Daniel Calcagni

Hubo un tiempo…

Nadie quedaba para leerlo, sin embargo en el epitafio de la gran tumba donde yacía el mundo, estaba escrito:

Hubo un tiempo en el que todo era hermoso y cada nuevo día era una nueva aventura; éramos felices y todo parecía maravilloso.

Pero algo cambió…

Los alimentos, el agua, la tierra, todo aquello que necesitábamos para sobrevivir pasó a ser propiedad de las corporaciones, y ya no hubo frutas en los árboles, ni agua limpia en los arroyos, ni terrenos donde construir una casa, y si intentábamos tomar algo de lo que el planeta nos proveía, símplemente íbamos presos.
Obedecíamos reglas y nos clasificaban como sujetos de laboratorio. Éramos educados no para marcar la diferencia, sino para ser igual que todos, pues nos querían lo suficientemente inteligentes como para hacer nuestro trabajo…, pero “no tanto” cómo para cuestionar el porqué lo hacíamos. Trabajábamos para ellos, sin tiempo para disfrutar la vida, y cuando ya viejos e inútiles no servíamos más, símplemente nos dejaban morir.

Mientras…, las elites se escondían detrás de logotipos y se creían amos y señores del mundo, sabían muy bien que su recurso más valioso no era el suelo… lo éramos nosotros.

Construímos sus ciudades, operamos sus máquinas, luchamos sus guerras, y no llegábamos nunca a preguntarnos el porqué; ellos utilizaban el dinero como herramienta para controlarnos, y nosotros tontos de pensamientos y nulos de valor, accedíamos muy complacidos a hacerlo.

Ellos nos dieron el dinero… nosotros les dimos el mundo.

Pero llegó el día en el cual, en donde había árboles que limpiaban el aire, aparecieron fábricas que lo contaminaban, donde había agua que podíamos beber, hubo residuos tóxicos que la apestaban, donde el verde y el celeste eran los colores dominantes, los grises terminaron por acaparar todos los paisajes, donde ya no quedaban animales que corrían libres y sólo pudieron subsistir aquellos que naciendo en granjas industriales y alimentados con basura, eran destinados sólo a engordar y ser sacrificados para el enriquecimiento de sólo algunos pocos.

Fuimos una plaga propagándose por toda la superficie y destruímos todo a nuestro alcance, y aunque el medio ambiente nos venía gritatando a cuatro vientos, ni el mismo se pudo salvar…

Por el tipo de alimentación y costumbre que fuimos adoptando y al uso discriminado de elementos radiactivos, aumentaron significativamente las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, aunque paradójicamente el índice mas alto de mortalidad, durante los últimos años de existencia, fue la falta de atención médica. Hasta el último momento se nos decía que todo era solucionable si le dábamos dinero a los científicos para que pudieran descubrir las fórmulas de la salvación, pero sin embargo la industria farmacéutica y las sociedades oncológicas prefirieron obtener beneficios a costa de nuestro triste sufrimiento. Su único objetivo era llenarnos de químicos tóxicos sólo con el fin de enriquecer a sus imprescindibles industrias.

Sería ahora muy gracioso para quien pudiera algún día leer este texto, pensar que los humanos tuvimos bajo nuestras narices la plena prueba que no éramos el centro del universo, sin embargo por nunca dejar de creerlo simplemente nos quedamos sin nada.

“Éramos los más inteligentes… y es exactamente por eso que así nos fue.”

Vivimos en un mundo que estaba a punto de colapsar, y no nos queríamos convencer que en las guerras nunca había vencedores y jamás pudimos ponernos de acuerdo en un futuro común, a pesar que todos teníamos los mismos sueños. Destrozamos el mundo en busca del placer y la felicidad dentro de lo material y no nos dábamos cuenta, de puro tercos, que las personas más felices eran aquellas que menos tenían y más amor profesaban, que lo tan esencial e imprescindible simplemente se encontraba dentro de nosotros.

“Fuimos solo un instante en el tiempo, pero no supusimos que nuestra influencia, iba a ser para siempre.”

 

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