ya lo veía él: rojo y enorme, ya lo oía:
-¡Estúpido! ¿Y vas a seguir cumpliendo la penitencia de otro? ¡Estúpido! Si mañana mismo no lo acusás, te rompo a patadas. ¡Estúpido!

A la mañana siguiente, estaban en la clase de lectura, cuando Godofredo Suárez, metiendo la cabeza entre los brazos y caído sobre su pupitre, echó a llorar. El maestro se llegó a él, y le alzó la cabeza:
– ¿Por qué llora?

Godofredo Suárez lo miró a la cara, erizada de pelos, miró los ojillos verdes y fríos del maestro, y dijo, entre sollozos siempre:
– Me duele… me duele el oído…
– Vaya a la Dirección, vaya a pedir permiso, váyase a su casa, pues. ¿A qué meter este escándalo? ¡Vaya!

Lentamente, Godofredo cogió su gorra, sus útiles, y salió con la cabeza gacha… El maestro continuó la clase de lectura. Pasó un rato, y se presentó un celador en la clase
– Señor, lo llaman de la Dirección.

El celador continuó la clase de lectura. Pasó otro buen rato y volvió el maestro. Godofredo Suárez lo seguía, llorando siempre, y ocultando su rostro en la gorra, fue a sentarse.
– Fernando Leal – dijo el maestro, y su voz cálida de emoción no era su voz agria de todos los días-. Fernando Leal, su compañero Godofredo Suárez me lo ha confesado todo. El sacó el libro y lo metió en su pupitre para que no lo sorprendieran, él…
– ¡Ya lo sabía! – respondió Fernando Leal.

El maestro lo miró largo rato esta vez, largo y hondo, casi sin comprender bien lo que oía. ¿Acaso él había comprendido alguna vez a ese alumno? Por primera vez en su vida, después de tantos años de maestro, se encontraba con una criatura así. Se hallaba asombrado de tal encuentro, asombrado y arrepentido de su actitud tan torpe para con él; balbuceó:
– ¡Usted!… ¿Usted lo sabía?
-¡Sí!
– ¡Lo sabía!
– ¿Y por qué no lo acusó?
– ¿Cómo por qué no lo acusé?

De tan sencillo modo hizo esta pregunta, que el maestro comprendió que, para el niño, él había dicho una monstruosidad. Lo contempló unos segundos más; la clase en silencio, porque Godofredo Suárez ya había dejado de llorar, aunque seguía oculto entre los brazos, la cara contra el pupitre. Habló el maestro, deteniéndose, sin seguridad en los que decía, como si él fuese un escolar sorprendido en falta y aquel niño de ojos claros, ¡no un maestro, no el director!, como si fuese un juez inapelable:
– Usted me va a disculpar, Fernando, la penitencia: pero… usted comprende… yo encontré el libro en su pupitre… que podía imaginar… le pido que me disculpe…

Habló el niño:
– Y yo le pido también que no lo castigue – y señaló al bulto sin cabeza que era Godofredo Suárez, agachado sobre el pupitre -. No lo castigue, de todas maneras la penitencia de él ya la he cumplido yo…
– ¡Siga leyendo! – ordenó el maestro al niño que leía antes de que ocurriera todo esto -. ¡Siga! – volvió a gritar con voz debilísima, quebrada.

El otro alumno continuó leyendo y el maestro comenzó a pasearse. De pronto se detuvo frente a Fernando Leal, le levantó la cabeza y se le quedó mirando, fijo, muy fijo, como si intentase leer lo incomprensible en aquellas dos pupilas claras y bellas de niño. Lo miró mucho, como si hubiese querido hablarlo; y luego se bajó hasta él y lo besó en la frente. Fue un beso efusivo y sonoro. El niño que leía se detuvo, asombrado como todos los demás, hasta Godofredo Suárez había levantado la cabeza y miraba. El maestro volvió a gritar, imperioso en el gesto, aunque con voz más débil, más quebrada que antes:
– ¡Siga leyendo!

Tenía una cara rarísima el maestro, una cara que nunca habían visto los muchachos en aquel hombre tan frío y duro. Daba la sensación de que se la hubieran encendido por dentro y que irradiara…

 

Alvaro Yunque.

El ADN y el almacenamiento biológico.

Avances en el almacenamiento de información dentro del ADN

Fue una de las primeras películas que se hicieron: una yegua al galope que filmó en 1878 el fotógrafo británico Eadweard Muybridge, quien trataba de descubrir si los caballos en movimiento quedaban totalmente suspendidos en el aire en algún momento.

Más de un siglo después, esa filmación ha vuelto a ser innovadora. Ahora es la primera película que se codifica en el ADN de una célula viviente, de donde puede recuperarse a voluntad y multiplicarse de manera indefinida a medida que el portador se divide y crece.

Este avance, que investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard dieron a conocer el miércoles en la revista Nature, es el más reciente y quizá el más asombroso ejemplo del potencial del genoma como un vasto dispositivo de almacenamiento.Los científicos ya han logrado trasladar todos los sonetos de Shakespeare al ADN. George Church, genetista de Harvard y uno de los autores del nuevo estudio, codificó recientemente su propio libro, Regenesis, en ADN bacteriano e hizo 90 mil millones de copias.

“Un récord de publicación”, dijo en una entrevista.

Con la nueva investigación, él y otros científicos han comenzado a preguntarse si algún día será posible hacer algo aún más extraño: programar bacterias para que se adhieran a las células del cuerpo humano y registren lo que están haciendo; en esencia, para que hagan una “película” de la vida de cada célula.

Cuando algo salga mal, cuando una persona enferme, los médicos podrían extraer las bacterias y reproducir sus grabaciones. Sería, explicó Church, algo análogo a la caja negra de los aviones, cuyos datos se usan en caso de accidente.En este momento, esa idea todavía se encuentra “del otro lado del límite entre la realidad y la ciencia ficción”, aseguró Ewan Birney, director del Instituto Europeo de Bioinformática y miembro del grupo que puso los sonetos de Shakespeare en ADN. “Pero almacenar información en ADN ya cruzó el límite mencionado hacia el lado de la realidad”.

Church y Seth Shipman, otro genetista, y sus colegas comenzaron por asignar a cada pixel en la película en blanco y negro un código de ADN con base en su tono de gris. Las vastas cadenas de ADN en cada célula se componen solo de cuatro moléculas —adenina, guanina, tiamina y citosina— en configuraciones que varían enormemente.Los genetistas obtuvieron una secuencia de moléculas de ADN que representan la totalidad de la película. Después usaron una nueva y poderosa técnica de edición de genes, Crispr, para introducir esta secuencia en el genoma de una conocida bacteria intestinal: E. coli.

A pesar de la modificación, la bacteria se desarrolló y se multiplicó. El equipo descubrió que la película almacenada en el genoma se conservó intacta en cada nueva generación de progenie.

Andrew Odlyzko, un profesor de matemáticas y experto en tecnología digital de la Universidad de Minnesota, quien no participó en el nuevo estudio, dijo que esto era “fascinante”.

Imaginen, dijo, “la imposibilidad de controlar secretos, cuando esos secretos se codifican en los genomas de las bacterias en nuestros intestinos o piel”.

El renombrado físico Richard Feynman propuso hace medio siglo que el ADN se podía usar de esta forma para almacenamiento. Eso fue mucho antes de la revolución de la biología molecular, y décadas antes de que alguien pudiera hacer una secuencia del ADN, y mucho menos editarlo.

“La biología no es simplemente escribir información; es hacer algo con ella”, dijo Feynman en una conferencia en 1959.
“¡Consideren la posibilidad de que nosotros también podamos hacer que una cosa pequeñita haga lo que queramos!”.

La idea de Feynman “fue una pieza seminal, nos dio dirección”, afirmó Leonard Adleman, matemático de la Universidad del Sur de California y coinventor de uno de los sistemas de criptografía de clave pública más utilizado, el RSA (la A es de Adleman).

En 1994, Adleman reportó que había almacenado datos en ADN y lo había usado como una computadora para resolver un problema matemático. Determinó que el ADN puede almacenar millones de millones de veces más datos que un disco compacto en el mismo espacio.

El almacenamiento de datos es un problema cada vez mayor. No solo se generan cantidades importantes, sino que la tecnología utilizada para almacenarlos sigue volviéndose obsoleta, como los discos flexibles. El ADN nunca va a pasar de moda. “Los organismos han venido almacenando información en el ADN desde hace miles de millones de años, y todavía se puede leer”, comentó Adleman. Observó que las bacterias modernas pueden leer genes recuperados de insectos atrapados en ámbar hace millones de años.

Para Shipman y Church, el reto inmediato es el cerebro. Contiene 86 mil millones de neuronas y no hay una manera sencilla de saber qué hacen. “En este momento, podemos medir con electrodos una neurona a la vez, pero nuestro cerebro no puede contener 86 mil millones de electrodos”, comentó Church. Sin embargo, las bacterias con genes editados “cabrían muy bien”.
La idea es tener bacterias modificadas para funcionar como dispositivos de grabación que circulen hacia el cerebro a través de la sangre y tomen notas por un rato. Los científicos entonces extraerían las bacterias y examinarían su ADN para ver lo que observaron en las neuronas cerebrales.

Church y sus colegas ya habían demostrado en una investigación anterior que las bacterias pueden registrar el ADN de las células, si el ADN se etiqueta de manera correcta. “La intuición de la gente es tremendamente minúscula en cuanto a qué tan pequeñas son las moléculas de ADN y cuánta información les cabe”, explicó Birney.

Aunque estas son ideas futuristas, las biotecnologías han estado desarrollándose mucho más rápido de lo que se había previsto, comentó Church. Puso como ejemplo la secuenciación del genoma humano. El primer esfuerzo tomó años y costó 3 mil millones de dólares. Los más optimistas predijeron que tal vez en seis décadas cada secuenciación costaría 1000 dólares.
“Resultó que fue en seis años, en lugar de seis décadas”, concluyó Church.

Gina Kolata, 17 de julio de 2017.
The New York Times

Crónica del despertar de un niño hecho grande…

Desperté con un terrible dolor en la panza, será de hambre o de frío? No sé, pronto se irá… Éso es lo que tiene el  invierno, todo es un bajón, uno nunca sabe cuando llega lo peor…

La luz que entra por los agujeritos del techo de chapa me dejan ver que mi viejo todavía no está, es lo primero que miró al levantarme, tengo la esperanza que algún día vuelva. Él y mi hermano mayor hace varios meses que duermen en otro lado, “ma” me dice que están en la “otra casa”, y mucho más no quiero preguntar, me grita cada vez que lo hago.

Sólo las zapatillas y la campera me separan de volver a estar en la calle, ya veré que hay para hoy. Algunos “compas” me han dicho que hay chicos que tienen la suerte que sus madres los despierten, los ayuden a cambiarse de ropa y hasta les preparen un rico desayuno… mmmmm, se acordará mi mamá que tengo 11 años? De tantas veces que se equivoca mi nombre al llamarme, la verdad, ya no sé si me quiere… yo la adoro, a veces me vienen algunos lindos recuerdos de chiquito, cuando me alzaba y me daba besos.

El plato del pan está vacío, pero tengo algunas monedas que me hice ayer, voy a ir a comprar a lo del Piny las facturas del día anterior, Mamá se va a poner contenta cuando se levante. Aunque ahora que miro bien tampoco está, ya me parecía raro no haberme despertado cuando llega de madrugada.

Que angustia… Que habrá pasado? Cómo será morir? A veces lo pienso…

 

Daniel Calcagni.

Los tsimanés, una tribu sin igual.

En 2011, Ben Trumble dejó la selva boliviana y se llevó una mochila que contenía cientos de viales con saliva. Había pasado seis semanas siguiendo a los indígenas mientras se movían por la selva, lanzándole flechas a los jabalíes. Estos hombres eran miembros del pueblo tsimané, que vive como lo hacían nuestros ancestros hace miles de años: cazando, buscando comida y cultivando pequeños terrenos.

Trumble les había pedido a los hombres que escupieran dentro de los viales varias veces al día para poder mapear sus niveles de testosterona. Quería descubrir si los cazadores eran recompensados con un pico de testosterona, y así fue. Como investigador del Proyecto de Salud e Historia de la Vida de los Tsimané, se había unido a una prolongada investigación sobre el bienestar y el envejecimiento humano en ausencia de la industrialización.

Ese día, cuando se fue de la selva, se topó con una pregunta nueva y más urgente sobre la salud humana. Al llamar a su madre, recibió una noticia terrible: su tío, de 64 años, se había enterado de que tenía demencia, quizá la enfermedad de Alzheimer.

En solo unos cuantos años, su tío —antes un vigoroso abogado— dejaría de hablar, ya no comería y moriría. “No podía ayudar a mi tío”, dijo Trumble, pero quería entender la enfermedad que lo mataría. Entonces se preguntó: ¿a los tsimané les da la enfermedad de Alzheimer al igual que a nosotros? Si no es así, ¿qué podemos aprender de ellos sobre el tratamiento o la prevención de la demencia?

“En realidad aún no hay una cura para la enfermedad de Alzheimer”, me dijo Trumble. “No contamos con nada que pueda revertir el daño ya hecho”. Se preguntaba por qué miles de millones de dólares y décadas de investigación han tenido tan pocos resultados. Tal vez se estaban ignorando algunas pistas importantes.

Trumble se formó como antropólogo, y su campo —la medicina evolutiva— le ha enseñado a percibir nuestro entorno como un parpadeo en la línea del tiempo de la historia humana. Considera que es un problema que la investigación médica se enfoque casi exclusivamente en la “gente que vive en ciudades como Nueva York o Los Ángeles”. Los científicos a veces se refieren a estos lugares con una sigla que en inglés también quiere decir “raro”: Weird, el acrónimo de las palabras occidental, educado, industrializado, rico y democrático en esa lengua.

Además, señalan que nuestros cuerpos siguen estando diseñados para el ambiente no Weird en el que nuestra especie evolucionó. Sin embargo, prácticamente desconocemos cómo afectó la demencia a los humanos durante los 50.000 años anteriores a ciertos avances como los antibióticos y las granjas mecanizadas. Trumble cree que estudiar a los tsimané podría arrojar luz sobre esta plaga moderna.

Los tsimané tienen tasas de mortalidad infantil muy altas, pero quienes llegan a la edad adulta viven tanto como la mayoría de las demás personas por lo que es posible medir su salud hasta los 90 años o más. Los investigadores del proyecto sobre los tsimané han pasado más de 15 años haciéndole seguimiento a sus voluntarios y proveyéndoles con tratamientos médicos. Han descubierto que los tsimané difieren del resto de nosotros en varios aspectos. Por ejemplo, tienen las arterias más limpias que cualquier población jamás estudiada, lo que significa que pueden ser ampliamente inmunes a las cardiopatías.

Trumble no fue el primer miembro del proyecto sobre los tsimané en cuestionarse acerca de la demencia en esta población. En 2001, uno de los fundadores del grupo, Michael Gurven, comenzó a estudiar la condición mental pidiéndole a los ancianos que resolvieran crucigramas. Estos y otros datos sobre el desempeño cognitivo se fueron juntando hasta 2015, año en que murió el tío de Trumble. Fue entonces que junto a Gurven y otros investigadores decidieron profundizar en ello.

Trumble estaba particularmente interesado en el gen ApoE4, a menudo llamado el gen de la enfermedad de Alzheimer. Los estadounidenses con dos copias del gen tienen una probabilidad diez veces mayor que los demás de presentar la forma de inicio tardío de la enfermedad. Trumble descubrió algo sorprendente cuando analizó los datos de los tsimané: muchos con una copia del gen parecían tener un mejor desempeño en las pruebas cognitivas.

Le dio vueltas a esta paradoja cuando regresó a su laboratorio de la Universidad Estatal de Arizona. Acababa de volver de otro viaje a los asentamientos de los tsimané y se había traído un pedacito de Bolivia con él: tenía una infección intestinal causada por la bacteria Campylobacter y dos especies nefastas de E. coli.

“Haber contraído infecciones parasitarias me dio perspectiva”, dijo. Por lo menos el 70 por ciento de los tsimané tienen parásitos: lombrices en los intestinos e invasores que hacen surcos en su piel. Es muy probable que lo mismo haya pasado con nuestros ancestros. Comenzó a preguntarse si estas infecciones podrían alterar la forma en que los genes afectan nuestro cuerpo.

Tal vez el gen ApoE4 proporcionaba una ventaja para la supervivencia en los ambientes ancestrales. Hoy en día, solo un cuarto de nosotros tenemos una única copia del gen ApoE4, y solo cerca de dos por cada cien individuos tienen dos copias. No obstante, los análisis del ADN de huesos antiguos han mostrado que, hace miles de años, el genotipo ApoE4 era omnipresente en los humanos.

Este gen, que ayuda a producir colesterol, pudo haber sido un paso crucial para el desarrollo de nuestros cerebros actuales, grandes y hambrientos de energía, y pudo haber desempeñado un papel clave para defenderlos de invasores patógenos.

Después, Trumble estudió los datos referentes a la salud cognitiva de todos los voluntarios tsimané que habían obtenido resultados positivos en las pruebas para detectar la presencia de parásitos. Como era de esperarse, encontró que era más probable que los tsimané con infecciones mantuvieran una buena condición mental si poseían una o dos copias del gen ApoE4; para ellos, el “gen de la enfermedad de Alzheimer” constituía una ventaja.

En contraste, en la minoría que conseguía eludir las infecciones parasitarias, sucedía lo contrario, y el gen ApoE4 estaba vinculado con el declive cognitivo, como sucede con las personas de países industrializados.

“Los humanos evolucionaron conjuntamente con una buena cantidad de parásitos distintos, pero hoy en día, con nuestra vida citadina y sedentaria, hemos eliminado a los parásitos de la ecuación”, dijo Trumble. Esto podría ser lo que provocó que el gen pasara de ser una ventaja a convertirse en una carga.

Como suele suceder, estos hallazgos coinciden con algunas nuevas investigaciones de laboratorios universitarios. En artículos publicados en 2016 y 2017, los científicos consideraron la demencia de manera novedosa: no solo como una enfermedad derivada de la decadencia gradual de nuestras células, sino como un trastorno en que el cerebro se vuelve contra sí mismo.

Changiz Beula, profesor de Neurociencia en la Northwestern University, ha estudiado el tejido cerebral de personas que murieron a los 90 años o a una edad más avanzada. Descubrió que algunas personas que mueren con agudeza mental tienen el cerebro lleno de la porquería asociada con la patología del Alzheimer: placas amiloides y oscuras marañas. Esto significa que es posible tener un “cerebro apto para la enfermedad de Alzheimer”, pero no presentar demencia. Geula cree que, en casos así, algún agente en el cerebro —llamémosle el opuesto al del alzhéimer— protege las neuronas contra el daño. Todavía se desconoce cuál o qué es.

Unos candidatos podrían ser los astrocitos, que son células que apoyan a las neuronas y las sinapsis, manteniéndolas sanas incluso en presencia de placas y marañas. En un artículo publicado este año en Nature, investigadores de Stanford describieron la forma en que estas células, normalmente tranquilas, pueden cambiar a un “modo asesino” al modificarse y expulsar toxinas y destruir a las mismas células que alguna vez nutrieron.

De acuerdo con Shane Liddelow, uno de los autores del artículo, esta personalidad tipo Dr. Jekyll y Mr. Hyde de los astrocitos muy probablemente se desarrolló hace miles de años para ahuyentar a las infecciones que invadían el cerebro de nuestros ancestros. A la primera señal de problemas, los astrocitos atacan, destruyendo todo lo que se cruza en su camino, incluyendo en ocasiones tejido cerebral sano. Las neuronas pueden convertirse en “transeúntes inocentes en este esfuerzo asesino protector”, explicó Liddelow.

Puesto que hoy en día la mayoría de nosotros vivimos en ambientes más estériles, este ejército en nuestro cerebro ya no está ocupado combatiendo patógenos, así que en su lugar responde —a menudo con demasiada fuerza— contra las placas amiloides y las marañas que son parte del envejecimiento normal.

“Hace diez años, muy pocos científicos investigaban si el sistema inmunitario estaba relacionado con la enfermedad de Alzheimer, pero esta pregunta acaba de surgir con gran fuerza”, dijo Liddelow. “Creo que la respuesta vendrá de analizar células inmunitarias de humanos de todo el mundo, que vivan en distintos ambientes”.

Liddelow dijo que la hipótesis derivada de las investigaciones realizadas con los tsimané, que supone que el gen ApoE4 evolucionó para proteger nuestros cerebros de los efectos de las infecciones parasitarias, tiene mucho sentido. Ahora está preparando su propio laboratorio para comprobar esta teoría. Cree que este nuevo enfoque conducirá a “una rápida producción de tratamientos efectivos”.

Trumble tiene la esperanza de que en algún momento su trabajo también genere tratamientos. Actualmente, los científicos que estudian el cáncer están diseñando virus que ayuden al cuerpo a atacar los tumores. ¿Por qué no se habrían de diseñar parásitos?

“Por ningún motivo quiero que la gente que lea esto salga a tratar de infectarse”, dijo el Dr. Trumble. “Los parásitos pueden ser muy desagradables o peligrosos por sí solos”.

Sin embargo, dijo: “Ciertamente espero que, antes de que yo cumpla 80 años, ya hayamos podido descubrir el mecanismo” detrás de una terapia patogénica.

Quizá esto signifique un medicamento para las personas que porten el gen ApoE4, que imite los efectos de un parásito sin provocar los daños de una infección: una especie de bozal para el sistema inmunitario del cerebro, que impida que células como los astrocitos ataquen a las neuronas sanas.

Trumble y el resto del equipo de investigadores deben recabar más datos antes de poder contestar las preguntas más básicas: ¿cuál es la tasa de demencia en la población tsimané? ¿Algunos parásitos son más benéficos para el cerebro y otros más dañinos? ¿Qué humanos tienen más probabilidades de obtener beneficios cognitivos de una infección?

¿Serán los parásitos la cura para el alzhéimer?

Si los tsimané en realidad poseen la clave para una cura, Trumble y sus colaboradores no tienen tiempo que perder. Los celulares, los alimentos enlatados y otros utensilios de la vida moderna se están colando a las comunidades tsimané.

“Esta puede ser nuestra última oportunidad de entender si las enfermedades crónicas del envejecimiento, como la enfermedad cardiovascular y el alzhéimer, siempre han atacado a los seres humanos o si están relacionadas con la industrialización”, dijo Trumble.

Pagan Kennedy.
18 de julio de 2017.
The New York Times.

Mis recuerdos.

Encontré un “Cassette” de Octubre de 1977 donde tenía grabado algunas de mis prácticas en Guitarra !!! Ni me acordaba que lo tenía !!! Escucharlo fue revivir mi juventud… 17 años tenía !!!!

Le puse algunas fotos y lo grabé en un video.

Tiene algunas faltas… era una práctica !!!

01 – Capricho Árabe – Tárrega
02 – Asturias – Albeniz
03 – Malagueña
04 – La cumparsita
05 – Vidalita
06 – Lágrima – Tárrega
07 – Estudio de Rubira
08 – Granadina
09 – Ojos negros (canción rusa)
10 – Minuet en Sol Menor – Bach
11 – Preludio de Chopin
12 – Adelita
13 – Coral – Handel
14 – Estudio de Folia

Se lo había dedicado a mi amada novia, la que hoy es mi amada esposa.

Tomás.

A los 5 años su mamá lo despidió en la calle, en una estación de Buenos Aires, no quería, no sabía o no podía cuidarlo. El recuerda la intensidad de ese último instante, recuerda perfecto la ropa de su madre y la ve, hoy a la distancia, pintándose los labios antes de la despedida. Desde allí el camino sería de escollos, piedras, puentes y calles suburbanas. En la calle creció y de la calle aprendió: lo bueno, lo doloroso y lo inolvidable.

Tomás dice que, en algún libro de los muchos que devoró, un autor dijo que las heridas se curan con el tiempo, pero él dice que no, que hay heridas que no suturan nunca más y que irán abiertas y latiendo hasta la tumba. La pibada de 8 ó 9 años que lo acompañaba envidiaba su vida y sus tiempos. Tomás no tenía ni horarios, ni padres que obligaran, ni madres que le ordenaran. El resto de los pibes sí los tenían y tenían, con esto, que volver a una hora a la casa, que comer en un horario y que acostarse temprano.

Por eso envidiaban a Tomás y, por eso, Tomás también los envidiaba a ellos en silencio; sobre todo cuando los amigos se iban y él quedaba contando estrellas o apoyando la nariz en la ventana de algún restorán, envidiaba sanamente la suerte de los otros, los retos que él no tenía y las obligaciones que a él le faltaban.

Un juez de Paz, cuando él andaba en sus 6 ó 7 años, le dijo que no sabían qué hacer con él, porque no entraba todavía en la edad de ir a instituto de menores ni a ningún Hogar. Entonces Tomás, el enano Tomás de ese entonces, le pidió una sola cosa al juez: ir a la Escuela. El Juez le preguntó dónde iba a vivir y Tomás le dijo que no se hiciera problema, que del resto él se encargaba. Por eso empezó la Escuela, iba con la ropa que tenía y con la pobreza que cargaba, iba, escuchaba, hacía los deberes y luego antes de irse le devolvía el lápiz prestado a la maestra.

Por las tardes estudiaba en la Biblioteca Nacional; solito se iba a leer cientos de libros y miles de historias. Entrada la noche volvía abajo de algún puente, a alguna tubería o a cualquier lugar más o menos cálido que la tierra regale. Allí soñaría sueños bravos, sueños tiernos y mundos pasados. Luego lo de todos los días, la calle, la dureza del asfalto, la invisibilidad del pibe que arrastra sus penas y sus broncas.

Como a tantos pibes se le abrieron pocas opciones, el delito o la muerte. Tomás encontró el primero y pago duro la condena, pero aún entre rejas, peleas, tumbas y miserias carcelarias, siguió estudiando, pidiendo por estudiar, queriendo leer para saber y para saberse distinto.

Pasó varios años contando los días y tachando las lunas, caminando por las vías de la oscuridad y encontrando, siempre más temprano que tarde, alguna lucecita colada, alguna ventana posible, alguna amistad que hermane las cicatrices reabiertas.

Hoy cuenta Tomás su historia a los pibes de secundario de una escuela pública de la localidad de Vela, viajó desde Olavarría para venir a contar y venir a decir. Y yo lo escucho sin pestañear, cuenta despacio su historia, con ojos gigantes y sabidos de muchas imágenes y muchos rostros que ya no están. Cuenta su historia detalladamente y habla del amor, habla del abrazo y habla del recuerdo. Le dice a los pibes que vayan y que abracen al amigo, al viejo o a la vieja. Dice que no es lo mismo querer que decir te quiero. Que no es lo mismo un sí que un no. Dice que no hay imposibles. Que siempre hay una soga y que no es para ahorcarse, sino para salir del tiempo enlodado, para respirar un viento distinto, para sonreir, para luchar.

Tomás, que abrazó la paria calle del abandono, que abrazó la mísera tumba de la desmemoria, hoy sigue en la cárcel de Sierra Chica pero como docente. Tomás ha sido de los pocos que ha podido limar la reja de la invisibilidad, ahuecar el muro y espiar, disponer del mundo arrebatado y establecer otros sentidos, otros colores, otras resurrecciones posibles.

Bernardo Penoucos
“Pelota de Trapo”

Un día el maestro…

Un día el maestro preguntó:

– “¿Por que la gente grita cuando se enoja?”

Los discípulos quedaron pensando por unos momentos.

– “Porque perdemos la calma”, dijo uno, “por eso gritamos.”

– “Pero… ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?”, preguntó el maestro, “¿Acaso no es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué tenemos que gritarle a una persona cuando estamos enojados?”

Los discípulos dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al gran maestro.

Finalmente él explicó:

– “Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Y para cubrir esa distancia deben gritar para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para poder escucharse.”

Luego volvió a preguntar:

– “¿Y qué creen que sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no necesitan gritarle, sino por lo contrario se hablan suavemente… ¿por qué?…”

Dejó a todos los discípulos pensando.

– “Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña. Y mientras más enamorados están, más suave se hablan y casi sólo susurran. Finalmente, hasta hay veces que ni necesitan siquiera susurrarse, sólo al mirarse, todo está dicho. Más se aman, más cerca se sienten.”

Luego el maestro terminó diciendo:

– “Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien aún más, llegará el día en que esa distancia será tan grande, que ya no podrán escucharse y por ende no encontrarán ningún camino que los pueda acercar.”

 

Carta a mi chozno.

Con todo mi amor, para ser leído algún día por mi queridísimo chozno. (hijo de mi tataranieto)

Como desearía que pudieras percibir todo mi sentir a través de esta carta y que tal vez, si así fuera mi querido niño, suplicaría que no estuvieras enojado conmigo. Cuantas veces pienso en ti, en como estarás, como será tu familia, también mía, en como será tu mundo en esos días, si aún pueden ver brillar la luna, si la primavera pudo guardar para ustedes sus adorables aromas, si el amanecer puede seguir dándole la bienvenida a cada día.

Tengo el convencimiento que en nuestros días no estamos haciendo lo correcto para dejarles puro el aire, clara el agua y sanos los alimentos, mis lágrimas al imaginar tu presente nada resuelven y es grande mi impotencia al saber que no es mucho lo que uno pueda hacer.

Creo que no todos pueden sentir el amor por los que aún no han llegado, ni concebir que el futuro bienestar de sus descendientes de tan sólo ellos depende, de otra manera no seguiríamos sorteando por completo nuestro futuro, tu presente…

Si tengo que encontrar el porqué lo hacemos, o bien tu “por qué lo hicieron…?”, parecería que no nos preocuparan tamañas consecuencias. No sé, es una cruel paradoja, quién no quisiera que quienes llevarán nuestra sangre estuvieran mucho mejor que nosotros; pero si bien en nuestros días hay muchas religiones que siguen separando indiscutiblemente al hombre, y muchas concepciones políticas que no hacen más que seguir sembrando el odio de clases sociales, todos parecen aunar criterios en cuanto a la adoración por el dinero, y por él, muchos hicieron, hacen y harán cualquier cosa, y para peor, sin importar cuáles son los límites.

Si, mi querido !!! Quién lo tiene se cree poderoso, intocable, que sus actos son impunes y por alguna razón, quizás física, quizás psicológica, el amor en ellos queda encerrado en rincones tan distantes de la comprensión, que quedan imposibilitados de darse cuenta de sus acciones y hacer algo al respecto.

No te sigas preguntando el porqué, creo que es inútil, ni te preguntes el cómo, pues ya es muy tarde…

Te siento parte de mí y más vale, te amaré por siempre.

Con todo mi amor.

Dany.
El padre de tu tatarabuelo.

Un cuento… sólo éso.


Cuenta la historia que existían dos pueblos separados por un estrecho riachuelo y que estaban muy enemistados entre sí.

En uno de ellos vivían mayoritariamente gente buena, humilde, trabajadora, donde sólo la inocencia tenía cabida y tan así era que quienes los representaban solían aprovecharse de ello, y en pos de sus propias malas intenciones y de un gran anhelo de riquezas, hacían de la inocencia y desprotección de sus representados el gran e inusitado poder que por décadas pudieron ir obteniendo.

En el otro pueblo en cambio, la mayor parte de sus ciudadanos creían ser instruidos, sagaces, hábiles para las negociaciones y porque no, basadas en sus propios modos de vida, hasta se habrían convertido en algo egoístas. Muy claramente los que llevaban adelante a esta sociedad, al contrario del otro pueblo, eran títeres con cara de buenos, presencia un poco tonta y hasta con apariencia de algo débiles, y eran escogidos adrede por el máximo poder de esa gran urbe, el cual estaba constituido por gente malvada que siempre intentaban mantenerse ocultos y que nunca mostraban sus rostros simplemente para poder seguir perpetuándose en lo que ellos perfectamente sabían era el verdadero poder.

Un día entraron en plena disputa los líderes de ambos pueblos con la finalidad de constituir una gran nación, y el cara de bueno no hacía otra cosa que criticar a la malvada del pueblo vecino por sus malas acciones y esta última sin poder defenderse de sus intrínsecas intenciones no podía más que intentar desenmascarar la situación que llevaba al cara de bueno al poder…

Cuenta la historia que por más que uno de ellos ganó… los pueblos siempre han sabido que ninguno de ellos se habría realmente beneficiado….

Los cuentos… cuentos son.

 

Daniel Calcagni.