La caja malvada.

Él tenía una pequeña caja donde almacenaba sus recuerdos, había sido diseñada para eso, para guardar recuerdos, pero como suele suceder, terminó guardando en ella de todo un poco, así que además contenía ilusiones, sueños, ambiciones, rencores, deseos y palabras que nunca se dijeron.
 
A él le gustaba imaginar que su caja era de marfil, aún cuando el tiempo demostró que era sólo de hueso común y, también suponía que en su interior había una infinidad de pequeños compartimentos donde él, se esforzaba por ordenar todo lo que allí guardaba, sin embargo cuando quería recuperar algo descubría con pesar que no estaba en el lugar donde lo había depositado y era necesario invertir mucho tiempo en su búsqueda, a veces pasaban semanas sin que apareciera.
 
Le preocupaba el hecho de que las cosas cambiaran de lugar y a veces pareciera que se ocultaban, por lo que comenzó a obsesionarse con la idea de que la caja tenía vida propia y era ella quien las movía, esto claro está, sólo para molestarlo.
 
Una tarde de primavera, caminando de su trabajo a casa, cruzó un parque en el que un macizo de azucenas estallaba en grandes ramos de flores, le pareció recordar que su madre, en la casa donde pasó su infancia, cultivaba en una maceta una planta similar, buscó de inmediato ese recuerdo en su caja de marfil y la caja con una risa ahogada que nada más él podía oír, le devolvió otro recuerdo, también de su Madre y de flores; pero en este aparecía ella muy bien arreglada, peinada, maquillada, vistiendo su mejor vestido, con las manos cruzadas sobre el pecho, los ojos entrecerrados y reposando en un ataúd toda rodeada de flores. Las lágrimas inundaron sus ojos, su cabeza giraba vertiginosamente, sus piernas escasamente lo sostenían, mientras de la caja salía una risa que lo estaba volviendo loco y a la que no podía acallar.
 
Estaba claro que la caja lo acechaba, buscaba sus momentos de distracción para revolver sus recuerdos y así herirlo, cambiando los tristes por alegres y viceversa y, conforme pasaba el tiempo, la caja ideaba más formas de perseguirlo con el único propósito de hacerlo sufrir.
 
Una noche de verano, en su cama lo acompañaba la soledad, hacía calor pero la soledad es una fría compañera por lo que se cubría con una vieja manta de la cual no podía recordar su origen, imposible conciliar el sueño, el ruido infernal de miles de pequeños compartimentos abriéndose y cerrándose mientras intercambiaban su contenido le impedía descansar, cerraba los ojos y aun así veía cómo la caja disimuladamente lo observaba, veía su desesperación, medía su angustia y conforme estas crecían, la caja más y más desordenaba su contenido, como un experto croupier que barajara un mazo de cartas.
 
Ante la imposibilidad de detener la frenética actividad de la caja, decidió seguirle el juego y concibió una idea que le pareció magistral, ya no buscaría más nada, de ahora en adelante sólo abriría un compartimento al azar y recrearía su contenido. Dejó que los compartimentos giraran y giraran y cuando supuso que la caja estaba descuidada, atrapó uno y lo sostuvo con firmeza; una pequeña etiqueta de color amarillo montada en un porta etiquetas de metal oxidado indicaba con tipografía antigua: “Ilusiones”.
 
Su corazón se aceleró, su respiración se agitó, los nervios lo traicionaban, ¿qué podría haber allí? Estarían las tantas veces que sus sentidos lo engañaron jugándole malas pasadas o serían situaciones irreales que alguna vez le sugirió la imaginación? Abrió el compartimento y de él salto una muchacha joven, rubia, sonriente y de cara bonita, era Marlene aquella compañera de su primer trabajo, a dos escritorios de distancia la miraba de soslayo buscando evitar que se diese cuenta de que él no podía apartar su mirada de ella.
 
Marlene además de rubia y bonita, era simpática, por lo que siempre estaba rodeada de uno o varios compañeros de trabajo, esto aunado a la timidez de él, limitaba la ilusión a sólo mirarla. Una tarde coincidieron a la salida del trabajo, llovía y él ofreció acompañarla y compartir su paraguas, con una sonrisa enorme que mostraba lo blanco de sus perfectos dientes ella dijo Siii con marcado entusiasmo, lo tomó del brazo y acercando su cuerpo al de él caminaron hacia la estación del transporte.
 
Finalmente él tenía la oportunidad que tanto había imaginado, estar a solas con ella y decirle lo que sentía, pudo haber dicho “Quiero todo contigo” o “Me gustas” o “Te veo y me estorba la ropa” o simplemente “Te invito un café”, pero la mano de ella tomándolo del brazo, su cuerpo tan cerca del suyo bajo el paraguas, las piernas rosándose a cada paso y el perfume embriagador que de ella emanaba, le sellaron los labios, sin poder articular palabra alguna la acompañó hasta el transporte hizo un ademán que pudo haber sido un adiós y se perdió en medio de la lluvia.
 
Los sollozos ahogaban su garganta, la tristeza lo invadió y cuando quiso depositar el compartimento en su lugar vio con horror que la caja había hecho otro cambio, sólo que en esta ocasión en vez de cambiar el contenido, había cambiado la etiqueta, el sudor que caía de su frente diluyó la tinta de la sobre escritura “Ilusiones” y dejó al descubierto el título original: “Palabras que nunca se dijeron”.
 
Con el paso del tiempo la situación empeoraba, la caja no sólo cambiaba las cosas de lugar, ahora además abría permanentemente diferentes compartimentos y le leía en voz alta su contenido. Un día proveniente de un compartimento etiquetado como “Ambiciones”, le leyó al máximo volumen, aquel proyecto de estudiar Derecho y convertirse en un paladín de la justicia, defender a los inocentes, procesar a los culpables y, ser reconocido por su imparcialidad y buen juicio.
 
Y entonces, por primera vez reconoció que la caja tenía vida e inteligencia propia y comenzó a tratar de dialogar con ella, -sí, yo ambicionaba ser Abogado porqué mi Padre fue injustamente despojado de todo lo que logró en su vida y yo debía recuperarlo e impedir que eso le sucediera a otros-.
 
La caja rápidamente abrió otro compartimento, en este caso uno etiquetado como “Definiciones” y recitó. Ambición: Deseo ardiente de conseguir algo por lo que se lucha con vehemencia. Acto seguido lo increpó, tú qué hiciste además de fantasear con la idea e imaginarte en el estrado dictando sentencia, cuándo tomaste un libro de leyes? Cuándo preguntaste en la escuela libre de derecho cuáles eran los requisitos de admisión?
 
Y nuevamente la caja abrió otro compartimento la etiqueta decía: “Hechos”, de allí resumió rápidamente su vida: Burócrata de lunes a viernes, trabaja en oficina de gobierno de ocho a tres, las tardes televisión, los fines de semana cine y futbol.
 
La caja entonces le brindó una nueva sorpresa; inició moviendo su contenido a voluntad, luego comenzó a hablarle y ahora le proyectaba imágenes. Él cerró los ojos y los cubrió con ambas manos, aun así las imágenes de una nitidez impresionante seguían desfilando frente a él, en ella se vio como la caja lo veía, estaba él en un salón enorme lleno de escritorios, vistiendo un viejo traje obscuro, brillante de tanto plancharlo, camisa blanca con el cuello percudido, corbata descolorida salpicada de algunos restos de pasadas comidas, atrás de un escritorio gris repleto de expedientes amarillentos que simulaba estudiar y que en realidad sólo tomaba de un anaquel para colocarlo en otro (lo mismo que hacía la caja).
 
La aflicción lo invadió, las imágenes se seguían proyectando, las voces no cesaban, seguía el movimiento de los recuerdos, ilusiones, sueños, ambiciones, rencores, deseos y palabras que nunca se dijeron y, que no eran otra cosa más que su vida.
 
Era necesario acallar las voces! Era necesario parar el movimiento de los compartimentos! Había que borrar las imágenes! Buscó con desesperación la llave de la caja, había decidido vaciarla de una vez por todas, recorrió la pequeña habitación y no la encontró, terminó agitado, con un fuerte dolor en el pecho y recargado en el viejo escritorio de su abuelo que hoy ocupaba una esquina del aposento, revisó los cajones, buscó algo que le permitiera abrir la caja y, así encontró un objeto metálico, lo recargó en el borde de la caja y lo oprimió contra ella.
 
Se escuchó un gran estruendo que acalló las voces, la tapa de la caja voló en mil fragmentos de hueso, de hueso común, los compartimentos se esparcieron por toda la habitación incrustándose en las paredes de la misma, dejando allí pequeñas marcas de color sepia y su contenido al contacto con el aire se inflamaba, produciendo diminutas llamas rojizas.
 
Ahora sólo hay silencio y por fin él ha recuperado la paz y tranquilidad perdidas hace ya tanto tiempo.
 
***
 
Más tarde, sentados en la orilla de la cama, el médico forense y el inspector de policía observan la habitación y el desastre que allí impera, el inspector mira con detenimiento el antiguo revólver y dice en voz muy baja, como si hablara consigo mismo: “Hubiera jurado que este viejo armatoste no disparaba”.
 
Omar Alvarado Díaz.

Me aceptás como amiga ?

La arquitecta Candela Prieto estaba a punto de apagar la computadora de su oficina cuando recibió un mensaje en Facebook que decía así: «Hola, me llamo Candela Prieto y tengo diez años. Te escribo desde el pasado. Primero que nada, me alegra saber que en el futuro voy a ser flaca y linda. Tus fotos del muro me encantan. ¿Me agregás como amiga?».

A Candela Prieto no le causó gracia el mensaje. Salió de la oficina enojadísima y preguntó a sus empleados quién estaba haciendo ese chiste espantoso. Todos la miraron sin entender. Volvió a entrar, se sentó en la computadora y espió el perfil de la otra Candela. Había cinco fotos de su propia infancia, y entonces se asustó.

Esas fotos ya no existían, porque ella misma las había roto hacía mucho. En todas las imágenes estaba gorda, y tenía esos anteojos horribles, y el pelo de una escoba, y los dientes torcidos. ¡Ah, cómo odiaba esas fotos! Sobre todo una, en la que tenía una papada gigantesca… ¿Quién le estaba haciendo aquella broma de mal gusto?

Respondió el mensaje con rabia: «Seas quien seas, no tiene ninguna gracia. Sacá ya mismo esas fotos mías de internet. ¡Imbécil!».

La otra Candela respondió enseguida: «No te enojes… Solamente quiero ser tu amiga y que me cuentes cuándo empezaste a ser linda. ¿Ese chico que aparece con vos es tu novio? Está buenísimo».

Candela Prieto, la arquitecta, sonrió.

«¿Sos vos, Esteban? Cortála. ¿Dónde conseguiste esas fotos de cuando era chica?», escribió la arquitecta.

La nena tardó en responder. «No. Soy Cande, ya te dije. ¿Quién es Esteban? ¿Tu novio?».

La arquitecta estalló: «¡Lo que estás haciendo es un delito contra la privacidad! Si no me decís quién sos, llamo a la policía ahora mismo».

La nena dijo: «¿Otra vez? Me llamo Candela, tengo diez años, mis papás se llaman Laura y Eduardo y vivo en la quinta, pasando las vías.»

La arquitecta escribió con bronca: «¡Todo eso lo podés averiguar en cualquier parte, idiota!».

La nena respondió: «Tengo un perro que se llama Caniche. Ayer papá me llevó al garage, a solas, y me dijo que Caniche se va a tener que morir esta semana, de viejo. ¿Te suena eso?».

La arquitecta Candela Prieto se quedó muda en su oficina, con los ojos en el monitor.

La nena siguió: «Caniche es mi único amigo, porque en la escuela nadie me habla. Y si alguien me habla es para burlarse de mí. En cambio Caniche, cuando llego a la tarde, me salta encima y mueve la cola. Lo conozco desde que nací, pero ahora ya no tiene fuerza ni me puede mirar porque se quedó ciego. Estuve llorando toda la tarde, pero ahora veo que tenés 671 amigos en Facebook, y que sos linda, y estoy mejor…», escribió la nena en el chat.

El mensaje quedó titilando un rato largo en el monitor. La arquitecta Candela Prieto no respondió rápido porque lloraba y lloraba y no podía parar. Hacía años que no lloraba por nada.

«Gracias por el piropo», dijo cuando se secó las lágrimas, «pero en realidad no soy tan linda, solamente subo fotos donde estoy maquillada. Y de todos esos amigos nada más que tres son de verdad. Al resto casi ni los conozco. Pero decime, ¿quién sos?».

«No te voy a decir más quién soy, ya te lo dije tres veces y es molesto que no me creas. ¿Te puedo hacer una pregunta?», escribió la nena.

La arquitecta le respondió que sí, que podía hacer una pregunta.

«¿Cuándo empezaste a adelgazar, cuándo dejaste de usar anteojos, cuándo se te corrigieron los dientes?», escribió muy rápido, con un montón de faltas de ortografía.

«Más o menos a los doce dejé de comer porquerías, porque me empezaron a gustar los chicos y ninguno quería bailar conmigo. A los trece pegué un buen estirón. Dejé de usar anteojos a los catorce, cuando me pusieron lentes de contacto, y los dientes no fueron mérito mío, sino del odontólogo.»

La nena dijo: «¿Y cuándo me van a salir las tetas?».

La arquitecta se rió muy fuerte y escribió: «En dos o tres años, no te preocupes por eso». La nena le devolvió un emoticón feliz, y la arquitecta se rió fuerte.

«Hay algo que no puedo entender», dijo la pequeña Candela. «Estuve viendo un montón de fotos tuyas en tu casa… Ya sé que vivís sola, que comés cosas raras y le sacás fotos al plato, que vas a fiestas, que sos arquitecta y que viajás por muchos lugares… Pero nunca vi una foto tuya con tu perro de ahora. ¿Por que no tenés fotos con tu perro? ¿Es feo?».

Candela, la arquitecta, respondió: «Es que no tengo perro».

La nena dijo: «¡Eso es imposible! Yo sé que siempre voy a tener perro. Lo sé desde que nací… No puedo vivir sin perro».

La arquitecta Prieto se quedó perpleja. Era verdad: de chica ella le juraba a todo el mundo que siempre tendría un perro. ¿Por qué se había olvidado de algo tan importante?

El chat la sacó de esos pensamientos: «Me tengo que ir, papá me llama a cenar», dijo la nena. La arquitecta solo atinó a escribir: «Chau». Y se quedó sola en la oficina, sin saber muy bien lo que había pasado.

A las seis en punto de la tarde salió del trabajo y, en lugar de ir directo a su casa como siempre, pasó por la veterinaria del barrio y se quedó en la vidriera mirando cachorritos.

Había cuatro: un cocker, uno blanco precioso del que no conocía la raza, un salchicha con cara muy divertida y el más chiquito de todos, que la miraba por la ventana. Entró y se quedó con el último, que ni siquiera era el más caro. Volvió a su casa con el perrito en los brazos, le dio leche y le puso de nombre Caniche.

Después se sentó en la compu, abrió su perfil de Facebook y aceptó la invitación de amistad de Candela. Y también la buscó por el chat: «Cande, ¿estás?». Del otro lado nadie le respondió. «¿Estás, Candela? Ya llegué a casa, y quiero contarte algo».

Del otro lado, silencio.

La arquitecta Prieto fue a la galería de imágenes de la nena y se quedó mirando la segunda foto, en la que ella tenía diez años y el pelo desprolijo y los dientes torcidos. La miró un rato largo: era la foto que más había odiado en toda su vida. Entonces buscó el botón azul y lo apretó lo más fuerte que pudo:

«Me gusta».

Hernán Casciari ( del blog Orsai )

 

El oficio de sirvienta.

Ilka Oliva Corado es una escritora y poetisa maravillosa, de origen Guatemalteco, residente en Estados Unidos e inmigrante indocumentada con maestría en discriminación y racismo.

De su blog:

El oficio de sirvienta.

Últimamente defensores de derechos humanos nos llaman asistentes domésticas, para aminorar el golpe, pero a las cosas por su nombre: somos sirvientas, nuestro oficio es servir.

Partiendo de ahí, podemos desmenuzar la gama de abusos que vivimos quienes trabajamos en el servicio doméstico y en mantenimiento. No importa el país, la realidad de los sirvientes es la misma en todos lados. No nos vamos a dar baños de pureza y a señalar a Estados Unidos como el causante de todos nuestros males. En India, existen las castas, en Latinoamérica las mentes colonizadas, y así vamos por país y continente, cada uno con sus propios males.

No se trata del color, de la nacionalidad, ni del idioma, se trata de quién tiene el poder y quien tiene el poder abusa y discrimina, con propios y extraños. El oficio de niñera y empleada doméstica es el mismo, solo varía el nombre: en ambos el trabajo es servir. Y digo servir con todo el peso de la palabra: de día y de noche. Cuando los niños están en la escuela o en clases particulares, las niñeras nos encargamos de limpiar la casa, los cuartos de juego, cocinar, lavar la ropa: el oficio doméstico. El de la empleada doméstica es igual y ambas son tratadas como muebles viejos. Porque una limpia pañales sucios y la otra baños sucios: ambas trabajan entre la mierda.

Las niñeras somos las mamás emergentes, estamos ahí todo el tiempo porque las mamás están en sus clases de yoga, tomando el té con amigas o viajando por el mundo. Algunas, contadas, son las que trabajan. Entonces las niñeras sin querer, como consecuencia de nuestro trabajo, damos abrazos, entendemos emociones, cuidamos enfermedades, contamos cuentos y nos desvelamos y damos apoyo moral a niños que aprendemos a querer como propios y, que en el futuro cuando se den cuenta de nuestro papel en su casa y en la sociedad, nos tratarán como los muebles viejos desechables. Porque es el patrón, porque son parte del círculo de la cultura del capital.

Las sirvientas conocemos la intimidad de las familias, hasta de lo que no quieren que nadie se entere, conocemos temperamentos, vicios, miedos, jactancias, vacíos y pretensiones. Porque estamos ahí todo el tiempo, invisibles, muebles viejos que se mueven de un lugar a otro para que no estorben. Trabajamos en silencio, a manera de pasar desapercibidas porque, ¿qué tiene qué contar una sirvienta? ¿En qué forma puede una sirvienta interactuar con sus empleadores? Máximo cuando ellos tienen cuna de oro, y pergaminos y se codean con la crema y nata de la sociedad. De ninguna, la sirvienta no siente, no piensa, no tiene emociones, está ahí para servir, jamás es vista como persona, no existe como ser humano.

Las sirvientas no nos cansamos, nunca tenemos derecho a enfermarnos, a estar deprimidas, a anhelar, a extrañar, no tenemos derecho tampoco a los beneficios laborales, las vacaciones son para otros no para nosotras. No tenemos derecho a las emergencias porque entonces, ¿quién va a limpiar los cuartos, a lavar los platos, a planchar la camisa del patrón, a hacer el desayuno y a trapear? ¿Quién irá por el correo, por el pan y al supermercado? ¿Quién le cuidará la fiebre a los niños? ¿Quién limpiará el vómito del señor que llegó borracho en la madrugada?

Y si a pesar del abuso todo sobrepasa los extremos inconcebibles, las empleadas domésticas también somos abusadas sexualmente por el empleador, hijos de los empleadores, amigos de los empleadores y bajo la tutela de la empleadora que hace que no ve. Porque al fin y al cabo los hombres son así, sedientos de placer todo el tiempo y mejor que tengan relaciones con la sirvienta que con una trabajadora sexual que les puede pegar enfermedades… Y en la muchos de los casos esa empleada doméstica es una niña que no pasa de los 18 años.

Las empleadas domésticas no tenemos derecho a los dolores menstruales, porque somos máquinas, y tampoco a angustiarnos cuando nuestros hijos están enfermos en casa o en la guardería donde los dejamos para ir a trabajar. No tenemos derecho a añorar a nuestros padres y hermanos que dejamos en el pueblo cuando nos fuimos a la capital o emigramos a otro país. Tenemos la obligación de estar íntegras para servir a nuestros empleadores, vivimos por ellos y para ellos, nuestras vidas no existen, no tienen derecho a existir. Tampoco los cumpleaños, ni las navidades, ni los días festivos, nosotras estamos de planta todos los días del año, a todas horas.

Las empleadas domésticas, guardamos secretos íntimos que cualquier amigo de nuestros empleadores daría el brazo derecho por saber. Nunca nos dicen gracias por nuestra ética, ¿qué puede conocer de ética una limpia baños? ¿Qué puede saber de pintura, arte, lectura, de vinos, de quesos finos y comidas gourmet? Una cosa es que las cocinemos y sirvamos y otra interactuar.

¿Qué puede saber una sirvienta de ropa de marca, lociones caras y teléfonos inteligentes? Tal vez nada, pero es la que cuida los más preciado de los empleadores: sus hijos. A una sirvienta jamás le darían sus automóviles para ir al supermercado o a la farmacia, pero sí les confían a sus hijos todo el día y les dan las llaves de su casa. Un automóvil se lo pueden rayar, ensuciar y chocar, pero qué valor tienen sus hijos para que los dejen con una completa extraña que no sabe ni el idioma, ni marcar a un número de emergencia y además indocumentada si se trata de una migrante. ¿Cómo pueden confiar sus hijos a una ignorante carente de conocimientos básicos para sobrevivir en la sociedad del ego y el oportunismo?

Jamás le prestarían su carro de último modelo pero permiten que sea la que cocine y limpie sus habitaciones y lleve los niños a la escuela. Que encuentre los dildos tirados en el suelo o entre las sábanas y los lave y coloque en las gavetas donde se guardan. Intimidades que solo conocemos las empleadas domésticas. Y no tenemos derecho a encariñarnos porque los muebles no sienten, esos niños no son nuestros, un día crecerán y nos lo recordarán con una patada en el trasero y con un despido sin aviso, de una día a otro. Como si de un día a otro uno pudiera olvidar los recuerdos, cortar de tajo el afecto y asimilar que uno solo fue un mueble viejo al que le llegó el tiempo de terminar en el basurero.

¿Qué descanso necesitará una paria que trabaja como mula? Ninguno porque para eso nació, generacionalmente para eso nació, para cargar como mula.

Por eso se extrañan tanto cuando una empleada doméstica rompe el círculo y extiende las alas y vuela. Con sacrificio estudia y se convierte en una profesional, se sumerge al mundo de las artes, se convierte en negociante y empresaria, o regresa a los campos de donde salió, para hacerlos florecer. Pero por cada sirvienta que logra salir del averno, hay miles que se secan y mueren lentamente en el abuso y la exclusión. Y todas tienen un nombre propio, familias, raíz, identidad, sueños. Y todas sienten en lo más profundo de su ser y tienen pasiones y aman y crean, porque son seres humanos.

¿Alguno de ustedes, queridos lectores, alguna vez ha conversado con una empleada doméstica, viéndola a los ojos y la ha tratado de igual a igual? ¿Alguna vez se ha puesto en sus zapatos y se ha preguntado qué sería de su vida si le hubiera tocado trabajar en el servicio doméstico? ¿Qué cambiaría de ser así? ¿Por qué no lo cambia para los otros? Y no hablemos de agallas, hablemos de humanidad y humildad.

Ilka Oliva Corado
19 de abril de 2017
Estados Unidos.

Pensamientos.

Unos estarán escuchando música; nosotros sólo escuchamos estruendos…
Otros estarán disfrutando de un paisaje; nosotros vemos paredes oscuras, techos desmoronados y muchos escombros…
Quizás algunos duerman plácidamente; nuestros ojos se cierran a veces aterrorizados por el miedo de no volver nunca más a poder abrirlos…
Debe haber padres que ven a sus hijos alimentarse y educarse; yo veo a mis hijos temblar de miedo, sufrir el hambre y no entender lo que se siente tener futuro…
Cómo quisiera poder haber retenido en mi memoria la última sonrisa de la madre de mis hijos, lo más precioso que nos robaron fue la maravillosa acción de poder reír. Y que lindo sería volver a sentir nuevamente el aire puro, oír cantar a los pájaros y descansar bajo el manto protector de una leve lluvia que prometa dejarle lugar al más cálido de los rayos del sol; en cambio aquí el polvo, la oscuridad y por momentos el más terrible de los silencios nos pintan un escenario que quiebra a la mente y debilita al corazón.

Me pregunto: ¿qué nos diferencia? ¿porqué vos sí y yo no…?
¿El azar te hizo nacer estrellado y a nosotros olvidados?
¿Será tan así? ¿Existen realmente humanos privilegiados y otros descartables?
¿Mi alma que es igual a la tuya, tiene que ser propiedad de otro y nunca más va a ser mía?
Si yo soy el que siente, el que sufre, el que teme, el que piensa … ¿por qué no somos los dueños de nuestro destino?

Muy triste me doy cuenta que lo único que hoy tengo son preguntas y paradójicamente lo que más solicita mi familia son respuestas…

Respuestas que yo no tengo, pero que muy probablemente, tú si las puedas tener…

Daniel Calcagni.

 

Entrevista.

Ésta es la historia de un hombre que acababa de morir. El hombre había sido muy importante. Había tenido fama, poder, dinero, etcétera. Había trabajado mucho y había cosechado triunfos. Por lo tanto no temió presentarse ante Dios. Así que se presentó ante Dios y dijo:
– Isidoro Passini, encantado.
– Tome asiento – le contestó Dios.
Y el hombre se sentó.
– Su vida, si es tan amable – le dijo Dios.
– ¿Mi vida? – dijo el hombre ligeramente sorprendido.
– Su vida, sí, por favor.
– Bien – dijo el hombre, y se dispuso a hablar de su vida.
Naturalmente se había enfrentado con muchas situaciones difíciles. De modo que no se amilanó. Al contrario: se compuso el pecho, sonrió compulsivamente, y ordenó sus fuerzas como para sacar el mejor partido posible de la entrevista.
– Señor – empezó, con esa su manera discreta y cordial que tantos triunfos le había deparado. – Señor – dijo- he trabajado mucho. He llegado a ocupar un cargo de gran responsabilidad.
– ¿Responsabilidad? – dijo Dios, como si no entendiera bien el significado de la palabra.
– Sí, de gran responsabilidad – repitió el hombre, seguro de sí mismo, confiando plenamente en su natural simpatía, decidido a ganar la situación desde el primer momento. – Jefe de producción, exactamente. En Brunes & Mathews S.A. Diecisiete hectáreas cubiertas en Castelar. Sucursales en veinticuatro países.
– Uh… – dijo Dios, aprobando seriamente con la cabeza, como compenetrándose de la importancia de su recién llegado.
El hombre sonrió afablemente, pensó algo así como “el primer round es mío”, y prosiguió:
– Puede decirse que he llegado solo. Por mi propio esfuerzo. ¿Mis virtudes? Concentración, trabajo, dinamismo, capacidad para resolver rápidamente cualquier problema. En fin, esas cosas que distinguen al hombre hecho para vencer. Usted perdonará mi inmodestia, pero debemos ser francos, ¿no le parece?
– Pero por supuesto – le contestó muy gentilmente Dios.
– Recuerdo – prosiguió el hombre – cuando ingresé en Bruñes & Mathews Argentina S.A. Tenía dieciocho años. Mi familia era muy pobre, Señor. Para ahorrar las monedas del ómnibus, me hacía a pie veinticinco cuadras. Con ese dinero me compraba libros. De noche estudiaba. Fui perito contable a los veintiún años. Cuando me recibí…
– ¿Veinticinco cuadras? – preguntó Dios.
– ¿Eh? Ah, sí, veinticinco cuadras. Con excepción de los días de lluvia, claro.
– Había una plaza, ¿no es cierto?
– ¿Una plaza?
– En el trayecto, quiero decir. ¿No había una plaza?
– Este… sí. Sí, efectivamente, había una plaza. Me parece – contestó el hombre algo desconcertado y pensando tal vez Dios empezaba a chochear un poco con los años.
– Y en la plaza, ¿había un banco?
– Bueno, había muchos bancos, supongo.
– No, no. Un banco. Yo me refiero a un banco. ¿Había un banco?
– Claro… naturalmente había un banco. Si había muchos bancos, había un banco – dijo el hombre, conteniendo a duras penas su malhumor.
– Ajá. ¿Y cómo era ese banco? – preguntó Dios.
– ¡Ese banco era un banco! ¡Un banco como todos los bancos! ¿Qué se puede decir? – contestó el hombre con muchas ganas de terminar de una vez con esas preguntas estúpidas.
– ¿Eso es todo?
– Eso es todo lo que se puede decir de un banco, ¿no? – dijo, convencidísimo de que la edad le había reblandecido por completo los sesos a Dios.
– En fin – dijo Dios, suspirando con visible contrariedad – , continúe, por favor.
– Continúo – dijo el hombre con energía, decidido a poner un poco de orden en esa conversación que le parecía disparatada. – Con mi diploma conseguí que me cambiaran de sección y me aumentaran el sueldo. Tenía veinticuatro años y ya era todo un subjefe. La sección se transformó en mis manos. Llevé cosas nuevas. Impuse mi ritmo, mi manera de trabajar. Llegó a ser la sección más eficiente de la casa. Fue mi primer triunfo importante.
– Oh, importante – dijo Dios con un tono bastante ambiguo.
– A los veintiocho años me casé – prosiguió el hombre como si no lo hubiera oído -. A mi mujer, Mónica Juárez, creo haberle dado todo lo que se merecía. Hijos, cariño y, demás está decirlo, bienestar. Ella vive aún. Usted, Señor, debe conocerla.
– Conozco, conozco – dijo secamente Dios.
– Tuvimos cuatro hijos – continuó el hombre levemente intrigado y sospechando por primera vez que a su mujer no habría de resultarle tan fácil la entrevista – Armando, Luis María, Clara y Angélica. Angélica era mi debilidad. Tenía… tiene unos hermosos ojos azules, como la madre. Es un encanto de criatura.
– Ah, ojos azules – dijo Dios- . ¿Y Alicia?
– ¿Cómo? – dijo el hombre.
– Sí, sí, le pregunto el color de ojos de Alicia.
– Pero, ¿Alicia?, perdón, ¿usted dijo Alicia?
– Naturalmente, Alicia. Usted me habló del color de ojos de Angélica, y yo le pregunto del color de ojos de Alicia. Está claro, ¿no?
– Pero… Usted no se referirá… a aquella muchacha… a aquella Alicia que yo conocí cuando tenía qué sé yo, diecisiete años…
– Por supuesto que me refiero a ella. El color de sus ojos, entonces…
– Bueno, caramba, pasaron tantos años. Además, hemos podido estar solos tan pocas veces, que francamente…
– No lo recuerda.
– No, no me acuerdo, es la verdad – contestó el hombre, sin darle demasiada importancia a esas interrupciones, y deseando seguir adelante con el relato de su vida.
– Es una lástima – dijo Dios.
– ¡Bueno, caramba, supongo que no será tan grave!
– Es grave – dijo Dios – Continúe.
– Ejem… – dijo el hombre, ya bastante molesto y desconcertado. – Estaba hablando de mis hijos. Quería decirle… Quería decirle que ellos dieron un verdadero sentido a mi esfuerzo, a mi lucha. Fue por ellos, Señor…
– Digresiones no, le ruego – dijo Dios.
– Bien – dijo el hombre algo corrido y empezando a dudar un tanto del éxito de la entrevista -. Seguí trabajando duro. Comprendí lo que se esperaba de mí, y me di entero a eso. Fui, debo decirlo, un ejemplo y un modelo para muchos hombres. Cuando me hice cargo de la jefatura de producción…
– 5 de junio de 1954 – dijo Dios.
– Efectivamente, 5 de junio de 1954 – dijo el hombre con nuevos bríos. Coincidió con el cincuentenario de la empresa. Una fiesta enorme en el Palace Hotel, recuerdo. Son esos momentos que no se olvidan nunca, que le sirven a uno de empuje, de incentivo. Hablaron de mí en los discursos. Me felicitaron. Confiaban un capital enorme solo a mi capacidad. El mismo gerente general me estrechó la mano, conmovido y, ¿por qué no?, esperanzado. Eran momentos muy graves. Se esperaba mucho de mí. Ahora puedo decir que no los he defraudado, más aún, que he superado los proyectos más optimistas. Cuando nos retirábamos de la fiesta, ya en la puerta del hotel, el gerente general se acerco a mí y me dijo: “Señor Passini…”
– Perdón – dijo Dios- , su sombrero y su sobretodo.
– ¿Cómo?
– Sí, su sombrero y su sobretodo ya los había retirado del guardarropa, ¿es así?
– Este… sí, lógico. Era una noche de junio. Hacia frío. Llevaba sombrero y sobretodo – dijo el hombre -. Bufanda también, me imagino, ¡je, je! – agregó, tratando de hacerse el gracioso y pensando que tal vez era la forma de comportarse ante la irremediable chochera de Dios.
– Se los entregó en sus manos una mujer, ¿verdad?
– Bueno, sí, la encargada del guardarropa me entregó el sombrero, el sobretodo y la bufanda. Me los puse inmediatamente porque, como dije, era una noche de frío, y me acerqué a la puerta. Fue entonces cuando el gerente general me dijo…
– Los ojos, por favor.
– ¿Pero qué ojos? ‘ dijo el hombre, a un paso de la desesperación.
– De la encargada del guardarropa. El color de los ojos, si es tan amable.
– ¡Pero cómo me puedo acordar del color de los ojos de la encargada del guardarropa! Es absurdo, ¿no? ¡Yo estoy hablando de un acontecimiento importante!
– No es absurdo – dijo Dios.
– Ah, ¿no es absurdo? ¿Y por qué no es absurdo? Vamos a ver.
– No es absurdo. Eran los mismos ojos de Alicia.
– Pero usted… pretende decirme que Alicia… que la encargada del guardarropa era… ¿era Alicia?
– Oh, no, ¿quién dijo eso? Además, eso es secundario. Podía ser o no ser. Lo importante eran los ojos. Eran los mismos ojos.
– ¿Tan iguales eran? ¿Tan parecidos?
– Eran los mismos ojos.
– Bueno, está bien, eran los mismos ojos. ¿Y qué? Yo, ¿qué hubiera podido hacer? ¿Mi vida hubiera cambiado por eso? ¿Hubiera dejado de hacer lo que hice?
– Eso es otro asunto – dijo Dios -. Continúe.
– ¡Pero por favor, Señor! ¡Yo necesito entender! – dijo el hombre, creyendo volverse loco, viendo como su entrevista, de una manera incomprensible y estúpida, se precipitaba irremediablemente al fracaso -. ¡Yo necesito saber! ¡Saber de qué se trata!
– Circuitos – dijo Dios.
– ¡Cómo circuitos! ¿Qué quiere decir circuitos? ¡No entiendo nada!
– Puntos. Puntos fundamentales. Deben hacer contacto, simplemente no se preocupe, continúe.
– Entonces… los ojos de Alicia… y aquellos otros ojos eran… así, ¿puntos fundamentales?
– Eran puntos fundamentales – dijo Dios.
– ¡Puntos fundamentales! ¿Quiere decir que yo hubiera sido otro, que yo hubiera hecho otras cosas si los hubiera mirado, si los recordara ahora?
– Continúe, por favor – dijo Dios.
– ¡De modo que ojos, entonces! ¡Que la misión de un hombre en la vida es mirar unos ojos! ¡Mirar dos veces unos mismos ojos!
– No de un hombre. De usted – dijo Dios -. Puntos distintos para cada hombre. Generalmente muy pocos. Deben unirse, eso es todo. Continúe.
– Entonces mi vida, mi larga, mi fecunda vida, Señor, ¿se justificaba con solo mirar esos ojos?
– Sí – dijo Dios.
– Pero, ¿y el banco? Usted me preguntó por un banco. ¿Qué tenía que ver el banco?
– Ah, sí, el banco – dijo Dios, un tanto aburrido -. Había que sentarse en el banco.
– ¿Sentarse en el banco?
– Sí, era necesario. Horas y horas tal vez. Sobre todo cierta tarde de otoño. Pero no se preocupe ahora. Continúe, hágame el obsequio.
– Sí… sí, continúo —dijo el hombre, lleno de pavor, inseguro de todo lo que decía, buscando desesperadamente en su memoria algo distinto, algo que lo congraciara definitivamente con Dios, algo humano pensó sin saber bien qué quería decir; o tierno, o emotivo, o piadoso. Porque evidentemente esos eran los puntos que había que tocar. Las cosas que se esperaba que él tocara.
– Lo escucho – dijo Dios, porque el hombre se demoraba demasiado en contestar.
– Sí, bueno… Recuerdo… recuerdo un amigo. Un amigo querido – dijo el hombre con vacilación -. Lo encontré por la calle. Hacia muchos años que no lo veía.
– Fernando Carrera – dijo Dios.
– ¡Sí, sí! ¡Fernando Carrera, precisamente! – contestó el hombre casi jubiloso, vislumbrado al fin su posibilidad -. Fernando Carrera. Estaba muy solo, muy pobre además. Me quedé con él. Hablamos, hablamos mucho. Lo ayudé. Creo que le hice bien. Cuando nos separamos eran las siete de la tarde. Había faltado al trabajo por él. Estábamos parados en una esquina, en la plaza, y nos abrazábamos. Era hermoso, Señor. Cuando nos despedimos, Fernando se quedó apoyado contra un árbol y me saludaba con la mano.
– ¿Cómo era? – preguntó Dios.
– ¿Fernando? Era alto, flaco, un poco desgarbado. Los ojos grises, grandes, llenos de ternura. Me acuerdo muy bien de sus ojos.
– No, no, el árbol -dijo Dios.
– ¿Cómo?
– El árbol donde estaba apoyado Fernando. Eran exactamente las siete de la tarde. ¿No recuerda?
– ¡Cómo podía mirar el árbol! ¿Para que podía mirar el árbol?
– Era otoño. La plaza – dijo Dios -. Desde cierto banco se veía bien el árbol.
– Sí, era otoño – dijo el hombre, desolado, temblando, con una angustia que le impedía articular las palabras -. Entonces el árbol…
– ¿No recuerda? – volvió a preguntar Dios, porque el hombre se había quedado callado.
– No, no recuerdo – dijo el hombre, bajando la cabeza.
– Es una lástima. Era el cuarto punto – dijo Dios.
– ¿Puedo… puedo continuar? – preguntó el hombre con la voz entrecortada.
– Era el último punto – dijo Dios -. Lo siento. Su entrevista ha terminado.
Humberto Costantini.
(De Una vieja historia de caminantes) – 1967

Dónde está Dios…?

Un señor de unos 70 años viajaba en el tren, teniendo a su lado a un joven universitario que leía su libro de Ciencias. El caballero, a su vez, leía un libro de portada negra. Fue cuando el joven percibió que se trataba de la Biblia y que estaba abierta en el Evangelio de Marcos.
Sin mucha ceremonia, el muchacho interrumpió la lectura del viejo y le preguntó:

– Señor, ¿usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y cuentos?

– Sí !!! Es más, no es un libro de cuentos, es la Palabra de Dios. ¿Acaso usted cree que estoy equivocado?

– Pero claro que lo está. Creo que usted señor debería estudiar Historia Universal. Vería que la Revolución Francesa, ocurrida hace más de 100 años, mostró la miopía de la religión. Solamente personas sin cultura todavía creen que Dios hizo el mundo en 6 días. Usted señor debería conocer un poco más lo que nuestros Científicos dicen respecto a todo eso, hoy en día los estudios están muy avanzados y sólo los ingenuos siguen creyendo en tales cosas.

– Y… ¿es eso mismo lo que nuestros científicos dicen sobre la Biblia?

– Seguro que sí, pero como voy a bajar en la próxima estación y no tengo tiempo de explicarle, déjeme su tarjeta con su dirección que le mandaré material científico por correo con la máxima urgencia.

El anciano entonces, con mucha paciencia, abrió cuidadosamente el bolsillo derecho de su bolso y le dio su tarjeta al muchacho. Cuando éste leyó lo que allí decía, salió cabizbajo, sintiéndose muy mal por lo ocurrido.

En la tarjeta decía:

Profesor Doctor Louis Pasteur Director General del Instituto de Investigaciones Científicas Universidad Nacional de Francia

——————-

«Un poco de Ciencia nos aparta de Dios. Mucha… nos aproxima.»

Dr. Louis Pasteur

El poeta.

El poeta…
cuando tiene su alma inundada de pobreza,
cuando tiene al alcance de sus ojos a la injusticia,
cuando un abismo sentimental lo invade por tanta infelicidad ajena,
sus escritos lloran las penas de todos los que acabaron muriéndose en silencio.

(dc)

 

Me nació este breve y sencillo texto en reconocimiento a Roque Dalton.
Les dejo dos escritos de él para que también lo conozcan:

ACTA.

En nombre de quienes lavan ropa ajena
(y expulsan de la blancura la mugre ajena).
En nombre de quienes cuidan hijos ajenos
(y venden su fuerza de trabajo
en forma de amor maternal y humillaciones).
En nombre de quienes habitan en vivienda ajena
(que ya no es vientre amable sino una tumba o cárcel).
En nombre de quienes comen mendrugos ajenos
(y aún los mastican con sentimiento de ladrón).
En nombre de quienes viven en un país ajeno
(las casas y las fábricas y los comercios
y las calles y las ciudades y los pueblos
y los ríos y los lagos y los volcanes y los montes
son siempre de otros
y por eso está allí la policía y la guardia
cuidándolos contra nosotros).
En nombre de quienes lo único que tienen
es hambre explotación enfermedades
sed de justicia y de agua
persecuciones condenas
soledad abandono opresión muerte.
Yo acuso a la propiedad privada
de privarnos de todo.

Roque Dalton.

Roque Dalton nació el 14 de mayo de 1933, en San Salvador y murió asesinado el 10 de mayo de 1975. El poeta, periodista, ensayista, novelista y militante revolucionario Roque Dalton, considerado el escritor más universal de El Salvador y uno de los más brillantes narradores centroamericanos.

El siguiente y muy pequeño poema habla a las claras cual era su grito literario:

POEMA.

«Las leyes son para que las cumplan los pobres.
Las leyes son hechas por los ricos para poner un poco de orden a la explotación.
Los pobres son los únicos cumplidores de leyes de la historia.
Cuando los pobres hagan las leyes, ya no habrá ricos.»

Si…

Si puedes conservar tu cabeza, cuando a tu alrededor todos la pierden y te cubren de reproches.
Si puedes tener fe en ti mismo cuando duden de ti los demás hombres, y ser indulgente para su duda.
Si puedes esperar y no sentirte cansado por la espera.
Si puedes – siendo blanco de falsedades – no caer en mentira, y si eres odiado, no devolver el odio; ¡sin que te creas, por eso, ni demasiado bueno ni demasiado cuerdo!

Si puedes soñar, sin que los sueños imperiosamente te dominen.
Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objetivo único.
Si puedes encararte con el Triunfo y el Desastre, y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes aguantar que a la verdad por ti expuesta, la veas retorcida por los pícaros, para convertirla en lazos de los tontos o contemplar que las cosas a las que diste tu vida se han deshecho, y agacharte y construirlas de nuevo, aunque sea con gastados instrumentos.

Si eres capaz de juntar, en un solo haz, todos tus triunfos y ganancias, y arriesgarlos, a cara o cruz, en una sola vuelta, y si perdieras, empezar otra vez, como cuando empezaste, y nunca más exhalar una palabra sobre la pérdida sufrida.
Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios, a que te obedezcan aún después de haber desfallecido, y que así se mantengan, hasta que en ti no haya otra cosa que la voluntad gritando: “¡Persistid, es la orden!”.

Si puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud o alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos.
Si nadie, ni enemigos ni amantes amigos, puede causarte daño.
Si todos los hombres pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si eres capaz de llenar el inexorable minuto, con el valor de los sesenta segundos de la distancia final;
Tuya será la tierra y cuanto ella contenga, y – lo que vale más – ¡serás un Hombre, hijo mío!

Rudyard Kipling
(Bombay, 1865 – Londres, 1936)

La demanda.

Todos se habían puesto de acuerdo y estaban decididos a demandarlo por no cumplir sus promesas. Habían puesto su mayor esfuerzo y nadie dejó de hacer todo lo posible, sin embargo nada terminó como él lo había planteado. Un final tan inesperado y triste sólo tendría un culpable… y era él.
Ahora los personajes de esta historia alzarían su voz e irían con todas sus fuerzas. Tendrían a su favor muchas páginas del libro como prueba.

Al autor solo le quedará defenderse argumentando que la vida, a veces, simplemente nos cambia la manera de sentir…

 

Daniel Calcagni

Vida…

Otro día muy largo había llegado a su fin y tampoco había salido sorteada. Esos sorteos celestiales parecían nunca estar de su lado….

Que injusta y cruel maniobra del destino la habían llevado a esa situación, no era poco lo que estaba en juego, para ella era importante, todo su futuro dependía de ello. Soñaba por las noches que al despertar hubiera sido la elegida.

Cansada de tener tantos pensamientos perturbadores ya no veía la hora que llegase ese día, ése en el cual sienta que si bien su corazón sería prestado, se acabaran sus miedos y su vida al fin pudiera tomar otro sentido…

La inocente niña lo merecía…

Su familia, inundada de impotencia y desesperación, también…

Daniel Calcagni.

Despertar a tu lado.

No sabía si estaba soñando,  pero sentía despertar en un día ya vivido, ella aun estaba allí, bella e inocente, durmiendo muy tranquila, quizás debido a sentirse protegida por el manto invisible de estar a su lado.

Pensó que el destino mágicamente le dejaría evitar todo el daño que había hecho, pero por donde empezar, debería pensarlo muy bien, ahora solo importaba la felicidad de quien tanto lo amaba.

Lo que no sabía era que su corazón había dejado de latir y no podría partir sin antes cumplir con aquel noble cometido.

 

Daniel Calcagni

Hablar con Dios.

Su más grande deseo era simplemente hablar con Dios… No podía pensar otra cosa, era mucho lo que quería decirle, su familia pasaba miseria, sus hijos nunca salían de esa condición enfermiza, su humilde morada ya no resistía ni las más débiles tormentas y él, ya no soportaba ni el peso de su edad ni el de sus obligaciones.
Muchas horas pasaba esperando el milagro, otros lo habían logrado, porque no él, tampoco era mucho lo que iba a pedirle, una mejor paga, mejores condiciones de trabajo, quizás hasta un aumento de categoría…
Eugenio Dios, dueño de la empresa, nunca parecía estar dispuesto a atenderlo.
.
Daniel Calcagni

Sólo un juego.

Mas vale que quería jugar un poco más, pero temía que otra vez no lo dejarían… En el fondo sabía que quedaban muchas cosas por hacer, quizás debería dejarlo para después, sin embargo era fundamental para él terminar esa batalla, muchos soldaditos habían quedado sin su líder, el más valiente de todos habría quedado herido en un rincón oscuro desde el último juego…

Como siempre lo aturdía no saber que era más importante… si seguir con el juego, terminar los deberes, hacer los mandados, continuar con su tediosa rutina protocolar, prepararse para la reunión de gabinete o dedicarse a concluir ese tan esperado discurso que como presidente, el país entero estaba esperando.

 

Daniel Calcagni

Hoy tuve un sueño.

Hoy tuve un sueño …

No sé el porqué, pero me encontraba en un humilde patio, con mucha gente, mucho ruido, mucha confusión. Tampoco sé el porqué, pero me encontraba hablando con una criatura muy menudita, pelo cortito y un tanto sucio como desparejo, estaba descalza y como sólo tenía un pantaloncito, recién al escucharla me pude percatar que era una dulce nena.

– “Cuando sea grande, quiero ser mala.”, me dijo.

Le pregunté por qué? Que por qué me decía eso? Pues parecía hacerlo con mucho convencimiento.

– “Porque Sí, porque no hay otra manera!!! “, temblaba su dulce vocecita mientras me lo decía.

Destrozado por su respuesta mis rodillas se desplomaron al suelo y tomándole sus manitos, mirándola a los ojos y muy seguramente con una expresión desesperada le dije que Noooo!!!

Que Dios la había puesto en este mundo para que sea feliz, y que para ello tenía que ser muy buena.

Un silencio eterno me dejó ver en sus tristes ojos, dos muy pequeñas lagrimitas, hasta casi aseguraría que aparecieron a pesar de todo el esfuerzo que habría hecho para que no lo hicieran… y con pasos muy cortitos, salió corriendo hasta perderse de vista en una humilde vivienda, como dando un portazo que sólo pudo sonar en mi alma porque en ella no había ninguna puerta.

Fue cuando un nene, apenas mayor que ella, de una figura muy parecida al de la niña y cuya última imagen había quedado más grabada en mi corazón que en mi mente, llorando, casi desconsoladamente, como buscando en mí a un simple aliado, me abrazó fuertemente y entre llantos me dijo :

– “Qué podré hacer para que entienda …? Yo siempre le digo lo mismo, pero nunca parece escucharme.“

Y desperté … con un raro y amargo sentimiento… ése, que a pesar de saberlo un sueño, la culpa de sentir que bajo ciertas circunstancias pueda darse en algún niño el sentimiento desencajado de esa divinura, no me dejó volver a dormirme

Hoy tuve un triste sueño…

 

Daniel Calcagni

 

Un cuento muy especial.

Ya de niño sospechaba que aquel brillo en el cielo, fascinante para sus ojos y muy cálido para su alma, un verdadero significado en su vida debería tener.No era una estrella común, pues su luz parecía esforzarse en llegar aún en esos días nublados y tristes. Es más, hasta parecía que su intensidad dependiera de su estado de ánimo, pues en aquellos días difíciles era cuando más brillaba, como intentando llegar con las fuerzas que a él le estaban faltando para superarlos.

Sólo, en la sala de espera del sanatorio donde daría a luz su primer hijo y observando por una pequeña ventana, como su inseparable estrella ahí estaba, recordaba todos esos momentos, los buenos y los no tanto, aferrándose cada vez más a ese misterio que su vivir muy fielmente iba atesorando.

Y fue ese mismo día, al ver en los ojos de su hijo recién nacido el extraño brillo que su estrella tenía, que creyó entender que las almas que ya no están con nosotros también sueñan… Y ésta, era la de aquel ser, que desde ya hacía mucho había partido y resignaba su eternidad por volver a estar en los brazos, ahora protectores, de su tan amado nieto.

Daniel Calcagni.

Dimensiones.

Nunca se había percatado que aquel libro llevaba su nombre, mucho más lo sorprendió al leer en su primer página la fecha y hora exacta de su nacimiento.No supo que pensar, el temor y la confusión hicieron que sus manos temblaran de tal manera, que no pudo evitar que el mismo cayera al suelo dejando ver en sus páginas el dibujo de la escena recién vivida.
A media luz, en un silencio que lo aturdía y horrorizado casi al punto del desmayo, no tuvo la valentía ni el coraje de dar vuelta la hoja… mucho menos, ir al final del libro.
 .
Daniel Calcagni

Vibraciones.

Igual que en todas las últimas noches, esas mismas cinco notas que parecían provenir de un piano, le habían interrumpido el sueño. Muy vlaro tenía que dichos acordes sólo podían ser producto de su imaginación, pues el único en la casa que podría sumergirse en el piano era su hijo, y él, ya no estaba. Le encantaba pensar que en algún bello lugar estaría disfrutando, pero no podía borrar de su mente las horribles imágenes del accidente.

Sin embargo algo especial sucedería esta noche. Tanto amor dañado, tanto dolor embriagante, tanto extrañar sin ninguna esperanza, lo llevaron al oscuro salón de su casa, a ese rincón lleno de ausencias en donde el viejo piano descansaba, y fue muy grande su asombro al notar que entre el inmóvil polvo de culpas que lo cubría, sólo cinco teclas guardaban un limpio brillo en sus ojos.

.
Daniel Calcagni.